Tantas veces me mataron, tantas veces me morí

Hay versos, probablemente los mejores, que se explican solos. Que a cualquiera emocionan y que cualquiera entiende, porque los convierte en suyos. Es decir, que traspasan el papel o la voz y se instalan para siempre en un misterioso recoveco del cerebro.  Ahí se atrincheran, aparentemente en calma, dispuestos a atacar en algún momento de nuestras vidas, generalmente cuando andamos con las defensas bajas. En mi caso, de forma casi indefectible, suelen aflorar con el fútbol.  Y el mejor ejemplo es el inicio de una canción que conocí de la boca de una bonaerense obesa, con la cara como una sandía, que vestía con mantas de un tamaño que permitiría a seis esquimales pasar calor en invierno, y que el resto del mundo reconocerá por el nombre de Mercedes Sosa. De la guitarra sale un arpegio, y la gorda se pone a cantar. Sigue leyendo

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El viejo y las finales

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Tirarte una década paseando por Europa con la polla fuera debe traer consecuencias. Pantalones por las rodillas, piernas abiertas evitando que bajen hasta los tobillos y un contoneo de caderas juguetón para que, simultáneamente, el nabo se bambolee mientras sonríes a los paisanos. Ir así por la vida no puede acabar bien. Cuando en el cole algún compañero que debía estar en un centro de educación especial practicaba esta suerte en el recreo, yo no era de los que gritaban entre carcajadas IRA EN·NOTA!!!; mi particular configuración emocional me hacía pensar, verás la hostia que se va a llevar. Esta situación ya me desespera. Es una tensión constante a cada gol de un equipo contrario. La actuación de Beto en San Petersburgo, lo rápido que nos remontaron la semana pasada en Lviv, fueron promesas incumplidas de descanso. Parar un poco, coño. Pues no. Llega Vitolo. Gameiro. La maricona de Palop en Donetsk. Ni siquiera grito el gol. Sólo pienso: otra vez.  Sigue leyendo

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Breve y descarnado elogio a unas semifinales

La vida, para qué andarnos con rodeos, es una concatenación de derrotas hasta la inconmovible derrota final. De la propia actitud del individuo depende cuántos pequeños triunfos sea capaz de descubrir, disfrutar o imaginar. Con suerte, logrará irse a la cama un buen puñado de noches con la convicción de que el día ha sido satisfactorio. O de que, al menos, los triunfos puntuales compensaron todo lo que se perdió. Lo habitual no es sentirte realizado profesionalmente, que te corresponda la persona a la que realmente amas, que te estremezca una película o una novela, que tu equipo de fútbol gane partidos determinantes. Que tus deseos más profundos se hagan realidad. No. Lo habitual es lo otro. Por eso quedan grabados con tanta fuerza los momentos efímeros en los que la victoria decide sentarse a nuestra vera.

Así, por más que el Sevilla Fútbol Club dispute este jueves su quinta semifinal europea, nadie en su sano juicio deja de valorarla como se merece. Por más que sea la tercera consecutiva. Claro que son muchas. Son muchísimas, pero el hueco por llenar es tan grande que nunca serán suficientes. Al final, el hombre es lo que recuerda, por eso necesitamos tantos días satisfactorios como sean posibles. Nuestros anhelos melancólicos se nutrirán de combates como los del Shakhtar. Vale que las finales y los títulos alzados acaparen álbumes y recortes de prensa. Es lógico que así sea, ya que nada hay más fotogénico que la llegada a meta. Pero las sensaciones más profundas aparecen durante el camino. Porque es durante el recorrido cuando crece la ilusión de que lo insólito se torne verdadero. Estos partidos significan que pudiste llegar a lo más alto, que estuvo en tu mano, que luchaste. En definitiva, que viviste. Y eso es lo que se echa de menos cuando no queda una migaja positiva que llevarte a la boca: la posibilidad. Unas semifinales es todo lo que una persona cuerda puede desear para su vida. Cruzar la meta el primero, la excelencia, es una cosa de locos.

Por tanto, dejar de sufrir, apretar, cantar, reír, llorar y estar histérico por unas semifinales representaría un pecado tan descomunal que ni el más valiente se atreve a cometerlo. Nadie tiene las agallas suficientes como para desafiar a lo extraordinario. Así que disfrutamos de las bolitas en los sorteos, de las previas, de los cánticos, de los tifos de Biris Norte. De cada detalle que rodea a estos partidos. Porque luego llegarán los trabajos de mierda, los besos que no te han dado, las películas anodinas y, por supuesto, las derrotas de tu equipo. Claro que llegarán. Pero al menos, hasta que otro fascinante jueves de primavera llegue a su fin, los sevillistas habremos conseguido esquivarlas. Y esa victoria ya no nos la puede quitar nadie.

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El delantero Iborra

Los cronistas dirán que todo comenzó en el Santiago Bernabéu, pero ese es un relato falso. A buen seguro, la falsedad es fruto del despiste y alejada del embuste y, bueno, tampoco podemos culparles. Todo comenzó en Lieja. Es decir, en uno de esos insignificantes duelos de la no menos insustancial liguilla de grupos de la Uefa. Esa fase que apenas perdura en la memoria: ni es lo suficientemente extravagante como las rondas previas ni deja cicatrices que lucir con orgullo de campeón como las eliminatorias. De la fase de grupos uefera sólo importa una cosa: superarla. Y, para lograrlo, el Sevilla tuvo que pasear el sello de vigente vencedor de la competición por lugares como Lieja. Allí, en octubre de 2014, el conjunto que revalidaría el título meses después se enfrentó al Standard. Empate a cero. El partido se puede calificar como anodino, porque ahora nos hemos vuelto finos y decir que fue una puta mierda estaría, qué duda cabe, fuera de lugar. No obstante, el fútbol es tan caprichoso como un certamen de cortometrajistas jóvenes, y entre la mediocridad a veces encuentras una pepita de oro. Sí, probablemente se minusvalore por el conjunto que lo lastra, pero oro al fin y al cabo. Por eso decimos que este relato comenzó en tierras belgas. Allí fue donde Vicente Iborra jugó por primera vez de delantero.

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La vieja del 12

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Faltaban seis paradas para llegar a María Auxiliadora, así que me dispuse a levantarme de mi asiento. No me fío de los autobuseros. Mucho menos, de los de la línea 12. Han nacido para engañarme, para fingir abnegación en los atascos de las siete de la mañana y para correr que se las pelan al mando de las líneas nocturnas cuando le comes la boca a tu chati a tus tristes 17 años y ni a ti ni a ella os importaría que diera un rodeo por Huelva. Una de estas personas que, en su demencia y odio hacia mí, piensan que cuando subo a un autobús le doy las buenas tardes a la máquina validadora de títulos de viaje, me escamoteó la verdad de su recorrido el viernes de feria del año pasado. Pregunté, claramente, que si el 12 iba ya a esas horas al Prado. Dijo que sí. Al ver que el autobús giraba a la derecha en la Puerta Osario, caminé hacia la cabecera del autobús. Sólo me acuerdo de la última frase que le dirigí: porque, usted, no querría engañarme, ¿verdad? ¿Qué ganaría con eso? ¿Qué? Explíquese, por favor. Inmediatamente, me abrió la puerta del autobús en mitad del tráfico de la intersección con Gonzalo Bilbao y me dejó marchar, a mí y a mi tembleque de párpados y labio superior. Con estos precedentes, dejé libre mi asiento con la antelación detallada arriba. Pedí con excelentes modos a la vieja que ocupaba el asiento de pasillo que me dejara pasar. No se levantó, sólo giró su trasero, encogió sus brazos sobre su pecho y miró por la ventana. Le di con la cadera en el hombro y con el codo en la cabeza. Puede que fuera queriendo, no lo sé. Da igual, iba a quedarse con la hostia dada de todas maneras. Ya en la Ronda de Capuchinos, me quedé mirando a la vieja. Esa vieja me deseaba el mal. Aunque, ahora, la veía de otro modo. Su mirada errática, sus gestos nerviosos con las manos, su manía de aferrarse el bolso contra su vientre, denotaban un nerviosismo extremo. La vieja, segundos antes mi enemigo mortal, era uno de los nuestros. Esa vieja iba, como yo, al Ramón Sánchez-Pizjuán a ver el Sevilla-Mirandés del 21 de enero de 2016. Era un espejo, femenino y decrépito, de mi alma. Una hermana en el infortunio. A la altura del monumento a San Juan Bosco, Praeit ac tuetur, nos precede y nos defiende, posé mi mano derecha en su hombro, y le dije: “señora, tranquilidad. Comprendo su zozobra en esta hora negra de su vida. Aquí no se sabe qué es peor, que te toque un mojón de contrario en Copa o que te toque un grande. Porque este equipo es un hijo de puta. Sí, un hijo de puta, no me mire así. Usted recordará, seguro, los papelones contra Algeciras, Sabadell, Castellón y, cómo no, Isla Cristina en Copa. O lo del Racing de hace dos años, me cago en Unai. Esto es como tener un hijo toxicómano. No hace una a derechas, pero, ¿lo vas a dejar de querer? Después te hace un dibujito en el Proyecto Hombre y uno es la más feliz y orgullosa de las madres. Señora, fuera penas. Repórtese, coño. Que ganamos. Ya le digo yo que ganamos. Que es el Mirandés, no el Borussia Mönchengladbach. Tenga un kleenex. Deje esos gimoteos que nada van a solucionar. Recuerde siempre: vencimos y venceremos. Somos católicos, apostólicos y romanos y marianos y sevillanos. Tenemos fe en Dios. Sabemos que debemos pasar este baño de sangre, pero el Sagrado Corazón de Jesús nos ayudará”. Me cabreó un poco que la vieja no se bajara en mi parada y siguiera hasta Ponce de León. Sería una vaga de esas que hacen transbordo y cogen el 24 en la terminal, para asegurarse un asiento. Bueno, ella vería. Total, tiempo tenía, que quedaban cinco horas para el partido. Sigue leyendo

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La foto que nunca me hice con Juan Carlos Unzué

UNZUEPEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE -Si yo os entiendo. No os voy a entender… Pero, una cosa es una broma, que yo las acepto de mil amores, y otra es mentarme a mi madre y a mis muertos cada tres kilómetros, que hemos estado a punto de tener una desgracia. Yo sé que sois jóvenes, estáis todos juntos, hay momentos para la guasa, pero tampoco hay que ensañarse. Si yo reconozco que me he perdido y que no hace falta pasar por Toledo para ir a Santander y que los treinta y dos kilómetros en dirección contraria buscando un cambio de sentido han sido culpa mía. Yo es que por aquí he viajado poco. Donde yo he conducido mucho es en Alemania, Suiza y Austria. Mi padre trabajó allí cuando la guerra. Pero no de prisionero ni hostias, con papeles, trabajador voluntario. A él le gustaba decir que había estado en Peenemünde, con las V-2, y que Von Braun estuvo a punto de llevárselo a Florida. En realidad fue empleado del 41 al 44 en una fábrica de botones en Münster. A finales de los 50 volvió con mi madre, mis tres hermanos y yo. Hasta que en los 70 me llamó un cuñado mío de Lepe. No he follao yo na en los invernaderos. Nacionales y extranjeras, lo mismo me daba. Allí me salió lo de la línea Matalascañas-Sevilla. Y hasta hoy. Como Dios, oye. Lo único malo, los linces. No hay animal más hijo de puta que el lince de Doñana. Más que hijo de puta, subnormal. Yo creo que se agazapan en el arcén, detrás de un matojo, y cuando ven que viene un autobús o un coche gordo, ahí que cruzan. Diez o doce llevaré. Que se extingan de una puta vez, si están amamonaos. Como la gorda esa que no hemos atropellado antes de milagro; a ver dónde pollas iba a mear a mitad de una carretera, con niebla, en el puerto del Escudo, a las siete de la mañana de un domingo.

-Verdaderamente, señor Ravanelli. Es que ya no hay respeto-dije yo, al tiempo que maldecía mi costumbre de jubilado de sentarme lo más adelante posible en los autobuses, de no poder dormir a poco que despuntara el sol y darle palique al primer psicópata que tengo cerca. Lo llamábamos Ravanelli porque vestía una camisa a rayas verticales negras y blancas de unos cinco centímetros de anchura y por su mata de pelo canoso. Me quería bien y todavía no me había retirado la palabra porque, a las tres de la mañana, buscando la salida de plaza de Castilla para la M-30, harto de los insultos que le dedicaban mis camaradas de viaje por haber atravesado la capital de España en lugar de utilizar una de sus circunvalaciones, se había levantado de su asiento con el autocar en marcha para exigir silencio o, cuando menos, caridad cristiana para con su figura, y yo había tenido que hacer una parada con el volante que ni Banks a Pelé en Méjico 70. A aquellas horas de la mañana, ya salíamos de la última carretera comarcal por las que tanta querencia tenía y avistábamos la capital de Cantabria, el puerto de Castilla de toda la vida de Dios, la ciudad de Santander, donde pretendíamos ver el Racing-Sevilla de la temporada 1993/94.

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Qué amargados se nos ve

Si al menos nos plantasen cara en los duelos individuales, tendrían una tabla a la que agarrarse en medio del naufragio. Podrían pensar que vale, que el Sevilla es un grande de Europa y el Betis un ascensor, pero arrebatándonos alguna victoria puntual aún tendrían algo por lo que sacar pecho. Anecdótico y casi ridículo, pero algo, al fin y al cabo. Todavía podrían alimentarse de las sobras del banquete de nuestra gloria. Pues ni siquiera. Año tras año, se encuentran un plato vacío sin migajas que llevarse a la boca. Que el Granada venza al Sevilla no le convierte en superior, pero coño, al menos pueden volver a casa con una sonrisa invadiendo su rostro porque le han ganado a un grande. Las criaturitas no. Ahora mismo, el Betis no tiene más aliado que la geografía. Los escasos cuatro kilómetros que separan ambos estadios son lo único que salvaguarda la rivalidad, puesto que la distancia institucional y, sobre todo, deportiva, habría que medirla en años luz. Jamás lo leerán en los medios de comunicación, pero el derbi sevillano se ha convertido en el valenciano o en el barcelonés. Los verdiblancos ya celebran los empates como local, y el día en el que ganen un mísero partido, verán agotadas sus existencias todos los almacenes de petardos de la provincia. Sigue leyendo

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