Archivo mensual: noviembre 2013

Juego de niños

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Tenía un cabreo de cojones aquella tarde desde lo de los animales domésticos. Serán judas, los muy cabrones. La señorita nos explicaba qué era eso de animales salvajes y domésticos y, para implicarnos y fijar bien esa enseñanza, nos preguntó qué bicho teníamos cada uno en casa. El Manolito, que aparte de bético era imbécil, una perra que se llamaba Silvia. La Patri, dos tortugas sin nombre porque según su padre los galápagos no merecen esas consideraciones. Yo mantuve mi mano en alto hasta que me dieron la palabra. Tengo dos canarios, señorita. ¿Y cómo se llaman? Lenin y Stalin. Mis compañeros, al ver a la maestra sujetarse la faja del descojone que le entró, empezaron a reírse por pura imitación. Porque a ver qué iban a saber todos aquellos analfabetos de la guardería quiénes eran esos dos genios universales. Ahí estaban, riéndose de lo único digno que había en la clase. Unos bastardos. Así pues, en el recreo vespertino me desmarqué de los traidores de mis amigos y me puse a pasear en soledad por el patio. Como acto de reafirmación, me acerqué a la tapia a recoger jaramagos para llevárselos a Vladimir Ilich y Josif, que los comerían con delectación y agradecimiento a mi vuelta a casa. Levanto la cabeza y veo de lejos al oldface. Ofú. Hice memoria rápidamente. ¿Qué carajo he hecho ahora? Que yo recuerde, esta semana ni le he contestado mal a la abuela ni le he medido el lomo a mi hermana. Además de haber hecho el ridículo en clase hoy toca bronca. No me jodas. Pero aquel 20 de febrero del 85 no iba a darse todo mal. El viejo venía serio pero no con cara de vinagre. Me dice que llame a la maestra, que nos vamos, que hay que ir al Sevilla. Cojonudo. Cómo me motivaba el fútbol entre semana. Rompíamos la monotonía y casi siempre íbamos solos mi viejo y yo, sin aguantar amigos coñazo. Como no había merendado y el partido acabaría tarde, mi padre se saltaba por una vez su norma de conducta de no pedir jamás tapas y me invitaba a un montaíto, que yo mordisqueaba mientras él iba relatándome alineaciones, historial, antecedentes y efemérides sevillistas y del rival. Para colmo de dicha, esa tarde había derby. No me jodas, paíto. Pues sí, cabezón, contra estos cabrones jugamos hoy. Que digo yo que ganaremos porque con Cardo estos mamones no nos mojan la oreja ni de puta coña, aparte de que no ganan aquí desde el 68. Pero si la cosa sale mal, no montes el espectáculo que acostumbras. Que ya eres muy viejo y está feo llorar rodeado de tíos. Mariconazo.  Sigue leyendo

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Ayer es siempre todavía

Cuando uno es tan asquerosamente superior a su rival como lo es el Sevilla, no tiene ninguna lógica aplazar la demostración empírica de esa supremacía. No obstante, como aún conservamos algo parecido a un corazón, quizás nos ablandamos y el sentimentalismo le pudo a la razón hasta llegar a la conclusión de que lo del año pasado fue demasiado severo. Sólo catorce segundos de ilusión utópica concedida a las criaturitas. Esta temporada, en un alarde de solidaridad sin precedentes, pudieron disfrutar de 110 segundos. Casi dos minutos enteros soñando que existía alguna posibilidad de ganar en el templo del fútbol sevillano. Hasta les dio tiempo a sacar de banda sin ir perdiendo. Si es que somos para comernos cuando nos ponemos.

Humphrey Bogart se preguntaba en Casablanca cómo era posible que, entre todos los antros que aún quedaban en pie en la Segunda Guerra Mundial, ella hubiese tenido que acabar en el suyo. Es de imaginar que algo así acudirá a la cabeza de una criaturita cuando piense en el balón elevado que fue a parar, de entre los veintidós futbolistas repartidos por el césped, al único que podría convertirlo tan rápida, precisa y genialmente en un pase que pusiera en franquía a Bacca ante Pipi Sara. Que luego había que meterlo, obviamente, pero el colombiano está cogiendo los galones y esa es de las que no marra. Es cierto que a ese primer tanto no le acompañó luego el vendaval de la pasada temporada. Se jugó mucho menos al fútbol, especialmente en ese período de la primera mitad. Y es que, obviando quizás a Reyes, ningún futbolista hizo una labor de sobresaliente en todo el conjunto. Tampoco pareció necesario un esfuerzo exagerado para ganarle al colista de Primera. Si hasta nos permitimos el lujo de que dos de nuestras figuras, Rakitic y Alberto, cuajasen una de sus peores actuaciones esta temporada. Y en esas llegó una entrada muy mal medida de Paulao (el único al que no pusimos demasiado a parir en nuestra crónica, si es que estamos sembrados) que, unida a una tarjeta vista poco antes, personifica la torpeza supina y se acaba yendo a la calle. Con la banda sonora que todos conocemos acompañándole hasta el vestuario. Esto es como si invitas a tu casa a un indeseable, te pone el baño perdido de mierda y luego el resto de asistentes a la fiesta te pone mala cara porque ni siquiera se molesta en informarse de que tú eres un tío decente, que se viste por los pies y que lo último que haría es repartir excrementos por los azulejos del aseo. Pero bueno, qué le vamos a hacer. Con esta clase de gente nos toca compartir oxígeno. Así que se sacó la falta, nuestro negro se aprovecha de que el que lo marcaba en las jugadas a balón parado está en las duchas y remata al centro. Lo que hizo el porterito rival es inenarrable. Hablamos de que una persona con los dos brazos amputados puede detener ese esférico. Pues no. El segundo y al descanso calentitos. Ni que decir tiene que la carita de ese mamarracho llamado Pepe Mel ya se tornaba rojiza y se había ido hinchando paulitinamente, convirtiendo su cabeza todavía más similar a un globo que en estado normal. Bueno, normal, ya me entienden. En reposo de envidia sevillista, si es que eso ocurre alguna vez al día.

En el descanso suponemos que a Emery no se le ocurrió la majadería de siquiera deslizar la idea de echar el freno. Incluso se empezó a jugar mejor, algo que pronto cristalizó en ocasiones falladas y en la gran jugada del tanto de Vitolo. Tiene gol el tipo. Con la goleada conseguida, atrás se continuó sin pasar apuro alguno. Los portugueses bien, especialmente Carriço, que tiene muy buena pinta pese a su rostro de loco de película. Incluso Fazio, que no es demasiado admirado en esta bitácora, hizo una cosa digna de alabarle: no se complicó. Mandó a tomar por culo varios balones durante el encuentro, la mejor manera que un tipo con sus antecedentes tiene de evitar el peligro. Ahí fue cuando se consumó la infamia del cabezaglobo y sacó al enano canario. Con 3-0. Como diciendo, yo he hecho lo que he podido, pongo a lo que tengo y salvo mi calva. Nos lo imaginamos en su casa, creyéndose un híbrido de Julio César, Napoleón, Gengis Kan y Alejandro Magno, preparando el asalto a nuestro estadio. Que si ningún delantero puede jugar, luego entrenan, luego convoca a 23 tíos, al final entran los dos en el campo y acaban teniendo el mismo peligro para nosotros que si lo hubiese hecho el Dúo Sacapuntas. Bravo Pepe, bravo. De ahí hasta el final, un paseo que acabó con un gran gol de Iborra como podía haber acabado con cinco tanto más.

En definitiva, lo de siempre. No queremos despojarle todo el romanticismo y la tradición inherente a estos partidos pero, ¿qué tenemos que ganar nosotros en un derbi como local? Pues tres puntos, los mismos que si viniera el Elche. Y disfrutar de un estadio en comunión, que parece que durante noventa minutos comprende en su totalidad que los moradores de Gol Norte son el alma del Sánchez-Pizjuán. Es decir, disfrutamos del ambiente. De reunirse con la familia, los amigos y reírte un poco del equipucho ese que nos visita. Si acaso, el partido puede acabar en goleada y, aparte de derrotados, por lo menos se van humillados. En cambio, si se les ocurre empatarnos o ganarnos, harían de esa fecha día de fiesta local si pudiesen. Obviamente, no es algo equiparable. No es el mismo riesgo. Pero es lo que toca, no podemos evitar que se pasen por aquí cada año. Bueno, si acaso ganando también en su estadio y contribuyendo, en la medida de lo posible, a que retornen a esa división en la que se sienten como en casa.

Porque aquí no hay ni tradicional igualdad, ni partidos parejos, ni pollas en vinagre. Un derbi sevillano es una afición que sólo se va con media sonrisa porque no ha caído la manita. O que le pide al majarón de su portero que suba a rematar. Y, ya puestos, que lo hiciese con el miembro viril al aire, pero quedaba difícil de encajar esa letra en el cántico. Un derbi sevillano es José Antonio Reyes descojonándose en la cara de un tal Nono cuando, preso de la frustración, se le encara. Un derbi en esta ciudad es un partido de fútbol que suele ganar el equipo que no tiene rayas en su camiseta. Pregonar lo contrario es tarea de periodistas que necesitan vender su producto en las dos aceras. Creérselo, algo reservado para ilusos. Porque Biris Norte lo resumió todo con cuatro palabras. Unos nacieron para dominar la ciudad con la que comparten nombre, y otros, por simple lógica, para ser dominados. Es así desde el inicio, y nada varía con los años. Ayer sigue siendo siempre todavía.

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Sevilla Fútbol Club – miBeti

Pues ya estamos otro año más aquí con esto del derbi. Hoy nos hemos puesto nostálgicos y vamos a recuperar la que era una práctica habitual en los albores de esta bitácora, esto es, las previas de las jornadas. Para los no iniciados, la cosa es bien sencilla. Cogíamos al rival al que nos enfrentábamos, escribíamos unas cuantas paridas sobre el posible once inicial y luego lo rematábamos con unas foticos la mar de apañadas. Luego los aficionados de esos equipos lo leían, los más picajosos se mosqueaban, lo colgaban en sus foros, defecaban en nuestros difuntos y así cada quince días. Un hermoso espectáculo, la verdad. Así que no se nos ocurre qué mejor ocasión para sacar del olvido estos artículos desenfadados que contra el equipo más bufonesco que conocemos. Sigue leyendo

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Un poquito de decencia

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Resulta que el reloj me daba problemas. Un reloj de la hostia, 45 pavos nada menos me gasté. El día del Salzburgo hice una previa quince minutos más larga por gentileza del puto reloj, mientras apuraba el último cubata sonriéndome ante las prisas de la afición. “Qué exagerada es la gente para entrar a coger sitio, coño”, pensaba, mientras Diego Capel metía el primero a los austríacos. Después del partido, en un bar, mis amigos me preguntan a qué viene mi expresión capitidisminuida. El relojito de los cojones, que no tiene ni un mes y es fan de nuestro entrenador; tiene vocación de retrasado. Uno de los allí presentes me dice que su padre, jubilado de Construcciones Aeronáuticas S.A., es un verdadero manitas. Fue montador del Saeta, no te digo más. Mi padre nace en Alemania y se merienda a Messerschmitt. Nasser, por lo del Saeta, le dio un homenaje en El Cairo, creo que te lo conté. Ahora que no tiene nada que hacer está todo el día dando el coñazo en casa arreglando cosas. Dame el reloj y te lo traigo para el próximo partido, que esto te lo arregla mi viejo en diez minutos. Ni dos semanas anduvo bien el reloj. Pasé de gilipolleces y lo llevé a El Corte Inglés, que para algo tenía que servir la garantía. Al día siguiente, me llama el empleado, que me pase a recoger el reloj. El Corte Inglés es que es cosa fina. Al identificarme ante él, deja todo lo que estaba haciendo y me lleva a un aparte. “El reloj, efectivamente, está en período de garantía. Y dice usted que no lo ha llevado a nadie antes que a nosotros, extremo que anularía cualquier obligación por nuestra parte, ¿verdad?” Me deshago en protestas sobre mi pavoroso respeto hacia el contrato social que se establece de resultas de la compra de un efecto en tan señalados grandes almacenes, todo con la mano en el pecho, cejas arqueadas, escapándoseme algún viva a la memoria de don Ramón Areces. “Haga usted el favor de mirar esto. Estaba extrañamente alojado en la corona de su reloj”, me comenta, mientras extiende sobre el mostrador un rollo de papel minúsculo, no más ancho que la pata de una mosca, y me pasa una lupa de relojero. Extrañado, me inclino, y empiezo a leer “…victa y Mariana ciudad de Sevilla, se llevó a cabo la restauración de esta máquina de precisión a cargo del muy insigne señor don Benigno Palomero Cardoso, en el día de Nuestro Señor de tantos y tantos. Deo Gratias”. Por detrás hay más, me dice el dependiente. No quise darle la vuelta. Para qué, si ya podía imaginar el resto. Un meapilas que firma con Deo Gratias habría puesto vivas a San Leandro, San Fernando y San Isidoro, a las Santas Justa y Rufina o contado la vez aquella que fue prioste de Los Servitas. Recogí el reloj del mostrador con aire tribunicio y mirar mayestático. Mientras el mamón del relojero me miraba mordiéndose los carrillos para no descojonarse en mi cara, le pregunté por la sección de jardinería, para hacer ciertas compras con las que aliviar las cargas de la Seguridad Social reventándole la cabeza a hachazos a un jubilado que se hacía llamar a sí mismo insigne. Sigue leyendo

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Los padres pijos

PEX CORRESPONSALÍA CEADE Como ya habrán leído en esta bitácora más de una vez y de dos, la democracia es una puta mierda. Una falacia de mediocres, puesto que si algo caracteriza al ser humano es que cada uno es de su padre y de su madre, lo cual imposibilita que todos valgamos lo mismo. Y de padres y madres vamos a hablar hoy, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid o, lo que es lo mismo, que un taurino, sevillista y muy responsable padre de familia de 20 años haya tenido a bien cubrir y plantar un chicharrón en los interiores de esa muestra de solidaridad, ascopena y de no poder ser más grande porque si no reventaría, también conocida como la niña adoptada de la Pantoja.

Doña Isabel (Maribel en privado) marchó a las Américas en busca de una chamaquita con la que cubrir sus necesidades de madre, que seguían existiendo tras haber criado a Paquirrín. Lógico o incomprensible, como prefieran. También hay quien dice que fue, a la verita de María del Monte, el primer matrimonio gay en adoptar. Sea como fuere, allá que fue a por Chabelita, a la cual se eligió, tras revisar un catálogo como el que mandan ahora en Navidad con los juguetes, con mucho pelo, para que no se sintiera extraña con el tiempo, porque en esa casa va el afilaor a poner a punto las silkepils.

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