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El Sevilla de Monchi

Él no se acordará. Yo tenía veintipocos años, y un profesor me encargó mi primera entrevista. Era un simple trabajo universitario, con la idea de darnos soltura y poco más. Pero, pese a que el texto no se publicaría en ningún sitio, el personaje debía ser relativamente famoso. Yo probé con Monchi, y accedió. No tenía por qué, pero me abrió su despacho y se mostró afable. Estuve allí dos veces ya que, siempre tan perspicaz, la primera vez olvidé hacer las fotos. En la segunda visita, él ya había leído la entrevista (ahora que lo pienso, debo de guardar la transcripción de aquella charla por algún lado). Finalmente, cuando le pregunté si le importaba que la compartiera en un foro sevillista, se retrajo y me dijo que sí, que eso lo leía la prensa y no quería que le dieran palos. Sigue leyendo

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A la gloria desde el barro

En las despedidas, no queda otra que blandir la sinceridad salvaje a modo de pañuelo, porque las palabras no dichas antes del adiós luego las suele sepultar el orgullo, el tiempo o el miedo, cuando no las tres cosas, y callarse los recuerdos oscuros únicamente apaga el brillo de los mejores momentos. Por eso, por mucho que contravenga el nombre de la sección en la que se encuadra este artículo, es imposible preterir que la primera temporada de Coke en el Sevilla fue nefasta. Y eso que a mí, por esos detalles triviales (ser capitán del Rayo, probablemente) por los que gusta un fichaje que conoces entre poco y muy poco, me resultaba atractiva su contratación. Pero es que al pobre le salía todo torcido. Mi opinión tocó fondo en un partido al mediodía en el Bernabéu, donde su actuación fue tan dolorosa que hasta logró hacerme olvidar la resaca que me castigaba en la grada. A ese primer año se refiere Coke cuando afirma, con el gesto seco de los que superan un mal trago pero recuerdan su amargura con nitidez, que él también conoce a la afición del Sevilla en las malas. Sigue leyendo

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Unai, siempre Unai

Las historias más hermosas no acostumbran a arrancar en lugares particularmente bellos. Por eso, este relato comienza en Mestalla. Mes de enero, año 2013. El Sevilla acaba de perpetrar su enésima atrocidad de la temporada, incapaz de crear una mísera ocasión de peligro. Una derrota inapelable, de esas que, más que enfadar, asquean. Y cae por culpa de dos goles de Soldado, anotados tras sendos saques de esquina botados por Banega. Encima, el primero de ellos, peinado por Rami. Tras el partido, congelado en aquel graderío anodino, con la singular sabiduría que aporta tener el cerebro embebido en mistela, combiné una súplica con una lúcida conclusión. “Esto tiene que acabar”, me dije. La mayor ignominia sentada en nuestro banquillo desde José Antonio Camacho no podía continuar al frente de la nave, porque lo mínimo que requiere un naufragio es un capitán digno.

El temblor en las piernas rivales, las sacudidas de los cimientos del estadio en las fascinantes noches europeas, cincelar la historia a base de goles, todo había quedado atrás. La grandeza también. Reposaba en las hemerotecas, como el amor del soldado que jura regresar en una carta que los años convierten en factura, en mero justificante. Un simple testimonio, más persuasivo que emotivo, para atestiguar que realmente hubo un tiempo en el que fuimos los mejores. Por eso, a principios de aquel 2013, nuestro destino era convertirnos en una extravagancia en la lista de vencedores ueferos, en una pregunta a un padre o a un abuelo de algún chiquillo que, ávido de conocimiento futbolero, consultara tiempo después el palmarés europeo y no comprendiese lo de 2006 y 2007. “Se les juntó una generación de jugadores increíbles y consiguieron dos Europa League seguidas. Se les apareció la virgen y no los eliminaba ni dios. Casi ganaron una Liga, imagínate. Ahora no sé ni en qué división están, pero qué buenos eran…”, respondería el hijo de puta del viejo cuando nuestras lánguidas vitrinas únicamente soportasen trofeos deslustrados. Y a mí, aquel posible devenir, me sumía en una preocupación no muy diferente del miedo. Sé que es un pensamiento injusto con los aficionados de la mayoría de clubes, los que nunca ganan nada, pero el deseo de alcanzar la gloria se multiplica si ya la disfrutaste. Te inunda una avaricia, puede que culpable, pero también irrefrenable. Un anhelo de demostrar que no te había tocado la lotería durante un par de años. Creedme: detestaba ser flor de un día. Al contrario que De Niro en ‘El rey de la comedia’, también había sido un fracasado toda mi vida, pero quería ser rey por algo más que una noche.

Afortunadamente, tanto Míchel como yo tuvimos que hacer las maletas, aunque con destinos dispares. Uno, directo a las páginas negras de la historia sevillista, y un servidor, a vivir al extranjero. La última noticia que tuve antes de partir fue la contratación de un nuevo técnico, Unai Emery. Obviamente, sabía de su existencia, pero decidí conceptualizarlo como uno de esos detectives del cine negro clásico; un tipo carente de pasado, cuya existencia arranca cuando lo hace la acción. Me fui, como todo el que se marcha, clavando un recuerdo a mi paso, y sin ni siquiera valor suficiente para llevarme de equipaje la esperanza de regresar a ese lugar abstracto donde éramos campeones. Desde la distancia observé cómo aquel equipo, que jamás fue un conjunto, iba tapando agujeros a base de chispazos, hasta instalarse en la mitad de la tabla. La grandeza seguía ahí, existía a un clic en Youtube, pero cada vez se hacía más borrosa en la memoria, igual que los sueños que recuerdas al despertar y se desvanecen, inmisericordes, en el nuevo día. En ese enrarecido ambiente de despedidas, llegamos al último partido en casa, precisamente contra el Valencia, con opciones de ser novenos. Un puesto que confirmaría la mediocridad excepto porque aquella temporada, gracias a una carambola financiera, terminó dando acceso a la Uefa. Extraños sucesos de la vida, como despertarse por culpa del silencio si te apagan el televisor. En aquel partido, vaya usted a saber por qué, se luchó. Banega marcó un golazo como adelanto de su talento fastuoso. Y fue la tarde más mágica de todas las mágicas tardes de Álvaro Negredo en el Sevilla.

Así que Unai iba a comenzar una nueva campaña cogiendo al equipo desde verano, para poder moldearlo a su particular antojo, y encima clasificados para la Uefa. Con lo que quizás no contaba era con la amplísima renovación que sufriría la plantilla, cambiando jugadores de renombre por un puñado de dudas. Pero como el propio Emery ha mentado alguna vez, quizás él lo entendió todo cuando vio la cuantiosa representación sevillista desplazada a Estoril, en los albores de la competición. Fue como una vieja potencia que envía un ejército dormido a dirimir una escaramuza: una declaración de intenciones. Eso, unido al recuerdo de la anécdota, también habitualmente referida por Unai, en la que Del Nido le instruía en la importancia de disputar finales frente a conseguir clasificaciones. Para que luego rechacen el pedagógico papel de los criminales en una sociedad.

De todos modos, costó que la máquina arrancase, especialmente en Liga. Pero en la competición uefera avanzábamos, batiéndonos, por fin otra vez, en heroicas batallas. Ronda a ronda, golpe a golpe. La primavera volvía a ser perentoria y agónica y hermosa. Pobre del que esperase un retorno exento de lucha, porque no hay regreso que merezca llevarse a cabo si no obliga a dejarte un trozo de alma para completarlo. Basta como ejemplo Mestalla, otra vez Mestalla, tan igual pero tan distinta, campo de la penúltima batalla que concluyó con aquel gol imposible. Cómo no abrazar a Unai en nuestro manicomio, si cuando al día siguiente logré ver su celebración no pude sino reconocerla como un calco de la mía. Y de ahí a la final, aunque poco antes ya viéramos esos partidos como se ven por televisión las ciudades que quisimos y que nos quisieron: sorprendidos de que sigan existiendo sin nosotros. La Uefa perfecta, de principio a fin, es la tercera. Porque no podrá inventarse jamás travesía que reúna más virtudes propias del Sevilla y de su entrenador que aquel descarnado regreso del héroe a su patria perdida.

No quiero restar belleza alguna, huelga decirlo, a la cuarta y a la quinta. Cierto es que no se puede construir un relato tan épico a su alrededor, pero qué duda cabe de que nos hicieron disfrutar como los niños pequeños que quizás sólo el fútbol nos recuerda, muy de vez en cuando, que fuimos. Por dos veces, Unai volvió a enfrentarse a una plantilla con casi la mitad de integrantes modificados. Y en ambas ocasiones salimos campeones. El mérito de esto es inconmensurable y es que, sin ir más lejos, la anterior etapa exitosa del Sevilla logró mantener el grueso de sus estrellas para repetir título. Pero Unai tuvo que reinventarse cada verano, conjuntar y convencer a tres grupos distintos de que no había más camino que el de seguirle a ciegas. Y así los jueves volvieron a ser el mejor día de la semana, y cosechamos nuestra más alta puntuación en Liga, una final de Copa y, por supuesto, las tres uefas. Y también llegó para quedarse la confirmación de que no fuimos flor de un día, sino un equipo grande en el continente que, como tal, o gana cosas o aspira a hacerlo de cuando en cuando. En etapas claramente diferenciadas. Y aunque pasen lustros y no llegue el próximo trofeo, el status conseguido con Unai ya no se perderá nunca.

No obstante, vivimos tiempos en los que hay personas firmemente resueltas a convertirse en parodias. Otros, en cambio, activan con pasmosa celeridad un mecanismo de defensa tan socorrido como longevo: despreciar en cuanto se adivina el desapego. Y algunos necesitan constantemente situarse lejos de la opinión generalizada, quién sabe si como lastimosa y única vía de reafirmación individual. Estos factores, por separado o en explosiva combinación, provocan que haya quien pretenda rebajar la importancia de la labor de Emery en el Sevilla. Que conste que desde este mismo momento me arrepiento de darles pábulo en este texto, pero lo hago con la fortaleza que me otorga no creerles.

Porque no. No les creo. Ni aunque cien segundos me sostuvieseis la mirada: no os creo. Me niego a concebir que, en el discernimiento que ofrece la soledad, una vez vuestra máscara cae al suelo, no os aflore media sonrisa, quizás melancólica, al pensar en Unai. El que nos tatuó en la piel la grandeza, imborrable, que no admite ni duración ni revisión ni regreso. Ese vasco que, aplicando la clarividencia con la que resumimos vidas ajenas, y nunca las propias, podemos aseverar que nació para encontrarse con el Sevilla en su camino. Para que nosotros lo disfrutásemos, y lo atesorásemos en el más pasional de los rincones cerebrales, revestido con la mayor felicidad que un aficionado al fútbol puede experimentar. Cierto es que ahora se va, igual que se acaban yendo todos, y poco interesan los detalles, ya que no existe momento o manera que atenúe el fin de un romance. Pero se marcha sin mejor despedida que su legado, una historia tan bonita que hasta duele haberla vivido ya, porque deja casi yermo el terreno de los sueños por cumplir.

Todos dicen, y tal vez sea cierto, que el fútbol no tiene memoria, pero nosotros sí. Antes de que nos arrase el huracán desvergonzado de la nueva temporada, que jamás amnistia a su antecesora, permítannos paladear el último brindis a la salud de Unai. Se marcha con todos los honores imaginables el que es, incontestablemente, el mejor y más exitoso entrenador de la historia del Sevilla. Y eso, teniendo en cuenta que hablamos de un grande de Europa, no lo consigue cualquiera.

unaibesocopa

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El niño que regalaba lo que no tenía

Dicen que hay un día en la vida del hombre que lo cambia todo. Un instante en el que se torna imposible volver a atrás y, sin más remedio, ya nada vuelve a ser como antes. Para bien o para mal. Cuando llega, te das cuenta de que los sucesos  que considerabas importantes, pues bueno, quizás sí que fueron reseñables, pero no tanto. No tan determinantes. Así, la vida del soldado cambia para siempre, por mucha mili que llevase encima, el día que le clava el cuchillo en el costado por primera vez al enemigo. Igual que el pintor cuando vende su primer cuadro, el juez que firma su primera sentencia o el pobre desgraciado que regresa antes a casa sin avisar y se encuentra a su inocente cónyuge encamada con un fulano que parece tener algo que ella necesita urgentemente, porque no deja de pedírselo con ahínco.  Por ejemplificar un poco esta teoría, Scorsese hizo la destacable Mean Streets, pero llegó el momento del estreno de Taxi Driver y listo, ya lo tenemos ahí. Punto de no retorno hacia la genialidad. O Dylan, que se metió en un estudio a grabar versiones de folk y, cuando le dejaron cantar las suyas, se sacó de la manga el Freewheelin’ y para qué les voy a contar a ustedes a dónde ha llegado ese muchacho hasta hoy. O James Gandolfini, cuando le dijeron que le daban el papel de una serie que empezaba con unos patos okupando una piscina. Un instante, un día, una obra que inicia el camino, que luego tendrá, claro está, numerosas subidas y bajadas. Por tanto, una vez que en PEX hemos abrazado con firmeza el determinismo, al menos durante los próximos renglones, podemos afirmar que Jesús Navas nació para mearse en las cachas de Asier del Horno, volver loco a Lacruz y disparar después con la zurda para que la pelota entrase en una de las porterías de San Mamés. Para graduarse en La Catedral, marcando por primera vez desde que jugaba con los grandes. Con una camiseta morada, el número 31 a la espalda y cara de niño. La misma, o casi, con la que, ocho años después de aquella noche bilbaína, se va.

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So long, Kanouté

Leonard Cohen es un judío canadiense que compone canciones. Bueno, también escribió un par de novelas y un buen puñado de poemas. Pero, ateniéndonos al fin que nos ocupa, vamos a quedarnos con su faceta de cantautor. Entre sus poco más de diez discos de estudio, que, ciertamente, parece un número exiguo para una carrera que ha visitado cinco décadas, no es difícil hallar muestras de lo más distinguido de la música de la pasada centuria. Aunque no todo es excelso, ni muchísimo menos. Su álbum de debut, grabado en 1967 y con uno de los títulos más originales jamás ideados, está compuesto de algunas composiciones notables, tanto que, casi medio siglo después, continúan integrando los repertorios de sus cada vez menos frecuentes actuaciones en directo. La cara B de aquel disco comienza con una canción de despedida. En ella, el esquema de estrofa de cuatro versos seguido de estribillo se repite a lo largo de los cinco minutos y medio que dura la pieza. Y son, precisamente, esas dos líneas repetitivas, que la segunda vez que se escuchan ya van acompañadas de los potentes coros femeninos, las que resumen todo el texto. So long, Marianne. It´s time that we began/to laugh and cry, and cry and laugh about it all again. O, si usted, estimado lector, no es ducho en esa lengua más propia de herejes y de piratas que de seres humanos íntegros, sería algo así como: Hasta luego, Marianne. Es hora de que empecemos/a reírnos y a llorar, a llorar y a reírnos de todo, otra vez. Lo mejor, qué duda cabe, es que lo escuchen. En este enlace, por ejemplo. La cantidad de escenas evocadoras que se desgranan en el texto responde a una circunstancia muy sencilla: Cohen dice que se la escribió a la mujer más hermosa que conoció jamás. Literalmente. Y, para todos aquellos que un día nos tiramos de cabeza a ese espectáculo irracional llamado fútbol, y concretamente al equipo hegemónico de la ciudad de Sevilla, nuestra Marianne se llama Kanouté. No sean tímidos, prueben a cantarlo. Si es que hasta encaja perfectamente en la melodía del estribillo. Sigue leyendo

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