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¡Viva la muerte! (y II)

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE (Viene de aquí) En lo que quedaba de temporada Caparrós sabía lo que tocaba. Hacer un Jenofonte. Ya no éramos el “tapado” de la categoría sino el rival a batir. Todos iban a ir contra nosotros, en especial el Atlético de Madrid, que no terminaba de arrancar y que, con la prensa mesetaria a su servicio, nos torpedearía todo lo posible. Había que volver a casa haciendo de la unidad, el trabajo, la capacidad de sufrimiento y la disciplina la única bandera. Todos los efectivos debían estar implicados al 100%, si había alguna baja, y da escalofríos repasar la temporada y comprobar la cantidad de ausencias que había cada jornada especialmente por sanciones, el que saliera debía hacerlo igual o mejor que el ausente. No importaba que se contara con jugadores jóvenes con nula experiencia a máximo nivel, de eso ya se ocupaba Caparrós. Como dijo el ateniense de los cojones en Persia, y Caparrós le diría a sus pupilos en la concentración navideña en Isla Canela, “la salvación está sólo en la victoria”. A esas alturas de año, yo empecé a llevar al perro al parque sin necesidad de tomar nada. Sigue leyendo

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¡Viva la muerte! (I)

Nota de la redacción: Continuamos con las aventuras de don Joaquín Caparrós. Esta segunda entrega, debido a la insania desenfrenada de nuestro corresponsal, es demasiado extensa para ser publicada de una vez. Por tanto, la dividimos en dos partes. Esperemos que no se nos líen.

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE (Viene de la primera parte) Siempre quise morir así. Diez de agosto, día de San Lorenzo, un pueblecito de Extremadura o Castilla La Vieja. Un toro de la ganadería del Duque de Veragua, cárdeno claro, bragao, meano y bocinero, 578 kilos, de nombre “Navajazos”, tras haber recibido ocho picas y cobrado la vida de cinco caballos, en la suerte suprema, entrando a matar al volapié me engancha la pierna derecha con su pitón izquierdo para, mientras yo le doy muerte con una certera estocada, él dármela a mí destrozándome con su embestida la arteria femoral. En la plaza no hay enfermería y el pueblo es de esos donde las inyecciones las pone el barbero. Trasladado al casino, soy acomodado en una mesa de billar en la que el cirujano-barbero hace lo que humanamente está en su mano. Con una inclinación de ojos da a entender a mi apoderado que no hay nada que rascar. Me mira, entiendo la situación y hago llamar a la cuadrilla, que espera en la sala vecina. Entran todos cabizbajos mientras doy las últimas disposiciones a mi mozo de espadas. Mi casa de la calle Monsalves, para mi santa madre. El cortijo que tengo a las afueras de Sevilla, cerca del camino de Córdoba, en una zona de huertas feraces, llamada, por mal nombre, de Pino Montano, para mi señora. Y para mi quería, el monto íntegro de mis diez últimos contratos. A ver si ese dinero puede servir para que no vuelva a la mala vida en la que la encontré. Con el semblante ceniciento del sudario que ya me aguarda, principio a despedirme de mis hombres. El último es Manolito, el picaor, mariconcito él y hombre cabal de arriba a abajo, que no puede reprimir dos lágrimas como dos cocos que le caen por sus carrillos de buen comer. Con Dios, Manuel. Siempre nos quedará la botella de anís del Mono en aquella fonda de Navalmoral de la Mata, de lo que ya quedas tú solo como mudo testigo. Entonces el mozo de espadas, siempre serio, con su traje negro y su camisa blanca abierta sobre el pecho dejando ver cadenas y relicarios dorados, dirigiendo al cielo raso su rostro cetrino surcado de cicatrices de novillero sin suerte, me coge la mano, siento en la espalda el frío de mil amaneceres de enero, y acabo susurrándole al oído, como últimas palabras, “qué disgusto más grande se va a llevar mi madre cuando se entere”.

¿Hay final más grande para un tío, me cago en Dios? Pues en lugar de eso nací ochenta años tarde en un mundo de abstemios, no fumadores, ecologistas y maricones, y aquí me tienen. Escribiendo barrabasadas y destinado a una muerte vulgar y corriente. Al menos espero que sea violenta. Prefiero morir gratis y al aire libre; no entre cuatro paredes torturado por médicos, especialistas y parientes pidiendo a gritos el derecho a la eutanasia en vista del facturón que se les viene encima. Llevo dándole vueltas a la mejor y más honorable manera de palmar desde los cuatro años, lo que no implica que esté loco. Al contrario, tarados son los que se emperran en darle tan mala prensa a la muerte, cuando es la que de verdad le confiere alegría a todo el asunto. Es como la regla del fuera de juego; a priori, una putada, pero sin ella el fútbol sería una estupidez. Joseph Cartaphilus lo dijo en su manuscrito; un inmortal acaba pasando de todo, pues sabe que en un plazo infinito tiene que ocurrirle, necesariamente, todo. Un mojón de existencia, no me jodan. El hombre, además, es la única criatura consciente de su final. Esto lo convierte en el ser más ruin, abyecto, cruel, cobarde y miserable de la creación. Sin embargo, en naturalezas sublimes que se alzan desde el fango del que proviene lo humano para alcanzar la excelencia, la certeza de un fin próximo representa el acicate para mostrar todo lo elevado a que puede aspirar un hombre. La muerte del Sevilla era una posibilidad muy cercana en septiembre de 2000. A nuestro lado teníamos al héroe homérico que nos sacaría de la más puritita mierda: don Joaquín Caparrós Camino.

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Cubatas, golfas, griegos y compresas

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE No hay mejor lugar para pasar el verano que la ciudad de Sevilla. Todos los imbéciles que atestan la calles en Navidad, en Semana Santa, cuando se casa alguna terrateniente degenerada de estirpe degenerada o cuando se estrena una obra pública cuyo presupuesto se decuplica desde su proyecto hasta su inauguración, están al menos a 100 kms. de distancia. El paraíso sobre la Tierra; Sevilla sin sevillanos, que dijo lo único decente que nació en el Palacio de las Dueñas. Contamos con atractivos incomparables como el día del Carmen y sus dieciocho procesiones, la Velá de Santa Ana o las novilladas de promoción. Gloria bendita. No cambio todo eso por estar lleno de arena, con la espalda quemada y pegajosa de salitre, comiendo en un chiringuito que te cobra a precio de Ritz alimentos indignos de contenedor de restaurante chino ni muerto. Además, hay un factor interesante, como es que la mayoría de mis conocidos pertenecen a la categoría de personas que pierden el culo por ver una masa informe de agua y opositar al melanoma desde que empieza julio hasta que llega septiembre, pero son unos tiesos que no pueden permitirse estar los dos meses en la costa, con lo que soy el plan perfecto para aquellos que tienen la desgracia de pasar un fin de semana veraniego en Sevilla; plan, casi siempre, de ignominiosas consecuencias. Verbigracia: julio del 99. Solo en casa, tocándome los huevos a las seis de la tarde, suena el teléfono. Descuelgo y veo que tardan en contestar. Una amiga, con la que no tenía mucha confianza, llama y, con voz entrecortada y risitas nerviosas, empieza a preguntarme tonterías tales que cómo estoy (sudando), qué me cuento (que debería haberme dormido la siesta después de la exhibición de Giuseppe Guerini en Alpe d’Huez y no estaría aguantando esta conversación), que si ya he echado los papeles para la preinscripción (no, el año que viene me meto a recoger cartones). Inquieto ante tanta curiosidad sobre asuntos que ni a mí me podían parecer interesantes, la muchacha, al fin, se anima y me dice que si no hago nada esa noche podríamos quedar, que era su cumpleaños y me invitaba a algo. Jamás voy a entender los nervios para pedir algo tan banal. Pide, coño, que aunque parezca mentira no muerdo. Haciendo de tripas corazón, deseché el plan que tenía en mente para aquella noche (emborracharme) para aceptar el que me proponía (emborracharme con ella). Es jodido salir con alguien a quien conoces poco, a la hora de haber comenzado la cita y ventilados los tres temas de conversación en común que puedes tener con la prójima, llega el muy peliagudo momento en el que te planteas qué coño haces allí en lugar de en el banco del barrio con el perro y una litro. Pero esta tía era guay. Le daba a la cerveza siguiéndome el ritmo, lo que le hizo ganar un montón de puntos, aparte de tener un buen par de tetas y un mojino respetable. Por si esto fuera poco, había mamoneo. Ya de cubatas en la calle Betis comenzó un intercambio de andanadas que me llevaron a la conclusión diáfana de “esta noche, fijo que mojo”. Que quién me iba a decir que me lo iba a pasar tan bien con lo solita (atentos al diminutivo reflexivo. Como un tatuaje encima del culo: la firma indeleble de la golfa de tronío) que estaba en mi cumpleaños y lo que nos queda de noche; que si mira la cicatriz que me quedó en el pezón de un quiste que me extirparon; que si para cicatriz la que tengo yo en el nabo de los puntos de la fimosis. Pildorazos sutiles, casi versallescos. En el taxi que nos llevaría a su casa tuve la sensación de que quizá había cargado en demasía la suerte a la hora de asegurarme la inminente coyunta, pues tuvo que repetir la dirección siete veces al taxista para que la entendiera. No me seguí preocupando porque en el trayecto vi con claridad que las ganas de jaleo seguían intactas, no se quedó dormida, no empezó a vomitar. Seguía respirando. Suficiente. Arribados a nuestro nidito de amor, entré a saco, le metí la mano por debajo del vestido y, al pegar un tirón de las bragas, profirió tal alarido que me hizo temer que se hubieran evaporado de súbito los tres o cuatro gramos de alcohol en sangre que debía de llevar y se percatara de la insensatez en que incurría. La realidad, como siempre, era mucho peor. Qué clase de tajá infame no tendría encima que, en su última visita al servicio de un bar, justo antes de irnos, se había puesto una compresa al revés, con el pegamento para arriba, y no se había dado cuenta hasta ese momento. Y no, no era amiga de las ingles brasileñas, al menos hasta aquel instante. Al ver reducida la condición pilosa de sus partes pudendas a la de un nenuco de golpe y porrazo, se le pasó el ciego que llevaba y, encima, le dio llorona. Supongo que por lo humillante de la situación y por mi comentario (“Pero mi arma, ¿tú no has oído hablar de los tampax? Si los usa hasta Camilla Parker, por Dios Santo, hasta Camilla Parker!!!”) con el que intentaba quitarle hierro al asunto y dar algunos ánimos. A continuación, terminé de cagarla. Inspirado por el ejemplo de aquella tarde del señor Guerini, que a pocos metros de llegar a meta tras un ascensión de epopeya a las 21 rampas más señeras del ciclismo se había dado una hostia contra un subnormal que hacía una foto en mitad del asfalto, se había levantado y, apelando a su hombría y a los últimos picogramos que atesoraba en su organismo, se volvió a subir a la bicicleta y acabó ganando, me jugué el todo por el todo. Cuando cualquier persona normal habría intentado paliar la situación con mimitos y arrumacos para ver si con un poco de paciencia la noche llegaba a buen puerto, yo hice un Caparrós el día del Panathinaikos. De perdidos al río, saqué a Darío Silva, Baptista, Adriano, Makukula, Aranda y Antoñito, todos a una, contra un rival mermado, con diez, pero ultradefensivo por mor de las circunstancias. Como el que da con una solución brillante a un problema intrincado, propuse, triunfante: “Pues ya que tienes así el tema, podemos probar y te doy por el culo”.

Accedió, pero cambiando el sujeto paciente y dándole sentido metafórico. Al quedarme poco por hacer allí, la felicité por su cumpleaños, que hay que ser torero hasta tomando café, que dijo el Guerra, y tiré para mi casa. Reflexionando acerca de lo ocurrido, me preguntaba cómo se había ido todo al carajo si se daban todos los condicionantes para haber salido por la puerta grande. Buena materia prima, excelente disposición, aceptable ambiente, y sin embargo, por culpa de un elemento utilísimo de higiene personal, en su sitio pero en momento inoportuno, nada. Paré a tomarme la última rumiando improperios y lamiéndome las heridas, para concluir que todo aquello era como si llega un futbolista contrastado, con calidad, técnica, buen manejo de la pelota, pero no entra en la historia importante del club porque llega en el peor instante. Como Basilio Tsartas. Sigue leyendo

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