Hermandad andaluza

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE “Coño, mira, un vicio. Voy a probarlo.” Ésta ha sido siempre mi divisa. Mía y de doña Carmen Cayetana Ordóñez González. No perderse una y apuntarse a un bombardeo. Esta naturaleza casquivana y festiva siempre ha alumbrado mi vida, desde la más tierna infancia, y yo no iba a perderme aquel partido. Aunque estuviera veraneando en Benalmádena y con una gastroenteritis galopante por haber dicho días atrás, “coño, mira, un espeto. Voy a probarlo”, había que estar con el equipo, con el nuevo Sevilla de Kevin Clifton McMinn. Así que, ante mi negativa tajante a quedarme con mi vieja y mi abuela en la Costa del Sol, mi padre me dio dos o tres collejas, me advirtió que si durante el trayecto vomitaba sobre la tapicería de su flamante Opel Corsa me pisaría la cabeza como una colilla, me metió en el coche y tiramos para Cádiz a ver la trigésimo tercera edición del Trofeo Ramón de Carranza. 

El viejo, además de ser un tipo tajante y fiel a sus amenazas, era un excelente conductor, pero con una capacidad de orientación limitada. Ilustra esta afirmación el hecho de que, una vez, viniendo de Burgos, me dijo, nah, de vuelta no pasamos por Madrid. Mucho jaleo, mucho tráfico y allí conducen para matarlos. Mejor damos un rodeo. Yo cada vez veía más casas, preguntándome qué pueblo sería aquel, tan jodidamente grande, hasta que apareció por mi ventanilla la fuente que representa a la diosa Cibeles en su carro tirado por leones. Elevé una plegaria a San Cristóbal por la salvación de nuestras almas porque con este monumento al Real Automóvil Club patrio al volante no daba un duro por mi regreso a Sevilla, y no dije nada. El Benalmádena-Cádiz que me regaló fue para enmarcar. Creo que si hubiéramos tirado por Sevilla habríamos tardado menos, que por lo menos se conocía el camino. Gracias a los desvelos del excelente cuerpo aduanero gibraltareño no nos salimos de España. Una vez en el buen camino no sé qué clase de lío se hizo que nos metimos por la ruta del toro, donde juraría que se nos cruzó un jeep conducido por Paco Camino. Después de varias horas transitando por caminos de tierra, de que nos amenazara el guarda de un cortijo escopeta en mano, llegamos a Jerez y cogimos la autovía, no sin antes volver a perdernos por el centro de la patria ancestral de la muy noble familia Primo de Rivera. Mis tíos, que veraneaban en El Puerto de Santa María y ya nos daban por muertos, nos abrieron cariacontecidos la puerta de su vivienda a las dos de la madrugada, donde podríamos descansar después de siete horas de viaje.

Sí, el buen hombre no tendría la orientación de un apache, pero sabía enardecer a las masas. Durante nuestra travesía fue contándome las putadas sufridas por el Sevilla Fútbol Club en Cádiz en general, y en el Trofeo Ramón de Carranza en particular. Para meterme en ambiente y no me relajara creyendo que íbamos a un simple amistoso, me relató lo de la vez aquella que, en la final de la edición de 1958, contra el Real Madrid, en el descanso, Gento o alguno de esos había dicho que él no jugaba más si no quitaban a Campanal, que lo estaba secando. La anécdota siempre me ha parecido muy absurda, sobre todo porque el soplapollas del Sevilla lo quitó, la galerna del Cantábrico pudo jugar a sus anchas, perdimos el trofeo y no volvimos a jugarlo hasta casi 30 años después. “Vaya cabronada, ¿no, paíto?”, le dije, a lo que él me respondió, Ya ves, aquí sólo hay hijos de puta, mientras recogía la vuelta del peaje y el empleado lo miraba con cara de querer hacer con nosotros un Sonny Corleone.

Me gustaba mucho el Ramón de Carranza, el cual ya conocía de partidos ligueros, porque se veían curiosidades que, ni por asomo, podían contemplarse en el Ramón Sánchez-Pizjuán. Gente disfrazada, bailando cuando se daban las alineaciones por megafonía o la imborrable experiencia de encontrar un pastor alemán ataviado con la camiseta y calzón cadistas en la grada de gol norte, llevado por su dueño, muy serio y circunspecto. Aquel estadio era Disneylandia en versión friki. Nada que ver con el augusto y recto carácter sevillano. Como les gusta decir, no todo el mundo puede ser de Cádiz. Por supuesto. Y gracias a Dios. Antes de entrar en este teatro de las pesadillas, el viejo me había llamado la atención sobre el escudo de nuestro rival aquella noche, el Club de Regatas Vasco de Gama. ¿Tú no ves el pedazo de barco que tienen en el escudo? Pues cuando acabemos con ellos lo van a cambiar por uno con todos los negros tirándose por la borda. Qué huevos tenía, el cabrón. Porque decir fanfarronadas cuando tu portero es Villalba y tu fichaje estrella McMinn, y los de enfrente tienen entre sus filas a unos chavales de poco más de 20 años que atienden por Donato, Mazinho o Romario da Souza Faria, es de tener dos cojones como dos cocos. Qué repaso nos dieron. Porque soy un mongolo más de tantos que no disfruta con el fútbol cuando su equipo pierde, pero esos cabrones jugaban como Dios. Enamoraban, los hijos de puta. Un equipo tan lindo que incluso se apiadó de nosotros y sólo nos metió tres.

Para estar loco pasa como para estar guapa: hay que sufrir. Nadie en su sano juicio se echa cera ardiente en las piernas, se pinta la cara o usa zapatos que te deforman la columna y dejan asimétricas las caderas. Si a su abuela de usted le hubieran dicho que la generación de sus nietos iban a llevar tachuelas en la lengua o pendientes en el escroto habría preguntado, después de echarse las manos en la cabeza, ¿y para qué hacen eso? Son gilipollas, ¿no?

Al día siguiente, después de echar la mañana en Valdelagrana con la familia, darnos un homenaje de gambas y patas rusas, de llevarme mi ración diaria de pescozones por pedir cola de toro a pesar de mi malestar gastrointestinal y de los 42º que hacía en la costa gaditana aquel domingo de agosto, nos dispusimos a coger carretera y manta y volver a Benalmádena. Cuando iba a preguntarle al viejo si se había vuelto a perder, me dice, mejor nos vamos  a Cádiz a ver la consolación contra el Nacional de Montevideo, me cago en mi puta vida, que aquí es donde se ve a los tíos. La adhesión a causas perdidas en un entorno hostil queda muy bien en las películas, pero la realidad es más prosaica y aconseja no tomar nunca estas decisiones. En el minuto 28 de partido el colegiado sanciona un penalty a favor del Nacional, ante la alegría de la parroquia cadista que, tal vez por los conocidos lazos que unen ambos carnavales separados por el Atlántico, deseaba con vehemencia la victoria uruguaya. Al detener la pena máxima don Vicente Fonfría Villalba, el oldface se levanta gritando como sólo volvería a celebrar una gesta sevillista 19 años después en Eindhoven. Cuando me acertaron con el tercer paquete de pipas en la cabeza le tiré de la pernera del pantalón con disimulo para que no pusiera aún más en peligro nuestra integridad física, se callara la boca y dejara de increpar, de palabra y de obra, a nuestros vecinos de localidad. A pesar de la estirada de aquel cabronazo de Alfondeguilla, era número fijo que palmábamos, en este caso, y gracias a que los uruguayos eran una banda casi tan gorda como el Sevilla, por 2-0.

Ya en el Opel Corsa, mientras me limpiaba el último escupitajo que llevaba pegado en el cuello y esperaba que de vuelta no atajáramos por Portugal, me pregunté por qué coño no me había quedado en Málaga, a gusto, en la playa, con el Tívoli a dos pasos, en lugar de ir al trofeo con el subnormal este. ¿Para qué lo hicimos? Pues eso. Porque somos gilipollas.

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6 comentarios

Archivado bajo Memorabilia

6 Respuestas a “Hermandad andaluza

  1. antonio

    Cada vez me lo paso mejor leyendo tus articulos o vivencias. gracias.

  2. chavaldelapeca

    ¡Enorme coño! ¡Viva el Sevilla y los padres sevillistas!

  3. David

    Soy de cadiz y quiero muchisimo al sevilla

  4. jujomope

    Genial. Qué pechá de reir…..

  5. Pingback: Qatar ens roba | Palanganismo exacerbado

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