De aquella vez que nos fuimos al carajo

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Hace quince años Sevilla era una ciudad que se respetaba a sí misma y a sus tradiciones, por lo que el día de San Fernando era festivo. Sí, igual que este año, pero todavía me reconcome el odio al recordar los años en que esa festividad imprescindible la pasaban al martes de feria para que la gente se emborrachase a gusto. Qué menos que honrar la memoria de un señor que nos había devuelto a la fe verdadera, había echado a los moros y que, cuando éstos le dijeron, negociando la rendición, que querían tirar la Giralda porque era una deshonra que los cristianos la convirtieran en campanario, en ese afán tan moruno por derribar torres, don Fernando les advirtió que si cuando entrase en Sevilla al minarete le faltaba un solo ladrillo, haría un Lidice en esta Sodoma del valle del Guadalquivir. Por tanto, cuando suban a la Giralda o al pasear por la plaza Virgen de los Reyes levanten la vista y contemplen el símbolo de la ciudad, digan, siempre, gracias San Fernando por haber salvado esta maravilla de las hordas mahometanas. Decíamos que el 30 de mayo era festivo y, para colmo de dicha, en 1997 cayó en viernes. Puente que te cagas. Así pues, me tiré todo ese primer día de asueto haciendo el vaina en el parque del Alamillo. Al llegar a casa para cenar, sabía que el pajote era inminente, es lo que pega después de haberte tirado el día entero burreado por las niñatas calientapollas de que te sueles rodear, o solíamos rodearnos los que nacimos en un país con dos canales de televisión, que la juventud está echada a perder, a la edad de 16 años. Paso por el salón y mi pobre madre me espeta: “Te han llamado unas siete veces por teléfono. Me parece que era De la Quadra Salcedo”. No, no era nuestro plusmarquista mundial de lanzamiento de jabalina nunca reconocido por la envidia de la IAAF ante el genio español quien quería dar conmigo, sino un amigo que una vez no había tenido mejor ocurrencia que llamar a mi casa a las 5 de la mañana de un lunes, despertar a mi madre, que ésta me despertase a mí, y me dijera, con la alarma pintada en el rostro de una señora católica educada en la creencia de que un timbrazo del teléfono de 12 de la noche a 8 de la mañana es parejo a la trompeta del ángel exterminador, pues sólo puede anunciar muertes, “niño, hay un hijo de la gran puta al teléfono que pregunta por ti. Yo creo que está de coña o borracho, dice que llama desde Guatemala y que cómo ha quedado el Sevilla hoy”. En la ruta Quetzal estaba el angelito, había pasado todo el día rodeado de indios o quién sabe si de algo peor y hasta esa hora no había podido dar con un teléfono. Aquella tarde estuve a punto de no devolverle la llamada porque sospechaba el motivo, pero como sabía que insistiría toda la noche, no tuve otro remedio que descolgar y llamarlo. Ni buenas tardes ni hostias, me larga al coger el teléfono: “Illo, ya tenemos billete y entrada para ir a Oviedo, me debes tres mil pelas, salimos mañana sobre las once del Telepizza”. Su puta madre. Sin preguntarme nada ya me había metido en el marrón. Tapo el auricular dejando a este a lo suyo y miro a mi vieja que, hierática, al ver mi mirada interrogante y que ésta sólo podía significar una cosa, me responde: “No te doy ni un duro. Y mucho menos para ir a ningún sitio con ese subnormal”. Intento zafarme del compromiso, pero ya sabía que iba a ser peor el remedio que la enfermedad. Que si no sea mamón, que si los grandes ideales, que si nuestra responsabilidad para con los bambinos que debían crecer como nosotros coleccionando todos los veranos estampitas del Sevilla y no como los muertos de hambre de verde y blanco de los que tanto nos habíamos reído en el colegio porque su chiste de equipo estaba en Segunda y tenían que centrarse en coleccionar las del Madrid, que si no podíamos dejar al equipo tirado, que si recuerda a San Fernando del que hoy celebramos su onomástica y los cojones que le echó al asunto y sin tener el viaje pagado, no como tú, pedazo de perro. Y es que, encima de cabrón e inoportuno, leía a Fontanarrosa. Ante la aplastante lógica de sus argumentos, no tuve más remedio que darle la razón y emplazarlo en el lugar y hora convenidos. Ya habría tiempo de cogerle un billetito de diez mil en un descuido a mi vieja y, como tampoco es que me controlaran mucho, hacer como Nelson Muntz cuando fue al rodeo de gramática. Yo creo que hasta hacía un favor en mi casa quitándome de en medio y así me perdían de vista durante casi dos días.

El día siguiente peor no nos pudo ir. Yo era consciente de que antes de jugar el Sporting ya había ganado el partido que disputaba esa noche en Heliópolis, pero dos horas antes se jugaba en Vallecas un Rayo-Valencia en el que sí tenía puesta alguna esperanza. Los madrileños nos sacaban cinco puntos, si perdían y nosotros ganábamos, se ponían a tiro. 3-1 le metieron al puto Valencia. Gran equipo el levantino. Ese día nos jodieron bien; en la última jornada de la 2005/06, jugándonos entrar en Champions, visitando ellos al Osasuna, ni tiraron a puerta y primera clasificación de los navarros para la máxima competición continental, que ni llegaron a jugar porque el Hamburgo los puso en su sitio en la previa. Y el año en que los valencianos fueron campeones de Liga aquí, el sevillismo, gilipollas como él solo, aplaudiendo a estos bastardos. A ver si se hunde Ibiza y nos quitamos de encima de un plumazo esa isla-lupanar, y del tsunami consecuente, Valencia. Las caritas en Eduardo Dato, claro, eran para verlas, pero pronto pasamos a un semblante mucho más festivo y jacarandoso gracias a los lotes que empezaron a hacer aparición. Porque a De la Quadra Salcedo le habrían dicho que a las once allí, pero nuestro autobús no salió hasta las tres de la madrugada y algo tendríamos que hacer durante cuatro horas. Desde Granada vino el pobre autobusero, que al parecer la demanda había superado las expectativas y nos habíamos cargado a todas las empresas de la provincia. Para dar fe de su procedencia, el autocar tenía impresa una foto de la Alhambra en ambos costados de uno de esos atardeceres tan apreciados por Barack Obama, Lorca y otros homosexuales.

Hoy día parece que los que fuimos a ese viaje somos poco menos que santos en vida. Si le cuentas a algún chaval que estuviste allí se te queda mirando fijamente, empieza a preguntarte chorradas y casi que te huele en los sobacos con disimulo por si capta algo de incienso. Incluso hay imbéciles que apelan a los desplazados cuando vienen mal dadas, que el resto del tiempo somos clientes sin voz ni voto, como si fuéramos los guardianes de la llama eterna e inmutable del sevillismo verdadero. Gilipolleces. Yo fui porque quise, porque me lo pasaba de puta madre y, claro, por ser sevillista. Pero que ya antes había ido a Oviedo, si bien con el equipo en una clasificación muy diferente, y a nadie le dio por ponerme por las nubes. En ésas, cuando llegábamos a Sevilla, ya lunes por la mañana, con el ajetreo y barahúnda propios de hora y lugar, la gente veía descender de un autobús a un grupo de desarrapados con banderas y bufandas blanquirrojas, se daban con el codo, sacudían la cabeza y seguían su camino. Todo lo más, algún viejo con el ABC bajo el brazo se paraba, nos preguntaba, ah, que venís de ver al Sevilla, ¿y cómo ha quedado?, a lo que De la Quadra, o algún otro, le gritaba en la cara un “¡HABER IDO!” que despertaba nuestra hilaridad, maltrecha por tantas horas de viaje, quedando todos tan amigos. Por desgracia, esto del fútbol está montado así y si no hay mitos y épica, nos los inventamos o adornamos la realidad lo suficiente para que aparezcan. Si encima tenemos unos medios de propaganda en el club que no pierden ocasión de contarnos cómo, cuándo, dónde y con quién debemos acudir a un partido del Sevilla, ya tenemos el circo en marcha. Pues mire usted, no; no somos santos ni modelos de virtud ni un ente abstracto e incorpóreo al que apelar como el que le pide al Sagrado Corazón. Ni siquiera hicimos algo digno de elogio porque ya digo que el que hace algo por placer no necesita nada más que esa actividad. Esta argumentación con la que estoy dando el coñazo, que no faltará quien la considere un insulto, es algo que curiosamente sólo suelen entender los que estuvieron allí, que cuando sale el tema hablan de cualquier cosa menos del partido, del descenso y de las lágrimas, sino de anécdotas, de lo que nos reímos con tal cosa y de la ocurrencia que tuvo tal otro. Me imagino que algo parecido, salvando las distancias, que tampoco vamos a ponernos en plan Olegari a estas alturas, debía sentir un viejuno al que le contaran que había luchado en un gloriosa cruzada cuando él lo único que había hecho fue tirarse desde los 18 a los 21 años en el frente de Cazalla, aburrido, pasando frío en invierno, asándose en verano y viendo morir a chavales a los que no conocía y con los que no tenía el mínimo problema, para que después llegara el vocero chupapollas de turno que dijera que él, a pesar de estar en el paro, cargado de hijos, deseando olvidar aquellos tres años de los que no se enteró de nada, era un ejemplo contra el marxismo opresor y que había que volver a coger las armas. Qué triste debe de ser la existencia de los paniaguados que agitan una bandera, la que sea, que no han defendido en su puta vida. Pero más triste aún que nunca sepan que la bandera no importa un carajo, sino la persona que la lleva.

Y todo este fárrago para decir que en el viaje, a pesar de las circunstancias, me lo pasé de arte. Y mi enhorabuena a usted, lector, que sigue leyendo esto sin haber ido siquiera a vomitar por lo antedicho. Durante el trayecto acaeció, nada menos, que mi descubrimiento del dilecto grupo musical “Mojinos Escozíos”, gracias a que un compañero había traído el CD homónimo, primero de la carrera de esta formación musical. Unas siete veces escuchamos el hit “Jerónima” ante el descojone de la parroquia y la facundia del dueño del CD, que nos relataba un concierto del grupo. Al día siguiente, cerca de nuestro destino, escuchamos por la radio que el Salamanca o alguno de esos había subido a Primera. Íbamos comentando el partido, pero el silencio que se produjo al finalizar éste fue de esos que tienen lugar en una noche de verano en el comedor, cuando la abuela no se ha ido aún a la cama y tú, cambiando de canal, conectas por accidente con la emisión de una película pornográfica. Todos lo sabíamos, todos lo pensábamos pero nadie quería mentar la bicha.

La estancia en la ciudad sí fue desesperante. No nos afectaba que Oviedo sea una de las ciudades más feas y con menos alicientes del hemisferio occidental, pero los nervios, las ganas de que llegaran las siete de la tarde y el tiempo que hacía, que a pesar de estar ya cerca el verano, era nublado, frío y desapacible, nos devolvieron a la realidad de lo que hacíamos allí; estar a pique de irnos al mismísimo carajo veinticinco años después de la última vez, por primera en mi triste vida.  Después de aquel uno de junio jubilé muchas cosas. Una de ellas, la bufanda, que me acompañaba desde el 88 o así. La mandé a tomar por culo, no era digna de estar en Segunda y, la verdad, mucha suerte no me trajo nunca. Otra, ir a ver a los jugadores salir del hotel, enfilar el camino hacia el autobús y partir al estadio. Cuando vi las caras de acojone de los veintipico tuercebotas que iban a mandarnos a la mierda, la desesperanza que me transmitieron, me dije que nunca más. Ni para derbys, el día del Schalke o el de Eindhoven. Cuando traspasamos los tornos y entramos en los vomitorios, antes de acceder a la grada, don Miguel de la Quadra y yo nos dimos un abrazo como si en vez de ir a ver un partido fuéramos al frente ruso. Para que vean a qué niveles pueden llegar el miedo y la angustia, con las lágrimas saltadas, apretando contra el pecho a aquel becerro que tanto me había importunado desde que tuve la desgracia de conocerlo, que lo más bonito que me solía decir era, al despertarme a las 5 de la mañana en algún autobús, si había “joe gordo por ahí”, que era un trápala especialista en pedir botellas de whisky que misteriosamente partía en suelos enmoquetados; que, en suma, no merecía vivir; para qué vean en qué estado de trance me encontraba, en aquel momento llegué a querer a ese impresentable. Hubiera dado un brazo por él. Afortunadamente, estas cosas se te pasan al poco.

Del partido qué les vamos a contar. Desde el pitido inicial hasta que al fin marcó Maqueda, maldito sea su padre, no tuve la más mínima duda de que nos íbamos a Segunda. Igual que hay días que sabes que ganas, hay días en que toca perder y eres consciente de que no te salva ni cristo bendito resucitado. En el descanso ya se veía a gente llorando al ver lo que se avecinaba. Yo, que siempre he sido un subnormal que se echaba a llorar hasta con el anuncio de El Almendro, con el chavalote que volvía de la mili a su casa por Navidad, era una magdalena. Pero cuando empezó el pasteleo del intercambio de bufandas con los ovetenses, dejé de hacer el idiota y se me secó el lagrimal. Esos cabrones no habían parado de cantarnos a Segunda, a Segunda, de haber ganado los metíamos en el hoyo y aquello no era otra cosa que compasión. Como dijo Pomponio Flato, dando una muestra del recto y sublime carácter romano, los hombres no deben llorar. Las lágrimas mueven al abuso o a la compasión, dos cosas dignas de ser evitadas. Por mi parte, se podían meter la compasión y las bufanditas por el culo, que el que se iba a Segunda y al que le faltaban más de 800 kilómetros para llegar a su casa era a mí y a los míos.

Y esto es lo que pasó hace 15 años. Como les decía, tampoco fue para tanto. Sin embargo, aún ocurrió algo que me viene a la memoria de tanto en tanto y que, sospecho, no voy a olvidar en mi puta vida. Cada vez que oigo a algún imbécil decirle al sevillismo cómo debe comportarse, decirnos que menos humos que no sabéis de dónde venís, que el proyecto es indestructible, recuerdo aquello. Y es que, cuando ya salíamos de la capital asturiana, rodeados de putas montañas, que no sé qué clase de raza ruin y cobarde pone sus ciudades entre cordilleras, en lugar de situarlas en un valle a la vista de todos y que quien tenga huevos venga, un oldface que rondaría los cuarenta y tantos, que no había dicho una palabra más alta que otra en todo el desplazamiento, que había visto a su equipo descapitalizado año a año por ofertas irrechazables consistentes en dos duros más Petkovic y Agostinho, que había seguido sacándose su abono a pesar de la cuesta abajo evidente y sin frenos del equipo, propiciada en gran medida por unos fichajes delirantes a precio de oro; en un momento en el que reinaba el silencio en el autobús porque cada uno empezaba a asimilar lo que significaba aquel partido, dijo, casi para sí, pero perfectamente audible: “Yo creía que no iba a volver a vivir esto”.

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12 comentarios

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12 Respuestas a “De aquella vez que nos fuimos al carajo

  1. Ea, pues ya tengo un enlacito que pasarle al que me venga con el “espíritu de Oviedo”

    Lo que me he reído leyendo es impagable. Desde el principio hasta la foto de la grada es de lo mejor, si no lo mejor, que he leído en PEX.

    Y basta de peloteo: os quiero escribiendo más a menudo, bastardos, que sois lo que me salváis en época de exámenes.

  2. Unodelmonumento

    Ea, otra guinda (o guindilla que según quien os lea. Alguno se revolverá en su poltrona nada más termine de leer esto). Gracias por tanto arte chavales.
    Y, como dice boticario, todos queremos más.

  3. yovielgoldemosquera

    Y a todo esto, la máquina de helados seguirá sin aparecer jajajaja. Quien estuvo por los alrededores del Tartiere lo recordará.

  4. Anónimo

    Me encanta cuando sacáis la máquina del tiempo a pasear.

  5. Pepillo "El Gamba"

    Pruebas

  6. Pepillo "El Gamba"

    Eso, eso…

    Más productividad, coño, que estamos en crisis.

    Tu odisea de viaje a Vetusta es digna de encomio, pero no es ná si lo comparamos con el viajito que hizo mi señor padre a Barcelona para ver a nuestro equipo ganar la Liga. Aquellos vagones de tercera con sus asientos de listones en los que, si se te encajaba un güevo, tenías que retorcerte para sacarlo de la (casi mortal) trampa.

    En fin, que tus penalidades sufridas por mor de nuestro equipo no son ná si se comparan con la desgracia de haber vivido en Madrí en la peor épòca del sevillismo. Éramos aquél equipo simpático que se dejaba sodomizar por ambos equipos capitalinos, -en aquellos tiempos solo eran el Mandril y el Patético-, y encima nos cobraban la vaselina.

    En uno de esos partidos, en la cloaca del Manzanares para ser exactos, un hideputa de los que terminarían siendo la banda de asesinos conocida como ‘Frente Atlético’, se atrevió a hacerle cuernos a un tío mío que, baste decir, tenía peor talante que nuestro Pitbull chileno. Acababa de marcar el chuloputas de Leivinha y cuando el colchonero se volvió haciendo cuernos con las dos manos, mi tío se agarró a la barandilla y le dijo al hideputa; “ven acá pacá hijo de las siete mil putas, que te viá meté la mano por la boca y te víá volver como a un conejo”.

    Historias del abuelo Cebolleta si se quiere, pero recuerdos entrañables de aquellos desagradables años.

    Un abrazo, mostruo.

  7. Eric Cantona

    Siempre me acordare de un Badajoz-Sevilla en el viejo Carlos Belmontes, con Munitis celebrandome el 2-0 en todo el careto, año 98. Era carnavales alli y se reian de nosotros como monos. cabian 6.000 espectadores y 4.500 eramos palanganas. Viene al caso, porque fue deportivamente hablando desastroso, pero la anecdota con mi brother es siempre lo de un cateto de alli, vestido de tia cantando canciones de mierda, de ese equipo de mierda, en esa ciudad de mierda

    • Está feo, porque lo está, pido perdón por adelantado, pero es que me encanta corregir: ¿sería antiguo Vivero, en vez de Carlos Belmonte, no? Gran estadio. Estuve una vez para ver al Sevilla Atlético. No sé cómo no les quitaron la custodia a estos dos con la infancia que me dieron.

      Gracias por compartir vuestras vivencias, companys. Cuanto más humillante es el desplazamiento, más te ríes al recordarlo. A mí ya es que me da hasta asco recordar viajes para finales. La mierda mola más.

      • Eric Cantona

        Por la cara PEX Santiponce, El Vivero se llamaba, solo tenia dos puertas para entrar, jajajajaja. La noche, y el tito Juan me confunden, GRACIAS POR LA CORREPCION

      • yovielgoldemosquera

        Qué gran verdad lo de la mierda mola más. ¿Cómo puñetas se pueden recordar con tanto cariño aquellas temporadas de fracasados totales?, y son vivencias grabadas a fuego.

  8. Castedo El Grande

    Fantástico ese último párrafo que evoca el futuro posible, nunca descartable, de volver a pegar el segundazo si la dirección deportiva del club insiste en descapitalizar el equipo año a año. Una mirada al pasado con un corolario de enorme relevancia en el presente.

  9. Pingback: Mentiras maravillosas | Palanganismo exacerbado

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