Lo que ya nunca será

No es este el lugar más indicado para listar la retahíla de despropósitos que servidor llevaba a cabo cuando contaba veintipocos años, pero sí cabe señalar uno de ellos. A esas edades, y a algunas más tempranas, me tragaba partidos de equipos extranjeros concentrándome, casi exclusivamente, en determinados futbolistas. Y, ojo, era tan iluso que disfrutaba elucubrando que el Sevilla los fichase antes de que se convirtieran en inalcanzables para su economía, aunque probablemente la mayoría ya lo fuese. Como si a la secretaría técnica le hiciese falta alguna clase de ayuda. Aquel hábito, que hoy motivaría la inmediata apertura de una cuenta en Twitter con la palabra scouting en la biografía, a mí me servía, generalmente, para pasar las resacas.  

Recuerdo nítidamente sentarme a ver un partido únicamente porque jugaba Cassano, Modric, Luca Toni, Kolarov, Samaras o Hamsik. Hubo un tiempo en el que los creía objetivos más o menos factibles, lo prometo. Supongo que algo parecido os habrá ocurrido con otros jugadores, estimados lectores de esta bitácora. A mí, de entre esos futuribles, el que más me ilusionó fue uno que firmó por el West Ham allá por 2006. ¿Qué por qué creía que el Sevilla podía fichar a Tévez si llegó a Inglaterra por una millonada? Y yo qué sé. De verdad que no soy capaz de encontrarle explicación. Pero recuerdo ver sus partidos en la segunda vuelta, desempeñándose a un nivel estratosférico, y quedar prendado de su forma de jugar; aguerrida, resolutiva, y con una calidad desbordante. Al año siguiente lo fichó el Manchester United y, siempre que me coincidía, seguí viendo sus partidos. Si la imposibilidad admitiese grados, aquello alcanzaba uno de los más altos, pero nunca renuncié a ese utópico resquicio, por más que su carrera lo fuese convirtiendo en gigante.

Obviamente, Tévez nunca fichó por el Sevilla. Se entretuvo en ganar ligas, copas de Europa y cosas por el estilo. Precisamente, tras su segunda final de Champions, puso fin a la andadura en la Juventus para volver a casa. Conservando nivel de sobra para seguir integrando la élite europea y permitiéndose el lujo de rechazar a grandes equipos, regresó a Boca. Lo hizo en su madurez futbolística, y no para pegar un atraco, otorgándole más valor si cabe al cumplimiento de la palabra dada.

El otro día se celebró el feliz y dignamente recuperado trofeo Antonio Puerta. La directiva enmendó su lamentable actitud anterior (ojalá que dure) trayendo a un rival de categoría que, sin que mediaran las ya tan habituales obligaciones contractuales, cruzó el océano con sus titulares para asistir a la cita. Algo que, dicho sea de paso, sirve como enésima confirmación del respeto adquirido por el Sevilla a nivel mundial. Boca honró el trofeo y la figura del homenajeado. Y su capitán, Carlos Tévez, decidió hacer lo que mejor sabe: adueñarse de un campo de fútbol. Sí, era un amistoso, pero fue excusa suficiente para enseñarle a un puñado de neófitos de lo que es capaz cuando le dejan un balón cerca.

Su actuación se asemejó al rollo de una noche, etílico y fugaz, con un amor que no te correspondió en el pasado. Ni siquiera sacarse una espina, más bien un vano intento de aplacar una nostalgia quimérica. A ambos nos ha sonreído la vida por separado, pero es inevitable preguntarse qué hubiera pasado si. Con ese regusto amargo quedará la exhibición de Tévez en el Sánchez-Pizjuán: un delicioso simulacro de lo que no fue… y de lo que ya nunca será.

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Lo que ya nunca será

  1. Álvaro Ruiz

    Pues lo mío es más fuerte. Yo no soñaba con que Tévez jugase en Sevilla hace 10 años… la otra noche yo soñé con que jugara en el Sevilla AHORA. ¿No se le puede fichar en Diciembre, aunque sea para la segunda vuelta? Menuda exhibición que dio.

  2. Manu

    Joder, el último párrafo es sublime!

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