El viejo y las finales

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Tirarte una década paseando por Europa con la polla fuera debe traer consecuencias. Pantalones por las rodillas, piernas abiertas evitando que bajen hasta los tobillos y un contoneo de caderas juguetón para que, simultáneamente, el nabo se bambolee mientras sonríes a los paisanos. Ir así por la vida no puede acabar bien. Cuando en el cole algún compañero que debía estar en un centro de educación especial practicaba esta suerte en el recreo, yo no era de los que gritaban entre carcajadas IRA EN·NOTA!!!; mi particular configuración emocional me hacía pensar, verás la hostia que se va a llevar. Esta situación ya me desespera. Es una tensión constante a cada gol de un equipo contrario. La actuación de Beto en San Petersburgo, lo rápido que nos remontaron la semana pasada en Lviv, fueron promesas incumplidas de descanso. Parar un poco, coño. Pues no. Llega Vitolo. Gameiro. La maricona de Palop en Donetsk. Ni siquiera grito el gol. Sólo pienso: otra vez. 

La semifinal de la UEFA del año pasado fue tan problemática como echar el día en Conil y decirle al viejo de tu colega, cuando entráis en su coche por la Palmera, que, si no le importa, siga Paseo de las Delicias arriba y te deje en el Puente de Triana, que te vas a la velá a liarla. La de 2014, de no haber sido la tercera, habría sido LA Copa de la UEFA. Para qué insistir. Desde quedar novenos y aun así ir a Europa, hasta el penalti de Gameiro en Turín, fue todo tan nuestro, tan trilero, tan agarrarse a un clavo ardiendo, tan no rendirse nunca, tan se va a ir del bar su puta madre que hoy por mis muertos me follo a la tía buena por mucho que ni me haya duchado y venga en chándal, que, en realidad, es la copa que me cuento cuando me dan las 3 de la mañana viendo entrar a la O y los últimos 10 pavos me los gasto en cubatas en vez de en un taxi a Pino Montano. La semifinal contra Osasuna no la tengo en cuenta para nada. Y la semana del 20 al 27 de abril de 2006, contra el Schalke 04. Que, como no tengo nada mejor que hacer, paso a contar. Sí; otra vez.

No recuerdo nada de la ida. Bueno, la parada de Palop a Bordón, pero la recuerdo por haberla visto repetida mil veces durante estos diez años. Me acuerdo, como si fuera ayer, de cómo apreté el ojete cuando Palop le paró aquel penalti a Ronaldinho en un Sevilla-Barcelona que ganamos con 10 jugadores y que nos puso líderes a mediados de marzo de 2007. Del remate de Bordón, nada, ningún sentimiento. Es un recuerdo bastardeado, construido, innoble. Lo que sí es cierto, porque afortunadamente estaba solo, es sentarme aquella madrugada en un bordillo, llorando, borracho como un mulo, para mandarle un sms a mi padre, que había viajado a Alemania, con la letra íntegra de la segunda estrofa, la que va entre estribillos, de la canción de este anuncio. Por si me he hecho un lío con estrofas y estribillos, le envié lo que sigue: “Sigamos gritando, sigamos creyendo, sigamos confiando que al fin ganaremos, es nuestra bandera la que defendemos, mostrémosle al mundo que juntos podemos.” Mi nula cultura musical me gastaba estas bromas. Deliraba con esta letra, con la de “El pueblo unido jamás será vencido” y con la “Tomorrow belongs to me”, la del chaval de las Juventudes Hitlerianas de Cabaret. Fuera políticas. Me gustaba encontrarles el sentido de que nos esperaba, al fin, un triunfo. Sólo había que perseverar un poco, un poco, otra vez.

Al viejo lo solía ver después de los partidos. Aquel domingo 23 se suspendió el Sevilla-Barcelona. Pudimos empezar a beber antes. Si yo soy pesado hablando, él era mi maestro. Apenas nos dirigimos la palabra. En toda su vida sólo salió de España para ir a Salónica, Plovdiv, Gelsenkirchen, Eindhoven, Mónaco (dos veces) y Glasgow. Si se tiene en cuenta que era su tercer viaje al extranjero, no habría estado de más alguna pregunta sobre cómo lo pasó, cómo era aquello de Europa, qué había sentido una persona con tantas inquietudes por conocer mundo en su tercera salida del país. Creo que me lo agradeció. No era nerviosismo todavía. Simplemente estábamos cagados de miedo. Ahora me acuerdo de cuando vi “Rocky”, de chico, con él. Rocky llega a su casa de visitar el pabellón donde al día siguiente va a partirse la cara con el campeón del mundo, avisa del fallo del cartel, porque él, como los grandes, va a vestir pantalón blanco con una raya roja; llega a su casa, se sienta en el borde de su cama y le dice a su novia, y a sí mismo, que no puede ganar. Le pregunté a mi padre por qué decía eso. Porque es así, me respondió, ¿o acaso nosotros vamos a ser campeones de Liga alguna vez? Aquella noche del 23 de abril de 2006 yo quería preguntarle, pero no podía. Sospecho que a él le pasaba lo mismo. Mi padre tenía 48 años, por el amor de Dios, y no tenía una respuesta que darme.

Y el día del partido. Antes de vestirme, me siento en la cama de mi madre. El perro se echa a mi lado. Lo miro. Me mira. Me despido de él. Pobre, ni un año tiene. El perro bosteza. Me levanto y me asomo al balcón. En ese balcón pasó mi viejo la madrugada del 1 al 2 de agosto de 1995. Demos en este momento la palabra a mi madre: “yo creí que se tiraba. Así que me di la vuelta y seguí durmiendo.” Tiene un fatalismo dostoyevskiano-estalinista muy de defensora de la fábrica de tractores “Octubre Rojo” de Stalingrado, la vieja. En esta casa, ella siempre ha sido de Dostoyevski, nosotros, de Pirandello. A ver qué le hacemos.

Lo creí imposible, pero logré salir de la ducha. A cada sevillista que me crucé por la calle me subía una bola del estómago a la garganta que decía, gracias a Dios mentalmente, vamos, coño. Cada bandera del centenario en un balcón, vamos, coño. Cada bufanda blanca y roja ondeando desde la ventanilla de un coche, vamos, coño. Una pareja que va tranquilamente a la feria, hijos de la gran puta. Pero ahí escucho una moto atronar con la bocina con dos mastodontes subidos a ella, sin camiseta y sendas litros de cruzcampo en las manos, vamos coño. Una mirada de un tío sin ningún distintivo, pero por cómo entorna los ojos, por lo de arriba a abajo que te ficha, por la disculpa que se le ve en la boca, oh, sí, eso es un vamos coño como una catedral. Vamos, coño.

Mira, el partido ya te lo sabes de memoria, así que te digo que cuando terminó, ni lloré, ni grité, ni abracé a nadie. Me senté en una escalera de gol norte reventado de cansancio. El estómago me ardía por la cantidad de bilis vomitada cuando Puerta la mandó adentro. La cabeza me retumbaba. Los riñones ya no me sostenían. Miraba a la gente y sólo quería leer en sus caras qué sentían. Salí a buscar al oldface. No aparecía. No aparecía ni para sus muertos. Me estaba guardando el primer abrazo para él, y no aparecía. Hasta que me giro y lo veo en la otra acera de Luis Arenas Ladislao. Ni nos llamamos. Crucé, cruzó, y fue un abrazo de gol de Suker en Atenas, de llegar de Oviedo en 1997 a las diez de la mañana con tu vida destrozada, de vomitorio de Eindhoven antes de entrar a la grada que tiene, debe, está obligada a dártelo todo.

La tragedia de aquellos 58 años no fueron no ganar nada. Fue no ganar nada siendo el Sevilla. Tus abuelos, bisabuelos o, si eras hijo de viejos (pobre… suerte con los antiestamínicos), tus padres, habían campeonado. Desde la primera bacteria que había decidido que la engorrosísima reproducción sexual era una buena idea, todos habían follado. Millones de años de evolución para crear al equipo más hijo de puta que nunca existió, para crearnos. Y a nosotros se nos pasaba el arroz y veíamos que moriríamos vírgenes.

No. No vamos a morir vírgenes. Nos las vamos a follar a todas. A unas mejores que las que se tiró el abuelo. Vamos camino de formar una familia numerosa. Por eso, por el camino, por lo que llevamos en el coleto, por lo que nos queda, por la preservación de la especie, por muy horrible que sea, digamos: otra vez. Basilea, como Eindhoven, Glasgow, Turín, Varsovia: otra vez. Hagamos que sea como las anteriores, sin tener en cuenta a las anteriores. Como dijo el hombre más feo del mundo:

Gracias a este día yo estoy por primera vez contento de haber vivido mi vida entera. Y no me basta con atestiguar esto. Merece la pena vivir en la tierra un solo día, una sola fiesta con el Sevilla me ha enseñado a amar la tierra. ¿Esto era la vida? Quiero decirle a la muerte, bien, ¡Otra vez!

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9 comentarios

Archivado bajo Mejor fuera que dentro

9 Respuestas a “El viejo y las finales

  1. Carlos Ramos

    Joder. Gracias, me cago en la puta.

  2. Juanpe Biedma

    Me mataba contigo, vaya vuelco al corazón recordando mi época de crío de 9 años y el gol de Suker en Atenas y verano del 95. Antes eramos los más parguelas del colegio y ahora nos estamos follando a la más guapa de cada promoción del Doctorado.

  3. Rafa Scotta

    Honor a Pepe Lobo y a todos aquellos locos que cruzábamos Despeñaperros una y otra vez detrás de un equipo mediocre pero enorme en nuestros corazones.
    Gracias por el artículo, maestro. Un abrazo.

  4. joaquin moreno

    Uffffff !!!!
    ¡¡¡Qué barbaridad!!!!
    Como has descrito todas las historias y emociones de tantos y tantos…., qué capacidad para identificarnos en tí. Esas miradas con los que te cruzabas eran las mismas miradas de todos nosotros, esos días de desconsuelos lo vivimos todos nosotros, ese descenso de Oviedo tan cruel…..y por supuesto esa primera y eterna Uefa.
    Gracias, muchas gracias

  5. jesus GARCIA LEAL

    increible amigo….sin palabras…..los que vamos llegando a viejos recordamos todas esas anecdotas que cuentas con alguna lagrimilla en los ojos.

  6. Camillo Golgi

    Por fin aire fresco en esto de escribrir. Gracias a LH por descubrirme este lugar (nunca es tarde…). Lo malo es que, como todo lo bueno, pues crea adicción, ya queremos más.

  7. Pepillo "Er Gamba"

    Joío PEX de los cojones… ¿Pues no que me ha hecho soltar un lagrimón como un adoquín, el muy higo de fruta?.

    Eso de ”no eran nervios, es que estábamos cagaos de miedo”, define tan a la perfección lo que siento velando armas para el pifostio de esta tarde-noche en la ciudad de las tres naciones, que ha tenido la virtud de sosegar mis nervios y mandar a la mierda al miedo que m’estaba rilando por la patabajo.

    Cuatro veces nos hemos pasado por la piedra a las mariconas que pretendían quitarnos lo nuestro. Hoy vendrá la quinta maricona desde una de las ciudades más feas que han visto mis ojillos pirris; pues se van a comé lo que se comió Garijo en la batalla de Clavijo; uséase, un soberano pijo.

    • joaquin moreno

      Estoy cagao de miedo, como bien dices, para el partido de hoy. Seguramente así estaran casi todos y piensen que son cosas de los nervios. No queridos no, es el miedo grabado a fuego durante décadas de que los nuestros la jodan, se jiñen, no sepan….., pero esa larga etapa de desencantos y frustraciones, de irte a la cama maldiciendo desde el presidente de turno al utillero pasó, de cagarte en los muertos del que inventó el futbol terminó, ahora somos capaces de reponernos a cualquier eventualidad, de presumir ante cualquiera de tu a tu por muy amplio que sea el palmares de entorchados y mangasos que puedan esgrimir. Ahora, pase lo que pase esta noche podremos tener la tranquilidad de que hemos estado en otra final y que nos quedan otras cuantas por disputar.
      Ahora llegamos y luchamos hasta el final, ahora nos cuesta recordar aquellas noches de insomnio cargandonos en los muertos del que invento el futbol

  8. En cierto modo, añoro aquellos años, yo qué sé, los regates estériles de Moisés, la bandera roja con caracteres cirílicos que me llevé al campo cuando Cuervas fichó a Dassaev, la noche espantosa del Torpedo y el frío que tenía en los pies, el mangazo de García de Loza con el Madrid, una tarde lejanísima de domingo (cuando había fútbol los domingos por la tarde) en que le metimos 6 al Burgos, un gol de falta de Bengoechea al Oviedo faltando cinco minutos para el final… Los añoro porque era joven, claro, no te jode. Sólo por eso. O también porque ser sevillista en aquellos años, sevillista de carné un año tras otro, era ser muy sevillista. Pero también recuerdo a mi padre, que fue de los poquísimos sevillistas que contempló la hazaña de Las Corts en 1946 (y que, por supuesto, me contó dos millones de veces), y cómo se desesperaba escuchando en el transistor cómo el Sevilla la pifiaba una y otra vez, echando por tierra la grandeza de un equipo que él sí había visto triunfar. Mi padré murió en 1988, muchos años antes de este renacimiento, cuando, a cualquiera que se le hubiera dicho algo así, le hubiera dado la risa floja. Por eso aquella noche de abril de 2006 en Nervión yo sí lloré, mucho más por él que por mí mismo.

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