Mentiras maravillosas

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Aquel partido era cuestión de vida o muerte. Ganar; caiga quien caiga. Lo de esa noche sí que fue jugar bajo presión. Por misterios del PGOU praguense, la residencia de estudiantes se emplazaba al lado de una base militar donde quintos venidos de todas las regiones checas hacían la mili, mientras a pocos metros los pocos eslavos privilegiados que podían costearse una educación universitaria y unos pocos extranjeros estudiábamos, pernoctábamos, nos drogábamos y convivíamos. La residencia, una especie de Pablo de Olavide post-comunista, tenía sus edificios clasificados por letras; cada edificio, una cantina especializada. La del E, era para comer. La del C, perfecta para tomar café a media tarde y agenciarte a alguna incauta. Mi favorita era la cantina del F. El antro. El Remesal de Conde de Torrejón es un lugar con clase a su vera. Por desgracia, también era la opción de ocio preferida de los conscriptos. El bar del F no cerraba hasta las 5 de la mañana en un día flojo y, como el resto de locales, contaba entre sus atractivos con un futbolín. Aquella noche, dos soldados, ciegos de metanfetaminas, cráneo rapado, pantalón de camuflaje, torso desnudo y tatuajes de tela de araña en cuello y cabeza monopolizaban el futbolín en un “rey de la pista”. Harto de Budejowicky, me levanté y decidí postularme como aspirante ante aquellos dos hijos de puta. Pensaba contar como pareja con el Paquito, un chaval de Madrid, y del Atleti, que acababa de conocer cuando él me preguntó “Dis is de toilet” a lo que yo le respondí, “Porque soy de Sevilla, que si no meas fuera en un árbol. Mamona”. El planteamiento fue el siguiente: Paquito, aparquemos nuestras diferencias. Somos españoles. Como el futbolín. Honremos la memoria de don Alejandro Finisterre, de los tercios de Flandes y de la madre que nos parió y demos lo suyo a esos dos subnormales. Hagámonos acreedores de los laureles del vencedor o, en vista del talante de los adversarios, la palma del martirio. Paquito asiente sin dudar. Mas hete aquí que se cruza el amor. Una checa clavada a Esther Cañadas empieza a bailar sicalípticamente con él, le refriega su pedazo de mojino por tan inexperta entrepierna y se me va al carajo mi pareja en la justa que ya alboreaba. Cuando los dos mierdas aquellos despachan a sus últimos contrincantes me miran, echo una ojeada alrededor y sólo veo a la Bettina. Una Erasmus de Dresde. Que ya hay que ser gilipollas para irte de Erasmus a una ciudad a 200 kms. de la tuya. Bettina, vamos allá. Recuerda el Saco de Roma y lo bien que nos portamos españoles y alemanes a las órdenes del emperador Carlos. Bettina, como una Andreas Hinkel de la vida, da el do de pecho y se convierte en un coloso en defensa. Vamos aguantando bola a bola, haciendo sudar tinta cada gol de los soldados, convirtiendo, por mi parte, todo lo que llega a la delantera. Del cajetín salen nueve bolas. El combinado germano-español se planta en un 3-4 contra pronóstico. Escucho diecisiete veces “spanielsko” y “curva”. Curva en checo es puta. Pero allí lo de “hijoputa, cómo juega” no lo dice nadie. Puta es peor que cagarte en los muertos de alguien. Saco la bola que debe darnos la victoria. Miro a los ojos al cabrón que lleva los mangos de portero y defensa rivales y le digo, en perfecto español, “pero so maricón, que eres maricón, que tanto tatuaje y tanto músculo es puro complejo, ¿tú has jugado a esto en La Sala de Pino Montano ni na?” Al ver que se tuercen los semblantes, pongo mi sonrisa Joan Manuel Serrat recital en Chile 1969. Y aquí viene el golpe maestro. Antes de arrojar la bola al futbolín, hago como si cascase un huevo. Los checos, poco imaginativos genéticamente, como ya los retrató Bram Stoker, se desconcentran, mi alemana de mis entrañas y su talla 120 de busto enganchan una volea inapelable hacia el marco contrario que rebota en ambas aristas y no entra porque Dios soporta menos a los malditos teutones que a los soplapollas de los checos. Hay que seguir la jugada. Los putos quintos evolucionan a pesar de mi férreo catenaccio planteado con las líneas media y de ataque. Bettina, tal vez desmoralizada por su ocasión marrada pocos segundos antes, coloca deleznablemente a portero y defensa. Viendo el desaguisado, alargo mi mano izquierda para corregir la desaplicación defensiva, tomando, en lugar de la barra del portero, un seno de mi camarada, que exclama “Scheisse!”, suelta al portero, la bola impacta en este y, ante el desconcierto rival y la hostia que iba a meterme la jodía gorda, aprovecho para hacer una finta con el jugador central de mi línea media y dar un certero giro de muñeca, que introduce la bola en la portería contraria. Allí cundió el delirio. Cogí la última bola que quedaba, que ya no serviría para nada, y la puse dentro de nuestra portería, mientras me carcajeaba de los contrarios. Al grito de “No son comunistas, son hijos de puta”, o “Vivan las gloriosas tropas del Pacto de Varsovia, que bien os entendieron en el 68”, si bien este cántico me costó una mijita hilvanarlo, me sacaron a hombros del bar del F. Todos odiaban a los putos soldados que venían a la residencia de juerga. Y, como Rodrigo de Triana el 12 de octubre de 1492, tuvo que ser un borracho sevillano el instrumento de la civilización que acabara con tanta barbarie.

Una semana después del Sevilla-Barcelona de domingo de feria, con gol de Monchu de media chilena (y golazo de Sergi de cabeza en propia meta), jugábamos en Sarriá. Allá que fuimos De la Quadra Salcedo y yo. Sólo pisamos la futura capital del Estado Catalán el tiempo justo de ver el partido, a pesar de que llegamos a nuestro destino seis horas antes del comienzo. Estuvimos todo el día en San Andrés de la Barca, pues esperaban a la expedición de hinchas sevillistas en una peña del pueblo. Después de que se les regalara una foto enmarcada de aquel banderón rojiblanco en el que sólo aparecía la leyenda “Biris Norte” y de que no nos dejaran pagar una sola copa, empezamos a hablar con los sevillistas de Cataluña. Lo más curioso es que de quien tengo mejor recuerdo, y don Miguel, esté donde esté, seguro que también, fue de un señor bético de Granada que se apuntó a la fiesta y tuvo la desgracia de pegar la hebra con estos dos indeseables. Me gustó aquel nota desde el principio. Su manera de preguntar, oye, y cómo va la cosa por Andalucía, como si se refiriera a un pueblo de dos mil habitantes; o su reflexión, “si los andaluces quisiéramos”, me movieron cosas por dentro que yo creí que no estaban ahí. Lo que nunca olvidaré fue su pregunta, en un tono completamente inocente, poco antes de irnos, de “bueno, y ahora, vosotros, para casa, ¿no?” como si tuviéramos otra opción. De aquella media sonrisa al hacer esa pregunta no me voy a olvidar en mi puta vida. De la media sonrisa del bético de Granada ni de que el Español, el cacho cabrón, había hecho un llamamiento a las peñas béticas para que los animaran en nuestra contra, de la cara del que se tuvo que bajar del autobús a sacar las entradas, que volvió blanco como un lavabo al comprobar el ambiente, del precio de las entradas (2.300 pelas) que le hizo dar a ese santo varón dieciocho mil vueltas para darnos el cambio pues nadie llevaba el importe exacto, ni del gol de Juanito en el minuto 95, de volea, a la salida de un córner, que significaba el 2-2 definitivo. Aquel año fuimos a la UEFA por un solo punto. Tan justo es considerar crucial ese gol como cualquiera de Suker o Moya para la consecución del objetivo. Claro que, por haber tenido el honor de compartir aquel día con sevillistas de verdad como aquellos emigrantes andaluces, ese remate de Juanito para mí siempre será el gol de la 94/95.

Como dijo un ídolo del creador de esta casa, Carlos Bukowski (personalmente no le niego méritos, pero me parece un Hemingway con la espalda llena de barrillos), esto es lo que quiere la gente: mentiras maravillosas. Nunca hubo tales asuntos, en realidad. O bien la memoria los ha deformado, o bien nunca existieron esos andaluces en Cataluña, esos sevillistas que en la distancia parecían tener más vergüenza que cualquiera nacido en la calle Relator, jamás hubo un Rodrigo de Triana ni, por supuesto, nunca me tiré a la Bettina después de haberle roto el culo al futbolín a dos farfollas de un ejército de chichinabo. Ciertamente, todo son cuentas de resultados, balances, acciones, herencias y sociedades mercantiles. Todo lo anterior lo hemos imaginado. Son cosas que sólo suceden a quien cree en los Reyes Magos. O que sólo suceden a sevillistas.

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3 comentarios

Archivado bajo Memorabilia

3 Respuestas a “Mentiras maravillosas

  1. Anónimo

    Sus muertos…yo estuve viviendo en San Andrés en el 93. Esta gente son tan sevillistas como el mosaico de preferencia…y diría que más que el mosaico de Gol Sur.

  2. Pepillo "El Gamba"

    Más de un mes lleváis sin publicar, cacho mamondrios.

    Se ve que lo de la productividad sus la suda, so cabroncetes.

    De lo que se deduce que el el que no jode no produce. Y no digamos ná del que no escribe.

    ¡A ver si espabiláis, carajo!.

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