Archivo de la etiqueta: Derbi sevillano

El silencio

Franco Vázquez, en una maniobra absurda, se gira y hace un boquete en la barrera. El tiro de Durmisi, nacido para morir en su pecho, acaba entrando en la portería. Delirio verdiblanco. Éxtasis en La Palmera. No se vive tal algarabía desde la presentación de Denilson. Pero es más que comprensible: llevan mucho tiempo sin poder hacerlo. Siete largos derbis sin cantar un mísero gol, siete. El ruido es ensordecedor, y el estadio parece que se va a caer. Los cimientos, los nuevos y los viejos, tiemblan. La afición se embelesa, retoza y se frota los ojos vidriosos. Marcarle al Sevilla es lo más parecido a un título que han paladeado últimamente, y toda esa amargura contenida tiene que salir por algún lado. Sigue leyendo

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Qué amargados se nos ve

Si al menos nos plantasen cara en los duelos individuales, tendrían una tabla a la que agarrarse en medio del naufragio. Podrían pensar que vale, que el Sevilla es un grande de Europa y el Betis un ascensor, pero arrebatándonos alguna victoria puntual aún tendrían algo por lo que sacar pecho. Anecdótico y casi ridículo, pero algo, al fin y al cabo. Todavía podrían alimentarse de las sobras del banquete de nuestra gloria. Pues ni siquiera. Año tras año, se encuentran un plato vacío sin migajas que llevarse a la boca. Que el Granada venza al Sevilla no le convierte en superior, pero coño, al menos pueden volver a casa con una sonrisa invadiendo su rostro porque le han ganado a un grande. Las criaturitas no. Ahora mismo, el Betis no tiene más aliado que la geografía. Los escasos cuatro kilómetros que separan ambos estadios son lo único que salvaguarda la rivalidad, puesto que la distancia institucional y, sobre todo, deportiva, habría que medirla en años luz. Jamás lo leerán en los medios de comunicación, pero el derbi sevillano se ha convertido en el valenciano o en el barcelonés. Los verdiblancos ya celebran los empates como local, y el día en el que ganen un mísero partido, verán agotadas sus existencias todos los almacenes de petardos de la provincia. Sigue leyendo

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No es ciudad para cobardes

En esta casa tenemos por costumbre hacer acopio de cuantos vicios nos sirve en bandeja esta sociedad posmoderna y, quizás como causa, quizás como consecuencia de ello, vamos completando un variado conjunto de taras mentales. Por hacer un resumen utilizando una terminología científica, somos plenamente conscientes de que estamos como un cencerro. Y eso, qué duda cabe, se acentúa cuando está el fútbol Sevilla por medio. Así, somos capaces de encarar una cita como la del jueves haciendo gala de un equilibrio mental digno de todo elogio y escribir una previa pausada, explicando sucintamente la realidad que queremos poner de manifiesto. A ustedes también les pasará, imaginamos. Confiado en la victoria, atendiendo a los quehaceres diarios y llevando una existencia que cualquier persona que no le examine a fondo podría, incluso, tildar de ser humano normal. Pero entonces salta la chispa. Y lo hace de la manera más imprevisible. Un niño que porta una camiseta blanca y que, encima, tiene la misma estatura que el extremo de tu equipo, un cartel en la carretera que anuncia una ciudad de siete letras, darte cuenta de que tu jefe tiene cara de balón de reglamento o que te presenten a un tipo que se llama Paco, que tú caigas en lo mucho que se parece ese nombre a Pablo y tu mente se transporte al polígono San Pablo, de ahí a Antoñito y de ahí, inexorablemente, al gol de Marcos Vales. El motivo es lo de menos. Principalmente, porque no es motivo, sino excusa. Y una vez que eso ocurre, tragarte cuarenta resúmenes en Youtube, escuchar la narración de goles históricos y repasar la colección de tifos de Biris Norte, ya es todo uno.  Incluso releer varios artículos de alguna bitácora sevillista. En ese momento, estimado lector, la rabia se apodera de cualquiera y el único plan que te parece razonable es que el cielo se funda con el infierno, provocar el apocalipsis y sodomizar a los siete ángeles con sus propias trompetas. O, como le ocurría a Woody Allen en la excelente Manhattan murder mistery, es escuchar demasiado a Wagner y entrarte ganas de invadir Polonia. En definitiva, has vuelto a perder la cabeza y, aunque no sepas muy bien cómo, ese proceso, esa montaña rusa de emociones, se repetirá infinidad de veces hasta que comience el encuentro. Un trastorno bipolar en toda regla. No tiene nada de malo. En PEX te entendemos y escribimos dos artículos para que te los leas en función de tu estado anímico.  Sigue leyendo

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Lo innecesario

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Hay un bar en la Macarena, muy cerca de la basílica, con una particularidad que pasa desapercibida pero que es muy ilustrativa de una mentalidad. Es la típica tasca que, a pesar de no ser un bar cofrade, tiene las paredes cubiertas de fotos enmarcadas que reflejan la devoción de dueños y clientela por la Señora de San Gil. Fotografías de armaos, de parroquianos trajeados el Viernes Santo a mediodía en la puerta del bar, de niños con el antifaz de terciopelo verde recogido, de amigos con el costal bajo el brazo. Medallas, muñecos de arcilla con la túnica que diseñara Juan Manuel. Lo típico. Antes de que empezara la feria del año pasado ya había una nueva foto en la pared donde podía verse al Señor de la Sentencia con el poncho que le pusieron este último Viernes Santo a causa de la lluvia. Sin embargo, si uno se fija un poco, verá que falta algo que podría parecer imperdonable que no figure, pero que es lógico que no esté. Y seguro que ni es premeditado ni los propios dueños del bar saben que falta. Se lo dije a un amigo, muy del barrio y muy de la hermandad, una tarde tomando una cerveza, en plan juego. A ver si, de entre tantas fotos, eres capaz de decirme qué falta aquí. No pudo. Es de allí y siente a la hermandad como algo propio, por tanto, da por supuestas cosas que a los malditos ateos que nos fijamos en chorradas nos llaman la atención. No hay, entre casi un centenar de fotografías, ni una sola de María Santísima de la Esperanza Macarena. Hay una lámina que remeda un grabado antiguo de la Virgen. Pero fotos, lo que se dice fotos de la mayor maravilla que se pasea bajo palio por la ciudad, no hay ni una. Sigue leyendo

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Nos la suda tanto el “Euroderby” y sabemos que creamos tendencia, que nos vamos a poner a hablar de pasos y fútbol

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Nada más traspasar el umbral de capirotes Molina, en la calle Alcaicería, supe que se mascaba la tragedia. En aquella tienda angosta, que todos los sevillanos de bien que alguna vez hayan acompañado a sus sagrados titulares en estación de penitencia a la Santa Iglesia Catedral Metropolitana conocerán, rodeado de escudos bordados, antifaces, telas de arpillera y morcillas para costales, cinturones de esparto, botones forrados para sotanas y túnicas, fajas para costaleros y docenas de capirotes de cartón, pues hablamos de los años 90, tiempos homéricos en los que los capirotes de rejilla no existían porque a una penitencia se va a sufrir, en aquel templo de la sevillanía, vi que sólo tenía a dos clientes por delante. Por desgracia, eran dos chavales de unos diecisiete años que pedían a voces al dependiente que les dijera el diámetro craneal de cada uno para ver cuál de los dos tenía más cabeza. Por mí, me hubiera ido y vuelto en mejor ocasión. Pero al día siguiente ya era Domingo de Ramos y el oldface me esperaba en el bar Manolo de la Alfalfa tomando un refrigerio (un cubalibre de coñac) y preferí la humillación de dos desconocidos a una mano de hostias por no cumplir con mi obligación. No me acuerdo de cuánto les medía el garbanzo a aquellos dos. Nada fuera de lo común. “Pasa, mi arma”, me dice el dependiente después de un cuarto de hora remoloneando en la entrada, viéndome tímido y con mi antifaz de ruán negro bajo el brazo. Me sienta en una silla de enea, me levanta la cabeza posando ambos pulgares sobre los mastoides y con sus dedos corazón eleva mi mandíbula. Ni quería mirar al frente ni sabía dónde meterme. “Sesenta y cuatro”, dice con voz estentórea y un bufido de admiración a la señora que confeccionaba los capirotes en la trastienda. Tenía el doble de cabeza que aquellos dos juntos, que me sacaban unos cuatro años y empezaban a darse con el codo y a mirarme con conmiseración, porque fue tal el repaso que les di con mi espectacular resultado que ni ganas les dieron de reírse. Que estará malito, el chaval, pensarían. Una hora larga tardaron en hacerme el capirote. No por la pedazo de chorla que me corona, o no exclusivamente, sino porque, como sabrán todos los hermanos de Silencio, Gran Poder, Calvario, Estudiantes y otras, un capirote de más de un metro de alto es una de las mayores putadas que se le pueden hacer a un hombre, mucho mayor que el cinturón de esparto de treinta centímetros de anchura que debemos llevar. Cuesta Dios y ayuda armar la parte superior del cartón para que quede firme, no se venga abajo con el peso del antifaz ni se chafe a la menor presión que se le ejerza. Cuando estaban a punto de entregarme, por fin, el capirote, vuelven a pasar los dos mamones que hacían cola antes que yo y ahí se les olvidó toda la caridad cristiana y empezaron a descojonarse viendo el trabajito que costaba atender a un tipo tan cabezón, carcajadas a las que se unió sin dudarlo el oldface, que llegó al mismo momento a recogerme y entre risotadas me decía “qué, que no hay manera, ¿no? Si es que eres un fenómeno. Pero un fenómeno de circo, mariconazo”.  Sigue leyendo

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Juego de niños

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Tenía un cabreo de cojones aquella tarde desde lo de los animales domésticos. Serán judas, los muy cabrones. La señorita nos explicaba qué era eso de animales salvajes y domésticos y, para implicarnos y fijar bien esa enseñanza, nos preguntó qué bicho teníamos cada uno en casa. El Manolito, que aparte de bético era imbécil, una perra que se llamaba Silvia. La Patri, dos tortugas sin nombre porque según su padre los galápagos no merecen esas consideraciones. Yo mantuve mi mano en alto hasta que me dieron la palabra. Tengo dos canarios, señorita. ¿Y cómo se llaman? Lenin y Stalin. Mis compañeros, al ver a la maestra sujetarse la faja del descojone que le entró, empezaron a reírse por pura imitación. Porque a ver qué iban a saber todos aquellos analfabetos de la guardería quiénes eran esos dos genios universales. Ahí estaban, riéndose de lo único digno que había en la clase. Unos bastardos. Así pues, en el recreo vespertino me desmarqué de los traidores de mis amigos y me puse a pasear en soledad por el patio. Como acto de reafirmación, me acerqué a la tapia a recoger jaramagos para llevárselos a Vladimir Ilich y Josif, que los comerían con delectación y agradecimiento a mi vuelta a casa. Levanto la cabeza y veo de lejos al oldface. Ofú. Hice memoria rápidamente. ¿Qué carajo he hecho ahora? Que yo recuerde, esta semana ni le he contestado mal a la abuela ni le he medido el lomo a mi hermana. Además de haber hecho el ridículo en clase hoy toca bronca. No me jodas. Pero aquel 20 de febrero del 85 no iba a darse todo mal. El viejo venía serio pero no con cara de vinagre. Me dice que llame a la maestra, que nos vamos, que hay que ir al Sevilla. Cojonudo. Cómo me motivaba el fútbol entre semana. Rompíamos la monotonía y casi siempre íbamos solos mi viejo y yo, sin aguantar amigos coñazo. Como no había merendado y el partido acabaría tarde, mi padre se saltaba por una vez su norma de conducta de no pedir jamás tapas y me invitaba a un montaíto, que yo mordisqueaba mientras él iba relatándome alineaciones, historial, antecedentes y efemérides sevillistas y del rival. Para colmo de dicha, esa tarde había derby. No me jodas, paíto. Pues sí, cabezón, contra estos cabrones jugamos hoy. Que digo yo que ganaremos porque con Cardo estos mamones no nos mojan la oreja ni de puta coña, aparte de que no ganan aquí desde el 68. Pero si la cosa sale mal, no montes el espectáculo que acostumbras. Que ya eres muy viejo y está feo llorar rodeado de tíos. Mariconazo.  Sigue leyendo

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Ayer es siempre todavía

Cuando uno es tan asquerosamente superior a su rival como lo es el Sevilla, no tiene ninguna lógica aplazar la demostración empírica de esa supremacía. No obstante, como aún conservamos algo parecido a un corazón, quizás nos ablandamos y el sentimentalismo le pudo a la razón hasta llegar a la conclusión de que lo del año pasado fue demasiado severo. Sólo catorce segundos de ilusión utópica concedida a las criaturitas. Esta temporada, en un alarde de solidaridad sin precedentes, pudieron disfrutar de 110 segundos. Casi dos minutos enteros soñando que existía alguna posibilidad de ganar en el templo del fútbol sevillano. Hasta les dio tiempo a sacar de banda sin ir perdiendo. Si es que somos para comernos cuando nos ponemos.

Humphrey Bogart se preguntaba en Casablanca cómo era posible que, entre todos los antros que aún quedaban en pie en la Segunda Guerra Mundial, ella hubiese tenido que acabar en el suyo. Es de imaginar que algo así acudirá a la cabeza de una criaturita cuando piense en el balón elevado que fue a parar, de entre los veintidós futbolistas repartidos por el césped, al único que podría convertirlo tan rápida, precisa y genialmente en un pase que pusiera en franquía a Bacca ante Pipi Sara. Que luego había que meterlo, obviamente, pero el colombiano está cogiendo los galones y esa es de las que no marra. Es cierto que a ese primer tanto no le acompañó luego el vendaval de la pasada temporada. Se jugó mucho menos al fútbol, especialmente en ese período de la primera mitad. Y es que, obviando quizás a Reyes, ningún futbolista hizo una labor de sobresaliente en todo el conjunto. Tampoco pareció necesario un esfuerzo exagerado para ganarle al colista de Primera. Si hasta nos permitimos el lujo de que dos de nuestras figuras, Rakitic y Alberto, cuajasen una de sus peores actuaciones esta temporada. Y en esas llegó una entrada muy mal medida de Paulao (el único al que no pusimos demasiado a parir en nuestra crónica, si es que estamos sembrados) que, unida a una tarjeta vista poco antes, personifica la torpeza supina y se acaba yendo a la calle. Con la banda sonora que todos conocemos acompañándole hasta el vestuario. Esto es como si invitas a tu casa a un indeseable, te pone el baño perdido de mierda y luego el resto de asistentes a la fiesta te pone mala cara porque ni siquiera se molesta en informarse de que tú eres un tío decente, que se viste por los pies y que lo último que haría es repartir excrementos por los azulejos del aseo. Pero bueno, qué le vamos a hacer. Con esta clase de gente nos toca compartir oxígeno. Así que se sacó la falta, nuestro negro se aprovecha de que el que lo marcaba en las jugadas a balón parado está en las duchas y remata al centro. Lo que hizo el porterito rival es inenarrable. Hablamos de que una persona con los dos brazos amputados puede detener ese esférico. Pues no. El segundo y al descanso calentitos. Ni que decir tiene que la carita de ese mamarracho llamado Pepe Mel ya se tornaba rojiza y se había ido hinchando paulitinamente, convirtiendo su cabeza todavía más similar a un globo que en estado normal. Bueno, normal, ya me entienden. En reposo de envidia sevillista, si es que eso ocurre alguna vez al día.

En el descanso suponemos que a Emery no se le ocurrió la majadería de siquiera deslizar la idea de echar el freno. Incluso se empezó a jugar mejor, algo que pronto cristalizó en ocasiones falladas y en la gran jugada del tanto de Vitolo. Tiene gol el tipo. Con la goleada conseguida, atrás se continuó sin pasar apuro alguno. Los portugueses bien, especialmente Carriço, que tiene muy buena pinta pese a su rostro de loco de película. Incluso Fazio, que no es demasiado admirado en esta bitácora, hizo una cosa digna de alabarle: no se complicó. Mandó a tomar por culo varios balones durante el encuentro, la mejor manera que un tipo con sus antecedentes tiene de evitar el peligro. Ahí fue cuando se consumó la infamia del cabezaglobo y sacó al enano canario. Con 3-0. Como diciendo, yo he hecho lo que he podido, pongo a lo que tengo y salvo mi calva. Nos lo imaginamos en su casa, creyéndose un híbrido de Julio César, Napoleón, Gengis Kan y Alejandro Magno, preparando el asalto a nuestro estadio. Que si ningún delantero puede jugar, luego entrenan, luego convoca a 23 tíos, al final entran los dos en el campo y acaban teniendo el mismo peligro para nosotros que si lo hubiese hecho el Dúo Sacapuntas. Bravo Pepe, bravo. De ahí hasta el final, un paseo que acabó con un gran gol de Iborra como podía haber acabado con cinco tanto más.

En definitiva, lo de siempre. No queremos despojarle todo el romanticismo y la tradición inherente a estos partidos pero, ¿qué tenemos que ganar nosotros en un derbi como local? Pues tres puntos, los mismos que si viniera el Elche. Y disfrutar de un estadio en comunión, que parece que durante noventa minutos comprende en su totalidad que los moradores de Gol Norte son el alma del Sánchez-Pizjuán. Es decir, disfrutamos del ambiente. De reunirse con la familia, los amigos y reírte un poco del equipucho ese que nos visita. Si acaso, el partido puede acabar en goleada y, aparte de derrotados, por lo menos se van humillados. En cambio, si se les ocurre empatarnos o ganarnos, harían de esa fecha día de fiesta local si pudiesen. Obviamente, no es algo equiparable. No es el mismo riesgo. Pero es lo que toca, no podemos evitar que se pasen por aquí cada año. Bueno, si acaso ganando también en su estadio y contribuyendo, en la medida de lo posible, a que retornen a esa división en la que se sienten como en casa.

Porque aquí no hay ni tradicional igualdad, ni partidos parejos, ni pollas en vinagre. Un derbi sevillano es una afición que sólo se va con media sonrisa porque no ha caído la manita. O que le pide al majarón de su portero que suba a rematar. Y, ya puestos, que lo hiciese con el miembro viril al aire, pero quedaba difícil de encajar esa letra en el cántico. Un derbi sevillano es José Antonio Reyes descojonándose en la cara de un tal Nono cuando, preso de la frustración, se le encara. Un derbi en esta ciudad es un partido de fútbol que suele ganar el equipo que no tiene rayas en su camiseta. Pregonar lo contrario es tarea de periodistas que necesitan vender su producto en las dos aceras. Creérselo, algo reservado para ilusos. Porque Biris Norte lo resumió todo con cuatro palabras. Unos nacieron para dominar la ciudad con la que comparten nombre, y otros, por simple lógica, para ser dominados. Es así desde el inicio, y nada varía con los años. Ayer sigue siendo siempre todavía.

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