Archivo de la categoría: Pajas y mamadas

El Sevilla de Monchi

Él no se acordará. Yo tenía veintipocos años, y un profesor me encargó mi primera entrevista. Era un simple trabajo universitario, con la idea de darnos soltura y poco más. Pero, pese a que el texto no se publicaría en ningún sitio, el personaje debía ser relativamente famoso. Yo probé con Monchi, y accedió. No tenía por qué, pero me abrió su despacho y se mostró afable. Estuve allí dos veces ya que, siempre tan perspicaz, la primera vez olvidé hacer las fotos. En la segunda visita, él ya había leído la entrevista (ahora que lo pienso, debo de guardar la transcripción de aquella charla por algún lado). Finalmente, cuando le pregunté si le importaba que la compartiera en un foro sevillista, se retrajo y me dijo que sí, que eso lo leía la prensa y no quería que le dieran palos. Sigue leyendo

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A la gloria desde el barro

En las despedidas, no queda otra que blandir la sinceridad salvaje a modo de pañuelo, porque las palabras no dichas antes del adiós luego las suele sepultar el orgullo, el tiempo o el miedo, cuando no las tres cosas, y callarse los recuerdos oscuros únicamente apaga el brillo de los mejores momentos. Por eso, por mucho que contravenga el nombre de la sección en la que se encuadra este artículo, es imposible preterir que la primera temporada de Coke en el Sevilla fue nefasta. Y eso que a mí, por esos detalles triviales (ser capitán del Rayo, probablemente) por los que gusta un fichaje que conoces entre poco y muy poco, me resultaba atractiva su contratación. Pero es que al pobre le salía todo torcido. Mi opinión tocó fondo en un partido al mediodía en el Bernabéu, donde su actuación fue tan dolorosa que hasta logró hacerme olvidar la resaca que me castigaba en la grada. A ese primer año se refiere Coke cuando afirma, con el gesto seco de los que superan un mal trago pero recuerdan su amargura con nitidez, que él también conoce a la afición del Sevilla en las malas. Sigue leyendo

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El marido perfecto

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Desde una de las cristaleras del kiosco de chapa del Caraja, un señor con camiseta dividida en cuatro cuarteles, a saber, verdiblanco, amarillo, blanco y azulgrana, se muerde el labio mientras encoge su pierna izquierda para meterle un severo zurriagazo a un Tango que bota a media altura. Sin apartar la vista de la aparición, le tiro del vestido a la vieja, que en treinta meses conviviendo conmigo sabía que, si bien era parco en palabras y en absoluto dado a montar espectáculos de niño consentido, sí me caracterizaban mis imaginativas venganzas y era mejor no llevarme la contraria, pide al kiosquero, aparte del Diario 16, el álbum de la Liga 1983-84 y tres sobres de estampitas.

Mi madre hacía el desayuno y yo hojeaba sin descanso mi álbum de Ediciones Este. Sólo tenía localizados al Sevilla, porque un hombre de bien lleva inscrita esa palabra en su memoria genética desde que nace, y el Cádiz, que, vete a saber por qué, sabía que era la única ruina que se arrastraba por los estadios de Primera División cuyo nombre acaba en zeta. Para congraciarme con mi pobre madre, que había hecho un gasto extraordinario en un hogar donde esos dispendios eran anatema, le comenté lo de la zeta, que asombró sobremanera a la buena mujer (“le he comprado al imbécil este la colección esa de la Liga. Yo creo que no va a ser autista severo, aunque hable cada dos meses, el mamonazo sabe deletrear Cádiz” le confesó a mi padre mientras traía el café y ambos me miraban con el mismo rictus con que se observa el termómetro de un moribundo), así como preguntarle dónde pollas estaban las fotos de los jugadores. Me explicó, de modo somero: “No, verás. Las fotos las tienes que poner tú. Los sobres que te he comprado, los abres, son las estampas de los jugadores. Las vas pegando hasta completar el álbum.”

Dos semanas más tarde de la compra del álbum, las estampitas y de la mano de hostias que me cayó por quemar el monedero de mi madre ya que no había tenido la previsión de comprarme un bote de cola y no pude pegar los cromos hasta el lunes siguiente, llegué a casa de mi tía con mi más preciada posesión bajo el brazo. Veo a mi primo, cinco o seis años mayor que yo, con un taco de estampas repetidas. Al ver que compartimos afición, le digo “¿tú también coleccionas? Yo ya lo tengo entero”. Mi primo, el único chaval del Magreb que tuvo un Halcón Milenario, un mierda mimado que incluso iba a catequesis porque tenía unas extrañas y semíticas supersticiones metidas en la cabeza, no sale de su asombro. Eso es imposible, dice desesperado, gasto una pasta diaria en estampitas y me falta más de la mitad. Que no, coño, que no puede ser. Despreocupado, le tiendo mi álbum. El pobre chaval, de sorpresa en sorpresa, comprueba que, en efecto, el álbum está completo, pero las estampas están colocadas donde yo he creído conveniente. Zubizarreta de delantero centro del Murcia. Hugo Sánchez entrenador del Salamanca. Nuestro Curro Sanjosé doblando funciones como creador de juego del Sporting de Gijón y de fichaje número 34. Y Antolín Ortega por todas partes. Antolín Ortega en el Barcelona. Antolín Ortega jugando en el Osasuna en lugar de Rípodas. Antolín Ortega luciendo orgulloso mostacho en la casilla donde debía ir el escudo de la Real Sociedad. Todas las remesas de Antolines Ortega fueron a caer en el kiosco del Caraja. Mi primo, furibundo, argumenta que eso no vale, que así no se hace, que hay que pegar cada cromo en su lugar. Y un carajo, pensé yo, porque me negué a seguir aquella conversación absurda con el catecúmeno envidioso. Esto hay que llenarlo y lleno está. He cumplido. Yo me cago en las normas; normas que, por cierto, no veo escritas en ninguna parte. En el consulado honorario de la RDA donde me crié, siempre tuvimos bien presente la máxima leninista, “el único juez de los actos es su utilidad”. Sigue leyendo

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El rubio que pudo reinar

En esta casa, miren ustedes qué cosa tan disparatada, tenemos la costumbre de honrar a los grandes jugadores que vistieron nuestra camiseta. Incluso tenemos una sección dedicada en exclusiva a ese fin. Cierto es que no están todos los que son, pero todos los que están, son. Y en esa categoría entra de pleno derecho, qué duda cabe, el muchacho este que ahora se nos va al Barcelona. Somos conscientes de la controversia que ha suscitado su salida pero, respetando a los que se desviven por intentar ennegrecer su recuerdo, queremos zanjar esa cuestión ahora que el artículo se encuentra en sus albores: nos da mucha pereza todo eso. Y, la verdad, nos importa bien poco. Esto va de otra cosa. De dedicarle un puñado de líneas a uno de los mejores futbolistas que pasaron por aquí recientemente. Un tipo que se llama Ivan, y se apellida Rakitic. Y que nos hizo muy felices.  Sigue leyendo

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El puto enano

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Eran los tiempos heroicos en que creía que para tener dinero debía trabajar. La jornada laboral comenzaba a las ocho y media de la tarde, hora a la que se fijaba la apertura del bar, que nosotros abríamos puntualmente a las nueve y cuarto de la noche. La plantilla a la que pertenecí aquel verano la conformaba un grupo de veteranos profesionales de la hostelería que, tal vez por sus muchos años detrás de una barra, sólo valoraban como un suplicio la afluencia de público, se enfadaban si algún parroquiano pedía más de dos tapas en una sola comanda y solían meterse en las conversaciones de los menos asiduos y más tímidos clientes. La cocinera, por su parte, devota de su oficio, padecía de trastorno obsesivo-compulsivo que, entre otras molestias, la obligaba a realizar todas sus acciones por quintuplicado, creyendo que, si no cumplía esa premisa, sus hijos morirían entre diabólicos padecimientos. Si cogía la garrafa de aceite de una repisa, debía posarla y recogerla cinco veces. Si salía para ir al servicio, cerraba y abría la puerta cinco veces. Si le pedían una de huevas a la plancha, asaba cinco piezas en lugar de una. En caso de que nadie más pidiera en toda la noche huevas a la plancha, me servía a mí las sobrantes en mi descanso para cenar, las quisiera o no, limpiando los churretes de los bordes del plato cinco veces. Ya digo; un corazón de oro, amén de unas manitas de plata para los fogones y los aliños. Después estaba el Juani. Camarero desde los 16 años, debía de alcanzar el cuarto de siglo de experiencia. Un prodigio para cocer gambas, cortar pulpo en rodajas casi transparentes, cocinar menudo y en desaparecer mágicamente de su puesto de trabajo en cuanto la ocupación del aforo del bar y de los veladores exteriores alcanzaba su punto culminante para ir a por cambio, comprar casera para los tintos o ir a llamar a su suegra, que estuvo todo aquel verano saliendo de operaciones de cadera. A estas cualidades había que sumar que era sevillista, tenía un poder de convicción casi hipnótico que le hizo tenerme una noche hasta las tres y media de la mañana con el bar ya cerrado calculándole tiza en mano y sobre la barra de la cervecería deducciones del IRPF y devengos de la prorrata de las pagas extraordinarias de sus últimas treinta y dos nóminas, y ambos vivíamos en el mismo barrio, por lo que él se prestaba a traerme y llevarme de casa al centro de trabajo sin pedir nada a cambio. Sigue leyendo

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El niño que regalaba lo que no tenía

Dicen que hay un día en la vida del hombre que lo cambia todo. Un instante en el que se torna imposible volver a atrás y, sin más remedio, ya nada vuelve a ser como antes. Para bien o para mal. Cuando llega, te das cuenta de que los sucesos  que considerabas importantes, pues bueno, quizás sí que fueron reseñables, pero no tanto. No tan determinantes. Así, la vida del soldado cambia para siempre, por mucha mili que llevase encima, el día que le clava el cuchillo en el costado por primera vez al enemigo. Igual que el pintor cuando vende su primer cuadro, el juez que firma su primera sentencia o el pobre desgraciado que regresa antes a casa sin avisar y se encuentra a su inocente cónyuge encamada con un fulano que parece tener algo que ella necesita urgentemente, porque no deja de pedírselo con ahínco.  Por ejemplificar un poco esta teoría, Scorsese hizo la destacable Mean Streets, pero llegó el momento del estreno de Taxi Driver y listo, ya lo tenemos ahí. Punto de no retorno hacia la genialidad. O Dylan, que se metió en un estudio a grabar versiones de folk y, cuando le dejaron cantar las suyas, se sacó de la manga el Freewheelin’ y para qué les voy a contar a ustedes a dónde ha llegado ese muchacho hasta hoy. O James Gandolfini, cuando le dijeron que le daban el papel de una serie que empezaba con unos patos okupando una piscina. Un instante, un día, una obra que inicia el camino, que luego tendrá, claro está, numerosas subidas y bajadas. Por tanto, una vez que en PEX hemos abrazado con firmeza el determinismo, al menos durante los próximos renglones, podemos afirmar que Jesús Navas nació para mearse en las cachas de Asier del Horno, volver loco a Lacruz y disparar después con la zurda para que la pelota entrase en una de las porterías de San Mamés. Para graduarse en La Catedral, marcando por primera vez desde que jugaba con los grandes. Con una camiseta morada, el número 31 a la espalda y cara de niño. La misma, o casi, con la que, ocho años después de aquella noche bilbaína, se va.

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El portero

PEX CORRESPONSALÍA CEADE Genselkirchen, 20 de abril de 2006. Un buen puñado de majaras se sitúan en una esquina de un estadio faraónico a ver un partido de futbol. En el estadio está prohibido fumar, pero esa zona parece las alcantarillas de Nueva York. Humo y peste, mucha peste, tras un día tirados en una aldea en la que no merecía la pena ni robar en los bares, si a eso se le puede llamar bares. Eso sí, qué cantidad de Mercedes y BMWs. Son las 22:10 de la noche, minuto 84 de partido. Córner. Llantos y sollozos, que estamos en Alemania y sólo aquí y en Pamplona un córner es más peligroso que un penalti. El balón sobrevuela el área para encontrarse con la cabeza de Marcelo José Bordon, central brasileño de 1,89 natural de Riberao Preto, ciudad del interior del estado de Sao Paulo cuya principal actividad económica se basa en la extracción de la caña de azúcar y la exportación de meretrices culonas. Remata, claro. La vida pasa en un segundo delante de ti. 400 euros que me he gastado en ir y venir en el día a esta mierda de sitio, a ver cómo le explico a mi madre la quemadura de ‘cigarro’ que llevo en la sudadera, sabía yo que tenía que haberme traído una sudadera más gorda…  Sigue leyendo

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