Archivo de la categoría: La previa de la jornada

Grandeza llama a grandeza

Decíamos ayer que la grandeza futbolística se crea, pero no se destruye. Es decir, que una vez que te atrincheras en el Olimpo balompédico ya no hay orden judicial ni manada de antidisturbios rabiosos que puedan desalojarte de allí. Siempre, pase lo que pase, cuando alguien eche un vistazo al palmarés, los grandes seguirán estando allí. Y eso, estimados camaradas, es lo que le ocurre al Sevilla Fútbol Club. Superó a su región, y por supuesto a su ciudad, para convertirse en grande de Europa. A base de éxitos incontestables se instaló en la grandeza. Y, si el refranero patrio es cierto, y el dinero llama al dinero, qué duda cabe que la grandeza llama a más grandeza. Por eso, porque nuestro equipo se agiganta, porque nuestro escudo pesa en el continente, porque en el fútbol es normal que los grandes disputen cosas grandes, nuestra casa vuelve a vivir este jueves nada más y menos que unas semifinales de competición europea.

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Hijos de la misma rabia

La cosa sería algo tal que así: “No creo que seamos parientes muy cercanos, pero si usted es capaz de temblar de emoción cada vez que nos toca remontar una eliminatoria como local, somos compañeros, que es más importante”. Y quien dice temblar de emoción, dice dar cobijo al sentimiento por el que mutamos en masa sedienta cada vez que toca un envite como el del jueves: el deseo de venganza. Igual que lo hicimos en Europa, ahora es el turno de otra competición que nos pone especialmente cachondos. El ida y vuelta, en realidad. La Liga es para pusilánimes. Que nos asignen un rival, y con ellos nos tenemos que partir la cara, sin importar el resto del mundo. Eso es lo que nos motiva. Y se manifiesta en la sonrisa malévola del que se pregunta si ya finalizó el turno del contrario. Que se vayan preparando, porque ahora nos toca a nosotros. Sigue leyendo

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Peleando a la contra

Pongamos una noche cualquiera. Primaveral, que siempre queda mejor en estos casos. Tú, más o menos seguro de ti mismo, más o menos guapo, más o menos todo, la divisas entre el gentío. Hace unos años la hubieses considerado inaccesible nada más verla, pero un par de experiencias pasadas te compelan a que te replantees tus propias certezas. Es casi imposible, pero… Ese pero, tan perjudicial en otros enunciados, es el que diferencia a los derrotados de antemano de los que aún conservan algo que decir. Total, que te acercas a ella. Y la cosa marcha, poco a poco, pero marcha. Cada vez mejor. Hay momentos en los que todo parecía perdido, o demasiado cuesta arriba, pero se acaba remontando y la conversación, los acercamientos, fluyen. Las horas vuelan en los relojes de la madrugada, pero a ti te queda tiempo y coraje para el último asalto. Tras un largo tanteo, culminas. Y triunfas.

Abres los ojos. Desconoces si ha sido un sueño repetido, pero giras la cabeza y comprendes que todo ha sido de verdad, otra vez. Y ya que estás en esa privilegiada situación, intentas repetir. No llevará aparejado tanto esfuerzo como la noche anterior pero, si se dan las circunstancias adecuadas, también puede ser placentero. La Supercopa de Europa es el polvo mañanero, pero en plan limpio. Con mucho boato, focos, lujo y elegancia. Con los dos sin resaca, sin sudores ni olores, y hasta con los dientes limpios. Aprovechemos que hemos llegado hasta aquí y, como quien no quiere la cosa, vamos a aproximarnos al objetivo, no vaya a ser que volvamos a tener la dicha eterna de sentirnos campeones una vez más. Sigue leyendo

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Real Madrid-Sevilla Fútbol Club

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Ya es mala suerte jugar tres finales de Supercopa de Europa y que en dos de ellas te toquen equipos españoles. Estas cosas se juegan contra el Bayern, el Manchester y gente así, no contra dos cabrones con los que nos duelen los huevos de vernos las caras. Claro que podía haber sido peor. Nos podría haber tocado el Atleti. Aunque, bien mirado, hubiese sido lo ideal. Un equipo que, todos ustedes pueden asegurarlo, se acojona en las finales que juegan contra equipos que visten de blanco, cuando pierden se escudan en una leyenda urbana más falsa que la del Peta Zetas y la Pepsi Cola como es que se quedaron hasta la entrega de la copa animando a su equipo, es un rival más que apropiado para estas citas y un erótico resultado. En cualquier caso, el rival será el Real Madrid Club de Fútbol, lo que garantiza que el “sevillanos, yonkis y gitanos” suene bien fuerte en Cardiff, ciudad galesa que, al igual que Amsterdam es la Venecia del norte o Budapest la París del este, podríamos llamar, en vista de sus atractivos, la Albacete del Reino Unido.

En vísperas de la sexta final continental que jugará el Sevilla Fútbol Club, resucitamos el espíritu de un hijo de la muy noble ciudad de Zaragoza que honró esta casa con sus previas, y analizaremos, despojo a despojo, el once que presumimos plantará Ancelotti sobre el terreno de juego, el próximo martes 12 de agosto de 2014. Gracias a la labor de los medios de comunicación patrios, este resumen de la escuadra madridista puede escribirlo incluso un tío sin ni puta idea de fútbol, que ve dos partidos al año sobrio y a quien lo que de verdad le gusta es contar historietas sobre borracheras, prostíbulos, botes de tragaperras y apuestas en el incomprendido a la par que apasionante mundo de las peleas de perros. Al final, como hacía el maño, dejaremos unas cuantas fotos con letreros supuestamente graciosos. Las costumbres hay que cuidarlas. Empecemos, pues, a relatar nuestras impresiones sobre el Real Madrid, equipo que, junto a la tortilla de patatas sin huevo ni patatas y la guardia mora violando maestras, forma la terna de los máximos hitos a que llegó el pueblo español bajo la égida de Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España y Generalísimo de sus ejércitos. Sigue leyendo

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Nosotros que no somos como los demás

Parece mentira que ya hayan transcurrido dos semanas. Desde casi las once de la noche del pasado 1 de mayo, hay un simple vocablo que monopoliza la mayoría de los pensamientos futbolísticos. Obviamente, es imposible concretar el minuto exacto. Como a todos los demás, las palabras que se escaparon de la boca, o que se alojaron en la mente, después de que Mbia rozase la dislocación de pescuezo, son insondables. Al igual que el número de espasmos, cortes de manga, puños apretados y abrazos. En definitiva, una enajenación mental transitoria de manual. Pero, tras todo eso, durase lo que durase, llegó para quedarse la palabra clave. Pronombre personal, primera persona del plural. Nosotros.  Sigue leyendo

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The world, chico, and everything in it

A lo largo de todo este escrito vamos a dar por hecho que los presentes han visto Scarface. La del 83, la de Brian De Palma. Ya saben, esa con una interpretación sencillamente magistral por parte de Al Pacino (probablemente, la más icónica de su extensa y bien ponderada carrera) que alguien más redicho no dudaría en calificar como tour de force. La película, además, fue escrita por un entonces desconocido Oliver Stone. A todo esto se le suman algunos secundarios inspirados y el resultado ya es sobradamente conocido. La escena del jacuzzi, por ejemplo, es una de esas que te marcan cuando empiezas a ver cine. Pero hay otra que entronca directamente con lo que nos ocupa. Tony Montana, el personaje de Al Pacino, conduce su coche junto a Manny. Los dos inmigrantes ya están establecidos en Estados Unidos, y el compañero le comenta que ese ya debería ser motivo suficiente para ser feliz. Tony, que albergaba unos planes bastante más ambiciosos (poca cosa, levantar un imperio criminal), le dice, así finamente, que un carajo para él. Manny le pregunta qué es lo que quiere, y ahí Tony responde la frase que titula este humilde artículo. “The world, chico, and everything in it”. Que, por si algún despistado faltó a la segunda clase de inglés, viene a significar algo así como “el mundo, y todo lo que hay en él”.  Sigue leyendo

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La gloria vuelve a pasar por Sevilla

Somos unas mamonas. No me refiero a los redactores de esta casa, que también, sino a todos nosotros. A la afición sevillista. El pasado jueves, cuando el reloj apenas sobrepasaba las once de la noche, se podrían haber formulado numerosas observaciones. Ya fueses uno de los audaces que se desplazó a Oporto y se comió la derrota en la carretera de vuelta o uno de los que recogía la montaña de latas y botellines de cerveza que había brotado junto al televisor. Da igual, cualquiera podría haber buscado razones a lo ocurrido. Que si el equipo, pese a estar aculado, no defendió demasiado bien, que si regaló mucho terreno de juego y que si, especialmente, tuvo unos problemas asociativos inusuales en la gente de arriba. Claro que podrían haberse hecho todos esos sesudos análisis. Y alguno los hizo, pero durante un corto espacio de tiempo. Segundos, si acaso minutos. Pero absolutamente todos olvidamos rápidamente sus postes, su peligro, incluso la nuestra de Gameiro. Lo que nos salía del alma era aseverarnos a nosotros mismos: “¿Ya está?, ¿eso era todo? Pues ahora os vais a cagar”. Sigue leyendo

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