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El portero

PEX CORRESPONSALÍA CEADE Genselkirchen, 20 de abril de 2006. Un buen puñado de majaras se sitúan en una esquina de un estadio faraónico a ver un partido de futbol. En el estadio está prohibido fumar, pero esa zona parece las alcantarillas de Nueva York. Humo y peste, mucha peste, tras un día tirados en una aldea en la que no merecía la pena ni robar en los bares, si a eso se le puede llamar bares. Eso sí, qué cantidad de Mercedes y BMWs. Son las 22:10 de la noche, minuto 84 de partido. Córner. Llantos y sollozos, que estamos en Alemania y sólo aquí y en Pamplona un córner es más peligroso que un penalti. El balón sobrevuela el área para encontrarse con la cabeza de Marcelo José Bordon, central brasileño de 1,89 natural de Riberao Preto, ciudad del interior del estado de Sao Paulo cuya principal actividad económica se basa en la extracción de la caña de azúcar y la exportación de meretrices culonas. Remata, claro. La vida pasa en un segundo delante de ti. 400 euros que me he gastado en ir y venir en el día a esta mierda de sitio, a ver cómo le explico a mi madre la quemadura de ‘cigarro’ que llevo en la sudadera, sabía yo que tenía que haberme traído una sudadera más gorda…  Sigue leyendo

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So long, Kanouté

Leonard Cohen es un judío canadiense que compone canciones. Bueno, también escribió un par de novelas y un buen puñado de poemas. Pero, ateniéndonos al fin que nos ocupa, vamos a quedarnos con su faceta de cantautor. Entre sus poco más de diez discos de estudio, que, ciertamente, parece un número exiguo para una carrera que ha visitado cinco décadas, no es difícil hallar muestras de lo más distinguido de la música de la pasada centuria. Aunque no todo es excelso, ni muchísimo menos. Su álbum de debut, grabado en 1967 y con uno de los títulos más originales jamás ideados, está compuesto de algunas composiciones notables, tanto que, casi medio siglo después, continúan integrando los repertorios de sus cada vez menos frecuentes actuaciones en directo. La cara B de aquel disco comienza con una canción de despedida. En ella, el esquema de estrofa de cuatro versos seguido de estribillo se repite a lo largo de los cinco minutos y medio que dura la pieza. Y son, precisamente, esas dos líneas repetitivas, que la segunda vez que se escuchan ya van acompañadas de los potentes coros femeninos, las que resumen todo el texto. So long, Marianne. It´s time that we began/to laugh and cry, and cry and laugh about it all again. O, si usted, estimado lector, no es ducho en esa lengua más propia de herejes y de piratas que de seres humanos íntegros, sería algo así como: Hasta luego, Marianne. Es hora de que empecemos/a reírnos y a llorar, a llorar y a reírnos de todo, otra vez. Lo mejor, qué duda cabe, es que lo escuchen. En este enlace, por ejemplo. La cantidad de escenas evocadoras que se desgranan en el texto responde a una circunstancia muy sencilla: Cohen dice que se la escribió a la mujer más hermosa que conoció jamás. Literalmente. Y, para todos aquellos que un día nos tiramos de cabeza a ese espectáculo irracional llamado fútbol, y concretamente al equipo hegemónico de la ciudad de Sevilla, nuestra Marianne se llama Kanouté. No sean tímidos, prueben a cantarlo. Si es que hasta encaja perfectamente en la melodía del estribillo. Sigue leyendo

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El jinete que cabalga hacia el horizonte

¿Se acuerdan de cuando llegó, no? Si no, no pasa nada, para eso estamos nosotros. Fue en el mercado de invierno de 2006, y debutó en Cádiz. Venía del Ajax, peleado con su entrenador, que apenas lo puso un par de veces en media temporada. Y, ya por aquel entonces, nos contaban milongas sobre cualquier fichaje. En aquella ocasión fue que el francés ese nuevo podía jugar de mediocentro. Y Juande Ramos, The inversor, se lo creyó, al menos el primer día. Lo metió cuando íbamos ganando por goleada en el estadio  Carranza. Él la cogió en campo rival, hizo una pared con Kepa y, de primeras, metió un pase en profundidad que Kanouté aprovechó perfectamente, ajustándola al palo. Un servidor tiene ese gol grabado en la mente, no me pregunten el motivo. Quizás porque vi en el franchute recién llegado cosas que, como los años nos han demostrado, no existían. Y es que eso es lo peligroso de los debuts, de las pretemporadas y de todas estas mierdas. No sirven para mucho. Pero, al menos, no me equivoqué del todo. El tal Julien Escudé tenía algo, aunque no supiésemos qué. Sigue leyendo

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Cubatas, golfas, griegos y compresas

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE No hay mejor lugar para pasar el verano que la ciudad de Sevilla. Todos los imbéciles que atestan la calles en Navidad, en Semana Santa, cuando se casa alguna terrateniente degenerada de estirpe degenerada o cuando se estrena una obra pública cuyo presupuesto se decuplica desde su proyecto hasta su inauguración, están al menos a 100 kms. de distancia. El paraíso sobre la Tierra; Sevilla sin sevillanos, que dijo lo único decente que nació en el Palacio de las Dueñas. Contamos con atractivos incomparables como el día del Carmen y sus dieciocho procesiones, la Velá de Santa Ana o las novilladas de promoción. Gloria bendita. No cambio todo eso por estar lleno de arena, con la espalda quemada y pegajosa de salitre, comiendo en un chiringuito que te cobra a precio de Ritz alimentos indignos de contenedor de restaurante chino ni muerto. Además, hay un factor interesante, como es que la mayoría de mis conocidos pertenecen a la categoría de personas que pierden el culo por ver una masa informe de agua y opositar al melanoma desde que empieza julio hasta que llega septiembre, pero son unos tiesos que no pueden permitirse estar los dos meses en la costa, con lo que soy el plan perfecto para aquellos que tienen la desgracia de pasar un fin de semana veraniego en Sevilla; plan, casi siempre, de ignominiosas consecuencias. Verbigracia: julio del 99. Solo en casa, tocándome los huevos a las seis de la tarde, suena el teléfono. Descuelgo y veo que tardan en contestar. Una amiga, con la que no tenía mucha confianza, llama y, con voz entrecortada y risitas nerviosas, empieza a preguntarme tonterías tales que cómo estoy (sudando), qué me cuento (que debería haberme dormido la siesta después de la exhibición de Giuseppe Guerini en Alpe d’Huez y no estaría aguantando esta conversación), que si ya he echado los papeles para la preinscripción (no, el año que viene me meto a recoger cartones). Inquieto ante tanta curiosidad sobre asuntos que ni a mí me podían parecer interesantes, la muchacha, al fin, se anima y me dice que si no hago nada esa noche podríamos quedar, que era su cumpleaños y me invitaba a algo. Jamás voy a entender los nervios para pedir algo tan banal. Pide, coño, que aunque parezca mentira no muerdo. Haciendo de tripas corazón, deseché el plan que tenía en mente para aquella noche (emborracharme) para aceptar el que me proponía (emborracharme con ella). Es jodido salir con alguien a quien conoces poco, a la hora de haber comenzado la cita y ventilados los tres temas de conversación en común que puedes tener con la prójima, llega el muy peliagudo momento en el que te planteas qué coño haces allí en lugar de en el banco del barrio con el perro y una litro. Pero esta tía era guay. Le daba a la cerveza siguiéndome el ritmo, lo que le hizo ganar un montón de puntos, aparte de tener un buen par de tetas y un mojino respetable. Por si esto fuera poco, había mamoneo. Ya de cubatas en la calle Betis comenzó un intercambio de andanadas que me llevaron a la conclusión diáfana de “esta noche, fijo que mojo”. Que quién me iba a decir que me lo iba a pasar tan bien con lo solita (atentos al diminutivo reflexivo. Como un tatuaje encima del culo: la firma indeleble de la golfa de tronío) que estaba en mi cumpleaños y lo que nos queda de noche; que si mira la cicatriz que me quedó en el pezón de un quiste que me extirparon; que si para cicatriz la que tengo yo en el nabo de los puntos de la fimosis. Pildorazos sutiles, casi versallescos. En el taxi que nos llevaría a su casa tuve la sensación de que quizá había cargado en demasía la suerte a la hora de asegurarme la inminente coyunta, pues tuvo que repetir la dirección siete veces al taxista para que la entendiera. No me seguí preocupando porque en el trayecto vi con claridad que las ganas de jaleo seguían intactas, no se quedó dormida, no empezó a vomitar. Seguía respirando. Suficiente. Arribados a nuestro nidito de amor, entré a saco, le metí la mano por debajo del vestido y, al pegar un tirón de las bragas, profirió tal alarido que me hizo temer que se hubieran evaporado de súbito los tres o cuatro gramos de alcohol en sangre que debía de llevar y se percatara de la insensatez en que incurría. La realidad, como siempre, era mucho peor. Qué clase de tajá infame no tendría encima que, en su última visita al servicio de un bar, justo antes de irnos, se había puesto una compresa al revés, con el pegamento para arriba, y no se había dado cuenta hasta ese momento. Y no, no era amiga de las ingles brasileñas, al menos hasta aquel instante. Al ver reducida la condición pilosa de sus partes pudendas a la de un nenuco de golpe y porrazo, se le pasó el ciego que llevaba y, encima, le dio llorona. Supongo que por lo humillante de la situación y por mi comentario (“Pero mi arma, ¿tú no has oído hablar de los tampax? Si los usa hasta Camilla Parker, por Dios Santo, hasta Camilla Parker!!!”) con el que intentaba quitarle hierro al asunto y dar algunos ánimos. A continuación, terminé de cagarla. Inspirado por el ejemplo de aquella tarde del señor Guerini, que a pocos metros de llegar a meta tras un ascensión de epopeya a las 21 rampas más señeras del ciclismo se había dado una hostia contra un subnormal que hacía una foto en mitad del asfalto, se había levantado y, apelando a su hombría y a los últimos picogramos que atesoraba en su organismo, se volvió a subir a la bicicleta y acabó ganando, me jugué el todo por el todo. Cuando cualquier persona normal habría intentado paliar la situación con mimitos y arrumacos para ver si con un poco de paciencia la noche llegaba a buen puerto, yo hice un Caparrós el día del Panathinaikos. De perdidos al río, saqué a Darío Silva, Baptista, Adriano, Makukula, Aranda y Antoñito, todos a una, contra un rival mermado, con diez, pero ultradefensivo por mor de las circunstancias. Como el que da con una solución brillante a un problema intrincado, propuse, triunfante: “Pues ya que tienes así el tema, podemos probar y te doy por el culo”.

Accedió, pero cambiando el sujeto paciente y dándole sentido metafórico. Al quedarme poco por hacer allí, la felicité por su cumpleaños, que hay que ser torero hasta tomando café, que dijo el Guerra, y tiré para mi casa. Reflexionando acerca de lo ocurrido, me preguntaba cómo se había ido todo al carajo si se daban todos los condicionantes para haber salido por la puerta grande. Buena materia prima, excelente disposición, aceptable ambiente, y sin embargo, por culpa de un elemento utilísimo de higiene personal, en su sitio pero en momento inoportuno, nada. Paré a tomarme la última rumiando improperios y lamiéndome las heridas, para concluir que todo aquello era como si llega un futbolista contrastado, con calidad, técnica, buen manejo de la pelota, pero no entra en la historia importante del club porque llega en el peor instante. Como Basilio Tsartas. Sigue leyendo

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Él

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE A esta casa, la música, le toca los cojones. Dentro de ese sentir general hay diferentes criterios entre sus miembros; personalmente no la odio, como sí hacen algunos compañeros. Sólo me causa indiferencia. Puedo estar meses sin escuchar una nota musical, nunca he comprado un disco y habré descargado cuatro canciones en mi vida; apenas le he sacado partido al religioso pago de los miles de euros que llevaré abonados en concepto de canon digital. No entiendo qué se hace con ella. Es decir, pongo un disco, empiezo a escuchar canciones y entonces, ¿qué? ¿Me quedo quieto escuchando? ¿Me pongo a hacer cualquier otra cosa, al final paso de la música o ésta me distrae, para no hacer bien ni un menester ni el otro? No le veo el fondo, me parece aburrido; inquietante y sospechosamente pasivo. Mi viejo no pensaba igual y a mediados de los 80 se compró un pedazo de equipo que le costó, más o menos, lo que hoy un abono para menor de edad detrás de la portería. Una señora pasta. Desdeñó un nuevo sistema que le ofrecía el vendedor, que incrementaba el precio en unos dos mil duros más, del que decían sería el soporte del futuro. Un tal “compact disc”. Optó por lo conocido, el vinilo de toda la vida. También se inclinó por el sistema Beta para el vídeo, de más calidad que el VHS y además las cintas eran más pequeñas, se ahorraba espacio. Al ser una persona seria, cuando en febrero del 86 Salvat sacó su colección “Musicalia”, habló con el señor Joaquín, el kioskero, y la adquirió enterita. La verdad es que los fascículos estaban muy bien. No eran los archivos completos de la Deutsche Grammophon, pero tampoco era “Clásicos Populares”; ni “La vuelta al mundo en 80 dedales”; por entonces Salvat se respetaba a sí misma y al cliente lo consideraba un ser pensante. Me tragué los cien discos. Era el 86, en junio se jugó un Mundial con un campeón decente, que le daba emoción a los partidos ganando con la mano o con finales de cinco goles, había 10 tuercebotas deseosos de hacer olvidar lo de las Malvinas, su capitán era el Dios del fútbol y el seleccionador estaba loco. No aburrían con tristes 1-0 para después alardear de buen juego. Lo primero, ganar. Para jugar bien y cagarla ya estaban los brasileños o Las Palmas de Sergio Kresic. Y como los partidos se jugaban a una hora lógica en el país anfitrión, que entonces los horarios se fijaban por el bien del espectáculo y no por el de Mediapro, algo había que hacer después de cenar hasta que empezara el partido de cada madrugada, por lo que el viejo y yo nos entregábamos a la molicie y a la melomanía. Gran verano aquel, mi estío pre-Educación General Básica. De aquellas veladas me quedaron claras una serie de verdades durante mucho tiempo inamovibles. Verdi y Wagner eran los amos, los números uno sin discusión. Será que el nacionalismo centrípeto crea genios musicales; del centrífugo no puedo decir lo mismo. El primero era italiano, ya con eso me tenía medio ganado. Italiano serio, no como Puccini, que era un poquito histriónico; hasta un iletrado de cinco años se da cuenta. Nabucco, La Traviata o Aida, con mi léxico de entonces, las categoricé en el olimpo del “mucha tela”. Aparte, el del vídeo comunitario del barrio, que se cagaba en el gordo de Megaupload, emitía con asiduidad “Novecento”, película que, como ustedes saben, empieza con un tarado gritando por las calles de un pueblo que Verdi ha muerto. Aquello me ponía aún más. Si Verdi me gustaba, lo de Ricardo Wagner alcanzaba el paroxismo. La épica hecha música. Yo era muy fan del Guerrero del Antifaz; Wagner, el autor que mejor le cuadraba a mi héroe. El Toni Polster de la música, machacando de principio a fin. Y que fue un tío que se vestía por los pies. Consciente de pertenecer a una cultura bárbara, iletrada, inferior y septentrional, sin la insondable riqueza de la civilización grecorromana, no se arredraba y adaptaba como libreto leyendas y relatos nórdicos. Cada uno a lo suyo, nada de situar la acción en la ciudad más importante de la edad moderna, como Mozart, Rossini, Bizet, o Beethoven en su única ópera, que se fijaron, como personas cultas que eran, en Sevilla para escenario de sus obras. Wagner era el más grande; por tanto, Brahms me parecía un homosexual deicida, como toda su sucia estirpe, que no merece mayor comentario. Ah, si el mundo le hubiera hecho caso al genio de Leipzig; nos habríamos ahorrado a Brahms, sus mierdas húngaras, y el autoplagio anual de Woody Allen. Beethoven no estaba mal, pero muy llorón. Que si soy sordo, que si el mundo es una cloaca y Napoleon una mamona. Jódete; lo que yo daría por ser sordo y no tener que oír tantas gilipolleces. Bach es barroco. Odio el barroco. Ya vivo en la única ciudad del mundo que se quedó en el siglo XVII en todo lo que respecta a arte. Hasta la polla del barroco. Y Mozart, muy bueno, excepcional, pero a fin de cuentas, un mariconazo de tomo y lomo. Porque sí, porque un señor que compone estupideces sobre flautas mágicas, hombres pájaro y reinas de la noche, no es de fiar. A quién puede interesarle una pequeña serenata nocturna cuando tiene al alcance de la mano dramones como Tristán e Isolda u oberturas como la de Tannhäuser. Yo era sevillista ya entonces, más aún, conocedor de lo que eso implicaba; quería patetismo, tragedia, odio, violencia, muerte; no vacuas composiciones ilustradas que te engañan como a un chino. ¿Que el hombre en esencia es bueno, el advenimiento de la razón, la mayoría de edad del ser humano? Venga ya, cuéntame otra, Wolfgang. Muera la inteligencia. Vivan las cadenas. Reconocía su extraordinaria calidad, cómo no, y eso me ponía más en contra suya. Un tipo con ese talento lo desperdiciaba en las execrables ideas que malditos franceses maquinaban. Su Requiem me gustaba, pero comparen su Dies irae con el de Verdi. No hay color. Como una disputa en el área entre Federico Fazio y Vinnie Jones.

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La rata ustacha

-Hay algo que no podía saber antes, pero siempre faltaba una cosa. En cada negocio que emprendí; ahora lo veo; no fui yo quien falló, siempre faltaba algo. Aunque hubiera sabido lo que era no habría podido hacer nada, porque… es algo que no se puede crear. Y que marca la diferencia entre el fracaso y el éxito.

-¿La suerte?

-La guerra.

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Esta conversación la mantenían Oskar Schindler y señora en el local más del taco de Cracovia, preciosa ciudad polaca, que no catalana, de la que no recuerdo nada de mi estancia porque las 20 horas que pasé allí estuve borracho como un mulo en compañía de erasmus checos y, joder qué plan, castellanoleoneses. Es curioso que estos diálogos, en realidad disertaciones incoherentes, siempre se tengan con la legítima. Con las chatis de una noche se habla de alegría, jolgorio y cuchipanda. Se trata de follar. A la parienta ya la tienes como algo seguro y, encima de adornarla, le cuentas tus inquietudes, miedos, frustraciones, planes de futuro y otras soplapolleces. Tienen el cielo ganado, las pobres. Pero las líneas suprascritas encierran una gran verdad. Cuando hay hostias en serio, a escala industrial, siempre aparecen grandes oportunidades de negocio. Como el fichaje de Davor Suker.  Sigue leyendo

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Amor en los tiempos de la puta mierda

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE A todos nos ha pasado. Conoces a una tía que escucha todas tus gracietas, que te mira con media sonrisa, la cara apoyada en la muñeca, que te pone ojitos de Fernando Torres degollado. Empiezas a no pensar en ella como en alguien percutible, alguien a quien darle hasta vomitar, no se te pasa por la cabeza hacerle la del oficinista, esto es, rellenarla por todos los poros como si fuera un formulario. No. Piensas que te gustaría estar con ella, cogerla de la manita, darle besos y otros preámbulos absurdos que sólo llevan a una manutención de por vida para ella, los niños, el que te pone los cuernos y su cuñado. Incluso te parecen interesantes y agudas sus vindicaciones sobre las marcas blancas del Día. Si encima llegas a casa y te da pudor hacerte una paja pensando en ella, porque lo vuestro es demasiado bonito para estos desahogos rudimentarios y sería usarla como un vulgar instrumento que palie tu lascivia, date por jodido. Afortunadamente, estas actitudes acaban, más o menos, con la llegada del derecho a voto y la responsabilidad penal. Cuánto daño hizo el mester de juglaría. O Andy y Lucas, si usted no es asiduo lector de esta casa.

Con los ídolos de la infancia viene a pasar lo mismo. En el, sin duda para la historia, verano de 1988, el Sevilla se hace con los servicios de Anton Polster. Un tío alto, alemán, o austriaco, lo mismo da, con melenita ochentera, rizada, un discreto “mullet” y que había sido bota de plata europea metiendo nada menos que 39 goles en la todopoderosa liga austriaca. No llegó a bota de oro porque el Conducator era mucho Conducator, aunque una vez fusilado éste y señora, se la dieron. Le hicieron un Gadafi con 22 años de antelación, al pobre hombre; comerle la polla en vida, o en el cargo, para después decir que era un cabrón; y quien dice hacer un Gadafi, dice un don Manué. Para cuadrar el círculo, venía nada menos que de Italia, de un equipo con camiseta granate (¡GRANATE!) lo que era algo extraordinario para un desgraciado como el que suscribe que seguía una liga en la que todos jugaban de rayas o de blanco. Acostumbrado a tener como delantero centro a gentuza de Alcalá, El Puerto de Santa María u otros lugares que deberían arder bajo fuego y azufre en veterotestamentaria venganza, que te llegara un ariete de esas características era para empezar a pensar que sí, que no eras tan malo y tan cabrón como decía tu abuela, que había algo nuevo bajo el sol, que las abejas pican pero fabrican miel, que Dios está con nosotros. Sigue leyendo

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