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Tantas veces me mataron, tantas veces me morí

Hay versos, probablemente los mejores, que se explican solos. Que a cualquiera emocionan y que cualquiera entiende, porque los convierte en suyos. Es decir, que traspasan el papel o la voz y se instalan para siempre en un misterioso recoveco del cerebro.  Ahí se atrincheran, aparentemente en calma, dispuestos a atacar en algún momento de nuestras vidas, generalmente cuando andamos con las defensas bajas. En mi caso, de forma casi indefectible, suelen aflorar con el fútbol.  Y el mejor ejemplo es el inicio de una canción que conocí de la boca de una bonaerense obesa, con la cara como una sandía, que vestía con mantas de un tamaño que permitiría a seis esquimales pasar calor en invierno, y que el resto del mundo reconocerá por el nombre de Mercedes Sosa. De la guitarra sale un arpegio, y la gorda se pone a cantar. Sigue leyendo

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Breve y descarnado elogio a unas semifinales

La vida, para qué andarnos con rodeos, es una concatenación de derrotas hasta la inconmovible derrota final. De la propia actitud del individuo depende cuántos pequeños triunfos sea capaz de descubrir, disfrutar o imaginar. Con suerte, logrará irse a la cama un buen puñado de noches con la convicción de que el día ha sido satisfactorio. O de que, al menos, los triunfos puntuales compensaron todo lo que se perdió. Lo habitual no es sentirte realizado profesionalmente, que te corresponda la persona a la que realmente amas, que te estremezca una película o una novela, que tu equipo de fútbol gane partidos determinantes. Que tus deseos más profundos se hagan realidad. No. Lo habitual es lo otro. Por eso quedan grabados con tanta fuerza los momentos efímeros en los que la victoria decide sentarse a nuestra vera.

Así, por más que el Sevilla Fútbol Club dispute este jueves su quinta semifinal europea, nadie en su sano juicio deja de valorarla como se merece. Por más que sea la tercera consecutiva. Claro que son muchas. Son muchísimas, pero el hueco por llenar es tan grande que nunca serán suficientes. Al final, el hombre es lo que recuerda, por eso necesitamos tantos días satisfactorios como sean posibles. Nuestros anhelos melancólicos se nutrirán de combates como los del Shakhtar. Vale que las finales y los títulos alzados acaparen álbumes y recortes de prensa. Es lógico que así sea, ya que nada hay más fotogénico que la llegada a meta. Pero las sensaciones más profundas aparecen durante el camino. Porque es durante el recorrido cuando crece la ilusión de que lo insólito se torne verdadero. Estos partidos significan que pudiste llegar a lo más alto, que estuvo en tu mano, que luchaste. En definitiva, que viviste. Y eso es lo que se echa de menos cuando no queda una migaja positiva que llevarte a la boca: la posibilidad. Unas semifinales es todo lo que una persona cuerda puede desear para su vida. Cruzar la meta el primero, la excelencia, es una cosa de locos.

Por tanto, dejar de sufrir, apretar, cantar, reír, llorar y estar histérico por unas semifinales representaría un pecado tan descomunal que ni el más valiente se atreve a cometerlo. Nadie tiene las agallas suficientes como para desafiar a lo extraordinario. Así que disfrutamos de las bolitas en los sorteos, de las previas, de los cánticos, de los tifos de Biris Norte. De cada detalle que rodea a estos partidos. Porque luego llegarán los trabajos de mierda, los besos que no te han dado, las películas anodinas y, por supuesto, las derrotas de tu equipo. Claro que llegarán. Pero al menos, hasta que otro fascinante jueves de primavera llegue a su fin, los sevillistas habremos conseguido esquivarlas. Y esa victoria ya no nos la puede quitar nadie.

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La vieja del 12

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Faltaban seis paradas para llegar a María Auxiliadora, así que me dispuse a levantarme de mi asiento. No me fío de los autobuseros. Mucho menos, de los de la línea 12. Han nacido para engañarme, para fingir abnegación en los atascos de las siete de la mañana y para correr que se las pelan al mando de las líneas nocturnas cuando le comes la boca a tu chati a tus tristes 17 años y ni a ti ni a ella os importaría que diera un rodeo por Huelva. Una de estas personas que, en su demencia y odio hacia mí, piensan que cuando subo a un autobús le doy las buenas tardes a la máquina validadora de títulos de viaje, me escamoteó la verdad de su recorrido el viernes de feria del año pasado. Pregunté, claramente, que si el 12 iba ya a esas horas al Prado. Dijo que sí. Al ver que el autobús giraba a la derecha en la Puerta Osario, caminé hacia la cabecera del autobús. Sólo me acuerdo de la última frase que le dirigí: porque, usted, no querría engañarme, ¿verdad? ¿Qué ganaría con eso? ¿Qué? Explíquese, por favor. Inmediatamente, me abrió la puerta del autobús en mitad del tráfico de la intersección con Gonzalo Bilbao y me dejó marchar, a mí y a mi tembleque de párpados y labio superior. Con estos precedentes, dejé libre mi asiento con la antelación detallada arriba. Pedí con excelentes modos a la vieja que ocupaba el asiento de pasillo que me dejara pasar. No se levantó, sólo giró su trasero, encogió sus brazos sobre su pecho y miró por la ventana. Le di con la cadera en el hombro y con el codo en la cabeza. Puede que fuera queriendo, no lo sé. Da igual, iba a quedarse con la hostia dada de todas maneras. Ya en la Ronda de Capuchinos, me quedé mirando a la vieja. Esa vieja me deseaba el mal. Aunque, ahora, la veía de otro modo. Su mirada errática, sus gestos nerviosos con las manos, su manía de aferrarse el bolso contra su vientre, denotaban un nerviosismo extremo. La vieja, segundos antes mi enemigo mortal, era uno de los nuestros. Esa vieja iba, como yo, al Ramón Sánchez-Pizjuán a ver el Sevilla-Mirandés del 21 de enero de 2016. Era un espejo, femenino y decrépito, de mi alma. Una hermana en el infortunio. A la altura del monumento a San Juan Bosco, Praeit ac tuetur, nos precede y nos defiende, posé mi mano derecha en su hombro, y le dije: “señora, tranquilidad. Comprendo su zozobra en esta hora negra de su vida. Aquí no se sabe qué es peor, que te toque un mojón de contrario en Copa o que te toque un grande. Porque este equipo es un hijo de puta. Sí, un hijo de puta, no me mire así. Usted recordará, seguro, los papelones contra Algeciras, Sabadell, Castellón y, cómo no, Isla Cristina en Copa. O lo del Racing de hace dos años, me cago en Unai. Esto es como tener un hijo toxicómano. No hace una a derechas, pero, ¿lo vas a dejar de querer? Después te hace un dibujito en el Proyecto Hombre y uno es la más feliz y orgullosa de las madres. Señora, fuera penas. Repórtese, coño. Que ganamos. Ya le digo yo que ganamos. Que es el Mirandés, no el Borussia Mönchengladbach. Tenga un kleenex. Deje esos gimoteos que nada van a solucionar. Recuerde siempre: vencimos y venceremos. Somos católicos, apostólicos y romanos y marianos y sevillanos. Tenemos fe en Dios. Sabemos que debemos pasar este baño de sangre, pero el Sagrado Corazón de Jesús nos ayudará”. Me cabreó un poco que la vieja no se bajara en mi parada y siguiera hasta Ponce de León. Sería una vaga de esas que hacen transbordo y cogen el 24 en la terminal, para asegurarse un asiento. Bueno, ella vería. Total, tiempo tenía, que quedaban cinco horas para el partido. Sigue leyendo

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El tiempo es el que es

Corría el verano de 2007. Las altas temperaturas se cebaban con Zagreb. Para situarnos, hablamos de calor nivel: viejos muriéndose. Lo que tres lustros antes no doblegó un kalashnikov, se lo llevaba por delante una triste hora de calor. La vida es una burla continua. Bueno, pues aquella noche de mediados de julio, servidor celebraba su vigésimo cumpleaños. Mi grupo de amigos, conformado por tres muchachos y cuatro chavalas, terminó en un parque público de la capital croata. Todo transcurría en alcohólica calma hasta que se nos aproximaron dos zagalas autóctonas. Tendrían unos dieciocho años, castaña una, morena la otra. La palidez de sus rostros sólo competía con la negrura de sus vestimentas. No portaban más armas que dos botellas calientes de vinorro blanco y una guitarra eléctrica que, huelga decir, no había forma humana de que enchufaran. Tardamos un rato en convencernos de que aquellas dos no actuaban como señuelo de un grupo de traficantes que, agazapados en la oscuridad, acechaban para desmembrarnos primero y negociar luego con nuestros todavía vigorosos órganos. Nada de eso. Las pobres eran hasta buena gente. Dos de mis amigos eran sobradamente más duchos con el inglés que yo, pero mi bagaje en conversaciones con majarones de toda clase y condición actuaba de tácita obligación para que llevara el peso de la charla. Lógicamente, la conduje hacia mis intereses.

Durante el día, me topé con una exposición que había convertido una larga avenida de Zagreb en una especie de paseo de la fama patriótico. Allí, sin escatimar en el tamaño de las fotografías, se admiraba la figura de personalidades croatas del mundo de las artes, la política o el deporte. Y, entre todos, me sorprendió sobremanera la ausencia de la rata ustacha. Quizás me cegaba mi condición de sevillista, pero no entendía cómo no se le rendía pleitesía a Suker. Como entre mis seis amigos no serían capaces de enumerar doce futbolistas de Primera División, ni se me ocurrió resaltarles tamaño error. Pero claro, ahora tenía delante a dos croatas. Saqué todo el repertorio: Mundial de Francia, Madrid, Ana Obregón. Resulta que la castaña no sabía ni quién era el bueno de Davor, pero la morena sí. Lo sabía perfectamente. Así, el fútbol fue monopolizando nuestra charla, a lo que la castaña reaccionó acercándose a mis amigos. Literalmente, la tía siesa estableció una separación física entre las siete personas ilustradas que desconocían qué es un fuera de juego y los dos bárbaros: la morena y yo. Mi contertulia achicaba el vino caliente como sospecho que sólo pueden hacerlo las mujeres engendradas durante un conflicto bélico. Y en esas pronuncié la palabra mágica: Sevilla.

Prometo que la boca de esa adolescente, con pinta de glosar las virtudes del último grupo que despuntaba en la escena hardcore punk de Rijeka, pronunció palabras celestiales. La tipa dijo “Alves, Kanouté”. No contenta con eso, prosiguió con Luis Fabiano, Palop (ahí incluso realizó un movimiento con la cabeza que evidenciaba un vahído colosal o una imitación del gol de Donetsk) y Maresca. Me quedé picueto. Ya luego se vino arriba e intentó comentarios por encima de las oportunidades que sus conocimientos le ofrecían, sospecho que con intenciones libidinosas hacia el melenas con el que hablaba. Pero lo importante estaba ahí. De entre los miles de equipos que existen en Europa, aquella gachí conocía el mío. Algo bueno tenía que haber hecho el Sevilla, que hasta muy poco antes sólo me había ofrecido disgustos, para ser conocido en aquellos lares. Vale que quizás fuese la única joven croata que sabía quién era Dani Alves, y vale que no fuera la chavala más cuerda de su bloque, pero para que te conozca una persona tan alejada que no viva entre parabólicas tienes que haber adquirido cierto status. Salvando las distancias, como cuando un moro de cinco años dice “Barcelona” o un chino “Leal Madlí”. Resulta que el reciente bicampeonato uefero había otorgado al Sevilla dimensión europea. Aquella noche lo constaté nítidamente. Mi equipo se había convertido en grande de verdad. Grande para el resto. La morena se despidió con embriagadas promesas de seguir el devenir sevillista en el futuro. Supongo que, de ser cierto, años después mojó las bragas con lo más bonito que jamás se enfundó la arlequinada croata. Sea como fuere, no volví a verla más. No obstante, su involuntaria revelación la tengo grabada a fuego desde entonces. Sigue leyendo

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Fútbol Club Barcelona – Sevilla Fútbol Club

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Don Juan Belmonte, la primera vez que toreó en Barcelona, hizo dos descubrimientos que, en su condición de sevillano de bien nacido en la calle Feria y que nunca pisó Triana hasta que el padre debía hasta de callarse, le parecieron sensacionales: que las putas de las Ramblas se tocaran con un sombrerito y que los catalanes sacaran tabaco para ellos solos. Al contar esto en el puestecillo de agua sito en la calle San Jacinto donde paraba con sus camaradas, ellos sí, trianeros, no le querían creer, sin darse cuenta de los incontables lazos que los unen con el pueblo catalán. Ambos, trianeros y catalanes, se creen alguien por haber nacido más allá de un río; llevan a gala unos delirios de grandeza ciertamente misteriosos para pueblos que no han hecho nada destacable en toda su historia; y se apropian, falseando el pasado sin el menor sonrojo, de personalidades que dieron a los siglos y al orbe las naciones que ellos tanto denuestan. Yo les daba a los dos la independencia. Por puro hartazgo. Y que el año que viene unos jueguen su liga con el Palamós y otros hagan estación de penitencia a Santa Ana. De un plumazo, nos quitamos de en medio la monserga de los “valors”, los izquierdos sin venir a cuento y arreglamos la Madrugá para siempre. Que ya está bien de contemplaciones.

Algo funesto debimos hacer los sevillanos para aguantar a estos vecinos y su esquizofrenia ontológica. Pero que, cada vez que nos dé por ganar la UEFA, un equipo español haga lo propio con la Copa de Europa, ya suena a cachondeo. Para colmo, la única vez que jugamos la Supercopa de Europa contra un equipo al que no vemos, como mínimo, dos veces al año, el partido fue el más triste de toda nuestra historia. En fin. Como estamos en verano y en algo hay que emplear tantas horas en que no puede uno ni asomarse a la calle y una vez dejado claro que no podré volver a cruzar el puente de Isabel II en lo que me queda de vida, vamos con el análisis detallado del rival que se medirá al Sevilla Fútbol Club el próximo día 11 en Tiflis, ciudad que encontró ideal para un buen defenestre otro paisano ilustre, don José Díaz, secretario general del Partido Comunista de España. Con todos ustedes, el ejército desarmado de la yihad internacional, el Fútbol Club Barcelona. Sigue leyendo

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No duerme nadie, nadie

Permítanme que, con toda la poca vergüenza, me ponga a citar a Federico García Lorca. No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. No duerme nadie. ¿Cómo vamos a dormir? Hay varios miles de sevillistas que ya están en Varsovia, o montados en aviones y autobuses que les conducirán hasta allí. A esos a ver quién es el valiente que les convence de que hay que perder el tiempo durmiendo. Peor perspectiva se le presenta al ejército de los que nos quedamos en tierra. Nosotros, los que tenemos que concentrarnos mucho en banales tareas cotidianas para intentar engañar al rincón más indómito de nuestro corazón y confiar así en que deje de latir tanto. Ya saben, actos rutinarios como trabajar, dar una vuelta con los amigos o la familia y, en definitiva, aparentar que somos personas normales. Pero por dentro siempre están, deseando desbocarse, las ganas de que el balón eche a andar. Benditos nosotros, que vivimos estos momentos y que no nos acostumbramos. Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan. Y este Sevilla ha hecho tanto, que basta la opción de repetir lo logrado para que sea un sueño inimaginablemente bello.

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Grandeza llama a grandeza

Decíamos ayer que la grandeza futbolística se crea, pero no se destruye. Es decir, que una vez que te atrincheras en el Olimpo balompédico ya no hay orden judicial ni manada de antidisturbios rabiosos que puedan desalojarte de allí. Siempre, pase lo que pase, cuando alguien eche un vistazo al palmarés, los grandes seguirán estando allí. Y eso, estimados camaradas, es lo que le ocurre al Sevilla Fútbol Club. Superó a su región, y por supuesto a su ciudad, para convertirse en grande de Europa. A base de éxitos incontestables se instaló en la grandeza. Y, si el refranero patrio es cierto, y el dinero llama al dinero, qué duda cabe que la grandeza llama a más grandeza. Por eso, porque nuestro equipo se agiganta, porque nuestro escudo pesa en el continente, porque en el fútbol es normal que los grandes disputen cosas grandes, nuestra casa vuelve a vivir este jueves nada más y menos que unas semifinales de competición europea.

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