La foto que nunca me hice con Juan Carlos Unzué

UNZUEPEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE -Si yo os entiendo. No os voy a entender… Pero, una cosa es una broma, que yo las acepto de mil amores, y otra es mentarme a mi madre y a mis muertos cada tres kilómetros, que hemos estado a punto de tener una desgracia. Yo sé que sois jóvenes, estáis todos juntos, hay momentos para la guasa, pero tampoco hay que ensañarse. Si yo reconozco que me he perdido y que no hace falta pasar por Toledo para ir a Santander y que los treinta y dos kilómetros en dirección contraria buscando un cambio de sentido han sido culpa mía. Yo es que por aquí he viajado poco. Donde yo he conducido mucho es en Alemania, Suiza y Austria. Mi padre trabajó allí cuando la guerra. Pero no de prisionero ni hostias, con papeles, trabajador voluntario. A él le gustaba decir que había estado en Peenemünde, con las V-2, y que Von Braun estuvo a punto de llevárselo a Florida. En realidad fue empleado del 41 al 44 en una fábrica de botones en Münster. A finales de los 50 volvió con mi madre, mis tres hermanos y yo. Hasta que en los 70 me llamó un cuñado mío de Lepe. No he follao yo na en los invernaderos. Nacionales y extranjeras, lo mismo me daba. Allí me salió lo de la línea Matalascañas-Sevilla. Y hasta hoy. Como Dios, oye. Lo único malo, los linces. No hay animal más hijo de puta que el lince de Doñana. Más que hijo de puta, subnormal. Yo creo que se agazapan en el arcén, detrás de un matojo, y cuando ven que viene un autobús o un coche gordo, ahí que cruzan. Diez o doce llevaré. Que se extingan de una puta vez, si están amamonaos. Como la gorda esa que no hemos atropellado antes de milagro; a ver dónde pollas iba a mear a mitad de una carretera, con niebla, en el puerto del Escudo, a las siete de la mañana de un domingo.

-Verdaderamente, señor Ravanelli. Es que ya no hay respeto-dije yo, al tiempo que maldecía mi costumbre de jubilado de sentarme lo más adelante posible en los autobuses, de no poder dormir a poco que despuntara el sol y darle palique al primer psicópata que tengo cerca. Lo llamábamos Ravanelli porque vestía una camisa a rayas verticales negras y blancas de unos cinco centímetros de anchura y por su mata de pelo canoso. Me quería bien y todavía no me había retirado la palabra porque, a las tres de la mañana, buscando la salida de plaza de Castilla para la M-30, harto de los insultos que le dedicaban mis camaradas de viaje por haber atravesado la capital de España en lugar de utilizar una de sus circunvalaciones, se había levantado de su asiento con el autocar en marcha para exigir silencio o, cuando menos, caridad cristiana para con su figura, y yo había tenido que hacer una parada con el volante que ni Banks a Pelé en Méjico 70. A aquellas horas de la mañana, ya salíamos de la última carretera comarcal por las que tanta querencia tenía y avistábamos la capital de Cantabria, el puerto de Castilla de toda la vida de Dios, la ciudad de Santander, donde pretendíamos ver el Racing-Sevilla de la temporada 1993/94.

No sé cómo se habrá aplicado, si es que se ha hecho tal cosa, la ley de memoria histórica en Santander, pero en 1993 se convivía con el pasado reciente de España sin ningún complejo. Los nombres de las calles, una estatua ecuestre del Generalísimo en lo que, supongo, debía de ser la plaza Nueva de allí, y un obelisco historiado que conmemoraba el martirio del camarada Matías Montero, estudiante de medicina al que le pegaron cuatro tiros en Madrid por vender por la calle y a voces el diario de Falange, daban su toque cosmopolita a la ciudad. Fascinado por tanto respeto al nacionalcatolicismo y a la raigambre democrática de la raza, me dirigí a donde solía en estos viajes de juventud: al hotel del equipo para mendigar una entrada.

En la cafetería del hotel me encontré con un orzuelo. Un orzuelo lustroso, bien alimentado, un orzuelo satisfecho de sí mismo. Un orzuelo que, de poder hablar, facultad que a juzgar por su lozanía no tardaría en desarrollar en menos de seis o siete horas, se referiría a sí mismo en plural mayestático. Palpitaba amenazador, su necesidad de extenderse era imparable, consciente de su omnipotencia, un orzuelo con ansias de Lebensraum, con una misión histórica. De un rojo brillante, anaranjado, casi amarillo, morado en los bordes. Anexo a este fenómeno estaba nuestro hombre: Juan Carlos Unzué Labiano. Leía el Marca acomodado en una butaca, frente a un café con leche de esos que ponen al norte de Sierra Morena, que no sabes si es para bebértelo o para lavarte los pies. Mi cámara Zenit de fabricación soviética me acompañaba a cada desplazamiento. En tiempos en los que te hacías una foto en tu comunión, en tu cumpleaños frente a la tarta, y el resto de tu vida pasaba felizmente a la ensoñación, una cámara de fotos era un buen elemento para romper el hielo con tus ídolos, comerles un poco la oreja y sablear una entrada. Aquel día sólo me hice tres fotos: una con Simeone, a quien bendije para el resto de su carrera; con don Luis Aragonés Suárez, constructor de la gloria hispana (juro que es cierto: cuando le pedí la foto me soltó un “claro, yo soy un profesional”. Hasta para ocasiones tan inocuas largaba esta muletilla. Y me trató de usted, como a Romario); y la última me la tomé con don Emilio Muñoz, diestro sevillista que andaba por allí, quien el siguiente abril saldría por la Puerta del Príncipe y sería llevado a hombros por el Puente de Triana hasta su malhadado arrabal y, no menos importante, se follaría a Madonna en el rodaje del vídeo musical ‘Take a bow’. Soy un cheque al portador haciéndome fotos. A pesar de que me regalase la entrada y de mi comentario al despedirme (“¿Hoy no jugamos ni de puta coña, no, Manolo?”), que yo consideré jovial, no quise malgastar una exposición con Manolo Jiménez. Tiempo tendría para arrepentirme de corazón de este desprecio. Con Unzué dudé. Ese orzuelo era para inmortalizarlo, qué cojones. Y que no era mal portero. Su primer partido oficial en Nervión fue el debut soñado. 8 de septiembre de 1990. Terreno de juego en pésimas condiciones. Porque en Sevilla, en verano, pega el sol. Una alfombra de césped en agosto es lo mismo que los melocotones en enero: bioterrorismo. Unzué sale con una camiseta rosa no sólo surrealista, sino también canallesca. Pero con un detalle de portero serio: pantalón y medias idénticas a las de sus compañeros. Los navarros siempre gustaron de lo remoto. Minuto 12. Gica Hagi se interna por la banda derecha, pasa el balón a Emilio Butragueño que, dentro del área, cae arrollado por la carrera de don Rafael Paz Marín, que le da con el hombro, la cadera, le suelta un codo y una tímida patada cuando el siete madridista ya se retuerce en el suelo. La calva protesta la decisión arbitral de señalar penalti más o menos que como el gol de Suker en Atenas: hace el gilipollas con los brazos. Hugo Sánchez, 38 goles la temporada anterior, todos al primer toque, pone el balón a once metros de la portería. Zurdazo fuerte y al palo natural. A lo hondarribiko. Unzué, con sus 22 añitos y sus calzonas y medias blancas impolutas como Dios e Ignacio de Loyola prescriben, se tira hacia su izquierda, mete fuerte el puño abajo y realiza un paradón para irte de rodillas y con sendos cilicios atados a los muslos al castillo de Javier gritando cada cien metros no soy digno, pero una palabra tuya bastará para sanarme. 2-0 ganamos, con goles de Zamorano y Carvajal, a un Real Madrid que no perdía un partido de Liga desde el 4 de noviembre de 1989 en Atocha.

Que un portero nuevo, joven, atractivo y vestido con innegable gusto debute en el Sánchez-Pizjuán parándole un penalti a Hugo Sánchez, el señor a quien más odié en mi infancia ex aequo con Antolín Ortega, es como un xilófono en una marcha procesional en la Campana: el vulgo se desgarra la camisa, llora, gesticula con violencia, y te amará siempre. Pero también es como un quite por chicuelinas después de dos puyazos: no me toques los huevos, que el animalito ahora no está para nada, y eso es un pase que se inventó en el bombero torero. Unzué, con el paso de las jornadas, iría demostrando su verdadero nivel. Bien de reflejos, un uno contra uno decente, no cuentes con él por alto; y su jugada paradigmática, levantar un brazo, arqueándolo mientras se vence de culo y se sienta en la línea de gol mientras manotea como una cría de orangután que se cae del seno materno como si con ese gesto, en realidad rutinario, burocrático, fuera a impactar con el balón, formando una guadaña para las esperanzas del sevillista que esperase que el navarro iba a parar algún tiro a bocajarro aunque fuera con la cara. Porterito aseado, y gracias.

Aquel Sevilla-Madrid lo recordaba como un hito de la historia sevillista. Hasta que la televisión oficial del club comenzó sus emisiones de partidos de temporadas pasadas. Que un deporte tan lento, aburrido, sin apenas emoción, llegara a ser uno de los mayores entretenimientos de masas del siglo XX habla muy claro de la merecida e irreversible postración en que viven esas masas. El Sevilla, desde que abrió el marcador mediado el primer tiempo, se dedicó a mamonear con la pelota en su campo y cedérsela a Unzué, quien la cogía con las manos, daba unos pasitos, la echaba al suelo, avanzaba con el balón controlado hasta la frontal del área, la volvía a coger con las manos, miraba con cara de resaca al delantero madridista que le acosaba a veinticinco metros, la pasaba en corto al primer tuercebotas que pasara por allí y vuelta a empezar. Esto era el fútbol en 1990. Un coñazo insoportable en el que primaba no perder, jugado sobre arena de mayo a octubre y en el barro de noviembre a abril. Para acabar con esta puta mierda, la International Association Board, sólo 105 años después de su fundación, prohíbe que los porteros, una vez agarrada la pelota, la suelten al terreno de juego y la recojan sin que ningún jugador la hubiese tocado. Y esto nos lleva al momento que explica por qué no le pedí una foto aquella mañana de octubre en Santander al niño del orzuelo: la final del trofeo Colombino de 1991.

El Sevilla llegó a la final del trofeo después de derrotar al Recreativo con goles de Cortijo y Conte. Por el otro lado del cuadro, el Club Atlético de Madrid había vencido al Spartak de Moscú por el mismo resultado. En la primera parte, con un Sevilla muy superior a los colchoneros, Unzué coge la pelota, la tira al suelo, para retomarla con sus manitas a la altura del punto de penalti. Reconozco que, en mi casa, no me enteré de qué hostias pitaba el árbitro. Ni yo ni, hasta muchos minutos después, Manolo Ladrón de Guevara, a quien le chivaron la aplicación de la nueva norma. Para tirar el libre indirecto a diez metros de la portería se coloca uno que le pegaba a las faltas sólo regular. Bernardo Schuster. Se la tocan, pega su zurriagazo que entra por debajo de las piernas de los diez jugadores sevillistas que estaban sobre la línea de gol, y a tomar por culo el Colombino. El fútbol era aburrido, el Sevilla era un equipo plagado de imbéciles y nunca remontaba partidos. Otro axioma noventero. Unzué, de quien ya sabíamos, desde su recital en Moscú donde se comió un balón que le venía desde 30 metros a la puta cabeza, que no era la mayor lumbrera que nunca dio la siempre luminosa Comunidad Foral de Navarra, a la conclusión del partido, declara que el árbitro les había dicho que no pensaba aplicar el nuevo reglamento en la final. Di que sí, Juan Carlos. Para qué sirve una pretemporada si no es para que cada uno juegue con las reglas que le salgan de la polla. En la rueda de prensa, don Víctor Espárrago, con el pragmatismo y el cansancio moral que otorgan haber salido del Uruguay de Bordaberry para aterrizar en la España de Franco a jugar en una puta mierda de equipo de Segunda División del país más atrasado de Europa Occidental, dice que ni de coña. Que él sabía desde el primer momento, como sabía el día anterior en la semifinal contra el Recre, que el Colombino será un trofeo de mojones, cierto, pero que las reglas están para cumplirse y que su portero, como ya demostró en Moscú, es anormal. Pero es o ese o Monchi. Así que qué hostias podía hacer, el hombre.

En mi tarde santanderina, el Sevilla Fútbol Club, mi viejo amigo, iba invicto en Liga en aquella séptima jornada y si le daba por ganar volvería líder a casa. Demasiadas señales de humillación inminente para que el Sevilla noventero no diera un espectáculo de los suyos. A un cuarto de hora para el descanso, un nota de blanco entra en el área del Sevilla. Se materializa frente a él una mole vestida de rojo. Don Juan Martagón Romero. En la grada, yo cerré los ojos, encogí los hombros y lo fié todo a mis oídos en espera de la llegada de la UVI móvil y la señalización de la pena máxima en contra de mi equipo. Don José Merino González, que en paz descanse, con trotecillo alegre y regular, apunta con su dedo índice al punto de penalti. El lanzador del Racing era Quique Setién, a quien nuestro entrenador, Luis Aragonés, conocía como si hubiera parido de los años que compartieron en el Atlético de Madrid. Luis, grande de España, el prohombre que acuñó en 2008 lo de “si yo no soy campeón de Europa con ustedes, señores, yo soy una puta mierda” llama a Suker para que le transmita a Unzué por dónde tira los penaltis Setién. A Suker. El puto ludópata, el de tengo el culo pelao de estar en los banquillos, llamó a Suker. A un pedazo de cabrón que no sabía ni decir servesita frehquita, como el único croata decente que ha vestido nuestra camiseta. Unzué, obediente, se tiró hacia su palo derecho, mientras el balón, mansamente, entraba a la izquierda del marco. Por supuesto, a pesar de la hora de partido que quedaba por delante, así quedaría el encuentro.

Si los artículos de esta santa casa se escribieran con algo aproximado a un propósito, éste que tienen delante habría sobrepasado los suyos, que no eran otros que relatar episodios vergonzosos de la andadura de Juan Carlos Unzué Labiano como portero del Sevilla. Ahora vendría su último blasón, la vez que lo vi subir a rematar un córner en el estadio Romano José Fouto (en pie, camarada que abomina del fútbol moderno, en pie). No es una anécdota con chicha. El Sevilla perdía 3-2 en Mérida un miércoles liguero, Unzué subió al área, ni la olió y casi nos meten el cuarto en la contra. Y ese es el caso y la transformación de una retahíla de anécdotas en una metáfora. Un portero navarro cuyos únicos años como titular indiscutible en Primera División coinciden casi exactamente con la etapa como seleccionador de Javier Clemente Lázaro y ni por esas olió una convocatoria con el equipo nacional. Que su única tanda de penaltis oficial fue contra el PAOK en una primera ronda de UEFA. Que su vídeo más visto en youtube es el gol de Lasa desde su campo en un Madrid-Sevilla, donde podemos verlo soltar la manita tonta haciendo como que quiere parar el balón. Y que subió una vez a rematar a la desesperada y más valió que se hubiese quedado en su área. La conclusión que ha tomado el texto por sí mismo es clara: este señor es a Palop lo que su orzuelo en 1993 era para él: un anexo obsceno.

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