Archivo mensual: febrero 2016

La foto que nunca me hice con Juan Carlos Unzué

UNZUEPEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE -Si yo os entiendo. No os voy a entender… Pero, una cosa es una broma, que yo las acepto de mil amores, y otra es mentarme a mi madre y a mis muertos cada tres kilómetros, que hemos estado a punto de tener una desgracia. Yo sé que sois jóvenes, estáis todos juntos, hay momentos para la guasa, pero tampoco hay que ensañarse. Si yo reconozco que me he perdido y que no hace falta pasar por Toledo para ir a Santander y que los treinta y dos kilómetros en dirección contraria buscando un cambio de sentido han sido culpa mía. Yo es que por aquí he viajado poco. Donde yo he conducido mucho es en Alemania, Suiza y Austria. Mi padre trabajó allí cuando la guerra. Pero no de prisionero ni hostias, con papeles, trabajador voluntario. A él le gustaba decir que había estado en Peenemünde, con las V-2, y que Von Braun estuvo a punto de llevárselo a Florida. En realidad fue empleado del 41 al 44 en una fábrica de botones en Münster. A finales de los 50 volvió con mi madre, mis tres hermanos y yo. Hasta que en los 70 me llamó un cuñado mío de Lepe. No he follao yo na en los invernaderos. Nacionales y extranjeras, lo mismo me daba. Allí me salió lo de la línea Matalascañas-Sevilla. Y hasta hoy. Como Dios, oye. Lo único malo, los linces. No hay animal más hijo de puta que el lince de Doñana. Más que hijo de puta, subnormal. Yo creo que se agazapan en el arcén, detrás de un matojo, y cuando ven que viene un autobús o un coche gordo, ahí que cruzan. Diez o doce llevaré. Que se extingan de una puta vez, si están amamonaos. Como la gorda esa que no hemos atropellado antes de milagro; a ver dónde pollas iba a mear a mitad de una carretera, con niebla, en el puerto del Escudo, a las siete de la mañana de un domingo.

-Verdaderamente, señor Ravanelli. Es que ya no hay respeto-dije yo, al tiempo que maldecía mi costumbre de jubilado de sentarme lo más adelante posible en los autobuses, de no poder dormir a poco que despuntara el sol y darle palique al primer psicópata que tengo cerca. Lo llamábamos Ravanelli porque vestía una camisa a rayas verticales negras y blancas de unos cinco centímetros de anchura y por su mata de pelo canoso. Me quería bien y todavía no me había retirado la palabra porque, a las tres de la mañana, buscando la salida de plaza de Castilla para la M-30, harto de los insultos que le dedicaban mis camaradas de viaje por haber atravesado la capital de España en lugar de utilizar una de sus circunvalaciones, se había levantado de su asiento con el autocar en marcha para exigir silencio o, cuando menos, caridad cristiana para con su figura, y yo había tenido que hacer una parada con el volante que ni Banks a Pelé en Méjico 70. A aquellas horas de la mañana, ya salíamos de la última carretera comarcal por las que tanta querencia tenía y avistábamos la capital de Cantabria, el puerto de Castilla de toda la vida de Dios, la ciudad de Santander, donde pretendíamos ver el Racing-Sevilla de la temporada 1993/94.

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