La gloria vuelve a pasar por Sevilla

Somos unas mamonas. No me refiero a los redactores de esta casa, que también, sino a todos nosotros. A la afición sevillista. El pasado jueves, cuando el reloj apenas sobrepasaba las once de la noche, se podrían haber formulado numerosas observaciones. Ya fueses uno de los audaces que se desplazó a Oporto y se comió la derrota en la carretera de vuelta o uno de los que recogía la montaña de latas y botellines de cerveza que había brotado junto al televisor. Da igual, cualquiera podría haber buscado razones a lo ocurrido. Que si el equipo, pese a estar aculado, no defendió demasiado bien, que si regaló mucho terreno de juego y que si, especialmente, tuvo unos problemas asociativos inusuales en la gente de arriba. Claro que podrían haberse hecho todos esos sesudos análisis. Y alguno los hizo, pero durante un corto espacio de tiempo. Segundos, si acaso minutos. Pero absolutamente todos olvidamos rápidamente sus postes, su peligro, incluso la nuestra de Gameiro. Lo que nos salía del alma era aseverarnos a nosotros mismos: “¿Ya está?, ¿eso era todo? Pues ahora os vais a cagar”. Sigue leyendo

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Con balcones a la calle

Lo llevamos diciendo toda la semana. Por aquí, por Twitter o por donde hubiese alguien con ganas de escucharnos. No hablamos de los majarones que conformamos esta bitácora, que también, sino de todos nosotros. Dice la estadística que apenas el 2 % de los equipos que, en Europa, perdieron 0-2 en casa, lograron remontar en el partido de vuelta. Y nosotros nos preguntamos, ¿cuántos salieron de su estadio con los ojos inyectados en sangre? ¿Cuántos desayunaron al día siguiente discutiendo si ganábamos de tres o de cuatro? Lo decíamos durante la semana. Aquí no se paraba, de este carro no se bajaba nadie. Sigue leyendo

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No es ciudad para cobardes

En esta casa tenemos por costumbre hacer acopio de cuantos vicios nos sirve en bandeja esta sociedad posmoderna y, quizás como causa, quizás como consecuencia de ello, vamos completando un variado conjunto de taras mentales. Por hacer un resumen utilizando una terminología científica, somos plenamente conscientes de que estamos como un cencerro. Y eso, qué duda cabe, se acentúa cuando está el fútbol Sevilla por medio. Así, somos capaces de encarar una cita como la del jueves haciendo gala de un equilibrio mental digno de todo elogio y escribir una previa pausada, explicando sucintamente la realidad que queremos poner de manifiesto. A ustedes también les pasará, imaginamos. Confiado en la victoria, atendiendo a los quehaceres diarios y llevando una existencia que cualquier persona que no le examine a fondo podría, incluso, tildar de ser humano normal. Pero entonces salta la chispa. Y lo hace de la manera más imprevisible. Un niño que porta una camiseta blanca y que, encima, tiene la misma estatura que el extremo de tu equipo, un cartel en la carretera que anuncia una ciudad de siete letras, darte cuenta de que tu jefe tiene cara de balón de reglamento o que te presenten a un tipo que se llama Paco, que tú caigas en lo mucho que se parece ese nombre a Pablo y tu mente se transporte al polígono San Pablo, de ahí a Antoñito y de ahí, inexorablemente, al gol de Marcos Vales. El motivo es lo de menos. Principalmente, porque no es motivo, sino excusa. Y una vez que eso ocurre, tragarte cuarenta resúmenes en Youtube, escuchar la narración de goles históricos y repasar la colección de tifos de Biris Norte, ya es todo uno.  Incluso releer varios artículos de alguna bitácora sevillista. En ese momento, estimado lector, la rabia se apodera de cualquiera y el único plan que te parece razonable es que el cielo se funda con el infierno, provocar el apocalipsis y sodomizar a los siete ángeles con sus propias trompetas. O, como le ocurría a Woody Allen en la excelente Manhattan murder mistery, es escuchar demasiado a Wagner y entrarte ganas de invadir Polonia. En definitiva, has vuelto a perder la cabeza y, aunque no sepas muy bien cómo, ese proceso, esa montaña rusa de emociones, se repetirá infinidad de veces hasta que comience el encuentro. Un trastorno bipolar en toda regla. No tiene nada de malo. En PEX te entendemos y escribimos dos artículos para que te los leas en función de tu estado anímico.  Sigue leyendo

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Lo innecesario

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Hay un bar en la Macarena, muy cerca de la basílica, con una particularidad que pasa desapercibida pero que es muy ilustrativa de una mentalidad. Es la típica tasca que, a pesar de no ser un bar cofrade, tiene las paredes cubiertas de fotos enmarcadas que reflejan la devoción de dueños y clientela por la Señora de San Gil. Fotografías de armaos, de parroquianos trajeados el Viernes Santo a mediodía en la puerta del bar, de niños con el antifaz de terciopelo verde recogido, de amigos con el costal bajo el brazo. Medallas, muñecos de arcilla con la túnica que diseñara Juan Manuel. Lo típico. Antes de que empezara la feria del año pasado ya había una nueva foto en la pared donde podía verse al Señor de la Sentencia con el poncho que le pusieron este último Viernes Santo a causa de la lluvia. Sin embargo, si uno se fija un poco, verá que falta algo que podría parecer imperdonable que no figure, pero que es lógico que no esté. Y seguro que ni es premeditado ni los propios dueños del bar saben que falta. Se lo dije a un amigo, muy del barrio y muy de la hermandad, una tarde tomando una cerveza, en plan juego. A ver si, de entre tantas fotos, eres capaz de decirme qué falta aquí. No pudo. Es de allí y siente a la hermandad como algo propio, por tanto, da por supuestas cosas que a los malditos ateos que nos fijamos en chorradas nos llaman la atención. No hay, entre casi un centenar de fotografías, ni una sola de María Santísima de la Esperanza Macarena. Hay una lámina que remeda un grabado antiguo de la Virgen. Pero fotos, lo que se dice fotos de la mayor maravilla que se pasea bajo palio por la ciudad, no hay ni una. Sigue leyendo

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Nos la suda tanto el “Euroderby” y sabemos que creamos tendencia, que nos vamos a poner a hablar de pasos y fútbol

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Nada más traspasar el umbral de capirotes Molina, en la calle Alcaicería, supe que se mascaba la tragedia. En aquella tienda angosta, que todos los sevillanos de bien que alguna vez hayan acompañado a sus sagrados titulares en estación de penitencia a la Santa Iglesia Catedral Metropolitana conocerán, rodeado de escudos bordados, antifaces, telas de arpillera y morcillas para costales, cinturones de esparto, botones forrados para sotanas y túnicas, fajas para costaleros y docenas de capirotes de cartón, pues hablamos de los años 90, tiempos homéricos en los que los capirotes de rejilla no existían porque a una penitencia se va a sufrir, en aquel templo de la sevillanía, vi que sólo tenía a dos clientes por delante. Por desgracia, eran dos chavales de unos diecisiete años que pedían a voces al dependiente que les dijera el diámetro craneal de cada uno para ver cuál de los dos tenía más cabeza. Por mí, me hubiera ido y vuelto en mejor ocasión. Pero al día siguiente ya era Domingo de Ramos y el oldface me esperaba en el bar Manolo de la Alfalfa tomando un refrigerio (un cubalibre de coñac) y preferí la humillación de dos desconocidos a una mano de hostias por no cumplir con mi obligación. No me acuerdo de cuánto les medía el garbanzo a aquellos dos. Nada fuera de lo común. “Pasa, mi arma”, me dice el dependiente después de un cuarto de hora remoloneando en la entrada, viéndome tímido y con mi antifaz de ruán negro bajo el brazo. Me sienta en una silla de enea, me levanta la cabeza posando ambos pulgares sobre los mastoides y con sus dedos corazón eleva mi mandíbula. Ni quería mirar al frente ni sabía dónde meterme. “Sesenta y cuatro”, dice con voz estentórea y un bufido de admiración a la señora que confeccionaba los capirotes en la trastienda. Tenía el doble de cabeza que aquellos dos juntos, que me sacaban unos cuatro años y empezaban a darse con el codo y a mirarme con conmiseración, porque fue tal el repaso que les di con mi espectacular resultado que ni ganas les dieron de reírse. Que estará malito, el chaval, pensarían. Una hora larga tardaron en hacerme el capirote. No por la pedazo de chorla que me corona, o no exclusivamente, sino porque, como sabrán todos los hermanos de Silencio, Gran Poder, Calvario, Estudiantes y otras, un capirote de más de un metro de alto es una de las mayores putadas que se le pueden hacer a un hombre, mucho mayor que el cinturón de esparto de treinta centímetros de anchura que debemos llevar. Cuesta Dios y ayuda armar la parte superior del cartón para que quede firme, no se venga abajo con el peso del antifaz ni se chafe a la menor presión que se le ejerza. Cuando estaban a punto de entregarme, por fin, el capirote, vuelven a pasar los dos mamones que hacían cola antes que yo y ahí se les olvidó toda la caridad cristiana y empezaron a descojonarse viendo el trabajito que costaba atender a un tipo tan cabezón, carcajadas a las que se unió sin dudarlo el oldface, que llegó al mismo momento a recogerme y entre risotadas me decía “qué, que no hay manera, ¿no? Si es que eres un fenómeno. Pero un fenómeno de circo, mariconazo”.  Sigue leyendo

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El día del cateto

El ser humano, caprichoso él, tiene la perversa costumbre de habituarse a lo bueno. Hay quien lo llama evolución. Una vez que se alcanza algo que el conjunto de una determinada sociedad puede convenir como positivo, se considera un atropello que alguien ejecute una degradación y  elimine ese logro. Se entiende, claro está, que esta máxima se aplica a situaciones duraderas y de índole social. Tú puedes irte una semana a la República Dominicana y por mor de una pulsera de plástico en tu muñeca no tener apenas preocupaciones relevantes. Principalmente, que el sol no te queme demasiado, que la camarera te siga echando mojitos todo el día y que el cocinero te haga, en mitad del salón comedor, un plato que no lleve demasiada yuca. Luego, regresas a tu casa y resulta que está lloviendo, te das cuenta de que los mojitos son una bebida para desviados y/o resacosos y comprendes que cocinar en el salón es imposible sin meterte en obras, además de ser una idiotez supina por aquello de los olores. Pues este choque, esta rebaja en tu calidad de vida llamada “síndrome postvacacional” por esa clase de tipos que le ponen nombre a todo, eso no cuenta. Ahora te das de bruces con la realidad y regresas al estado normal de las cosas, ya que lo del Caribe era algo meramente temporal.  Si nos ponemos una mijita serios, un buen ejemplo que sí refleja a la perfección lo comentado es esa ley que regula la voluntad de la mujer o aquella otra que coarta la de toda la sociedad. Leyes que si se hubiesen promulgado hace cuarenta años gozarían, probablemente, de una aceptación popular. ¿Qué ha cambiado? Pues el paso de los años, el bagaje social y la memoria. Salir con estas en el año 2014 es un acto de poca vergüenza porque la gente ya sabe qué es lo bueno. Ni siquiera lo bueno, simplemente lo lógico.  Sigue leyendo

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El puto enano

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Eran los tiempos heroicos en que creía que para tener dinero debía trabajar. La jornada laboral comenzaba a las ocho y media de la tarde, hora a la que se fijaba la apertura del bar, que nosotros abríamos puntualmente a las nueve y cuarto de la noche. La plantilla a la que pertenecí aquel verano la conformaba un grupo de veteranos profesionales de la hostelería que, tal vez por sus muchos años detrás de una barra, sólo valoraban como un suplicio la afluencia de público, se enfadaban si algún parroquiano pedía más de dos tapas en una sola comanda y solían meterse en las conversaciones de los menos asiduos y más tímidos clientes. La cocinera, por su parte, devota de su oficio, padecía de trastorno obsesivo-compulsivo que, entre otras molestias, la obligaba a realizar todas sus acciones por quintuplicado, creyendo que, si no cumplía esa premisa, sus hijos morirían entre diabólicos padecimientos. Si cogía la garrafa de aceite de una repisa, debía posarla y recogerla cinco veces. Si salía para ir al servicio, cerraba y abría la puerta cinco veces. Si le pedían una de huevas a la plancha, asaba cinco piezas en lugar de una. En caso de que nadie más pidiera en toda la noche huevas a la plancha, me servía a mí las sobrantes en mi descanso para cenar, las quisiera o no, limpiando los churretes de los bordes del plato cinco veces. Ya digo; un corazón de oro, amén de unas manitas de plata para los fogones y los aliños. Después estaba el Juani. Camarero desde los 16 años, debía de alcanzar el cuarto de siglo de experiencia. Un prodigio para cocer gambas, cortar pulpo en rodajas casi transparentes, cocinar menudo y en desaparecer mágicamente de su puesto de trabajo en cuanto la ocupación del aforo del bar y de los veladores exteriores alcanzaba su punto culminante para ir a por cambio, comprar casera para los tintos o ir a llamar a su suegra, que estuvo todo aquel verano saliendo de operaciones de cadera. A estas cualidades había que sumar que era sevillista, tenía un poder de convicción casi hipnótico que le hizo tenerme una noche hasta las tres y media de la mañana con el bar ya cerrado calculándole tiza en mano y sobre la barra de la cervecería deducciones del IRPF y devengos de la prorrata de las pagas extraordinarias de sus últimas treinta y dos nóminas, y ambos vivíamos en el mismo barrio, por lo que él se prestaba a traerme y llevarme de casa al centro de trabajo sin pedir nada a cambio. Sigue leyendo

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