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Si Peter Pan viniera

Uno de los finales más tristes de toda la literatura universal es el final de ‘Peter Pan’. El tiempo ha pasado, y Wendy es toda una mujer. Tiene una hija hermosa, tan hermosa como lo era ella la primera vez que pisó Nunca Jamás de la mano de Peter Pan. Wendy acaba de acostar a su niña. La habitación está a oscuras. De repente, se abren las ventanas de par en par. Contra el cielo estrellado se recorta la figura de Peter Pan. “Wendy, vine a por ti. Es el tiempo de la limpieza de la primavera. Tienes que cuidar de mí y de los Niños Perdidos”. Pero Wendy le confiesa que se ha olvidado de volar. “No malgastes en mí el polvo de las alas de las hadas”, le dice. Peter Pan, que aún es un niño, no entiende nada. Wendy le dice “encenderé la luz para que comprendas”. Y, por primera vez en su vida, que nosotros sepamos, Peter Pan tiene miedo. Y sólo acierta a decir: “no enciendas la luz”.

El Sevilla Fútbol Club es un caso anómalo. Normalmente, la literatura, las canciones, el cine y, en definitiva, toda la cultura popular, tiende a glosar las virtudes demostradas por el protagonista. A recoger las más destacadas andanzas del héroe para dejar constancia de su importante labor. Desde los cantares de gesta hasta ‘La lista de Schindler’. Pero el Sevilla no. El Sevilla lo hizo al revés. Cuando Javier Labandón acompañó los acordes posteriores al estribillo del himno con el ya célebre “dicen que nunca se rinde”, era mentira. Por regla general, si nos metían un gol, en el campo que fuese, era buen momento para girarse al camarero, pedirle que dejase cerca la botella de Rives y apechugar, porque la tarde iba a ser dura. Aquel equipo se rendía. Pero todo cambió. El Sevilla se transformó en grande de Europa y ya no desiste ni aunque lo maten. Y ha convertido esa condición en seña de identidad. El Sevilla, directamente, se reinventó para adaptarse a su literatura. Sigue leyendo

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El tiempo es el que es

Corría el verano de 2007. Las altas temperaturas se cebaban con Zagreb. Para situarnos, hablamos de calor nivel: viejos muriéndose. Lo que tres lustros antes no doblegó un kalashnikov, se lo llevaba por delante una triste hora de calor. La vida es una burla continua. Bueno, pues aquella noche de mediados de julio, servidor celebraba su vigésimo cumpleaños. Mi grupo de amigos, conformado por tres muchachos y cuatro chavalas, terminó en un parque público de la capital croata. Todo transcurría en alcohólica calma hasta que se nos aproximaron dos zagalas autóctonas. Tendrían unos dieciocho años, castaña una, morena la otra. La palidez de sus rostros sólo competía con la negrura de sus vestimentas. No portaban más armas que dos botellas calientes de vinorro blanco y una guitarra eléctrica que, huelga decir, no había forma humana de que enchufaran. Tardamos un rato en convencernos de que aquellas dos no actuaban como señuelo de un grupo de traficantes que, agazapados en la oscuridad, acechaban para desmembrarnos primero y negociar luego con nuestros todavía vigorosos órganos. Nada de eso. Las pobres eran hasta buena gente. Dos de mis amigos eran sobradamente más duchos con el inglés que yo, pero mi bagaje en conversaciones con majarones de toda clase y condición actuaba de tácita obligación para que llevara el peso de la charla. Lógicamente, la conduje hacia mis intereses.

Durante el día, me topé con una exposición que había convertido una larga avenida de Zagreb en una especie de paseo de la fama patriótico. Allí, sin escatimar en el tamaño de las fotografías, se admiraba la figura de personalidades croatas del mundo de las artes, la política o el deporte. Y, entre todos, me sorprendió sobremanera la ausencia de la rata ustacha. Quizás me cegaba mi condición de sevillista, pero no entendía cómo no se le rendía pleitesía a Suker. Como entre mis seis amigos no serían capaces de enumerar doce futbolistas de Primera División, ni se me ocurrió resaltarles tamaño error. Pero claro, ahora tenía delante a dos croatas. Saqué todo el repertorio: Mundial de Francia, Madrid, Ana Obregón. Resulta que la castaña no sabía ni quién era el bueno de Davor, pero la morena sí. Lo sabía perfectamente. Así, el fútbol fue monopolizando nuestra charla, a lo que la castaña reaccionó acercándose a mis amigos. Literalmente, la tía siesa estableció una separación física entre las siete personas ilustradas que desconocían qué es un fuera de juego y los dos bárbaros: la morena y yo. Mi contertulia achicaba el vino caliente como sospecho que sólo pueden hacerlo las mujeres engendradas durante un conflicto bélico. Y en esas pronuncié la palabra mágica: Sevilla.

Prometo que la boca de esa adolescente, con pinta de glosar las virtudes del último grupo que despuntaba en la escena hardcore punk de Rijeka, pronunció palabras celestiales. La tipa dijo “Alves, Kanouté”. No contenta con eso, prosiguió con Luis Fabiano, Palop (ahí incluso realizó un movimiento con la cabeza que evidenciaba un vahído colosal o una imitación del gol de Donetsk) y Maresca. Me quedé picueto. Ya luego se vino arriba e intentó comentarios por encima de las oportunidades que sus conocimientos le ofrecían, sospecho que con intenciones libidinosas hacia el melenas con el que hablaba. Pero lo importante estaba ahí. De entre los miles de equipos que existen en Europa, aquella gachí conocía el mío. Algo bueno tenía que haber hecho el Sevilla, que hasta muy poco antes sólo me había ofrecido disgustos, para ser conocido en aquellos lares. Vale que quizás fuese la única joven croata que sabía quién era Dani Alves, y vale que no fuera la chavala más cuerda de su bloque, pero para que te conozca una persona tan alejada que no viva entre parabólicas tienes que haber adquirido cierto status. Salvando las distancias, como cuando un moro de cinco años dice “Barcelona” o un chino “Leal Madlí”. Resulta que el reciente bicampeonato uefero había otorgado al Sevilla dimensión europea. Aquella noche lo constaté nítidamente. Mi equipo se había convertido en grande de verdad. Grande para el resto. La morena se despidió con embriagadas promesas de seguir el devenir sevillista en el futuro. Supongo que, de ser cierto, años después mojó las bragas con lo más bonito que jamás se enfundó la arlequinada croata. Sea como fuere, no volví a verla más. No obstante, su involuntaria revelación la tengo grabada a fuego desde entonces. Sigue leyendo

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Real Madrid-Sevilla Fútbol Club

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Ya es mala suerte jugar tres finales de Supercopa de Europa y que en dos de ellas te toquen equipos españoles. Estas cosas se juegan contra el Bayern, el Manchester y gente así, no contra dos cabrones con los que nos duelen los huevos de vernos las caras. Claro que podía haber sido peor. Nos podría haber tocado el Atleti. Aunque, bien mirado, hubiese sido lo ideal. Un equipo que, todos ustedes pueden asegurarlo, se acojona en las finales que juegan contra equipos que visten de blanco, cuando pierden se escudan en una leyenda urbana más falsa que la del Peta Zetas y la Pepsi Cola como es que se quedaron hasta la entrega de la copa animando a su equipo, es un rival más que apropiado para estas citas y un erótico resultado. En cualquier caso, el rival será el Real Madrid Club de Fútbol, lo que garantiza que el “sevillanos, yonkis y gitanos” suene bien fuerte en Cardiff, ciudad galesa que, al igual que Amsterdam es la Venecia del norte o Budapest la París del este, podríamos llamar, en vista de sus atractivos, la Albacete del Reino Unido.

En vísperas de la sexta final continental que jugará el Sevilla Fútbol Club, resucitamos el espíritu de un hijo de la muy noble ciudad de Zaragoza que honró esta casa con sus previas, y analizaremos, despojo a despojo, el once que presumimos plantará Ancelotti sobre el terreno de juego, el próximo martes 12 de agosto de 2014. Gracias a la labor de los medios de comunicación patrios, este resumen de la escuadra madridista puede escribirlo incluso un tío sin ni puta idea de fútbol, que ve dos partidos al año sobrio y a quien lo que de verdad le gusta es contar historietas sobre borracheras, prostíbulos, botes de tragaperras y apuestas en el incomprendido a la par que apasionante mundo de las peleas de perros. Al final, como hacía el maño, dejaremos unas cuantas fotos con letreros supuestamente graciosos. Las costumbres hay que cuidarlas. Empecemos, pues, a relatar nuestras impresiones sobre el Real Madrid, equipo que, junto a la tortilla de patatas sin huevo ni patatas y la guardia mora violando maestras, forma la terna de los máximos hitos a que llegó el pueblo español bajo la égida de Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España y Generalísimo de sus ejércitos. Sigue leyendo

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