Archivo mensual: julio 2013

Hermandad andaluza

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE “Coño, mira, un vicio. Voy a probarlo.” Ésta ha sido siempre mi divisa. Mía y de doña Carmen Cayetana Ordóñez González. No perderse una y apuntarse a un bombardeo. Esta naturaleza casquivana y festiva siempre ha alumbrado mi vida, desde la más tierna infancia, y yo no iba a perderme aquel partido. Aunque estuviera veraneando en Benalmádena y con una gastroenteritis galopante por haber dicho días atrás, “coño, mira, un espeto. Voy a probarlo”, había que estar con el equipo, con el nuevo Sevilla de Kevin Clifton McMinn. Así que, ante mi negativa tajante a quedarme con mi vieja y mi abuela en la Costa del Sol, mi padre me dio dos o tres collejas, me advirtió que si durante el trayecto vomitaba sobre la tapicería de su flamante Opel Corsa me pisaría la cabeza como una colilla, me metió en el coche y tiramos para Cádiz a ver la trigésimo tercera edición del Trofeo Ramón de Carranza.  Sigue leyendo

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Temporada 12/13 One x one, yeah dude!

A los más viejos del lugar no habrá que recordarles qué cipote es esto del One x one, yeah dude. No obstante, como también acogemos en nuestro seno a jóvenes lectores, se lo explicamos someramente. Es el nombre que le puso la RBBE  a los análisis de final de temporada de las plantillas de los equipos. Y nosotros, cansados de intentar enmascarar los plagios sibilinos realizados a aquella casa, decidimos mantenerlo tal cual. Cierto es que esta temporada nos hemos demorado en su publicación, hasta el punto de meternos en la segunda quince de julio. No obstante, algo bueno sí que tiene esta decisión, y es que no tenemos que andar como mamelas adivinando qué pasará con los futbolistas nada más concluir el campeonato. A estas alturas ya sabemos quién se quedará y quién tiene billete directo sacado hacia el mismísimo carajo. La única condición para aparecer en esta relación de futbolistas es haber disputado más de 90 minutos en un partido liguero con el Sevilla Fútbol Club durante la temporada anterior. Como habrá algún picajoso que nos corrija, lo decimos nosotros solitos. Que sí, que el año pasado bastaba con haber jugado un mísero minuto, pero vamos a quitarnos la careta. Eso fue, únicamente, para poder meter en la lista a Hiroshi, un tipo que daba mucho juego. Y porque contra los Julián, Puerto o Rubio no tenemos nada y a ver qué chicha le podríamos sacar. Sin más dilación, nuestra visión individualizada del año pasado.

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El gen ganador

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Prijepolje es un pueblo situado al sur de Serbia, muy cerca de las fronteras con Bosnia y Montenegro, con una población de unos 13.000 habitantes. No sé si alguna vez han llegado, en mitad de la noche, cargados de macutos, a un pueblo centroeuropeo de estas características. Yo, sí. Siempre hace frío, siempre llegas cagándote en el puto viento que te corta la cara, siempre está roto el pavimento, siempre hay cristales en el suelo de los aparcamientos y, cuando llegas a la zona en que se sitúa tu alojamiento, que suele ser una VPO de tiempos del Pacto de Varsovia (pásmense, el Bundesbank no construyó ni una vivienda subvencionada en estos enclaves a los que libró del yugo marxista), siempre hay un grupo de tres o cuatro maromos bebiendo en la calle, que te miran raro mientras tú rezas “San Nicolás bendito, que me confundan con un paisano pero que no se les ocurra preguntarme la hora”. En suma, es como llegar a Sevilla Este. Al día siguiente, paseando por el lugar, te preguntas “¿qué cojones se me ha perdido a mí aquí? ¿Tan malo he sido, Dios mío?” Porque Europa es eso. Un montón de pueblos asquerosos que no tienen nada que ofrecer. Por cada Budapest hay diecisiete mil Prijepoljes. No salgan nunca de la patria, por más que les acosen para hacerlo. Si Badolatosa les parece la mierda, no quieran saber nunca qué les aguarda en Prijepolje. Ambos municipios tienen el inconveniente del idioma, pero uno cae a cien kilómetros de la Alfalfa, y el otro, a la misma distancia de Kosovo.  Sigue leyendo

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El niño que regalaba lo que no tenía

Dicen que hay un día en la vida del hombre que lo cambia todo. Un instante en el que se torna imposible volver a atrás y, sin más remedio, ya nada vuelve a ser como antes. Para bien o para mal. Cuando llega, te das cuenta de que los sucesos  que considerabas importantes, pues bueno, quizás sí que fueron reseñables, pero no tanto. No tan determinantes. Así, la vida del soldado cambia para siempre, por mucha mili que llevase encima, el día que le clava el cuchillo en el costado por primera vez al enemigo. Igual que el pintor cuando vende su primer cuadro, el juez que firma su primera sentencia o el pobre desgraciado que regresa antes a casa sin avisar y se encuentra a su inocente cónyuge encamada con un fulano que parece tener algo que ella necesita urgentemente, porque no deja de pedírselo con ahínco.  Por ejemplificar un poco esta teoría, Scorsese hizo la destacable Mean Streets, pero llegó el momento del estreno de Taxi Driver y listo, ya lo tenemos ahí. Punto de no retorno hacia la genialidad. O Dylan, que se metió en un estudio a grabar versiones de folk y, cuando le dejaron cantar las suyas, se sacó de la manga el Freewheelin’ y para qué les voy a contar a ustedes a dónde ha llegado ese muchacho hasta hoy. O James Gandolfini, cuando le dijeron que le daban el papel de una serie que empezaba con unos patos okupando una piscina. Un instante, un día, una obra que inicia el camino, que luego tendrá, claro está, numerosas subidas y bajadas. Por tanto, una vez que en PEX hemos abrazado con firmeza el determinismo, al menos durante los próximos renglones, podemos afirmar que Jesús Navas nació para mearse en las cachas de Asier del Horno, volver loco a Lacruz y disparar después con la zurda para que la pelota entrase en una de las porterías de San Mamés. Para graduarse en La Catedral, marcando por primera vez desde que jugaba con los grandes. Con una camiseta morada, el número 31 a la espalda y cara de niño. La misma, o casi, con la que, ocho años después de aquella noche bilbaína, se va.

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