El día de Antonio López

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Hay mamones que ya habrán follado que no han visto a mi equipo en Segunda. Eso, con mi pila de años y el compendio de hostias que llevo en el curriculum, me da vértigo. Chavalotes en la universidad que no recuerdan al Sevilla en Segunda. Como uno de los propósitos de esta bitácora fue nuestro “ánimo de ser particularmente útiles a la juventud, y de contribuir a la reforma de las costumbres en general” o, en palabras mucho más asequibles, PEX está “dedicado para [sic] toda la juventud, para que se quiten [sic] de la droga”, como dijo don Toni el gitano, vamos a darle a un memorabilia que tengo en mente desde septiembre pasado, el cual lo habría escrito antes de la eliminatoria de Copa contra el Madrid de no haberse celebrado en Navidad, que con la cantidad de borracheras que cojo no estoy para nadie, que versará sobre las primeras semifinales de algo que no fuera un torneo veraniego que vi en mi vida, a mis lozanísimos 23 años (lo nuestro tuvo taco de mérito), la eliminatoria contra el Real Madrid de febrero de 2004.  

Así que te cuento, querido sevillista de 18 años, que, en mis años de facultad, cuando llegaba con una buena moña a mi casa, al no existir youtube y ser poseedor de un modem de 56 k que hacía que la carga de una simple foto tardara unos tres minutos en estar disponible, si tenía ganas de tomarme la última recordando alguna gesta patria llorando a moco tendido, me ponía una cinta de casete que regaló a sus lectores El Correo de Andalucía, con la grabación íntegra del partido del ascenso contra el Tenerife, narrado por Radio Sevilla, que me regaló un colega que se dedicaba al reparto de prensa, mi Ligre (no pregunten) de mi alma. La de veces que la escuché, llorando como una perra. Como el gol de Podestá fue al principio de la segunda parte, se daba la feliz casualidad de que estaban casi a la misma altura gol y final del partido, pero en caras opuestas, así que simplemente tenía que darle la vuelta a la cinta si quería escuchar, ora el gol, ora la apoteosis caparrosiana. No creo que sea triste emocionarse con algo tan pequeño; es que no tenía otra cosa.

El día de la onomástica del patriarca San José del año 2000, el oldface me recogió a las nueve de la mañana, todavía con mi tajá del día anterior, para ir a Jerez a ver el Sevilla-Numancia. Por la carretera nacional, que mi viejo no fue nunca amigo de dispendios, no parábamos de cruzarnos con otros sevillistas que iban a ver a su equipo a Chapín. “El día que a estos hijos de puta les dé por hacer algo, con esta afición… Cambiamos la historia para siempre”.

Y es que, no en 2000, claro, que no desparecimos de milagro, pero en 2004 se veía venir. Voy a blasfemar: el Reino no llega como un ladrón en la noche. Al Reino se lo ve venir. A los ganadores se los ve en la línea de salida. Ya no era un “ya nos tocará”, ya sonará la flauta, algún día se nos tiene que aparecer la Virgen, ¿o no llegan a finales el Mallorca o el Alavés? No; se palpaba. Una progresión coherente, un proyecto a largo plazo, ni un solo euro malgastado (ni siquiera el Machlas, que al menos nos reíamos con él y sus locas aventuras con la Policía Local), una afición identificada al máximo con su equipo y, al César lo que es del César, un presidente ambicioso que no paraba de anunciar lo que estaba por venir. Se sabía que estaba al caer un título. O eso o, con lo bien que estábamos de la cabeza, un homicidio (que casi llega antes, por cierto).

Por eso me hacía casi más ilusión vivir unas semifinales que una final. Una final era todavía terreno del mundo de las ideas. Y que era un tópico entre el sevillismo que, con tanta hambre de gloria atrasada, si el Sevilla llegaba a una final, la ganaría. Seguro. Tan seguro como el 10 de mayo de 2006. Pero unas semis, en mi estadio, rodeado de tantísimo cabrón, empujando al equipo, con helicópteros sobrevolando Nervión porque ese partido se declararía de alto riesgo así fuera nuestro rival el San Juan Bosco, Caparrós pagando a conductores de ambulancia para que le imprimieran aún más violencia al ambiente… Unas semis eran para mí el momento de la verdad. Donde se ve a los tíos. Ahí estás tú. Ahí está el coño. Vamos a ver dónde están los cojones.

Aquel verano, y juro que este es el último exordio personal antes de entrar en harina, le dejé caer al viejo que lo mismo me iba de Erasmus. Me sorprendió que un hombre que consideraba viajar, y no hacerlo por ver un partido del Sevilla, como algo propio de maricones, se lo tomase tan bien. Pues muy bien, hijo, allí dicen que se folla mucho y con alegría, bebe todo lo que quieras, más vale que ahorres ahora en verano que no te doy un duro que yo no costeo los vicios de ningún hijo de puta. Pues lo que dice un padre. Extrañamente normal, para ser él. Dejó la cerveza, y, como si se acordara de pronto de un pariente inválido a quien alguien tendrá que cuidar, me preguntó, “oye, ¿y el Sevilla?” Su puta madre. Si se hubiera cachondeado de mí por mi imperdonable abandono del equipo, igual me toca los cojones y me voy sólo por darle por culo. Pero me lo preguntó con tanta suavidad, dejándolo todo en mis manos, que me desarmó. Ahí acabó para siempre mi proyecto europeo. Yo no podía dejar al equipo tirado, perderme una temporada entera, escuchar llorando y odiándome los partidos por internet desde un sitio donde siempre hace frío, no han jugado a tirarle naranjas al perro y nadie ha estado nunca en Nervión. No me arrepiento. No te arrepientas nunca de no abandonar Sevilla.

11 de febrero de 2004. 2-0 en la ida jugada siete días atrás en el Santiago Bernabéu. El dies irae del sevillismo. No había alegría ni ilusión. Había furia. En las fotos y vídeos de las semifinales de la UEFA de 2006 se ve a familias en la grada, muchachas vestidas de gitana, chavalitos cantando el himno del centenario. El 11 de febrero de 2004 sólo recuerdo una grada llena de tíos. Sólo tíos. De 18 a 40 años. Y tíos muy cabreados. Aquella noche de hace 13 años, el Sánchez-Pizjuán no ofrecía un espectáculo para menores. Gol norte era el reino del “pa ellos”, la frase insensata y cerril del oldface ante los éxitos de cualquier equipo. ¿Que el Madrid tiene no sé cuántas copas de Europa? Pa ellos. ¿Que estamos en Segunda y el Zaragoza no para de ganar copas del Rey? Pa ellos. ¿Que hasta el Recre llega a finales? Pa ellos. Aquí se trataba de mantenerse firme cayera lo que cayese. Porque es nuestro equipo, es nuestra ciudad y no teníamos ningún sitio a donde ir. Esa manera de pensar formó esa grada. Nunca ha habido una grada más hija de puta que aquella. Nunca ha habido una grada más linda que aquella.

Y resulta que te llamas Antonio López, tienes más nombre, no digamos pinta, de funcionario de Correos que de futbolista y, cuando se fue Reyes un mes atrás, alguien dijo: “bien. Ahora son todos igual de malos, ya no tienen una estrellita a la que darle la pelota. Ya sólo pueden correr como cabrones”. Tu equipo sale como entiende que es irse al ataque, un voleón de David Castedo al coño Amalia. Antoñito se la pelea a Helguera, tú la coges, haces un sombrerito justo cuando cae a tu lado un bote de humo naranja. Se la devuelves a Antoñito que mete un frigorífico al segundo palo. Roberto Carlos hace un despeje deleznable marca de la casa. Darío la controla, se la pasa a Baptista que se la devuelve al uruguayo en profundidad. La rubia del 14 no llega, el balón pasa entre Helguera y él, y tú, que eres tan honrado que el único vídeo del gol disponible en youtube 13 años después lo habrás subido tú mismo, que, aunque ahora no lo sepas, dos temporadas después pondrás el primer gol a Kepa para que inaugure el marcador de la temporada que dejará atrás la mediocridad para siempre, corres como un hijo de puta a por la pelota que cruza en diagonal el área, metes la zurda abajo porque si algún gol nos lleva algún día a una final será con la izquierda y en gol norte, el balón golpea el techo de la red y consigues que se produzca la mayor explosión de rabia que nunca va a vivir el gol norte del Sánchez-Pizjuán.

“Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato, empieza aquí mi desesperación de escritor”, esto lo dijo Jorge Luis. Sampa, no, el otro Jorge Luis, Borges. “El problema central es irresoluble: la enumeración siquiera parcial de un conjunto infinito”. El puto carácter sucesivo del lenguaje, que niega una impresión instantánea de hechos simultáneos. Cuando vi el pase atrás de Darío, entre la nube de humo naranja, ya me iba venciendo hacia adelante. Ni siquiera vi venir a Antonio López, sabía que había una mancha blanca que iba a impactar con la pelota, pero mi esfuerzo seguía consistiendo en no caerme del asiento por la momentánea avalancha que se estaba formando. La toca don Antonio, la red se infla, los compañeros de grada de las filas de delante ya son una montonera de saltos, caídas, gritos y puños en el aire, mientras intento seguir erguido para no perder la visión de árbitro ni linier, verlos a uno señalar al centro del campo, al otro correr hacia él y asegurarme de que en efecto el gol es válido que por mis muertos que nos lo anulaban por el bote de humo sobre el césped. “En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces”. Nadie en esa grada gritaba gol. Te cagas en los muertos del aire, lo llamas hijo de puta, te abrazas a un desconocido que te llora en el hombro, agitas el puño hacia el terreno de juego. Ninguno de mis insultos de aquella noche fueron hacia el Real Madrid. Hoy creo que sé que me los decía a mí mismo. Me cago en tus muertos, hijo de puta, que no vales para nada, que te has perdido la oportunidad de tu vida de irte de Erasmus y así a lo mejor ser alguien útil a la sociedad, que te has quedado aquí para no tener futuro alguno y todo por un equipo de mierda y unos mamones a los que no conoces pero que ahora te abrazan como si te amaran, que perseveras por orgullo pero, que, joder, sí, vienen, ya vienen los tártaros a través del desierto, ya aparecen a lo lejos, va a servir, me cago en Dios, el sacrificio va a valer la pena.

No pasamos a la final, claro. No vinieron los tártaros. Para eso aún quedaban dos años, tres meses y dieciséis días. Y, como los seres humanos tenemos la cobarde pretensión de buscar sentido al puro devenir, creo que estuvo bien que así fuera. Porque habríamos ganado la Copa (que aquellos 11 salvajes se merendaban al Zaragoza en la final lo sabían hasta los hebreos) a base de hostias y correr hasta el infarto. Que en aquel mes de febrero de 2004 me sudaba la polla el cómo, claro está. Pero, no sé, tal vez no era el momento. Lo único que me apena es que aquella grada de aquel día merecía esa alegría. Veo el vídeo de Antonio López, veo fotos y es como la primera novia, la de hace ya casi 20 años. Sí que era guapa, la cabrona. Más de lo que recordaba. Pero bueno. Al menos esas semifinales de Copa fueron nuestra última frase de Eddie Felson al final de “El color del dinero”: he vuelto.

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3 comentarios

Archivado bajo Memorabilia

3 Respuestas a “El día de Antonio López

  1. Joaquín

    Embrutecedor relato

  2. Álvaro Ruiz

    Recuerdo ese gol. Yo recién operado de la rodilla derecha, en casa. Cuando el locutor estaba diciendo “la toca Baptista” yo ya estaba escuchando la explosión del campo gritando el gol. Me engorilé y por eso me cabreó aún más no pasar a la final, tras mangazo de Valdano en el descanso. Eso sí, meses después y ya recuperado, en el último partido de esa temporada, en casa frente a Osasuna, partido caballeroso y de guante blanco donde los haya, me acuerdo perfectamente de que me quedé ronco gritando el gol de Baptista. No al final del partido o después, no. Gritando el gol me quedé sin voz. Hasta dos días después.

    Ojalá este año también celebremos algo grande en la última jornada. Es en casa. Y frente a Osasuna. Ahí lo dejo.

  3. Carlos José

    Lo vi en Diwaniyah: los amigos de Muqtada al Sadr debieron pensar que los “ispani” debíamos estar matándonos entre nosotros después de una jartera de birra turca de contrabando. Que tiempos y que recuerdos…

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