Pasar la SE-30 debería estar penado

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Era demasiado joven y estaba a 800 kilómetros de mi casa, considero disculpables mis dos impresiones. La primera, ver salir al Sevilla de rojo. Una cuestión de costumbre, en los primeros 90, el Sevilla vestía de blanco inmaculado. Sabía que allí iba a vestir de rojo, pero, no sé por qué, no me lo esperaba. La segunda, que lo abuchearan a la salida. Esa todavía me dura. No comprendo cómo se puede ser tan hijo de la gran puta para insultar al Sevilla. Una vez, en Salamanca, me giré hacia la afición local e hice contacto visual con una vieja que insultaba a nuestro equipo. La interpelé así: “Señora; al Sevilla, palabrotas, no. Al Sevilla, besitos”, al tiempo que tiraba besos, ora con la mano izquierda, ora con la derecha. Se me quedó mirando unos cinco segundos y desapareció. Creo que evangelicé a un alma perdida. Lo último que sé de ella fue que llamaba a dos números de la policía nacional y, mientras conversaba con ellos, me señalaba llevándose un dedo a la sien. Aquella tarde del Sardinero formaba parte de una de esas temporadas noventeras en las que el desplazamiento más cercano era Albacete. Habíamos salido de Sevilla a las diez de la noche del sábado, recorrido la península durante catorce horas y presentado en Santander con el tiempo justo de ver el partido. Me gustó. Me gustó muchísimo esa especie de mística de marchar como un ladrón en la noche, cuando todos dormían o se drogaban, en pos de un bien mayor y comunitario. (Cuando los soldados soviéticos llegaron a Alemania, vieron en las granjas, en los pueblos, en las fábricas de sus enemigos, un nivel de vida, unas comodidades, completamente inconcebibles para ellos. No entendían cómo gentes tan ricas habían invadido el culo del mundo que ellos llamaban hogar. A veces, cuando hablo con sevillistas diez o doce años menores que yo, me siento como uno de esos soldados.) Creo innecesario decir que perdimos. El fútbol, como la vida, está fuera de casa.

Hay dos frases en la mamarrachada complaciente y pequeñoburguesa de “El hijo de la novia” que me gustan mucho. Una es cuando Verbeke le dice al Darín, yo valgo. Yo valgo la pena. Ante esa declaración, un hijo de Pino Montano salta la mesa de la cafetería donde hablan y le come el chocho ahí mismo. La otra es del cocinero del restaurante, también hablando con el Darín, que le dice que él, lo de trabajar con gente que no conoce, como que no. Los de la multinacional italiana pagarán bien, querrán tenerlo como jefe de cocina, pero mira, no va a poder ser. Me pasa lo mismo que a ese señor, pero con las ciudades. Soy muy tolerante, pero en ciudades sin Giralda… No me hallo. Falta algo; más bien, falta todo. La cerveza es horrible y nunca está fría. Sí es frío todo lo demás. El aire, las personas, hasta los perros parecen menos fieles. Los estadios los construyen de cualquier manera, sin un mosaico que coja toda la fachada y deje bien claro quien juega allí. No muestran cariño ni para los tejados de las casas. Con esas pizarras inclinadas, ¿dónde tenderán la ropa las viejas? Lugareños que hablan raro y escupen la palabra “sevillano” como si dijeran “selenita”. No saben tocar las palmas y los goles no son un griterío sano, sino una carcajada atronadora que se clava en el estómago. Peor que cuando con 12 años te topabas con tres gitanos y te decían, asombrados, que llevabas los botines de su hermano. Al final del partido, ves vaciarse el estadio, los hinchas rivales vuelven a sus casas y estarán cenando mientras a ti te quedan, al menos, 550 kilómetros de autobús con cero puntos que sumar al casillero. Son derrotas completas, tan desoladoras que sólo queda reafirmarse. Hay viajes de los que no se vuelve. No salgas nunca de Sevilla. Es malo para la salud.

Si continuas por ese camino, puede que algún día, en una final, algún sevillista te vea abrazarte a un amigo y piense, mira esos dos. A esos dos subnormales los vi igual, hombro con hombro, en campos de Segunda. Y ahora están aquí, como siempre. Se arriesgaron mil veces y perdieron. Hoy lo han vuelto a hacer. Están con su gente, al aire libre, a miles de kilómetros de su casa. Han venido y han vencido. Bien está que así sea. Quien se mancha las manos y el alma, tiene derecho a que le mientan. Si quieres ser recordado así, sigue. Porque ya no hay remedio. Y, aunque no lo sepas, tienes un premio que está por encima de la muerte. Cuando tu equipo marque un gol fuera de Sevilla, lo sabrás antes que los que se quedaron en casa. Durante cuatro, cinco segundos, sólo tú sabrás que el Sevilla es campeón, que ha descendido, que ha vuelto a las andadas, que el sevillismo puede empezar a celebrar o a entristecerse. Tendrás un don sólo reservado a los inmortales. Verás el futuro de lo más amado. Como Apolo, conocerás antes que nadie los deseos de Zeus. Un puñado de segundos que, mientras otros los pasan mirando la tele con cara de tontos, tú disfrutarás o maldecirás antes que nadie, atesorando, sólo para ti, toda la gloria y la miseria de ser sevillista. Por un instante serás un dios. Así que ve a Varsovia, si puedes y te apetece. Opino que vivir el cielo y el infierno merece la pena.

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4 comentarios

Archivado bajo Mejor fuera que dentro

4 Respuestas a “Pasar la SE-30 debería estar penado

  1. Fernando Pérez

    Cuantos años se necesitan para acostumbrarse a esto, cuantos kilómetros, cuantas lágrimas vertidas sin alivio alguno.
    Una semana ya y el nudo en el estomago no se va, será una ciudad gris pero nosotros la haremos vibrar como si del sur fuera, y sí, esos segundos en los que ves a tu equipo ganar y te abrazas al que está a tu lado, y recuerdas a tu padre o a tu hermano que no lo pudieron vivir nunca a pesar de seguirlo durante años, habrán válido la pena todos los esfuerzos y todas las miserias que hemos vivido durante tantos años.
    Casi me da igual (creo que me miento a mi mismo) ganar la cuarta, pero el hecho de estar allí, con mi equipo, con los que lo dan todo por estos colores y vivir otra final europea, hara que olvide todo lo que me costará llegar allí.
    Perdón por explayarme, peo me haces pensar. Gracias PEX.

  2. Pablet

    Magnífico. Nos vemos en Varsovia.

  3. Samuel

    Como colorario a este magnifico texto, yo digo que, en Varsovia, es imposible que perdamos. Porque ya hemos ganado.

  4. Pingback: No duerme nadie, nadie | Palanganismo exacerbado

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