Nos la suda tanto el “Euroderby” y sabemos que creamos tendencia, que nos vamos a poner a hablar de pasos y fútbol

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Nada más traspasar el umbral de capirotes Molina, en la calle Alcaicería, supe que se mascaba la tragedia. En aquella tienda angosta, que todos los sevillanos de bien que alguna vez hayan acompañado a sus sagrados titulares en estación de penitencia a la Santa Iglesia Catedral Metropolitana conocerán, rodeado de escudos bordados, antifaces, telas de arpillera y morcillas para costales, cinturones de esparto, botones forrados para sotanas y túnicas, fajas para costaleros y docenas de capirotes de cartón, pues hablamos de los años 90, tiempos homéricos en los que los capirotes de rejilla no existían porque a una penitencia se va a sufrir, en aquel templo de la sevillanía, vi que sólo tenía a dos clientes por delante. Por desgracia, eran dos chavales de unos diecisiete años que pedían a voces al dependiente que les dijera el diámetro craneal de cada uno para ver cuál de los dos tenía más cabeza. Por mí, me hubiera ido y vuelto en mejor ocasión. Pero al día siguiente ya era Domingo de Ramos y el oldface me esperaba en el bar Manolo de la Alfalfa tomando un refrigerio (un cubalibre de coñac) y preferí la humillación de dos desconocidos a una mano de hostias por no cumplir con mi obligación. No me acuerdo de cuánto les medía el garbanzo a aquellos dos. Nada fuera de lo común. “Pasa, mi arma”, me dice el dependiente después de un cuarto de hora remoloneando en la entrada, viéndome tímido y con mi antifaz de ruán negro bajo el brazo. Me sienta en una silla de enea, me levanta la cabeza posando ambos pulgares sobre los mastoides y con sus dedos corazón eleva mi mandíbula. Ni quería mirar al frente ni sabía dónde meterme. “Sesenta y cuatro”, dice con voz estentórea y un bufido de admiración a la señora que confeccionaba los capirotes en la trastienda. Tenía el doble de cabeza que aquellos dos juntos, que me sacaban unos cuatro años y empezaban a darse con el codo y a mirarme con conmiseración, porque fue tal el repaso que les di con mi espectacular resultado que ni ganas les dieron de reírse. Que estará malito, el chaval, pensarían. Una hora larga tardaron en hacerme el capirote. No por la pedazo de chorla que me corona, o no exclusivamente, sino porque, como sabrán todos los hermanos de Silencio, Gran Poder, Calvario, Estudiantes y otras, un capirote de más de un metro de alto es una de las mayores putadas que se le pueden hacer a un hombre, mucho mayor que el cinturón de esparto de treinta centímetros de anchura que debemos llevar. Cuesta Dios y ayuda armar la parte superior del cartón para que quede firme, no se venga abajo con el peso del antifaz ni se chafe a la menor presión que se le ejerza. Cuando estaban a punto de entregarme, por fin, el capirote, vuelven a pasar los dos mamones que hacían cola antes que yo y ahí se les olvidó toda la caridad cristiana y empezaron a descojonarse viendo el trabajito que costaba atender a un tipo tan cabezón, carcajadas a las que se unió sin dudarlo el oldface, que llegó al mismo momento a recogerme y entre risotadas me decía “qué, que no hay manera, ¿no? Si es que eres un fenómeno. Pero un fenómeno de circo, mariconazo”. 

Me dio lo mismo. Total, lo de la cabeza no era fruto de un accidente ni incapacidad sobrevenida. Llevaba trece años con ella y ya me sabía todos los chistes. El gusto por la iteración es algo muy sevillano: las igualás, las moñas de la Feria, la lluvia del Viernes Santo y el resultado de los derbis. “Siempre es igual pero siempre es diferente”. Sí, claro; algún año entras en la cuadrilla de tus sueños, una primavera te tajas con manzanilla y a la siguiente con cubatas, el Cachorro tal vez se quede dentro, tal vez se refugie en el Santo Ángel y al Betis pueden caerle tres, cuatro o sólo uno si acabamos con nueve. La iteración siempre ha sido muy del agrado de tres públicos fundamentales; los gañanes de la Edad Media que podían escuchar diecisiete mil doscientas cincuenta y ocho veces el mismo romance, los niños que ven “Monstruos S.A.” todas las tardes para almorzar y los sevillanos, que vivimos en un bucle infinito. Ni el gusto por hacer lo mismo todos los meses de abril ni la inclinación a insultar con saña a pobres hidrocefálicos iba a joderme aquel sábado. Porque, aparte de quedarme poco más de cinco días para defender el dogma de la Pura y Limpia Concepción de María por las calles de Sevilla por primera vez en mi vida, esa tarde había visto a Davor Suker cumplir su promesa de principios de temporada de llegar a los veinte goles en competición liguera cuando en el minuto 86 del partido que enfrentaba a Sevilla y Club Deportivo Logroñés cabeceó a la red un centro de Soler. Llegó a la veintena prometida como a él le gustaba firmar sus tardes señalaítas, con un hat-trick. Pero qué bueno era, el cabrón.

Estas ganas de fútbol y pasos eran de una insensatez pasmosa, más fundada en la poca edad y la ilusión que en la observancia de hechos empíricos irrefutables. Una ley no escrita de la reconocida mediocridad del Sevilla Fútbol Club establecía que, con la llegada de la primavera, el equipo se iría a tomar por culo sin importar su trayectoria anterior. Aquel año, por ejemplo, quedaban ocho partidos. Sólo ganamos tres. Y nos quedamos a un punto de la UEFA. En la 89/90 ganamos 0-3 el Domingo de Ramos en Oviedo. Sólo volvimos a ganar otro partido hasta el final de la temporada, clasificándonos para la Copa de la UEFA gracias a la pedazo de temporada que había hecho hasta ese momento el Sevilla de Cantatore, pero si llega a durar el año dos partidos más, el Logroñés nos quita la plaza uefera como hay Dios. La 90/91, ganamos tres partidos de once. La 91/92, uno de ocho. Aquel año, a los pasos, la Feria, el Rocío y el día del Corpus, sumamos la Expo, y el Sevilla estuvo a la altura. Ganó ese partido, contra el Real Zaragoza, y otro punto más, un empate a cero en casa contra el Cádiz, perdiendo los seis restantes. Al año siguiente, con don Carlos Salvador Bilardo, que estoy seguro de que odiaba con toda su alma la idiosincrasia y el alma del sevillano porque no olvidemos que hablamos de un señor que se vestía por los pies y que la única iteración que consideraba plausible era la de la victoria, ganamos seis de 10. El único entrenador en décadas que tuvo balance positivo desde que salió la Cruz de guía del Porvenir hasta el final de la temporada. El siguiente en hacerlo fue don Joaquín Caparrós Camino. Volveríamos a las andadas en la única temporada completa de Manolo Jiménez como entrenador sevillista. Las casualidades no existen.

Ser de un equipo cuya planificación de la temporada podría resumirse en “gana todos los puntos posibles en invierno, que estos tarados no tienen nada que hacer en esa época y cuando llegue la primavera y estén borrachos cinco días a la semana si se te cae el equipo pues mala suerte”, es razón suficiente para acojonarse con la llegada del buen tiempo, el cambio de hora y la chorrada esa del azahar por la calle, otra historia de esta ciudad que decimos que es de toda la vida cuando lo cierto es que fue un invento de Aníbal González para la Exposición del 29. No, lo sentimos; Bécquer nunca compuso una mariconada de las suyas mientras olía el azahar por la calle. Sin embargo, con la proliferación de las redes sociales, aún hay un motivo más para detestar esta estación, como son las gilipolleces que hay que leer y escuchar sobre la hecatombe que puede acaecer en Sevilla en el caso que se celebre un partido de fútbol mientras hay hermandades en el centro. A bote pronto, en esta casa recordamos los siguientes partidos jugados en Semana Santa: Sevilla-Cádiz de la 88/89, Sevilla-Oviedo de la 92/93 y Sevilla-Zaragoza de la 95/96, todos a las 12 del mediodía del Domingo de Ramos. Sevilla-Zaragoza de la 05/06, Domingo de Ramos por la tarde (qué golazo nos metió Sergio Falete García). El Sevilla-Hércules de la 98/99 en Miércoles Santo por la tarde. El Lunes Santo de 2012, Sevilla-Mallorca. Incluso un España-Malta de la fase de clasificación para el Mundial de Italia 90 que se jugó un Jueves Santo a las 12 de la mañana en el Benito Villamarín. Más, por supuesto, la joya de la corona, el Sevilla-Tottenham de la ida de cuartos de final de la Copa de la UEFA, cuando parece que se instauró esta mamonada de poner el grito en el cielo porque un partido de fútbol se juegue con pasos en la calle, porque en ni uno solo de los ejemplos anteriores nadie tuvo las pocas luces de hacer objeciones a la fecha de los partidos. Parecía que los hinchas ingleses no venían a ver a su equipo, sino a volcar pasos, quemar iglesias, violar monjas y horrorizar niños. Al final, los pobres ingleses, incluso habiendo presenciado el alevoso atraco que sufrió su equipo a manos de un árbitro que debería tener un busto en el antepalco del Ramón Sánchez-Pizjuán, no hicieron nada fuera de lo común, vieron el partido y se volvieron a su tierra sin meterse con nadie que cree en la existencia del alma y la trascendencia de esta a un estado superior tras la muerte.

Y dejamos para el final, fariseillos míos, los partidos jugados en Sábado Santo. Sólo en este siglo se han jugado en Sábado Santo por la tarde el Betis-Villarreal de 2012, el Sevilla-Tenerife de 2010, Sevilla-Atlético de Madrid en 2008 y el Sevilla-Real Madrid de 2002, tarde imborrable en la que nuestro nunca bien ponderado consejo de administración tuvo a bien declarar como día del club, tasando el precio de las entradas para abonados del Sevilla de grada de gol a precios populares: 20 pavos por cabeza. En ningún caso se habló de la idoneidad de que estos partidos tuvieran lugar mientras unos cuantos miles de sevillanos hacían protesta pública de fe por las calles de la ciudad. Nos preguntamos, camaradas, si Los Servitas o la Soledad de San Lorenzo no merecen la misma consideración y celo que San Roque o La Paz. O tal vez sea que el Sábado Santo, quien más quien menos está ya hasta los cojones de pasos y prefiere el fútbol y ya nadie tiene ganas, después de una semana de jarana, de poner el grito en el cielo por la seguridad de los cortejos, el respeto a las tradiciones ni la salvaguarda del patrimonio humano.

Como si nos faltaran motivos para el drama con dos equipos tan malos, no saquemos romances absurdos porque a tres kilómetros de un estadio haya gente haciendo cosas de la Contrarreforma. Que cada uno haga lo que crea más conveniente, que elija y con su pan se lo coma. Pero no jodamos con tonterías. Por nuestra parte, como es norma en PEX y tenemos grabado a fuego desde hace años, seguiremos nuestro precepto de “ya pueden crucificar a mi padre que yo no me pierdo el partido”.

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Nos la suda tanto el “Euroderby” y sabemos que creamos tendencia, que nos vamos a poner a hablar de pasos y fútbol

  1. Pues a mí lo de jugar a las 12 de la mañana el Domingo de Ramos me hacia gracia. Era una especie de tradición y de partido especial porque era el único en todo el año en que se jugaba a esa hora en casa (y fuera salvo que ese año hubiera que visitar Vallecas).

    Otra cosa que se ha cargado el furgol moenno.

  2. Camilo Sexto

    Supongo que ya habrás visto esto:

    Un Sevilla-Betis el Domingo de Ramos de 1981.

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