Tú eres el equipo que yo nunca soñé

Supongo que a ustedes, estimados lectores de esta humilde bitácora, también les ocurrirá algo parecido. Cada persona conserva en el recuerdo algunas ciudades que, con sólo aparecer en la rutina diaria, consiguen arrancarte una sonrisa, casi siempre nostálgica. Como el ciudadano acostumbra a vivir en una constante dicotomía de amor y odio con el lugar en el que habita, nos referimos, claro está, a una ciudad que no sea la propia. Al que esto escribe, por motivos que no vienen al caso, lo descrito le sucede con Florencia. Y, ante estas semifinales ueferas, una extraña pregunta flotaba en el aire. En caso de no pasar a la final, ¿iba a permitir que variase mi excepcional recuerdo florentino el hecho de que el Sevilla se hincase de rodillas allí? O, trasladando la duda al resto del sevillismo, ¿podríamos ponerle una cruz eterna a una ciudad tan importante, desde todos los ámbitos posibles, por un mero resultado deportivo? Sinceramente, como estamos tan tocados de la cabeza, menos mal que hemos pasado a nuestra cuarta final europea y hemos esquivado la tesitura de tener que comprobarlo.

Y la hemos esquivado porque somos tan buenos que asustamos. No a los rivales, que también, sino a nosotros mismos. Nos plantamos en el Artemio Franchi con renta suficiente pero en el primer minuto ya forzamos un córner y tenemos una media ocasión. Luego ellos meten algo de presión. Obviamente, esto son unas semifinales y el rival es muy bueno. Y Sergio Rico demuestra que, quizás, se ha hecho hombre y que algunos, o todos, hemos sido muy injustos con él. Pero el partido sigue y ya llegamos nosotros. No es momento para loas individuales, porque lo de este equipo en su conjunto es un escándalo. Así que diremos que llegan todos. Y marca uno Bacca, con celebración muy de Martí y de Rafa Paz por parte de Coke. El mismo que luego recoge una barbaridad de pase de Banega para ponérsela a Carriço, que la mete dentro y condena el resto del partido a algo similar a las pamplinosas giras de la LFP.

En el segundo tiempo más de lo mismo. A los de la tele les faltaba hablar de tetas para que la gente no se durmiera, porque hoy hemos descubierto que podemos ser tan superiores como para aburrir. Mucho toque, mucho aguantar, Banega al banquillo que tenía amarilla, y que corriesen los minutos. La grada sevillista rugía, despertando a los sevillistas que lo veíamos por televisión, henchidos de orgullo. Qué cosa más grande. Ni de penalti han podido marcarnos. Hemos acabado una (otra) semifinal europea con un global de cinco a cero. Avasallando. Da igual que sea con una prórroga primeriza de infarto, remontando una eliminatoria en casa, con un cabezazo sublime en el 93 o siendo inmenso 180 minutos. Al final, semifinal que jugamos, semifinal que gana el Sevilla. Tanto, que el público italiano ha despedido al Sevilla con aplausos. Sí, ya somos esa clase de equipos. Y sólo nos queda brindar por ello.

Un último apunte. Imagino que cada sevillista tendrá sus versos favoritos de entre todos los que conforman los cánticos que salen del corazón del Sánchez-Pizjuán. Yo no soy capaz de quedarme con uno, pero siempre me gustó mucho el de “Vamos, vamos, vamos, vamos otra vez, tú eres el equipo que yo siempre soñé”. Y claro que vamos. Cuatro veces, una por cada final europea conquistada. Cuatro, sí. Hasta ahí todo bien, pero el tiempo se ha encargado de convertir la segunda frase en una maravillosa mentira. A mí, cuando era pequeño y me regalaban mis primeras camisetas sevillistas, lo único que me salía desear cuando cerraba los ojos era que, alguna vez, jugásemos una final de Copa del Rey. Y, si se podía, pues ganarla. Luego ves que otros equipos malísimos hacen cosas en Europa, y piensas que eso no estaría mal tampoco. Tener una participación europea interesante, o al menos clasificarte para intentarlo. Muy bien, ¿pero esto? Esto es demasiado. Basta enfrentar tu mirada a la de cualquier sevillista para cerciorarte. O a la tuya propia ante el espejo. Esto es demasiado, y quizás por eso lo disfrutamos tanto. Implorábamos un triunfo, aunque fuese pasajero. Y aquí estamos, con nuestra cuarta final europea en menos de una década, después de haber ganado las tres anteriores y desde ya apretando los dientes para llevarnos la cuarta contra los ucranianos. Esto es demasiado. Ser, incontestablemente, un grande de y por Europa. Un gigante de este siglo. Un equipo legendario, por muy rimbombante que suene. Este equipo es de leyenda. Desde Biris me permitirán que les rebata el cántico. Yo, eso, no lo soñé jamás. Ni yo ni ninguno de nosotros. Cómo íbamos a atrevernos.

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3 comentarios

Archivado bajo A toro pasado

3 Respuestas a “Tú eres el equipo que yo nunca soñé

  1. “cuando era pequeño (…) lo único que me salía desear cuando cerraba los ojos era que, alguna vez, jugásemos una final de Copa del Rey.”

    No sé cuantas veces antes de Eindhoven habré pensado esto, incluso me conformaba simplemente con jugar la Champions un año, algo que nos hiciera huir momentaneamente de la mediocridad tipo Valladolid… ¡coño que hasta el Recre o el Osasuna habían jugado finales o había visto como la Real o el Athletic le disputaban una liga al poderoso de turno!

    Tienes razón, yo tampoco soñé esto nunca…

  2. Anónimo

    A mi se me ponia la carse de gallina cuando llegaba a una final en la play station con el Sevilla, y al ganarla veía los papelillos blanquirrojos por todos lados.
    Y ahora sigo emocionandome, por supuesto, pero en la vida real.

  3. Álvaro Ruiz

    Mis versos favoritos son “dicen que nunca se rinde, que el arte de su fútbol no tiene rival”. Resume perfectamente en lo que se ha convertido el Sevilla. No hay que darlo jamás por muerto, es capaz de resucitar una y mil veces y ganarte en el último suspiro, con un gol del portero si hace falta. Y el arte de su fútbol lo entiendo no sólo como taconcitos y regates para la galería, sino como atosigar al rival, encerrarlo, desesperarlo, comerle la moral. Que se crean que ya han ganado y remontarles, que se crean que van a remontarte y marcarles en tu primera llegada. Demostrarles que con el Sevilla FC no se juega.

    Eso también es, o sobre todo es, arte. Preguntadle a ese maestro llamado Bilardo.

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