El niño que regalaba lo que no tenía

Dicen que hay un día en la vida del hombre que lo cambia todo. Un instante en el que se torna imposible volver a atrás y, sin más remedio, ya nada vuelve a ser como antes. Para bien o para mal. Cuando llega, te das cuenta de que los sucesos  que considerabas importantes, pues bueno, quizás sí que fueron reseñables, pero no tanto. No tan determinantes. Así, la vida del soldado cambia para siempre, por mucha mili que llevase encima, el día que le clava el cuchillo en el costado por primera vez al enemigo. Igual que el pintor cuando vende su primer cuadro, el juez que firma su primera sentencia o el pobre desgraciado que regresa antes a casa sin avisar y se encuentra a su inocente cónyuge encamada con un fulano que parece tener algo que ella necesita urgentemente, porque no deja de pedírselo con ahínco.  Por ejemplificar un poco esta teoría, Scorsese hizo la destacable Mean Streets, pero llegó el momento del estreno de Taxi Driver y listo, ya lo tenemos ahí. Punto de no retorno hacia la genialidad. O Dylan, que se metió en un estudio a grabar versiones de folk y, cuando le dejaron cantar las suyas, se sacó de la manga el Freewheelin’ y para qué les voy a contar a ustedes a dónde ha llegado ese muchacho hasta hoy. O James Gandolfini, cuando le dijeron que le daban el papel de una serie que empezaba con unos patos okupando una piscina. Un instante, un día, una obra que inicia el camino, que luego tendrá, claro está, numerosas subidas y bajadas. Por tanto, una vez que en PEX hemos abrazado con firmeza el determinismo, al menos durante los próximos renglones, podemos afirmar que Jesús Navas nació para mearse en las cachas de Asier del Horno, volver loco a Lacruz y disparar después con la zurda para que la pelota entrase en una de las porterías de San Mamés. Para graduarse en La Catedral, marcando por primera vez desde que jugaba con los grandes. Con una camiseta morada, el número 31 a la espalda y cara de niño. La misma, o casi, con la que, ocho años después de aquella noche bilbaína, se va.

Fue tras aquel partido, aunque ya llevase más de una veintena en la élite, cuando supimos que ese chaval tan prometedor venía para quedarse. Quizás influenciados por las setecientas repeticiones que puso Canal + de ese gol durante el partido, o porque volvió a marcar la semana siguiente, en casa contra el Deportivo de disparo cruzado, algunos hasta imaginaron que íbamos a tener un extremo derecho goleador. Pues no. Apenas una treintena de tantos en ocho temporadas, ahí nos engañó bien. En lo demás fue de frente. Cuenta la leyenda que Pablo Blanco lo descubrió durante un partido en su pueblo en el que se regateaba hasta a los charcos. Y a nuestra mente, con el poso que deja el tiempo, acuden ahora dos pensamientos. Primero, que ya hay que tener mala suerte para que te coja un chaparrón en Los Palacios, que allí debe de llover seis días al año. Y segundo, que eso es justo lo que Navas sigue haciendo. Coger la pelota en algún punto indeterminado del perfil derecho del campo, irse del que se le plante delante y alcanzar la línea de fondo para ponerla. Tan sencillo de escribir y tan difícil de hacer una, y otra, y otra vez, hasta el infinito. Los goles que llevan su firma son casi accidentes en su historial, aunque los haya de extraordinaria belleza o importancia. Lo suyo, lo que él prefería, era regarle al delantero de turno algo que él nunca poseyó.

Ya saben, la magia y la efectividad de Luis Fabiano, Kanouté o Negredo a menudo venía facilitada por él. También tuvo que sufrir que sus regalos llegasen a Koné o Baba, pero eso demuestra su importancia. En esta bitácora hemos hablado de grandes entrenadores y jugadores que estuvieron en momentos importantes de nuestra historia reciente. Pero ninguno de los que se viste de corto puede decir que él ha estado en todos, desde el ascenso fulgurante para tocar la gloria con los dedos y luego cogerla a puñados hasta el descenso paulatino. Deténganse en recordar su momento favorito de estos últimos años: Jesús Navas estuvo allí.

¿Y saben por qué? Porque lo ha jugado todo. Excepción hecha de los dos períodos en los que estuvo lesionado (el primero de ellos cuando The Inversor lo sacó en aquel partido intrascendente de Copa del Rey), ha participado siempre. Temporadas con treinta y tantos partidos en Liga, más todos los que se jugasen en Uefa, Champions, Copa o lo que sea que disputásemos. Y siempre igual, desde el primer minuto hasta el último. Y cualquiera que lo haya visto sabe que esto no es una licencia que nos tomamos para engrandecer su despedida. Porque nosotros no teníamos un jugador, teníamos una máquina. Un extremo derecho que corría para arriba, o a defender, cuantas veces hiciese falta. Que no tenía que administrar carreras ni esfuerzos. Y, lo más importante, que no se escondía nunca. Jamás. Lo intentaba una y otra vez, lo mismo en el primer minuto de un partido liguero que en la prórroga de Glasgow para regalarle un gol a Kanouté. O para presionar en el último minuto de la final ante el Atlético y, por fin, inscribir su nombre en los marcadores de las finales, esas en las que él tuvo tanta culpa de que nos metiéramos. Durante años, cuando el juego del equipo estaba atascado, la solución era sencilla: balones al niño y que con su pan se lo coma. Y dirán que es un recurso un poco pobre, pero oigan, mal del todo no nos ha ido. Si le pasa hasta en la mejor selección del mundo, que cuando entra él, las estrellas empiezan a mandar pelotas a la banda derecha.

Porque esa es otra, la selección. Navas es tan bueno que ha podido ir, básicamente, cuando le ha salido de sus santísimos cojones. Lo que para todos es un sueño al que acudirían de inmediato, él fue cuando quiso. Por mucho que ya fuesen campeones, cuando dijo que ya estaba preparado, para dentro. Como un señor. Y no es titular porque ahora está de moda otra cosa, pero basta escuchar la retransmisión de cualquier emisora para que, cuando el partido se presenta complicado, comprobar que todos coinciden en que la solución se llama Jesús.

Pero vamos a dejarnos de sandeces, que en esta casa no interesan más equipos que el que juega de blanco en el Sánchez-Pizjuán. Ese que Navas capitaneó en varias ocasiones, y eso que no se nos ocurre alguien con menos madera de capitán en un vestuario. Porque retomamos la teoría de la máquina. Fuera del terreno de juego, el palaciego es una persona intrascendente. Futbolísticamente hablando, claro. No hace apenas comentarios, y cuando habla es para repetir cuatro consignas aprendidas en la adolescencia. Él será feliz, imaginamos, con sus videojuegos de fútbol (inciso: ¿cómo será para un futbolista jugar con su representación virtual? Porque a Navas lo respetan bastante en PES y FIFA, pero un paquete que se vea con una media de 68… ¿Vaya papelón, no?), con sus sectas historias religiosas, yendo a comer tapas de ensaladilla y viendo vídeos de dibujos animados en las concentraciones. Repetimos que suponemos que así será feliz. Lo que verdaderamente importa es que cuando se ponía la elástica blanca, roja, negra, amarilla o color mierda si hace falta, él sí que nos hacía felices a nosotros.

Había quién pensaba que Navas sería nuestro hombre de un solo club. Esa clase de ilusiones las rompe rápidamente el fútbol moderno. Tienes que haber salido de la cantera de alguno de los más poderosos, y a veces ni eso, para completar tu carrera en el mismo equipo. No obstante, no nos resistimos a plantear la siguiente reflexión: ¿Un jugador como él, de talla mundial, se habría quedado si el equipo no se hubiese caído del escalón de jugar en Europa y luchar por títulos? Muy mal se han tenido que hacer las cosas para que hasta Navas haya dicho que nada señores, que ahí os quedáis. Pero no creo que haya muchos sevillistas con la poca vergüenza de reclamarle algo a uno de los mejores futbolistas de nuestra historia, que demasiado ha aguantado viendo el nivel que atesoraba en sus botas. Ahora solo queda acostumbrarse, pensar que ese tipo que estaba siempre, que lo jugaba todo, que convertía en carne y hueso las palabras del primer verso que va tras el estribillo en nuestro himno, se marcha. Quizás no sea el que venda más camisetas, excepción hecha del sector femenino, pero todos vamos a echar de menos a un jugador sin el que no se entiende el período más importante de la historia del Sevilla Fútbol Club. Insustituible durante ocho años, con cualquier entrenador, a ver cuántos pueden decir eso. Y en nuestra etapa dorada.

Con su marcha, ya no queda nadie del Sevilla inmenso. Nadie. Ya se han anunciado fichajes ilusionantes para su posición, y quizás el equipo remonte y se recupere de su marcha. Además, dicen los más allegados a Navas que su intención es cumplir el contrato en Manchester y, si el Sevilla quiere, volver. Y si no retirarse. Los propósitos se cumplen pocas veces, y mucho menos en el rocambolesco mundo del fútbol. Mientras tanto, lo palpable, lo real, es que las alineaciones ya no serán Navas y diez más. Se marcha un emblema de esta casa, sevillano, canterano, sevillista y campeón. Una máquina programada para jugar al fútbol. Y, con él, se marcha para siempre una etapa del Sevilla, quizás irrepetible en nuestras vidas. Andrés Calamaro lo dijo muy bien en una de sus canciones. Malditas despedidas, me están volviendo viejo.

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10 comentarios

Archivado bajo Pajas y mamadas

10 Respuestas a “El niño que regalaba lo que no tenía

  1. Navas y 10 más

    Es como cuando se va un familiar a Londres a estudiar o a buscar trabajo. Se ha ido navas y parece que se ha ido un cachito de todos nosotros.

  2. Miguel

    Suerte en Inglaterra aqui lo ha dado todo por el equipo.

  3. Annekje

    Tremendo. Incluso siendo del Athletic se le saltan a una las lágrimas.

  4. Después de año y medio sin cobrar y con el equipo necesitando cash a toda costa ha hecho su último sacrificio por el equipo. Uno no puede ni imaginarse como será cuando él no esté (que ya no está, pero que todavía no lo sabemos), la mitad del Sevilla de los últimos años era Navas. La mitad. Como la cuenta de Lucky Strike en Mad Men. Sintiéndolo mucho, más nos vale hacernos a la idea de que ningún Jairo, Vitolo o Martin podrán ocupar entre todos la cuota de importancia que Navas tenía en el equipo.

    Nunca saldrá otro como él, el mejor canterano de la historia del Sevilla (y pensar que cuando salió junto con su hermano yo apostaba que el bueno era Marco…) y que fuera un tío que con la prima por ser campeón del mundo le compra un kiosko de chuches a su señora y se pone a despacharlo no hacía más que hacerlo sentir más nuestro.

    Se merece todo lo bueno que le pase por todo lo bueno que nos ha dado. Espero que los Gallagher disfruten de la magia del duende.

    PD: Por cierto, aquí hay un video que sale Navas de chiquillo con Los Palacios “regateando a los charcos” https://www.youtube.com/watch?v=DjURnomat1M

  5. GG

    Magnífica la dedicatoria.

    Pero hay que recordar la final de la segunda UEFA, cuando The Inversor lo dejó en banquillo en un ataque de entrenador y tuvo que ir a buscarlo en la segunda parte.

  6. chavaldelapeca

    Sensacional artículo,os agradezco todos vuestros artículos porque sois una dosis muy grande de sevillismo para mí,tengo veintitantos ,no son demasiados,pero ya he visto grandes jugadores salir(Suker,Tsartas,Reyes,Kanouté…)
    Lo de Navas nose porqué me tiene triste incluso,Jesús me representa a ese amigo que llegó poco a poco y te hizo disfrutar con muchos otros,y que cuando los otros se fueron el se quedó,cuando tu parienta se fue,también sequedó,cuando te echaron del trabajo incluso también se quedó,siempre peleó por ti y siempre te sacaba la sonrisa,pero ese amigo ya no puede estar mas a tu vera porque ambos sabiais que uno no tenia remedio y el otro merece volar mas alto, que lo ha intentado todo para ayudarte y nunca te pidió nada ,porque era un verdadero amigo.
    En este momento solo nos queda dar las gracias y desearle de corazón toda la suerte(Os pido perdon la ida de pinza ha sido gorda y me he enrrollao,sois grandes)

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