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Golgi ya lo advirtió

PEX CORRESPONSALÍA EN SANTIPONCE ¿Han visto a través de un microscopio una sección de cerebro, ya sea humano, ya sea de algún vertebrado? Las neuronas ahí, bien bonitas, con su núcleo, sus dendritas, sus axones. Les voy a contar cómo se hace. De todos es sabido que cualquiera puede ir a un depósito de cerebros y llevarse el que desee. Una vez dispongamos de uno no se coge un trocito y se mira a través de la lente. No. Un cerebro tiene una consistencia pareja a la que puede tener un bollo que dejamos bajo el grifo durante 20 minutos. Se deshace con solo tocarlo. ¿Qué hacer ante una putada más de la madre naturaleza? Se baña en parafina, lo que aquí se tira al suelo cada primavera dando lugar a resbalones, caídas, luxaciones de muñeca y cadera, hay quien lo usa para estos fines. Hay gente para todo. Una vez tenemos el cerebro bien compacto, hay que cortarlo bien finito, y digo bien finito. No como se le pide al charcutero que corte el chopped cuando estamos a día 26. Bien finito, bien finito, que se pueda ver a través de un microscopio óptico. Para ello usaremos un instrumento llamado microtomo. Ya saben, de mikros y tomé. Tomaremos la sección, a ser posible, de la corteza cerebral. Es donde las neuronas están a saco, en plan rave en Ibiza a las 12 de la mañana. Y dirá algún iletrado, y ya lo ponemos en el microscopio y a mirar neuronas ahí to potentes. No, paciencia. Si se hace eso no se ve más que una masa blanca en la que no se diferencia una mierda, las neuronas son incoloras. ¿Qué hacer? Pues teñirlas, alma de cántaro. La putada, al menos en el siglo XIX, es que si teñías la sección con las técnicas de la época, las teñías todas. Y ahí les aseguro que no se ve un carajo. Un montón de puntitos apiñados, algún hilillo (axones) por ahí perdido y poco más. Como quedar con alguien en la portada de la Feria. Trabajo de chinos. Entonces apareció uno de los pocos italianos dignos que ha dado la historia, el señor Camillo Golgi. Usando nitrato de plata consiguió teñir neuronas aisladas, con lo que aparecían como cualquiera ha podido ver hoy día, con todas sus cositas, y hasta se pueden apreciar alguna de las trillones de conexiones entre ellas, sinapsis y tal. Este rollo lo contaba mucho mejor el profe de histología, que era un grande. Consiguió exponer, con más de una década de antelación, la agria polémica por la cual Amy Farrah Fowler y Sheldon Cooper rompen, tomando la postura de la primera. Por si este hecho no bastara para ponderar como merece su hombría, el tío nos dotaba de unos microscopios bastante buenos pero que tenían un fallo. Había un tornillito, muy suelto, que si se le daba sólo un cuarto de vuelta hacia la dirección correcta hacía que todo el aparato se fuera a tomar por culo. Una especie de mecanismo de autodestrucción que este señor, a quien todavía observo en mis oraciones, nos conminaba a no ejercer bajo la clara admonición de que al que se le ocurriese tocar el tornillito le cortaba los cojones. Textual y en medio de toda la clase, petada de tías, por cierto. Como decía el capitán Willard del coronel Kurtz mientras leía su expediente en la lancha que surcaba el Mekong arriba: Qué huevos. Sigue leyendo

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