La sonrisa merecida

Caí en la cuenta cuando lo vi saltar al campo aquel viernes, tan cercano aún en el calendario y tan lejano en todo lo demás. Las gesticulaciones, la sonrisa nerviosa, la ilusión de un chaval. Nada parecía haber cambiado, que trece años no es nada y que, febril, la mirada, te busca y te nombra. Pero fue ahí cuando me percaté. Y es que hay símbolos tan asimilados por el colectivo que cuesta recordar el momento en el que aún no existían. Da igual que sean relativamente recientes, como la maravilla que parió la guitarra de Javier Labandón. En los instantes previos al partido contra la Real Sociedad apareció una figura que obligaba a rebobinar la película. Caparrós, don Joaquín Caparrós Camino, jamás había escuchado el himno del centenario desde el banquillo local del Sánchez-Pizjuán. Volví a echar cuentas, no tenía sentido. ¿Cómo carajo era aquello posible? ¿Qué clase de tropelía se había estado cometiendo ante nuestros ojos? Sólo por corregir esa injusticia histórica ya encontraba razón de ser esta efímera segunda etapa de Caparrós como entrenador del Sevilla. 

Siempre imaginé su regreso en una situación peor, muchísimo peor. Poco menos que como un bombero que entra en el edificio ya consumido por las llamas y sólo puede identificar a los presentes. Por tanto, cuando eventualmente pensaba en su regreso a lo largo de estos años, la sensación era agridulce. Me cae bien, me parece un tipo fascinante, pero el precio a pagar por su llegada (la hipotética ruina deportiva) era demasiado alto. Sin embargo, los azares del fútbol y sus incansables tirabuzones consiguieron que pasara de comentar por televisión el pase a cuartos de Champions en Old Trafford y la final de Copa del Rey a coger las riendas de una plantilla atribulada. Con severos problemas de identidad, de confianza, de todo lo que es tan complicado enumerar sin caer en la demagogia y que, a la postre, tan importante es en esto del fútbol.

En esta casa, durante esos años en los que Caparrós representaba el pasado orgulloso y nunca el futuro, le dedicamos tres artículos. Permitan que los enlacemos aquí, por orden. El primero, el segundo, y el tercero. Está feo que nos alabemos públicamente entre compañeros de bitácora, pero échenle un vistazo si tienen un rato libre, que son maravillosos. Tanto si es usted uno de esos lectores que nos acompañan en esta majadería desde aquella época como si se acaba de enterar de nuestra existencia, sírvanse un vaso de su botella favorita y disfruten la lectura.

Demostrada, por tanto, la evidente simpatía por el personaje, mi preocupación fue otra. Se me hacía un nudo en el estómago al imaginarlo presenciando despropósitos, sufriendo humillaciones de las que no tenía culpa alguna. Venía la Real enrachada, el Madrid, íbamos al Villamarín. El panorama podía ponerse muy negro, y el que iba a dar la cara y comerse los marrones, al que le caerían las mofas y el que se desgañitaría, impotente, era él. El fútbol es una máquina de generar imágenes para el recuerdo, aunque algunas preferirías que dejaran de doler. A mí me asustaba la cachetada emocional de ver a Caparrós mohíno, obcecado, derrotado en la banda. Era, sencillamente, demasiado doloroso.

Sin embargo, la cosa ha ido bien. Levantó a un equipo que, ciertamente, daba pena ver. Por supuesto, los que ganan son los jugadores, pero los nuestros parecían incapaces de imponerse absolutamente a nadie. Ahora, incluso aquellos aficionados que albergaban dudas sobre su llegada reconocen que fue un acierto traerlo. Es más, saben que llegó tarde.

La mente, el pensamiento analítico, nos dice que tiene fecha de caducidad. Que no es sostenible en un nuevo proyecto, y supongo que está bien que así sea. Pero, por otro lado, el corazón, o donde quiera que se localice la sensación de ponernos cachondos, se ha desbocado al verlo en los entrenamientos, en la rueda de prensa, con sus aspavientos y sus medias verdades. Mentiría si dijese lo contrario.

Se va, y nos toca quitarnos el sombrero sin ambages. Se marcha con el objetivo cumplido y, afortunadamente, no se retira a sus cuarteles de invierno. Va a seguir en un club huérfano de esta clase de figuras. Se despide en el último partido, quizás invicto, ileso tras haber cogido el toro por los cuernos. Y nos regalará, esta sí, la estampa perfecta. La que recordaremos con cariño. Un Caparrós emocionado, con su característico gesto de cogerse los codos simulando un abrazo colectivo. La merecida sonrisa infinita mientras se corea su apellido. Esa es la imagen que nos llevaremos de él. La que se ha ganado a pulso.

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1 comentario

Archivado bajo Pajas y mamadas

Una respuesta a “La sonrisa merecida

  1. Álvaro Ruiz

    Enorme entrada y enorme Caparrós.

    Esta mañana, comentando este artículo con un amigo mío, me ha dicho que al igual que la Maestranza tiene en su fachada principal al Paseo Colón una estatua-homenaje a Curro Romero, el Sánchez Pizjuán tendría que tener un reconocimiento acorde con Caparrós.

    No puedo estar más de acuerdo.

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