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Postulados sobre la 97/98 y la verbena actual en que a todas luces se ha convertido este invento

Lo que hizo que me diera cuenta de que estaba en una final no fueron los carteles en las farolas anunciando el Middlesbrough-Sevilla, las conversaciones que captaba alrededor, pasar siete horas en una plaza llamada genéricamente “fanzone”, la cerveza de trigo al escandaloso precio de dos euros, las camareras rubicundas que no entendían el concepto “cubata” ni muchísimo menos “cubata para el camino”, la moneda sin valor que me dieron en un bar para activar la máquina de tabaco, la parafernalia de niños con globos color butano y la pancarta gigante con el escudo del Sevilla sobre el césped, ni siquiera el hecho de tener que coger a mi padre por el cuello para que no le diese una hostia a un señor que nos había dado una dirección, a juicio de mi padre, de un modo risueño y, por tanto, hiriente en extremo. En Eindhoven, la revelación fue la luz. Bajo las cubiertas de un estadio del norte de Europa, construidas con la benevolencia de sociedades hiperdesarrolladas y el propósito de ahorrar imponderables climatológicos al público, el cielo era completamente azul, tal vez ya celeste, sin una sola nube, que anunciaba la noche y el verano. Las finales empiezan de día, pero se saborean en la oscuridad. Sigue leyendo

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Una caraja que lo complica todo

Complicado de analizar el partido de esta noche. Se ha podido salir goleado y se ha podido ganar. Los chotos andan calientes quejándose de dos cosas; la primera, un fuera de juego de Adriano de hace siete millones de años, en el partido de ida de una eliminatoria copera, con muchos minutos para remontar. La segunda, la genialidad de Navarro y Spahic en el partido de Liga, que hasta el hueleculos de su delantero tuvo que pedir perdón por ser tan idiota. Y un choto caliente sólo puede significar una cosa: agua. Llorar, llorar y llorar. Y con esa premisa fueron al estadio, a quejarse por todo, a gritar como becerros. A lo que van siempre, vamos.

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Motivos de un sentimiento

Un servidor admira, profundamente, a Joaquín Sabina. Mejor dicho, su discografía, y, muy levemente, algunos ramalazos de su obra poética. No obstante, que me sepa desde el primer disco hasta el último no es óbice para que me ría de él cuando hace el ridículo. Corrigiendo la primera frase, se admiran las obras, no las personas. Pero a lo que vamos. Hablábamos de los ridículos del cantautor del madrileño pueblo de Úbeda. Y creo que en su vida no ha perpetrado uno tan mayúsculo como el que titula este artículo. Refresquen su memoria, queridos lectores. Tamaña porción de mierda sólo tiene una razón de ser: a Sabina no le gusta el fútbol. Por tanto, no sabe de fútbol. De lo que sí sabe es de ponerse de lado, supuestamente, del equipo humilde, que lucha (también supuestamente) contra el poderoso y que tiene fama de afable, popular, llano y cuantos adjetivos baratos quieran añadir. Vamos, la vieja costumbre de tomar al obrero por subnormal. Curiosamente, eso nos suena por aquí.  Y, fruto de su desconocimiento de este deporte, se marca un himno patético, como su equipo. Para empezar, dura más de seis minutos. Eso está muy bien para Barbi Superstar, pero chirría para algo que, se supone, debe ser cantado en un estadio. Porque esa es otra, el ritmo y la letra hacían imposible que la lozana muchachada atlética repitiese la tonada. Ellos prefieren otras cosas más joviales. Siguiendo con el himno, no tiene orden alguno, ni cronológico, ni de ningún otro tipo. Parece que al flaco lo cogieron mamado una noche y empezó a decir frases por decir y hasta luego, que os vaya bien. Como cosa de equipo pequeño, hay, en su supuesto himno, dos referencias al Madrid. Y como cosa inclasificable, se nombra algo de unas tetas de Gran Hermano. Literalmente. Y no el de Orwell, precisamente. En definitiva, para cogerle el bombín a Sabina, ciscarse en él y que se fuese calentito para casa. Cosas extrañas, luego llegaría un tipo que cuenta sus canciones por bodrios y le pegaría un repaso al que es, sin lugar a dudas, uno de los mejores letristas de este trozo de tierra en el que nos ha tocado vivir. Eso sí, no todo fue malo del himno atlético. Nos sirve como excusa perfecta para echar la vista atrás, ahora que nos enfrentamos a ellos dentro de un par de días. Motivos de un sentimiento, sí. El más sincero, racional y completo odio. Sigue leyendo

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Me cago en los tontos

Si a cualquier sevillista se le pregunta por el Hannover 96 hace tres semanas, el encuestado no podría más que dejar escapar una sonrisa pícara. Es el único equipo en el mundo que se creyó que Koné era futbolista (después de nosotros, claro). Y hoy nos plantamos allí y nos ganan. Muy bonito todo. Parecían carajotes los alemanes. Nos han jodido el titular del pepino metido en el culo y toda esa mierda patriótica. Andaluces levantaos, desde El Ejido hasta el Polo Químico.

Jejejejeje

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