El silencio

Franco Vázquez, en una maniobra absurda, se gira y hace un boquete en la barrera. El tiro de Durmisi, nacido para morir en su pecho, acaba entrando en la portería. Delirio verdiblanco. Éxtasis en La Palmera. No se vive tal algarabía desde la presentación de Denilson. Pero es más que comprensible: llevan mucho tiempo sin poder hacerlo. Siete largos derbis sin cantar un mísero gol, siete. El ruido es ensordecedor, y el estadio parece que se va a caer. Los cimientos, los nuevos y los viejos, tiemblan. La afición se embelesa, retoza y se frota los ojos vidriosos. Marcarle al Sevilla es lo más parecido a un título que han paladeado últimamente, y toda esa amargura contenida tiene que salir por algún lado.

La primera parte del Sevilla ha sido una porquería. Nadie vestido de rojo, absolutamente nadie, la ha disputado a un nivel mínimamente aceptable. Fallos individuales que desembocan en errores colectivos, miradas de reojo y zozobra por el énfasis de un equipo menor envalentonado ante un grande que apoya su codo en las cuerdas. Sin generar ninguna ocasión clara, eso sí, pero apretando lo suficiente como para que el balón se luchase en campo sevillista.

Arranca el segundo tiempo, y Sampaoli realiza un par de cambios. Para qué esperar. El equipo, dolido, afronta el reto con insolencia. Como mirando al rival a la cara y diciendo, si eso es todo lo que tienes, es que no tienes nada. Haciendo gárgaras con lejía para limpiarse el mal sabor de boca. Por fin, los mejores asumen la responsabilidad y fijan el balón a sus botas (Nasri es un futbolista extraordinario). El francés saca una falta lateral, el capitán casi la marca, y llega Mercado, como en la ida, que no perdona. Como hacía en los clásicos argentinos. Y es entonces cuando aparece. Súbito, inevitable y eterno: el silencio. Los que antes botaban ahora palidecen. Se desbaratan, se derriten, se tornan incorpóreos ante la certeza, tan cruda como impostergable. Y es que todos, desde el primero hasta el último, saben que la bestia se ha desperezado. Queda más de media hora, pero eso es lo de menos. Más tarde o más temprano, ocurrirá. El partido está perdido.

El Sevilla parece que también lo sabe. Juega sin prisa porque la victoria es ineludible. Como si el guionista de este derbi hubiese recibido órdenes de levantar el interés y dotar de espectacularidad a la trama, pero sin abandonar el desenlace lógico. Quizás, ante lo previsible del encargo, no se come mucho la cabeza y repite fórmula para el desempate: otra falta lateral. Esta vez sí es el capitán el que anota. Quién si no. Vicente, don Vicente, estira su pierna derecha para hacer el segundo y definitivo tanto. Lo primero que le sale tras marcar es señalarse el escudo. Sabe perfectamente que no se han vendido entradas para su afición, pero no aleja el dedo índice de su pecho. Frena la sonrisa para exhortar a los enmudecidos, a los que antes brincaban. “Mira, mira, mira”. Y todos obedecen, porque es el capitán del Sevilla el que habla. Miran y callan. Como ayer, como mañana. Como siempre.

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5 comentarios

Archivado bajo A toro pasado

5 Respuestas a “El silencio

  1. sevillistagirona

    Llevan toda la vida mamando.
    En fin, cuestion de haber sabido elegir equipo nuestro abuelo para haber heredado bien.
    Verderones perdedores como simpre.

  2. Francisco Ruiz

    El Barcelona maltrata a sus entrenadores.
    Cuidado Sampaoli, pienselo bien.
    Sevilla es un club especial donde triunfan jugadores y entrenadores.
    NO LO VAYA A ECHAR DE MENOS

  3. Anónimo

    Sublime constatación. Enhorabuena

  4. Manuel

    Eres un payaso. Si vas a literaturizar por lo menos sé preciso en el léxico y titula esto como ‘El desprecio’. Ojalá algún día tengáis lo que merece vuestra soberbia.

  5. sevillistadesdelacuna

    se te ha pasado el detalle de que Don Vicente señala el escudo con su mano derecha, pero con la izquierda señala el suelo, dejando claro el mensaje: “aquí manda éste”

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