Juego de niños

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Tenía un cabreo de cojones aquella tarde desde lo de los animales domésticos. Serán judas, los muy cabrones. La señorita nos explicaba qué era eso de animales salvajes y domésticos y, para implicarnos y fijar bien esa enseñanza, nos preguntó qué bicho teníamos cada uno en casa. El Manolito, que aparte de bético era imbécil, una perra que se llamaba Silvia. La Patri, dos tortugas sin nombre porque según su padre los galápagos no merecen esas consideraciones. Yo mantuve mi mano en alto hasta que me dieron la palabra. Tengo dos canarios, señorita. ¿Y cómo se llaman? Lenin y Stalin. Mis compañeros, al ver a la maestra sujetarse la faja del descojone que le entró, empezaron a reírse por pura imitación. Porque a ver qué iban a saber todos aquellos analfabetos de la guardería quiénes eran esos dos genios universales. Ahí estaban, riéndose de lo único digno que había en la clase. Unos bastardos. Así pues, en el recreo vespertino me desmarqué de los traidores de mis amigos y me puse a pasear en soledad por el patio. Como acto de reafirmación, me acerqué a la tapia a recoger jaramagos para llevárselos a Vladimir Ilich y Josif, que los comerían con delectación y agradecimiento a mi vuelta a casa. Levanto la cabeza y veo de lejos al oldface. Ofú. Hice memoria rápidamente. ¿Qué carajo he hecho ahora? Que yo recuerde, esta semana ni le he contestado mal a la abuela ni le he medido el lomo a mi hermana. Además de haber hecho el ridículo en clase hoy toca bronca. No me jodas. Pero aquel 20 de febrero del 85 no iba a darse todo mal. El viejo venía serio pero no con cara de vinagre. Me dice que llame a la maestra, que nos vamos, que hay que ir al Sevilla. Cojonudo. Cómo me motivaba el fútbol entre semana. Rompíamos la monotonía y casi siempre íbamos solos mi viejo y yo, sin aguantar amigos coñazo. Como no había merendado y el partido acabaría tarde, mi padre se saltaba por una vez su norma de conducta de no pedir jamás tapas y me invitaba a un montaíto, que yo mordisqueaba mientras él iba relatándome alineaciones, historial, antecedentes y efemérides sevillistas y del rival. Para colmo de dicha, esa tarde había derby. No me jodas, paíto. Pues sí, cabezón, contra estos cabrones jugamos hoy. Que digo yo que ganaremos porque con Cardo estos mamones no nos mojan la oreja ni de puta coña, aparte de que no ganan aquí desde el 68. Pero si la cosa sale mal, no montes el espectáculo que acostumbras. Que ya eres muy viejo y está feo llorar rodeado de tíos. Mariconazo. 

El 68. El puto pleistoceno para un hooligan de cuatro años. Éramos genéticamente superiores, qué duda cabe. El único bético que conocía de mi clase era el Manolito, que aparte de ponerle nombre de persona a su perra, la madre lo recogía de la guardería trayéndole un biberón. Una nenaza. Todos lo insultábamos por esa conducta infantiloide, yo el primero, sin importarme lo más mínimo que nada más llegar a casa a mí me dieran otro biberón. Haces muchísimos amigos siendo un cínico y un trápala. Acabado mi montaíto de salchichón ibérico, mi Kas limón y las doce cervezas del oldface, atravesamos Luis de Morales y entramos en la explanada atiborrada de coches. Por otra de las disertaciones sobre sevillismo verdadero a que tan aficionado era el viejo, sabía que allí estuvo el estadio donde ganamos nuestro único título de Liga. Nos adentrábamos en Tierra Santa. Al fondo, el mosaico más bonito que nunca se creó, campeando como un faro eterno. Sí, yo ya era entonces taco de peliculero y me montaba mis historias sin ayuda de nadie.

Entrar en la grada era entrar en el paraíso. Las luces que te iluminaban la cara y el alma, el olor de la hierba húmeda, los viejunos con los puros. Y mirar a mi izquierda y ver un mar de banderas rojas y blancas, enhiestas, poderosas; mientras en la grada de la derecha observaba con desprecio unos cuantos trapos verdiblancos. No, de verdad, ¿cómo carajo puede ser alguien del Betis? Antes de comenzar el partido, fuego en gol norte. Están quemando una bandera bética. Qué cojones los de esos tipos, a ver cuándo me deja el oldface ir a esa grada. Nervioso, con lluvia y un frío de tres pares, me siento al lado del viejo y me sobresalta un griterío atronador. Ya está ahí el Sevilla. Y desde todas partes, desde las cuatro gradas del estadio, la multitud rompe a gritar, desollándose las gargantas, el nombre de mi equipo, el nombre de mi ciudad, de mi tierra, de mis padres, mis abuelos y las mil generaciones que me hicieron. El orgullo de ser sevillistas, el orgullo de ser sevillanos. De no querer a nadie salvo a nosotros mismos, de morir por lo nuestro. De saber que somos capaces de crear un infierno que nosotros llamamos gloria. De portar en el pecho el escudo de la ciudad incrustado en el escudo de nuestro equipo, haciéndose uno, puesto que ambos son indivisibles. De tener una bandera roja, como roja es la bandera de la ciudad, como rojo fue el pendón de San Fernando. El orgullo de saber que sevillano y sevillista es un pleonasmo innecesario.

Sólo tuve que esperar dos minutos para contradecir el consejo que me dio el oldface en el bar y ponerme a llorar como una magdalena, si bien fue, por supuesto, de felicidad. Francisco, en un libre directo, mete la pelota en la escuadra por mucho que vuela José Ramón Esnaola. En la segunda parte me acojoné un poco con la expulsión de Grande por una señora patada a Gordillo. Le debí de preguntar la hora al viejo unas cincuenta y siete veces hasta que me conminó a no hacerlo más con un elocuente “¡sufre como tu padre, cacho maricón!”, me vine abajo cuando nos quedamos con nueve y sopesé por lo bajini a ver cómo pollas explicaba una posible remontada verdiblanca al día siguiente en la guardería. Cuando Pes Pérez pitó el final, con 1-0 en el marcador me fundí en un abrazo con el oldface que me gritaba, “¿ves, mamón? ¿Lo ves? ¿Qué te dije? Somos superiores. Lo llevamos en la sangre. Se ven vestidos con esas rayas y ven delante a un tío de blanco y se vienen abajo, se empequeñecen. Ni contra once, contra diez ni contra nueve. No pueden, en su putísima vida van a poder con nosotros. Y deja de llorar de una puta vez, cojones”.

Y este fue el primer derby que recuerdo, camaradas. Como podrán ver, casi treinta años después, la cosa ha cambiado poco. Hemos perdido contra ellos y volveremos a perder alguna vez, por supuesto que sí. Pero, del mismo modo que casi todos recordamos nuestro primer derby con una sonrisa, ellos lo recuerdan con el ceño fruncido. Para nosotros, el primer Sevilla-Betis es un recuerdo feliz, como el primer día de playa o la mañana del día de Reyes. Para ellos, un trauma incurable que nunca se van a sacar. Y eso marca. Por eso, por bien que les vaya, por malo que esté el Sevilla, les cuesta la misma vida ganarnos. Y humillarnos es un acontecimiento con una periodicidad similar al paso de un cometa que inmortalizan con llaveritos y chorradas. El derby sevillano, como todo lo de esta ciudad, es sevillista.

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7 comentarios

Archivado bajo Memorabilia

7 Respuestas a “Juego de niños

  1. DiegoLuisCL

    y el Nobel, para cuando?

  2. andrew_sfc

    Impresionante.

  3. tennan

    Porque alabar sin recato raya en el peloteo, que si no, sus ibais a enterar.
    Enhorabuena.

  4. Ignatus

    El Lunes despues del 4-0 fui a desayunar a un bar del plantinar. Llego un repartidor de leche, betico, que nada mas entrar empezo a hablar con la camarera del partido, decia que su hijo estaba muy triste por el resultado del partido, y que bueno… Que ya estaba acostumbrado. A esto la camarera le respondio que le diera muchos animos al chico, que viva er betin manque pierda, y que er betin era un sentimiento, que der betin se nace… Y que de el Sevilla uno se hace… Yo, con mi tosta solte una media carcajada que hizo a la camarera mirarme con cara de “quien es este que se rie de mi en mi bar?”. Segui a lo mio y ellos a lo suyo. Pense entonces que no hay nada mas triste que no quererse a uno mismo y compararse continuamente con tu vecino. El sevillismo que es? Un chip que te meten en la cabeza y ya entonces eres sevillista? Nada nuevo bajo el sol.

  5. SC14

    Para un sevillista, castrista y madrileño (De un barrio de yonkis y gitanos) poder leer estos post tan magistrales que nos regaláis es lo más parecido a la sensación de después de esos polvos eventuales de una amiga que sabe lo que te gusta, con media sonrisa en la cara pensando lo ha vuelto a clavar.

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