A la gloria desde el barro

En las despedidas, no queda otra que blandir la sinceridad salvaje a modo de pañuelo, porque las palabras no dichas antes del adiós luego las suele sepultar el orgullo, el tiempo o el miedo, cuando no las tres cosas, y callarse los recuerdos oscuros únicamente apaga el brillo de los mejores momentos. Por eso, por mucho que contravenga el nombre de la sección en la que se encuadra este artículo, es imposible preterir que la primera temporada de Coke en el Sevilla fue nefasta. Y eso que a mí, por esos detalles triviales (ser capitán del Rayo, probablemente) por los que gusta un fichaje que conoces entre poco y muy poco, me resultaba atractiva su contratación. Pero es que al pobre le salía todo torcido. Mi opinión tocó fondo en un partido al mediodía en el Bernabéu, donde su actuación fue tan dolorosa que hasta logró hacerme olvidar la resaca que me castigaba en la grada. A ese primer año se refiere Coke cuando afirma, con el gesto seco de los que superan un mal trago pero recuerdan su amargura con nitidez, que él también conoce a la afición del Sevilla en las malas.

En realidad, la segunda temporada tampoco arrancó mucho mejor, ya que no disputó ni un mísero minuto hasta la jornada 15. ¿Qué puede haber sucedido entonces para que, transcurridos los años, se marche como una institución de un grande de Europa? ¿Cómo se pasa de recibir algún silbido a irse recitando, compungido, una despedida a ratos carta y a ratos pregón, que provoca un reguero de lágrimas? La magia del fútbol. Que nadie se lleve a engaño cuando escuche que lo mágico de este deporte reside en un enrevesado regate que concluye bien. No, eso son trucos. Llamativos, sí, pero trucos de trileros. La magia, lo que a mí me sigue adheriendo al alto nivel de este deporte, son esos ya escasos tipos normales que se transforman en extraordinarios y que entran en comunión con un escudo que también es el mío.

A mitad de aquella segunda temporada, Unai tomó las riendas del equipo. Ya comentamos aquí el cambio de rumbo, tan brusco como beneficioso, que eso supuso para la entidad. En lo referente a Coke, pasó a ser titular en todas las jornadas restantes. Y, desde ahí, siempre ha tenido peso en el equipo, jugando 36, 34 y 42 partidos en las tres temporadas sucesivas. Obviamente, mejorando muchísimo sus prestaciones sobre el campo. Existe una manera diáfana de definirlo, y es atendiendo al ramillete de posiciones en las que ha sido alineado. Lateral derecho, central, lateral zurdo, mediocentro y extremo derecho. Donde le mandaran, él iba y se vaciaba, quizás en perjuicio de su propio rendimiento. En deportes colectivos, no existe nada más elogiable que salir perdiendo para que gane el grupo. Quizás, por detalles así, comenzó rápidamente a llevar el brazalete. En un vestuario, la labor del capitán es la de un semáforo iluminando en la madrugada: muy pocos lo ven, pero es vital para llegar al final del camino.

Que Andújar decidiera tirar penaltis en todas las tandas no atiende, ni por asomo, a la casualidad. Aunque antes del derbi uefero jamás había lanzado uno, lo metió. Los metió todos, fuerte y al lado natural. Si temblaban las piernas, lo lógico era recurrir al corazón del equipo. Es tan cierta esta última frase, tal llegó a ser la identificación de Coke con el Sevilla y del Sevilla con Coke, que a nadie le sonó extraño cuando en ruedas de prensa previas a un partido importante, el capitán citó la tragedia que sufrió el club hace años aunque, obviamente, jamás cruzase una palabra con el fallecido. Estaba haciendo suyo un símbolo. Cuando Coke rememoraba a Puerta, estaba alzándose como voz de los empleados del club que lo conocieron, de los aficionados que lo recuerdan. Estaba siendo el Sevilla.

Más allá de esos detalles, pequeños pero indelebles, también deja una colección de recuerdos más palpables. Aunque nunca levantó ninguna, aparece nada más y nada menos que en las fotografías de tres copas de la Uefa. Una detrás de otra. El superlativo triunfo de un tipo corriente, que atesora el palmarés que ni siquiera se atrevió a imaginar, pero conquistado de la única manera que puede hacerlo la gente humilde: dejándose los huevos. Pero al no estar exento de calidad, es capaz de ser defensa y goleador. Marcó varios, entre los que destacan el tiro lejano al Zaragoza, la vaselina al Levante, el decisivo cabezazo en Vallecas, ante el Villarreal tras el taconazo de Diogo o el golazo ante el Betis. Y, por supuesto, Basilea.

Lo que Coke hizo en su tercera final de Uefa no tiene nombre. Retorcerse buscando un adjetivo que le haga justicia es una labor estéril, porque una cosa es haber llegado donde el 99,9% de los futbolistas no llegan, pero otra muy distinta es erigirte en protagonista absoluto. Copar las alabanzas, las narraciones, las portadas. Mi momento favorito son esos instantes en los que parece que el árbitro va a invalidar su segundo gol. La cámara se fija en él, que hace un gesto con la mano, como diciendo gol, hombre, gol. Vete al carajo por ahí. Vas a venir tú a mí ahora a quitarme esto, si llevo toda la vida luchando desde el barro. Soy Jorge Andújar, el puto working class hero, ¿cómo cojones me vas a anular tú mi segundo gol en una final de Uefa contra el Liverpool, por dios bendito?

Qué lejos queda aquella primera temporada funesta. Hoy, haciendo gala de la fe del converso, puedo exagerar sin rubor y aseverar que Coke es el futbolista ejemplar. El que personificaba la casta y el coraje del himno, el que siempre iba a agradecerle el esfuerzo a la afición desplazada, el que celebraba efusivamente cada gol del equipo hasta en los amistosos, el que daba explicaciones ante un micrófono en las duras y en las maduras y hacía sentir orgulloso de que alguien así fuese la imagen que el Sevilla proyectaba al exterior. El que duele describir en pasado. El que se marcha sintiendo tanto el escudo que, en su discurso de despedida, se supo con la suficiente autoridad como para poner deberes a sus compañeros: que no se les ocurra dejar morir al ambiente de ese vestuario.

Se marcha, y aunque el tiempo pase y nos engañe tratando de hacernos creer que su rostro se ha convertido en otro, será mentira. Igual que la belleza inalterable de las actrices en las películas clásicas, su rostro desencajado de felicidad en Basilea ya es eterno. Representando al sevillismo, al resto de aficionados que anhelan un fútbol más plural, a aquellos jugadores que también se partieron los cuernos, que también se mancharon las botas, pero que jamás pudieron alcanzar la gloria. Apretando el puño por sí mismo y por la gente, como haciendo fuerza para vencer la incredulidad de haberse convertido en leyenda. Porque exactamente así es como se marcha, siendo un futbolista legendario del Sevilla Fútbol Club. Qué pena que se vaya, sí. Pero qué suerte tuvimos, Coke, de que un día decidieras pasarte por aquí.

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4 comentarios

Archivado bajo Pajas y mamadas

4 Respuestas a “A la gloria desde el barro

  1. Cordi3

    Olé! Grande Coke.

  2. Álvaro Ruiz

    Grandísimo artículo y grandísima persona, Coke. Para mí su mejor partido, el más completo, impecable, sin un fallo, fue la final de Turín. Pero entiendo que marcar dos goles en la final de Basilea, ser nombrado MVP de la final y encima jugando en una posición que no es la tuya, pues es el no va más. Su celebración en el segundo gol, el 3-1, el que nos daba la final, me recordó al “me lo merezco” de Palop en Glasgow tras parar el último penalty.

    Por tocar un poco las narices y buscarle un pero a esta entrada, yo hubiera puesto esta imagen en lugar del 2-0 del último derby:

    Coke en el suelo llorando como una magdalena, como diciendo “otra vez hemos llegado al cielo… pero esta vez he abierto las puertas yo”.

    Grande Coke.

  3. Pingback: Saliendo del armario | Palanganismo exacerbado

  4. Pablo F.

    Pasado el tiempo me encuentro con este merecido homenaje. Muy grande Coke, y grande lo que significa. Por qué será que tras su marcha repasamos la plantilla tratando de dar con el Coke del vestuario, con el alma del equipo. Ya está en lo mejor de la historia de nuestro Sevilla. Enhorabuena por el artículo.

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