El delantero Iborra

Los cronistas dirán que todo comenzó en el Santiago Bernabéu, pero ese es un relato falso. A buen seguro, la falsedad es fruto del despiste y alejada del embuste y, bueno, tampoco podemos culparles. Todo comenzó en Lieja. Es decir, en uno de esos insignificantes duelos de la no menos insustancial liguilla de grupos de la Uefa. Esa fase que apenas perdura en la memoria: ni es lo suficientemente extravagante como las rondas previas ni deja cicatrices que lucir con orgullo de campeón como las eliminatorias. De la fase de grupos uefera sólo importa una cosa: superarla. Y, para lograrlo, el Sevilla tuvo que pasear el sello de vigente vencedor de la competición por lugares como Lieja. Allí, en octubre de 2014, el conjunto que revalidaría el título meses después se enfrentó al Standard. Empate a cero. El partido se puede calificar como anodino, porque ahora nos hemos vuelto finos y decir que fue una puta mierda estaría, qué duda cabe, fuera de lugar. No obstante, el fútbol es tan caprichoso como un certamen de cortometrajistas jóvenes, y entre la mediocridad a veces encuentras una pepita de oro. Sí, probablemente se minusvalore por el conjunto que lo lastra, pero oro al fin y al cabo. Por eso decimos que este relato comenzó en tierras belgas. Allí fue donde Vicente Iborra jugó por primera vez de delantero.

Sigue leyendo

5 comentarios

Archivado bajo Vendecolchas

La vieja del 12

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Faltaban seis paradas para llegar a María Auxiliadora, así que me dispuse a levantarme de mi asiento. No me fío de los autobuseros. Mucho menos, de los de la línea 12. Han nacido para engañarme, para fingir abnegación en los atascos de las siete de la mañana y para correr que se las pelan al mando de las líneas nocturnas cuando le comes la boca a tu chati a tus tristes 17 años y ni a ti ni a ella os importaría que diera un rodeo por Huelva. Una de estas personas que, en su demencia y odio hacia mí, piensan que cuando subo a un autobús le doy las buenas tardes a la máquina validadora de títulos de viaje, me escamoteó la verdad de su recorrido el viernes de feria del año pasado. Pregunté, claramente, que si el 12 iba ya a esas horas al Prado. Dijo que sí. Al ver que el autobús giraba a la derecha en la Puerta Osario, caminé hacia la cabecera del autobús. Sólo me acuerdo de la última frase que le dirigí: porque, usted, no querría engañarme, ¿verdad? ¿Qué ganaría con eso? ¿Qué? Explíquese, por favor. Inmediatamente, me abrió la puerta del autobús en mitad del tráfico de la intersección con Gonzalo Bilbao y me dejó marchar, a mí y a mi tembleque de párpados y labio superior. Con estos precedentes, dejé libre mi asiento con la antelación detallada arriba. Pedí con excelentes modos a la vieja que ocupaba el asiento de pasillo que me dejara pasar. No se levantó, sólo giró su trasero, encogió sus brazos sobre su pecho y miró por la ventana. Le di con la cadera en el hombro y con el codo en la cabeza. Puede que fuera queriendo, no lo sé. Da igual, iba a quedarse con la hostia dada de todas maneras. Ya en la Ronda de Capuchinos, me quedé mirando a la vieja. Esa vieja me deseaba el mal. Aunque, ahora, la veía de otro modo. Su mirada errática, sus gestos nerviosos con las manos, su manía de aferrarse el bolso contra su vientre, denotaban un nerviosismo extremo. La vieja, segundos antes mi enemigo mortal, era uno de los nuestros. Esa vieja iba, como yo, al Ramón Sánchez-Pizjuán a ver el Sevilla-Mirandés del 21 de enero de 2016. Era un espejo, femenino y decrépito, de mi alma. Una hermana en el infortunio. A la altura del monumento a San Juan Bosco, Praeit ac tuetur, nos precede y nos defiende, posé mi mano derecha en su hombro, y le dije: “señora, tranquilidad. Comprendo su zozobra en esta hora negra de su vida. Aquí no se sabe qué es peor, que te toque un mojón de contrario en Copa o que te toque un grande. Porque este equipo es un hijo de puta. Sí, un hijo de puta, no me mire así. Usted recordará, seguro, los papelones contra Algeciras, Sabadell, Castellón y, cómo no, Isla Cristina en Copa. O lo del Racing de hace dos años, me cago en Unai. Esto es como tener un hijo toxicómano. No hace una a derechas, pero, ¿lo vas a dejar de querer? Después te hace un dibujito en el Proyecto Hombre y uno es la más feliz y orgullosa de las madres. Señora, fuera penas. Repórtese, coño. Que ganamos. Ya le digo yo que ganamos. Que es el Mirandés, no el Borussia Mönchengladbach. Tenga un kleenex. Deje esos gimoteos que nada van a solucionar. Recuerde siempre: vencimos y venceremos. Somos católicos, apostólicos y romanos y marianos y sevillanos. Tenemos fe en Dios. Sabemos que debemos pasar este baño de sangre, pero el Sagrado Corazón de Jesús nos ayudará”. Me cabreó un poco que la vieja no se bajara en mi parada y siguiera hasta Ponce de León. Sería una vaga de esas que hacen transbordo y cogen el 24 en la terminal, para asegurarse un asiento. Bueno, ella vería. Total, tiempo tenía, que quedaban cinco horas para el partido. Sigue leyendo

3 comentarios

Archivado bajo La previa de la jornada

La foto que nunca me hice con Juan Carlos Unzué

UNZUEPEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE -Si yo os entiendo. No os voy a entender… Pero, una cosa es una broma, que yo las acepto de mil amores, y otra es mentarme a mi madre y a mis muertos cada tres kilómetros, que hemos estado a punto de tener una desgracia. Yo sé que sois jóvenes, estáis todos juntos, hay momentos para la guasa, pero tampoco hay que ensañarse. Si yo reconozco que me he perdido y que no hace falta pasar por Toledo para ir a Santander y que los treinta y dos kilómetros en dirección contraria buscando un cambio de sentido han sido culpa mía. Yo es que por aquí he viajado poco. Donde yo he conducido mucho es en Alemania, Suiza y Austria. Mi padre trabajó allí cuando la guerra. Pero no de prisionero ni hostias, con papeles, trabajador voluntario. A él le gustaba decir que había estado en Peenemünde, con las V-2, y que Von Braun estuvo a punto de llevárselo a Florida. En realidad fue empleado del 41 al 44 en una fábrica de botones en Münster. A finales de los 50 volvió con mi madre, mis tres hermanos y yo. Hasta que en los 70 me llamó un cuñado mío de Lepe. No he follao yo na en los invernaderos. Nacionales y extranjeras, lo mismo me daba. Allí me salió lo de la línea Matalascañas-Sevilla. Y hasta hoy. Como Dios, oye. Lo único malo, los linces. No hay animal más hijo de puta que el lince de Doñana. Más que hijo de puta, subnormal. Yo creo que se agazapan en el arcén, detrás de un matojo, y cuando ven que viene un autobús o un coche gordo, ahí que cruzan. Diez o doce llevaré. Que se extingan de una puta vez, si están amamonaos. Como la gorda esa que no hemos atropellado antes de milagro; a ver dónde pollas iba a mear a mitad de una carretera, con niebla, en el puerto del Escudo, a las siete de la mañana de un domingo.

-Verdaderamente, señor Ravanelli. Es que ya no hay respeto-dije yo, al tiempo que maldecía mi costumbre de jubilado de sentarme lo más adelante posible en los autobuses, de no poder dormir a poco que despuntara el sol y darle palique al primer psicópata que tengo cerca. Lo llamábamos Ravanelli porque vestía una camisa a rayas verticales negras y blancas de unos cinco centímetros de anchura y por su mata de pelo canoso. Me quería bien y todavía no me había retirado la palabra porque, a las tres de la mañana, buscando la salida de plaza de Castilla para la M-30, harto de los insultos que le dedicaban mis camaradas de viaje por haber atravesado la capital de España en lugar de utilizar una de sus circunvalaciones, se había levantado de su asiento con el autocar en marcha para exigir silencio o, cuando menos, caridad cristiana para con su figura, y yo había tenido que hacer una parada con el volante que ni Banks a Pelé en Méjico 70. A aquellas horas de la mañana, ya salíamos de la última carretera comarcal por las que tanta querencia tenía y avistábamos la capital de Cantabria, el puerto de Castilla de toda la vida de Dios, la ciudad de Santander, donde pretendíamos ver el Racing-Sevilla de la temporada 1993/94.

Sigue leyendo

Deja un comentario

Archivado bajo Cancerberos

Qué amargados se nos ve

Si al menos nos plantasen cara en los duelos individuales, tendrían una tabla a la que agarrarse en medio del naufragio. Podrían pensar que vale, que el Sevilla es un grande de Europa y el Betis un ascensor, pero arrebatándonos alguna victoria puntual aún tendrían algo por lo que sacar pecho. Anecdótico y casi ridículo, pero algo, al fin y al cabo. Todavía podrían alimentarse de las sobras del banquete de nuestra gloria. Pues ni siquiera. Año tras año, se encuentran un plato vacío sin migajas que llevarse a la boca. Que el Granada venza al Sevilla no le convierte en superior, pero coño, al menos pueden volver a casa con una sonrisa invadiendo su rostro porque le han ganado a un grande. Las criaturitas no. Ahora mismo, el Betis no tiene más aliado que la geografía. Los escasos cuatro kilómetros que separan ambos estadios son lo único que salvaguarda la rivalidad, puesto que la distancia institucional y, sobre todo, deportiva, habría que medirla en años luz. Jamás lo leerán en los medios de comunicación, pero el derbi sevillano se ha convertido en el valenciano o en el barcelonés. Los verdiblancos ya celebran los empates como local, y el día en el que ganen un mísero partido, verán agotadas sus existencias todos los almacenes de petardos de la provincia. Sigue leyendo

10 comentarios

Archivado bajo A toro pasado

Postulados sobre la 97/98 y la verbena actual en que a todas luces se ha convertido este invento

Lo que hizo que me diera cuenta de que estaba en una final no fueron los carteles en las farolas anunciando el Middlesbrough-Sevilla, las conversaciones que captaba alrededor, pasar siete horas en una plaza llamada genéricamente “fanzone”, la cerveza de trigo al escandaloso precio de dos euros, las camareras rubicundas que no entendían el concepto “cubata” ni muchísimo menos “cubata para el camino”, la moneda sin valor que me dieron en un bar para activar la máquina de tabaco, la parafernalia de niños con globos color butano y la pancarta gigante con el escudo del Sevilla sobre el césped, ni siquiera el hecho de tener que coger a mi padre por el cuello para que no le diese una hostia a un señor que nos había dado una dirección, a juicio de mi padre, de un modo risueño y, por tanto, hiriente en extremo. En Eindhoven, la revelación fue la luz. Bajo las cubiertas de un estadio del norte de Europa, construidas con la benevolencia de sociedades hiperdesarrolladas y el propósito de ahorrar imponderables climatológicos al público, el cielo era completamente azul, tal vez ya celeste, sin una sola nube, que anunciaba la noche y el verano. Las finales empiezan de día, pero se saborean en la oscuridad. Sigue leyendo

6 comentarios

Archivado bajo Memorabilia

La aceptación de la derrota

(Nota de la redacción: Este artículo se pensó antes de ganarle al Fútbol Club Barcelona, pero dada la consabida eficacia de esta bitácora, no ha sido publicado hasta hoy)

Parece como si viviésemos en una novelización de algunos aspectos de la existencia. O, más concretamente, una guionización, toda vez que los novelistas acostumbran a ser sujetos desvergonzados y aficionados a la dispersión. Pero en el cine la justificación de todo tiene que ir por la vía directa. Hablamos, claro está, en el plano teórico, porque luego uno se encuentra con algunas películas cuyos guionistas se esforzaron más en convencer al mundo de que tenían algún talento que en intentar cultivar las reglas básicas del audiovisual. Y, como decíamos, una de esas normas ineludibles es la de que, en la ficción, todo ha de estar motivado. Los personajes tienen que comportarse como lo hacen por alguna razón. Expresado en forma de axioma, la ficción siempre supera a la realidad. El suceso real puede ser aburrido, estúpido o, sencillamente, totalmente increíble. La ficción no puede concederse ese lujo. La vida real puede terminar con que un buen día te levantas y te atropella un autobús. Si eso ocurre en una película, el crítico que la vea a duras penas podrá caminar ante la erección que le supondría esa alfombra roja para el destripe. En definitiva, existe la tendencia a pensar que cada vida es una película que se está rodando, y que todo lo que acontece, lo hace por algo. Sigue leyendo

6 comentarios

Archivado bajo Mejor fuera que dentro

Si Peter Pan viniera

Uno de los finales más tristes de toda la literatura universal es el final de ‘Peter Pan’. El tiempo ha pasado, y Wendy es toda una mujer. Tiene una hija hermosa, tan hermosa como lo era ella la primera vez que pisó Nunca Jamás de la mano de Peter Pan. Wendy acaba de acostar a su niña. La habitación está a oscuras. De repente, se abren las ventanas de par en par. Contra el cielo estrellado se recorta la figura de Peter Pan. “Wendy, vine a por ti. Es el tiempo de la limpieza de la primavera. Tienes que cuidar de mí y de los Niños Perdidos”. Pero Wendy le confiesa que se ha olvidado de volar. “No malgastes en mí el polvo de las alas de las hadas”, le dice. Peter Pan, que aún es un niño, no entiende nada. Wendy le dice “encenderé la luz para que comprendas”. Y, por primera vez en su vida, que nosotros sepamos, Peter Pan tiene miedo. Y sólo acierta a decir: “no enciendas la luz”.

El Sevilla Fútbol Club es un caso anómalo. Normalmente, la literatura, las canciones, el cine y, en definitiva, toda la cultura popular, tiende a glosar las virtudes demostradas por el protagonista. A recoger las más destacadas andanzas del héroe para dejar constancia de su importante labor. Desde los cantares de gesta hasta ‘La lista de Schindler’. Pero el Sevilla no. El Sevilla lo hizo al revés. Cuando Javier Labandón acompañó los acordes posteriores al estribillo del himno con el ya célebre “dicen que nunca se rinde”, era mentira. Por regla general, si nos metían un gol, en el campo que fuese, era buen momento para girarse al camarero, pedirle que dejase cerca la botella de Rives y apechugar, porque la tarde iba a ser dura. Aquel equipo se rendía. Pero todo cambió. El Sevilla se transformó en grande de Europa y ya no desiste ni aunque lo maten. Y ha convertido esa condición en seña de identidad. El Sevilla, directamente, se reinventó para adaptarse a su literatura. Sigue leyendo

5 comentarios

Archivado bajo A toro pasado