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Lo que ya nunca será

No es este el lugar más indicado para listar la retahíla de despropósitos que servidor llevaba a cabo cuando contaba veintipocos años, pero sí cabe señalar uno de ellos. A esas edades, y a algunas más tempranas, me tragaba partidos de equipos extranjeros concentrándome, casi exclusivamente, en determinados futbolistas. Y, ojo, era tan iluso que disfrutaba elucubrando que el Sevilla los fichase antes de que se convirtieran en inalcanzables para su economía, aunque probablemente la mayoría ya lo fuese. Como si a la secretaría técnica le hiciese falta alguna clase de ayuda. Aquel hábito, que hoy motivaría la inmediata apertura de una cuenta en Twitter con la palabra scouting en la biografía, a mí me servía, generalmente, para pasar las resacas.   Sigue leyendo

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Motivos de un sentimiento

Un servidor admira, profundamente, a Joaquín Sabina. Mejor dicho, su discografía, y, muy levemente, algunos ramalazos de su obra poética. No obstante, que me sepa desde el primer disco hasta el último no es óbice para que me ría de él cuando hace el ridículo. Corrigiendo la primera frase, se admiran las obras, no las personas. Pero a lo que vamos. Hablábamos de los ridículos del cantautor del madrileño pueblo de Úbeda. Y creo que en su vida no ha perpetrado uno tan mayúsculo como el que titula este artículo. Refresquen su memoria, queridos lectores. Tamaña porción de mierda sólo tiene una razón de ser: a Sabina no le gusta el fútbol. Por tanto, no sabe de fútbol. De lo que sí sabe es de ponerse de lado, supuestamente, del equipo humilde, que lucha (también supuestamente) contra el poderoso y que tiene fama de afable, popular, llano y cuantos adjetivos baratos quieran añadir. Vamos, la vieja costumbre de tomar al obrero por subnormal. Curiosamente, eso nos suena por aquí.  Y, fruto de su desconocimiento de este deporte, se marca un himno patético, como su equipo. Para empezar, dura más de seis minutos. Eso está muy bien para Barbi Superstar, pero chirría para algo que, se supone, debe ser cantado en un estadio. Porque esa es otra, el ritmo y la letra hacían imposible que la lozana muchachada atlética repitiese la tonada. Ellos prefieren otras cosas más joviales. Siguiendo con el himno, no tiene orden alguno, ni cronológico, ni de ningún otro tipo. Parece que al flaco lo cogieron mamado una noche y empezó a decir frases por decir y hasta luego, que os vaya bien. Como cosa de equipo pequeño, hay, en su supuesto himno, dos referencias al Madrid. Y como cosa inclasificable, se nombra algo de unas tetas de Gran Hermano. Literalmente. Y no el de Orwell, precisamente. En definitiva, para cogerle el bombín a Sabina, ciscarse en él y que se fuese calentito para casa. Cosas extrañas, luego llegaría un tipo que cuenta sus canciones por bodrios y le pegaría un repaso al que es, sin lugar a dudas, uno de los mejores letristas de este trozo de tierra en el que nos ha tocado vivir. Eso sí, no todo fue malo del himno atlético. Nos sirve como excusa perfecta para echar la vista atrás, ahora que nos enfrentamos a ellos dentro de un par de días. Motivos de un sentimiento, sí. El más sincero, racional y completo odio. Sigue leyendo

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