Hijos de la misma rabia

La cosa sería algo tal que así: “No creo que seamos parientes muy cercanos, pero si usted es capaz de temblar de emoción cada vez que nos toca remontar una eliminatoria como local, somos compañeros, que es más importante”. Y quien dice temblar de emoción, dice dar cobijo al sentimiento por el que mutamos en masa sedienta cada vez que toca un envite como el del jueves: el deseo de venganza. Igual que lo hicimos en Europa, ahora es el turno de otra competición que nos pone especialmente cachondos. El ida y vuelta, en realidad. La Liga es para pusilánimes. Que nos asignen un rival, y con ellos nos tenemos que partir la cara, sin importar el resto del mundo. Eso es lo que nos motiva. Y se manifiesta en la sonrisa malévola del que se pregunta si ya finalizó el turno del contrario. Que se vayan preparando, porque ahora nos toca a nosotros. Sigue leyendo

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El marido perfecto

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Desde una de las cristaleras del kiosco de chapa del Caraja, un señor con camiseta dividida en cuatro cuarteles, a saber, verdiblanco, amarillo, blanco y azulgrana, se muerde el labio mientras encoge su pierna izquierda para meterle un severo zurriagazo a un Tango que bota a media altura. Sin apartar la vista de la aparición, le tiro del vestido a la vieja, que en treinta meses conviviendo conmigo sabía que, si bien era parco en palabras y en absoluto dado a montar espectáculos de niño consentido, sí me caracterizaban mis imaginativas venganzas y era mejor no llevarme la contraria, pide al kiosquero, aparte del Diario 16, el álbum de la Liga 1983-84 y tres sobres de estampitas.

Mi madre hacía el desayuno y yo hojeaba sin descanso mi álbum de Ediciones Este. Sólo tenía localizados al Sevilla, porque un hombre de bien lleva inscrita esa palabra en su memoria genética desde que nace, y el Cádiz, que, vete a saber por qué, sabía que era la única ruina que se arrastraba por los estadios de Primera División cuyo nombre acaba en zeta. Para congraciarme con mi pobre madre, que había hecho un gasto extraordinario en un hogar donde esos dispendios eran anatema, le comenté lo de la zeta, que asombró sobremanera a la buena mujer (“le he comprado al imbécil este la colección esa de la Liga. Yo creo que no va a ser autista severo, aunque hable cada dos meses, el mamonazo sabe deletrear Cádiz” le confesó a mi padre mientras traía el café y ambos me miraban con el mismo rictus con que se observa el termómetro de un moribundo), así como preguntarle dónde pollas estaban las fotos de los jugadores. Me explicó, de modo somero: “No, verás. Las fotos las tienes que poner tú. Los sobres que te he comprado, los abres, son las estampas de los jugadores. Las vas pegando hasta completar el álbum.”

Dos semanas más tarde de la compra del álbum, las estampitas y de la mano de hostias que me cayó por quemar el monedero de mi madre ya que no había tenido la previsión de comprarme un bote de cola y no pude pegar los cromos hasta el lunes siguiente, llegué a casa de mi tía con mi más preciada posesión bajo el brazo. Veo a mi primo, cinco o seis años mayor que yo, con un taco de estampas repetidas. Al ver que compartimos afición, le digo “¿tú también coleccionas? Yo ya lo tengo entero”. Mi primo, el único chaval del Magreb que tuvo un Halcón Milenario, un mierda mimado que incluso iba a catequesis porque tenía unas extrañas y semíticas supersticiones metidas en la cabeza, no sale de su asombro. Eso es imposible, dice desesperado, gasto una pasta diaria en estampitas y me falta más de la mitad. Que no, coño, que no puede ser. Despreocupado, le tiendo mi álbum. El pobre chaval, de sorpresa en sorpresa, comprueba que, en efecto, el álbum está completo, pero las estampas están colocadas donde yo he creído conveniente. Zubizarreta de delantero centro del Murcia. Hugo Sánchez entrenador del Salamanca. Nuestro Curro Sanjosé doblando funciones como creador de juego del Sporting de Gijón y de fichaje número 34. Y Antolín Ortega por todas partes. Antolín Ortega en el Barcelona. Antolín Ortega jugando en el Osasuna en lugar de Rípodas. Antolín Ortega luciendo orgulloso mostacho en la casilla donde debía ir el escudo de la Real Sociedad. Todas las remesas de Antolines Ortega fueron a caer en el kiosco del Caraja. Mi primo, furibundo, argumenta que eso no vale, que así no se hace, que hay que pegar cada cromo en su lugar. Y un carajo, pensé yo, porque me negué a seguir aquella conversación absurda con el catecúmeno envidioso. Esto hay que llenarlo y lleno está. He cumplido. Yo me cago en las normas; normas que, por cierto, no veo escritas en ninguna parte. En el consulado honorario de la RDA donde me crié, siempre tuvimos bien presente la máxima leninista, “el único juez de los actos es su utilidad”. Sigue leyendo

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Decíamos ayer

Hace escasos cinco meses, con la tercera Uefa recién llegada a nuestras vitrinas, en esta humilde bitácora publicamos esto. Que, por si usted, estimado lector, tiene mejoras cosas que hacer en la vida que (re)leer, ya le resumimos nosotros. Viene a decir que a veces la vida sí que puede ser maravillosa, pero que hay que reforzarla con acciones para que lo siga siendo. Traducido, que era muy bonita la comunión entre equipo y afición, que nadie podrá con nosotros si estamos unidos, pero que no vayamos a cagarla. No es que seamos una suerte de Casandra, profética e ignorada, sino que hay veces en las que, desgraciadamente, resulta casi imposible no acertar: la gente de la ralea que toma las decisiones en este club siempre acaba tirando para el monte. Sigue leyendo

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Que el cuarto sea cuarto y mitad

En el fútbol, como en tantos otros órdenes de la vida, existe cierta tendencia a la memoria selectiva. Especialmente, claro está, al rememorar experiencias negativas. Si tú tienes la costumbre de llegar puntual a los sitios, pero fallas en un par de eventos señalados (un examen, una entrevista de trabajo, una boda o cualquier tortura moderna similar), probablemente te caiga el sambenito de impresentable. O si tú, fiel marido, te pasas 859 noches durmiendo en el lecho con tu compañera sentimental y una mísera madrugada te escapas y acabas con el pene ensangrentado y la cartera vacía de tanto copular con embajadoras de la cultura del este de Europa, habrá quien te llame adúltero. O putero, incluso. Que ya es ponerse quisquilloso. Nadie te valora las veces que llegaste a tu hora, las veces que dormiste con quien debías. Pues algo así ocurre en el fútbol. Existe un comentario instaurado entre el sevillismo al referirse a su equipo, que viene a ser algo así como “cada vez que tiene que ganar, la caga”. Esta falacia se desmonta sin demasiada complicación puesto que, si fuese real, el Sevilla estaría deambulando por la Tercera División. Ni siquiera si lo reducimos a partidos clave, puesto que pocos objetivos ambiciosos se habrían conseguido de ser cierta esa máxima. Pero claro, aquí entra ya la trampa ventajista, esto es, etiquetar como claves los partidos en los que se falla para reforzar la teoría. ¿A qué viene toda esta milonga? Pues que anoche, cuando el argentino Luciano Vietto superaba la salida de Beto en el minuto 79, la frase de marras comenzó a propagarse más rápido que un alarmismo infundado en Twitter por el graderío del estadio y por los bares y las casas en las que hubiese un grupo de sevillistas viendo el encuentro. Sigue leyendo

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Comunicado de vital importancia

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE ¡Camaradas! ¡Obreros, intelectuales, campesinos, miembros del aparato burocrático! ¡Hijos del pueblo todos! Es el Politburó de PEX quien se dirige a ustedes en estas cruciales horas.

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Peleando a la contra

Pongamos una noche cualquiera. Primaveral, que siempre queda mejor en estos casos. Tú, más o menos seguro de ti mismo, más o menos guapo, más o menos todo, la divisas entre el gentío. Hace unos años la hubieses considerado inaccesible nada más verla, pero un par de experiencias pasadas te compelan a que te replantees tus propias certezas. Es casi imposible, pero… Ese pero, tan perjudicial en otros enunciados, es el que diferencia a los derrotados de antemano de los que aún conservan algo que decir. Total, que te acercas a ella. Y la cosa marcha, poco a poco, pero marcha. Cada vez mejor. Hay momentos en los que todo parecía perdido, o demasiado cuesta arriba, pero se acaba remontando y la conversación, los acercamientos, fluyen. Las horas vuelan en los relojes de la madrugada, pero a ti te queda tiempo y coraje para el último asalto. Tras un largo tanteo, culminas. Y triunfas.

Abres los ojos. Desconoces si ha sido un sueño repetido, pero giras la cabeza y comprendes que todo ha sido de verdad, otra vez. Y ya que estás en esa privilegiada situación, intentas repetir. No llevará aparejado tanto esfuerzo como la noche anterior pero, si se dan las circunstancias adecuadas, también puede ser placentero. La Supercopa de Europa es el polvo mañanero, pero en plan limpio. Con mucho boato, focos, lujo y elegancia. Con los dos sin resaca, sin sudores ni olores, y hasta con los dientes limpios. Aprovechemos que hemos llegado hasta aquí y, como quien no quiere la cosa, vamos a aproximarnos al objetivo, no vaya a ser que volvamos a tener la dicha eterna de sentirnos campeones una vez más. Sigue leyendo

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Real Madrid-Sevilla Fútbol Club

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Ya es mala suerte jugar tres finales de Supercopa de Europa y que en dos de ellas te toquen equipos españoles. Estas cosas se juegan contra el Bayern, el Manchester y gente así, no contra dos cabrones con los que nos duelen los huevos de vernos las caras. Claro que podía haber sido peor. Nos podría haber tocado el Atleti. Aunque, bien mirado, hubiese sido lo ideal. Un equipo que, todos ustedes pueden asegurarlo, se acojona en las finales que juegan contra equipos que visten de blanco, cuando pierden se escudan en una leyenda urbana más falsa que la del Peta Zetas y la Pepsi Cola como es que se quedaron hasta la entrega de la copa animando a su equipo, es un rival más que apropiado para estas citas y un erótico resultado. En cualquier caso, el rival será el Real Madrid Club de Fútbol, lo que garantiza que el “sevillanos, yonkis y gitanos” suene bien fuerte en Cardiff, ciudad galesa que, al igual que Amsterdam es la Venecia del norte o Budapest la París del este, podríamos llamar, en vista de sus atractivos, la Albacete del Reino Unido.

En vísperas de la sexta final continental que jugará el Sevilla Fútbol Club, resucitamos el espíritu de un hijo de la muy noble ciudad de Zaragoza que honró esta casa con sus previas, y analizaremos, despojo a despojo, el once que presumimos plantará Ancelotti sobre el terreno de juego, el próximo martes 12 de agosto de 2014. Gracias a la labor de los medios de comunicación patrios, este resumen de la escuadra madridista puede escribirlo incluso un tío sin ni puta idea de fútbol, que ve dos partidos al año sobrio y a quien lo que de verdad le gusta es contar historietas sobre borracheras, prostíbulos, botes de tragaperras y apuestas en el incomprendido a la par que apasionante mundo de las peleas de perros. Al final, como hacía el maño, dejaremos unas cuantas fotos con letreros supuestamente graciosos. Las costumbres hay que cuidarlas. Empecemos, pues, a relatar nuestras impresiones sobre el Real Madrid, equipo que, junto a la tortilla de patatas sin huevo ni patatas y la guardia mora violando maestras, forma la terna de los máximos hitos a que llegó el pueblo español bajo la égida de Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España y Generalísimo de sus ejércitos. Sigue leyendo

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