Archivo de la etiqueta: Caparrós

El puto enano

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Eran los tiempos heroicos en que creía que para tener dinero debía trabajar. La jornada laboral comenzaba a las ocho y media de la tarde, hora a la que se fijaba la apertura del bar, que nosotros abríamos puntualmente a las nueve y cuarto de la noche. La plantilla a la que pertenecí aquel verano la conformaba un grupo de veteranos profesionales de la hostelería que, tal vez por sus muchos años detrás de una barra, sólo valoraban como un suplicio la afluencia de público, se enfadaban si algún parroquiano pedía más de dos tapas en una sola comanda y solían meterse en las conversaciones de los menos asiduos y más tímidos clientes. La cocinera, por su parte, devota de su oficio, padecía de trastorno obsesivo-compulsivo que, entre otras molestias, la obligaba a realizar todas sus acciones por quintuplicado, creyendo que, si no cumplía esa premisa, sus hijos morirían entre diabólicos padecimientos. Si cogía la garrafa de aceite de una repisa, debía posarla y recogerla cinco veces. Si salía para ir al servicio, cerraba y abría la puerta cinco veces. Si le pedían una de huevas a la plancha, asaba cinco piezas en lugar de una. En caso de que nadie más pidiera en toda la noche huevas a la plancha, me servía a mí las sobrantes en mi descanso para cenar, las quisiera o no, limpiando los churretes de los bordes del plato cinco veces. Ya digo; un corazón de oro, amén de unas manitas de plata para los fogones y los aliños. Después estaba el Juani. Camarero desde los 16 años, debía de alcanzar el cuarto de siglo de experiencia. Un prodigio para cocer gambas, cortar pulpo en rodajas casi transparentes, cocinar menudo y en desaparecer mágicamente de su puesto de trabajo en cuanto la ocupación del aforo del bar y de los veladores exteriores alcanzaba su punto culminante para ir a por cambio, comprar casera para los tintos o ir a llamar a su suegra, que estuvo todo aquel verano saliendo de operaciones de cadera. A estas cualidades había que sumar que era sevillista, tenía un poder de convicción casi hipnótico que le hizo tenerme una noche hasta las tres y media de la mañana con el bar ya cerrado calculándole tiza en mano y sobre la barra de la cervecería deducciones del IRPF y devengos de la prorrata de las pagas extraordinarias de sus últimas treinta y dos nóminas, y ambos vivíamos en el mismo barrio, por lo que él se prestaba a traerme y llevarme de casa al centro de trabajo sin pedir nada a cambio. Sigue leyendo

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Sic vos non vobis

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Sabía que había gente que estaba mucho peor que yo. Una vez me condenaron a trabajos comunitarios por haberme dado a la fuga e ignorado el alto a que me intimaban dos números de nuestra siempre integérrima y excelentísima policía local, persecución que dio como resultado el empotrar la moto con que transitaba por el centro en un escaparate de la calle Peñuelas. ¿Recuerdan una tienda de muebles que había en la esquina con Bustos Tavera? Ésa. Un juez progre e imaginativo me brindó la interesante posibilidad de conocer y ayudar a los detritus humanos que expele el capitalismo de su trastienda: gente quemadísima. Por ejemplo, un señor de 52 años, con obesidad mórbida, que no salía de casa desde la Expo. Le hacía la compra, le limpiaba el culo, le programaba el vídeo y otras gabelas. El buen hombre tenía un perro al que quería mucho y al que por la noche, después de cenar, hacía unos pajotes de escándalo al grito de “sí, oh sí, Canelo, hazme sentir perrilla”. Ése era todo el contacto sexual que había tenido en su vida, porque aparte de gordo e imbécil, era feo como la madre que lo parió y su tacañería me obligaba a enseñarle todos y cada uno de los resguardos de compra que yo hacía en su nombre en el supermercado del barrio, por lo que no me lo imagino pagando 20 pavos a una nigeriana asidua a pasear por Santo Domingo de la Calzada. Aquel pedazo de cabrón estaba mucho peor que yo, sin duda. Pero, dada su falta de horizontes, experiencias y ambiciones, nunca iba a sentirse enterrado hasta las cejas en una sima repleta de pura mierda; como estaba yo la noche del 29 de enero de 2003, fecha que quedará en la infamia.

Era el momento, joder. Si mi vida fuera una película o una novela, aquella era La Noche. Había empezado a ir al fútbol con tres o cuatro años, me había convertido en un idiota cuya razón de ser era su equipo, el cual era más malo e irritante que una rueda de prensa de Fátima Báñez, habíamos descendido dos veces, rehecho el equipo con veintidós retales y un comandante de la talla de Joaquín Caparrós al frente volvimos a Primera, cada partido era un cantar de gesta (ese 0-1 en Mendizorroza con los vitorianos líderes, madre del amor hermoso lo que fue aquel 0-1 en Mendizorroza con los vitorianos líderes…), Paquito Gallardo y Fredi eran dos puñales por las bandas, contratamos al complemento ideal para acompañar a nuestro capitán en el centro de la zaga, don Francisco Javier Vicente Navarro, casi entramos en UEFA el primer año de nuestro retorno, superado un nefasto inicio de campaña en la 2002/03 nos habíamos recuperado con la cabalgada de Marcos Vales en el Camp Nou, no perdíamos un derby ni de broma.  Y en Copa, sin jugar un solo partido en el Sánchez-Pizjuán porque la afición estaba tan tocada del ala como el equipo y nos cerraban el estadio cada dos domingos, nos habíamos plantado en cuartos de final, ronda en la que nos enfrentaríamos al Club Atlético Osasuna. Era el momento. Los mismos criminales que defendían, más allá de la deportividad, el decoro, las buenas costumbres y el respeto al adversario en su integridad física, moral o psíquica, nuestra camiseta, podían darnos un título 55 años después. No es que pudiesen. Debían. Era una cuestión de justicia poética. Porque eran tan malos, pero nos habían dado tanto, que su victoria sería la de un grupo compacto, férreo, insobornable. Un grupo salvaje. La victoria del colectivo sobre las individualidades, del trabajo sobre la inspiración, de la audacia sobre la pusilanimidad. Dios lo demandaría. El materialismo histórico, ni te cuento. Era el puto momento, me cago en los muertos de Cristo. Sigue leyendo

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Atado de pies y manos, con la boca tapada y un palo en el culo

Imagínense que son esa clase de personas que creen en la magia. Entiéndase, no nos referimos a un alelado que no sepa distinguir entre ilusión y realidad. Sino que usted es de esos que paga un dinero, o simplemente acude a tomarse unas copas, a alguna actuación de un señor vestido de manera muy elegante que, ataviado con cartas, varita, chistera y acompañado por alguna madurita que intenta remediar su falta de atractivo embutiéndose en un vestido de lentejuelas, hace trucos que engañan a cualquiera. Porque la verdad es que lo hacen. Díganme, si no, cómo carajo apareció el niño negro en la caja en el homenaje a Kanouté. Pero háganlo, en serio, que tenemos curiosidad. Volviendo al tema. Se van con amigos, parejas sentimentales, tutores legales o escoltas, lo que sea que tengan, a uno de esos espectáculos de magia. Todo perfecto, salen varios voluntarios, gente sin sentido del ridículo, usted ríe, o no, porque a veces los magos son tan graciosos como Javi Nemo. Y llega el número final. Señoras y señores, fíjense bien. Nada por aquí, nada por allá. El gran mago (inserten aquí el seudónimo acabado en -ini que más coraje les dé) va a escaparse de esta caja. Y tú dices, hostia, esto puede estar bien. Solamente eso, un nota en una caja hermética, ya sería interesante. Pero no. El tipo se pone una camisa de fuerza, se cuelga de una cuerda, pone cristales ardiendo en el suelo, y coloca a la de las lentejuelas en la boca de un caimán, al que únicamente él puede amansar, porque lo crió desde chico, y si no la pobre pureta la palma. Todo eso mientras suena música machacona. This is entertainment. Y al final el tipo se suelta, y el visitante aplaude y comenta con el de al lado alguno de los múltiples escollos que ha tenido que salvar pasa cumplir con su cometido. Bien, pues lo mismo ha ocurrido hoy en el Ramón Sánchez-Pizjuán. El Sevilla podría haber ganado hoy por goleada, y tan tranquilo. Pero ha decidido complicarse una mijita las cosas para que al final todo pareciese mucho más complicado. Todo sea por el espectáculo. Sigue leyendo

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