El tiempo es el que es

Corría el verano de 2007. Las altas temperaturas se cebaban con Zagreb. Para situarnos, hablamos de calor nivel: viejos muriéndose. Lo que tres lustros antes no doblegó un kalashnikov, se lo llevaba por delante una triste hora de calor. La vida es una burla continua. Bueno, pues aquella noche de mediados de julio, servidor celebraba su vigésimo cumpleaños. Mi grupo de amigos, conformado por tres muchachos y cuatro chavalas, terminó en un parque público de la capital croata. Todo transcurría en alcohólica calma hasta que se nos aproximaron dos zagalas autóctonas. Tendrían unos dieciocho años, castaña una, morena la otra. La palidez de sus rostros sólo competía con la negrura de sus vestimentas. No portaban más armas que dos botellas calientes de vinorro blanco y una guitarra eléctrica que, huelga decir, no había forma humana de que enchufaran. Tardamos un rato en convencernos de que aquellas dos no actuaban como señuelo de un grupo de traficantes que, agazapados en la oscuridad, acechaban para desmembrarnos primero y negociar luego con nuestros todavía vigorosos órganos. Nada de eso. Las pobres eran hasta buena gente. Dos de mis amigos eran sobradamente más duchos con el inglés que yo, pero mi bagaje en conversaciones con majarones de toda clase y condición actuaba de tácita obligación para que llevara el peso de la charla. Lógicamente, la conduje hacia mis intereses.

Durante el día, me topé con una exposición que había convertido una larga avenida de Zagreb en una especie de paseo de la fama patriótico. Allí, sin escatimar en el tamaño de las fotografías, se admiraba la figura de personalidades croatas del mundo de las artes, la política o el deporte. Y, entre todos, me sorprendió sobremanera la ausencia de la rata ustacha. Quizás me cegaba mi condición de sevillista, pero no entendía cómo no se le rendía pleitesía a Suker. Como entre mis seis amigos no serían capaces de enumerar doce futbolistas de Primera División, ni se me ocurrió resaltarles tamaño error. Pero claro, ahora tenía delante a dos croatas. Saqué todo el repertorio: Mundial de Francia, Madrid, Ana Obregón. Resulta que la castaña no sabía ni quién era el bueno de Davor, pero la morena sí. Lo sabía perfectamente. Así, el fútbol fue monopolizando nuestra charla, a lo que la castaña reaccionó acercándose a mis amigos. Literalmente, la tía siesa estableció una separación física entre las siete personas ilustradas que desconocían qué es un fuera de juego y los dos bárbaros: la morena y yo. Mi contertulia achicaba el vino caliente como sospecho que sólo pueden hacerlo las mujeres engendradas durante un conflicto bélico. Y en esas pronuncié la palabra mágica: Sevilla.

Prometo que la boca de esa adolescente, con pinta de glosar las virtudes del último grupo que despuntaba en la escena hardcore punk de Rijeka, pronunció palabras celestiales. La tipa dijo “Alves, Kanouté”. No contenta con eso, prosiguió con Luis Fabiano, Palop (ahí incluso realizó un movimiento con la cabeza que evidenciaba un vahído colosal o una imitación del gol de Donetsk) y Maresca. Me quedé picueto. Ya luego se vino arriba e intentó comentarios por encima de las oportunidades que sus conocimientos le ofrecían, sospecho que con intenciones libidinosas hacia el melenas con el que hablaba. Pero lo importante estaba ahí. De entre los miles de equipos que existen en Europa, aquella gachí conocía el mío. Algo bueno tenía que haber hecho el Sevilla, que hasta muy poco antes sólo me había ofrecido disgustos, para ser conocido en aquellos lares. Vale que quizás fuese la única joven croata que sabía quién era Dani Alves, y vale que no fuera la chavala más cuerda de su bloque, pero para que te conozca una persona tan alejada que no viva entre parabólicas tienes que haber adquirido cierto status. Salvando las distancias, como cuando un moro de cinco años dice “Barcelona” o un chino “Leal Madlí”. Resulta que el reciente bicampeonato uefero había otorgado al Sevilla dimensión europea. Aquella noche lo constaté nítidamente. Mi equipo se había convertido en grande de verdad. Grande para el resto. La morena se despidió con embriagadas promesas de seguir el devenir sevillista en el futuro. Supongo que, de ser cierto, años después mojó las bragas con lo más bonito que jamás se enfundó la arlequinada croata. Sea como fuere, no volví a verla más. No obstante, su involuntaria revelación la tengo grabada a fuego desde entonces.

Y es que, de entre la vasta colección de frases execrables que se han instalado en el lenguaje balompédico, una de las peores es la de “no sabemos lo que estamos haciendo, con el tiempo nos daremos cuenta”. Pues mire usted, no. Yo, desde hace algunos años, soy plenamente consciente. El Sevilla Fútbol Club es una barbaridad inadjetivable. Su grandeza escapa a cualquier tipo de duda. Pobre del que no lo tenga claro. Vivimos el tiempo que nos dejan, y no hay más. Nadie va a venir a concederte una pizca porque fuiste incapaz de disfrutar cuando tocaba. Cierto es que el ruido mediático es considerable, y en estos días todo se reduce a cháchara estival: fichajes, ventas, rumores y mucho mamoneo. Pero anteayer, como aquel que dice, el Sevilla lograba en Varsovia su cuarta Copa de la Uefa. Quizás sea cierto que el fútbol no tiene memoria, pero nosotros sí. Y de entre los fichajes que no te gusten, los traspasos que te apenen, los amistosos en los que se ofrezca mala imagen y la mano de pintura que te parece mal dada en la remodelación del estadio, conviene sacar un segundo al día para separar el grano de la paja. Para recordar lo inolvidable. Somos grandes para siempre. Porque, al final del día, los pequeños detalles positivos son los que justifican la existencia. Como reza el estribillo de aquella superlativa canción de Sabina, tenemos “más de cien motivos para no cortarse de un tajo las venas, más de cien mentiras que valen la pena” y, de entre todas ellas, probablemente el fútbol sea la más bonita.

Más que un posible título, que también, nuestra cuarta Supercopa de Europa no hace más que continuar la confirmación externa de la categoría adquirida. Lo bueno es que cada uno tendrá su particular morena croata, pero esta clase de encuentros sirven para otorgarle oficialidad y unidad a ese sentimiento. Es una fiesta elitista a la que ya accedemos con la soltura de los miembros de la realeza. Así que el martes no nos queda sino disfrutar de ese partido que se juega en el culo del mundo. Antes del banquete, levantémonos y alcemos el vaso por nosotros mismos. Aunque alguna se tornase amarga, recordemos las tres supercopas anteriores. Brindemos por ellas. Salud, salud, salud. Y, por supuesto, por la que aún queda por disputar. Salud.

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3 comentarios

Archivado bajo La previa de la jornada

3 Respuestas a “El tiempo es el que es

  1. Álvaro Ruiz

    Otra maravilla, para variar.

    Yo me dí cuenta de la dimensión que ha tomado (para siempre, no lo olvidemos…) el Sevilla cuando el año pasado charlaba con un cliente italiano, turinés para más señas, y me dijo que envidiaba al Sevilla. Ojo. Un hincha de la Juve. Que sí, que vale, que estaría aún frustrado por la reciente eliminación a manos del Benfica, pero que uno de la Juve te diga que envidia al Sevilla, pues es de emplame modelo “me he tomado una tortilla de Viagra”.

    Una puntualización: sin restarle méritos artísticos, Joaquín Sabina resulta que es del Atleti. No del Madrid o del Barsa, no. Del Atleti. De entre todos los equipos execrables, el que más. Un equipo que cuenta entre sus aficionados más ilustres al rey Felipe VI, Belén Esteban, José Antonio Griñán y Torrente. Parafraseando vuestra entrada sobre Cassano y Florencia, “gente sana, en definitiva”. Torrente, a pesar de ser imaginario, quizás sea la quintaesencia de lo que significa ser del Atleti, así que no volváis a estropear un post sublime mentando a gente del Atleti. Por muy buenas canciones que hagan, coño.

    • palanganismoexacerbado

      Hombre, ya, pero cuando se nos viene a la mente una cita o un verso, tampoco es plan de desecharlo por la vida privada de su autor, que suele ser accesoria. Por mucho que el susodicho apuñale a viejos, sodomice a monjas o, incluso, sea del Atlético de Madrid.

  2. Anónimo

    Hace unos días andaba yo por la costa de Huelva, concretamente en Punta Umbría, donde suelo pasar mis vacaciones desde que había que llegar a ese antiguo refugio de maleantes por Cartaya..
    Me acerqué a la gasolinera a llenar el depósito y al ir a pagar, el empleado, con un acento choquero que tiraba de espaldas, al ver mi camiseta me comentó: “¡¡¡Vaya equipazo que estáis haciendo otra vez este año!!!. El chocoplancha ese tiene una pinta espectacular. Le vi en la final de la UEFA y me pareció un jugador de equipo grande”.
    Le agradecí el comentario intentanto ocultar mi sorpresa por el halago en un sitio tan madridistamente hostil.
    Comenté más tarde con mi entorno palangana que ese tipo de reconocimiento era impensable hace solo una década. Algo habremos hecho…
    Por cierto, magnífico el post. Como siempre…

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