Sic vos non vobis

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Sabía que había gente que estaba mucho peor que yo. Una vez me condenaron a trabajos comunitarios por haberme dado a la fuga e ignorado el alto a que me intimaban dos números de nuestra siempre integérrima y excelentísima policía local, persecución que dio como resultado el empotrar la moto con que transitaba por el centro en un escaparate de la calle Peñuelas. ¿Recuerdan una tienda de muebles que había en la esquina con Bustos Tavera? Ésa. Un juez progre e imaginativo me brindó la interesante posibilidad de conocer y ayudar a los detritus humanos que expele el capitalismo de su trastienda: gente quemadísima. Por ejemplo, un señor de 52 años, con obesidad mórbida, que no salía de casa desde la Expo. Le hacía la compra, le limpiaba el culo, le programaba el vídeo y otras gabelas. El buen hombre tenía un perro al que quería mucho y al que por la noche, después de cenar, hacía unos pajotes de escándalo al grito de “sí, oh sí, Canelo, hazme sentir perrilla”. Ése era todo el contacto sexual que había tenido en su vida, porque aparte de gordo e imbécil, era feo como la madre que lo parió y su tacañería me obligaba a enseñarle todos y cada uno de los resguardos de compra que yo hacía en su nombre en el supermercado del barrio, por lo que no me lo imagino pagando 20 pavos a una nigeriana asidua a pasear por Santo Domingo de la Calzada. Aquel pedazo de cabrón estaba mucho peor que yo, sin duda. Pero, dada su falta de horizontes, experiencias y ambiciones, nunca iba a sentirse enterrado hasta las cejas en una sima repleta de pura mierda; como estaba yo la noche del 29 de enero de 2003, fecha que quedará en la infamia.

Era el momento, joder. Si mi vida fuera una película o una novela, aquella era La Noche. Había empezado a ir al fútbol con tres o cuatro años, me había convertido en un idiota cuya razón de ser era su equipo, el cual era más malo e irritante que una rueda de prensa de Fátima Báñez, habíamos descendido dos veces, rehecho el equipo con veintidós retales y un comandante de la talla de Joaquín Caparrós al frente volvimos a Primera, cada partido era un cantar de gesta (ese 0-1 en Mendizorroza con los vitorianos líderes, madre del amor hermoso lo que fue aquel 0-1 en Mendizorroza con los vitorianos líderes…), Paquito Gallardo y Fredi eran dos puñales por las bandas, contratamos al complemento ideal para acompañar a nuestro capitán en el centro de la zaga, don Francisco Javier Vicente Navarro, casi entramos en UEFA el primer año de nuestro retorno, superado un nefasto inicio de campaña en la 2002/03 nos habíamos recuperado con la cabalgada de Marcos Vales en el Camp Nou, no perdíamos un derby ni de broma.  Y en Copa, sin jugar un solo partido en el Sánchez-Pizjuán porque la afición estaba tan tocada del ala como el equipo y nos cerraban el estadio cada dos domingos, nos habíamos plantado en cuartos de final, ronda en la que nos enfrentaríamos al Club Atlético Osasuna. Era el momento. Los mismos criminales que defendían, más allá de la deportividad, el decoro, las buenas costumbres y el respeto al adversario en su integridad física, moral o psíquica, nuestra camiseta, podían darnos un título 55 años después. No es que pudiesen. Debían. Era una cuestión de justicia poética. Porque eran tan malos, pero nos habían dado tanto, que su victoria sería la de un grupo compacto, férreo, insobornable. Un grupo salvaje. La victoria del colectivo sobre las individualidades, del trabajo sobre la inspiración, de la audacia sobre la pusilanimidad. Dios lo demandaría. El materialismo histórico, ni te cuento. Era el puto momento, me cago en los muertos de Cristo.

Fui a Jerez a ver la ida de aquellos cuartos de final en uno de los autocares que fletó la Federación de peñas sevillistas. Sí, les juro que así fue: la Federación de peñas montaba desplazamientos. Nada más comenzar el partido, Paquito Gallardo, exponente de la caterva de extremos de laboriosa persistencia en sus errores ante la meta contraria que se forman en la carretera de Utrera, cuyo epítome actual es el campeón del mundo, el heresiarca del gol, Jesús Navas González, marra una ocasión clarísima nada más empezar el partido. Reyes consigue el 1-0 poco después. A falta de un cuarto de hora para el final de la primera mitad, Patxi Puñal saca un libre directo que rebota en Javi Navarro y se introduce en el marco defendido por Antonio Notario. Al poco de empezar la segunda mitad, Losantos Omar, colegiado vasco, y es que hay que ver lo bien que nos elegían a los trencillas para los encuentros contra Osasuna, se inventa un penalty que pide tirar Mariano Toedtli. Yo no sé por qué pollas no lo tiró Reyes. O Casquero. O Njegus mismo. Porque el argentino maricón lo tiró con una precisión tal que ríanse ustedes del penalty de Sergio Ramos contra el Bayern en las últimas semifinales de Liga de Campeones. Un poco más y manda el esférico a Sanlúcar.

Como podrán ver por la periodicidad con que actualizamos la bitácora, en esta casa tenemos el amor justo por el trabajo. Siempre fui a la facultad en horario de tarde. Que madrugue otro. Más inquieto que la mandíbula de un director de marketing de una sociedad anónima deportiva cualquiera en la cena de Navidad de la empresa, el miércoles 29 de enero, día en que se jugaba la vuelta de la eliminatoria en El Sadar, me salté la última clase, me puse mi transistor AIWA, advirtiendo a la compañera que me acompañaba que no me dirigiera la palabra en todo el trayecto o podía llevarse una hostia. Cenando en casa, marcó de nuevo Puñal, otra vez de golpe franco. Encajé el mazazo hiératico. Mi vieja me miraba de hito en hito sabiendo que algo pasaba, pero como me conoce, sabía que lo mejor era ignorarme y no preguntar nada. Cambié de dial y sintonicé, con todo el dolor de mi corazón, Radio Sevilla, para ver si con esta emisora mejoraba la suerte. Cuando Antoñito empató la eliminatoria a dos minutos para el final, me levanté, tiré la sopa, machaqué de un puñetazo las empanadillas que tenía como segundo plato y rompí en un grito que hizo que, al unísono, mi pobre madre y mi hermana se levantaran de la mesa sin mediar palabra y se acostaran. Es muy duro convivir con un desequilibrado mental.

Ya está. JC es, en efecto, el elegido. Ahora en la prórroga, después del varapalo que supone haberles jodido la clasificación cuando ya la tenían en la mano, les vamos a dar para el pelo a los navarros, a San Francisco Javier, y a sus costumbres tributarias feudales. Los vamos a llevar a base de hostias del siglo XIII al XXI. César Palacios, lanzador del chupinazo de los sanfermines de 2000, mete el segundo gol de los rojillos a cinco minutos para el descanso de la prórroga. Nada más empezar el segundo periodo, Javi Casquero consigue el segundo gol sevillista, que certificaba nuestro pase a unas semifinales, veintidós años después, que disputaríamos contra Deportivo de la Coruña, Mallorca o Recreativo de Huelva. Con media Copa en el bolsillo, imaginando sueños húmedos con la tórrida ensoñación de ver a Pablo Alfaro recoger la Copa del Rey de manos del fusil más rápido de Zimbabue (“yo cazo fieras salvajes, pero, como siempre me dice Sofía, tú, Pablo, abates al animal más peligroso de todos: el delantero centro contrario” dice en tono amistoso y, cómo no, campechano, al darle la Copa), perdemos el balón en campo osasunista y, en una contra, Gorka Brit cae dentro del área, penalty y a tomar por culo. En una contra. Después de haber aguantado 120 minutos en la nieve, el barro, el frío y los hachazos de Josetxo y Cruchaga, con el marcador a favor, a cinco minutos de la gloria, nos hacen un penalty en una contra. Querido lector, deje un momento el artículo, levántese, busque un espejo, mírese a los ojos y diga, bien alto “En una puta contra, con Caparrós en el banquillo, nos metieron un gol que significaba perder un título”. Para arrasar Utrera y sembrarla de sal.

Tanta crueldad no es concebible. La vida no imita al arte. La vida es una hija de la gran puta que nunca se cansa de enterrarte la cabeza en el barro. En el arte hay reglas. En una novela, en una película, es imposible tal cúmulo de desgracias sin dar al espectador un mínimo descanso para que no se asquee, renuncie o incluso se aburra. Sumido en la desesperación, tumbado en posición decúbito prono en el sofá, sin ganas de llorar siquiera, haciendo una estampa monísima para un World Press Photo o un Pulitzer que se titularía “Derrota”, “El hombre en la mierda” o “Que salga el puntillero”, parecía un ministro del gobierno de la República en el exilio, pues no paraba de preguntarme cuándo y dónde habíamos fallado. Recordé la sabia cita de Arturo Schopenhauer: Querer es esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor. Más tarde argumenté que el mamahostias este de Schopenhauer justificaba su majadería dual de voluntad y representación, prefigurada veintidós siglos antes por Platón y copiada de Kant, con argumentos de una solidez tal como que la realidad es inaprensible por “el velo de Maya”. Pero vete al carajo, Arturito. No sólo te inventas las razones para sustentar una teoría fantástica y plagiada, sino que te apoyas en mitos indostánicos. De aquí a los Beatles y el yogui Maharshi, los hippies y la puta droga que narcotiza a la clase obrera, hay un paso. Como ya iba por el quinto cubata, si no de qué iba a estar buscando razones en un filósofo más pasado que los tapetes de ganchillo, acudió a mi memoria la carta póstuma de Otto Dietrich zur Linde, fan de Schopenhauer, cierto, pero subdirector del campo de concentración de Tarnowitz. Buena gente. Su razonamiento sobre la caída del Tercer Reich, “me satisface la derrota, porque ha ocurrido, porque está innumerablemente unida a todos los hechos que son, que fueron, que serán, porque censurar o deplorar un solo hecho real es blasfemar del universo”, me convenció más. Sea. Me adherí sin pena, sin dudar, sin juicio, al destino de Caparrós. Si para construir el nuevo Sevilla había que destruirlo todo, incluido el propio Sevilla y mi vapuleada capacidad de sufrimiento, que así se cumpla. “Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno”.

Estas soplapolleces, claro, se te pasan al día siguiente. Si no estaría en un manicomio. Don Joaquín Caparrós Camino continuó su periplo sevillista. Al año siguiente alcanzaríamos las tan soñadas semifinales de Copa y nos clasificaríamos para la UEFA. Pero su momento culminante se había producido en aquella noche de enero en Pamplona. Perdió todas las batallas, porque mira que ir a perder el único derby en el que nos jugábamos algo, cacho maricón; pero acabó ganando la guerra una vez muerto. Cumplió su “trágico sino de precursor, morir en el umbral sin haber divisado la tierra de promisión”, en palabras de Stefan Zweig. No ganó nada, es cierto, pero sacó de la cantera a gente como Navas, Sergio Ramos o Antonio Puerta para que otros se llevaran los laureles. No ganó nada, pero reconvirtió en segundo delantero capaz de meter 20 goles por año a un mediocentro brasileño que necesitaba treinta y siete toques para controlar una pelota, que había costado 500 millones y cuyo fichaje motivó unos de los casos más flagrantes de “mobbing” de la historia de la legislación laboral española en la persona de Gerardo Torrado. No ganó nada, pero supo ver todo el potencial en un lateral derecho que había costado menos que un piso en Rochelambert, quien acabó convirtiéndose en un jugador de talla mundial. No ganó nada, pero nos devolvió el orgullo de ser sevillistas. Desde aquel verano en Isla Canela, haciendo un equipo de un grupo de cedidos, fracasados, inciertas promesas y jugadores más cercanos a la jubilación que a un futuro exitoso, paso a paso, construyó un equipo campeón, dejando para su sucesor, pues él no llegó a disfrutarlos, los fichajes de un portero suplente de 31 años y un brasileño medio mongolo al que le habían secuestrado a la madre. No ganó nada, ¿pero quién necesita ganar? Como escribió Enric González en su maravilloso librito sobre el Español, la fe se sustenta en la esperanza traicionada. Miren una foto o un vídeo de la grada del Sánchez-Pizjuán de aquellos años y, no uno actual, puesto que la comparación no resistiría un rápido escrutinio, sino uno de los años de los éxitos. Puede haber más público, pero yo adivino menos pasión. La celebración del gol de Antonio López en el primer minuto de la vuelta de las semifinales contra el Madrid no es comparable a ninguna otra. Éramos tan libres que ni siquiera soñábamos. El sevillismo era Argos, el perro de Ulises. Fieles durante toda una vida, esperando en un montón de estiércol un recuerdo que ya no era más que ensoñación. Perseverando con encono en nuestro error o nuestra locura.

Con mi invencible olfato para lo cutre, fui al Real Madrid-Sevilla de la 2001/02, jornada en la que tuvieron a bien los rectores madridistas estrenar el himno del centenario blanco. La puta madre de Plácido Domingo. Desde que entramos en la Comunidad de Madrid hasta que empezó el partido escucharía la fanfarria que compuso el pintamonas de, ése, el de Mecano que se las daba de músico de postín, sí, coño, el que quiso hacer una ópera y engañar a algún incauto, es igual, nosequé Cano; escucharía su mierda de himno unas 800 veces. Cuando vi al gordo en el centro del terreno de juego pensé, coño, por fin, lo canta ahora y al carajo, que esto nadie me lo va a poner en Sevilla. Una polla. Lo pusieron en el descanso, al acabar y en la radio cuando nos íbamos de la meseta. En un descanso entre una reproducción y otra del himno de los cojones, cogí un periódico en un bar. No recuerdo cuál era. Leí una columna sobre el Sevilla, que volvía a Primera División y al Santiago Bernabéu. Hablaban de nuestro equipo como lo que pudo ser y no fue. Del intento de Sánchez-Pizjuán de haber hecho un “Madrid del Sur” de nosotros (creo que ése era el título del artículo, “El Madrid del Sur”). Con respeto y una cierta condescendencia, recordaba el autor lo grandes que habíamos sido, nuestros éxitos, las similitudes, hoy casi inexistentes, entre ambos estadios. Todo lo daba casi por enterrado. Para el madridismo, el tiempo es circular y eterno. Ellos, arriba. Los demás, allá se las compongan. Suben, bajan, tienen años buenos, malos. Nada que preocupe a la inmarcesible grandeza de Concha Espina. Dos años después de aquella tarde, los golearíamos en el Pizjuán; hacía once de la última vez. Tres años después, ganaríamos en el Bernabéu; hacía veinte de la última vez. Y sólo seis años pasarían y el madridismo habría de ver a su equipo humillado, goleado, en una final, en su casa, por once furias de rojo. Los esclavos se habían rebelado y amenazaban el poder establecido. Puede que no durase, puede que todo el trabajo de años se malograra cuando el artífice ya no estuviera. Puede que, como dijo Goethe, “así como el agua que es desplazada por un barco vuelve enseguida a unirse tras él, así también el error, cuando excelentes espíritus lo han dejado a un lado y se han abierto camino, tras su paso vuelve enseguida a cerrarse por naturaleza”. Para Caparrós, el tiempo sería lineal y finito. Simples mortales que debemos labrarnos nuestro sustento, paso a paso, como le gustaba decir, siempre paso a paso. Crear un grupo, ascender, llevarlo a Europa; granitos de arena que iban construyendo la gloria. Una gloria que nunca saborearía. Que, como dice el título de estas líneas, aunque suya, no sería para él.

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10 comentarios

Archivado bajo Vendecolchas

10 Respuestas a “Sic vos non vobis

  1. Me habéis obligado a buscar heresiarca en google. Cabrones. Ésta me la pagáis.

    Por lo demás muy bien, como siempre.

  2. bombonera

    DON JOAQUIN CAPARRÓS CAMINO, no hay mas,

  3. Sevillista del 60

    Muy personal, a veces irrespetuoso, otras aspero, con un poco de añoranza y un mucho de humor negro. En un momento en que la mayoría de sevillistas añoramos los momentos dulces del lustro de ensueño 2006-2010, me encanta esta mezcla de nostalgia masoquista que desprende el artículo. un abrazo sevillista

  4. Alvaro21

    Sois grandes.

  5. Camilo Sexto

    Pensaba que dividiríais su etapa y cada temporada la pondríais en una entrada diferente. Aún así, es otra obra de arte más.

    Solo me ha faltado que hablases del complot que le hicieron en aquella pretemporada que el equipo se quedó en los vestuarios y se negó a viajar porque estaban defendiendo a jugadores que se quedaban fuera de la plantilla (Moisés, Fredi…), el lío tras la vuelta en Parma (con peleas entre aficionados y jugadores), y la forma triste en la que acabó su etapa (10.000 espectadores viendo como el Málaga nos dejaba sin opciones de Champions cuando la teníamos a huevo y la dejamos escapar no ganando ni uno de los últimos 4 partidos). Son momentos que siempre van a estar en la memoria y también habría que destacarlos.

  6. Pedro de Seras Ledesma

    Yo soy práctico con los recuerdos. Guardo en un cajón con llave los malos recuerdos, y procuro no revivir en la menmoria esos amargos momentos que me tocó vivir. Bastante dolor y sufrimiento te presenta la actualidad acomo para andar reviviendo las penosas experiencias del pasado, pero siempre tengo a mano los recuerdos de ratos felices que me tocó vivir.
    No me seduce el masoquismo.
    Leer tus articulos es un placer, aunque a veces me obliga a usar la llave del cajón de los malos recuerdos.

  7. A los companys Ledesma y Sixty Seviller: la nostalgia es masoquista, sea sobre recuerdos alegres o tristes. Y las victorias están muy bien, pero no te enseñan nada. Aquellas derrotas fueron la génesis de los triunfos de después; los títulos, la de la situación actual. Ganar es de gañanes, coño; ea ya lo he dicho.

    Y Camilo, ya lo advertimos en la primera entrega, que lo mismo lo resumíamos todo en dos folios. La ciclotimia y PEX, ya sabes.

    Saludos.

  8. juanfra

    Genial, sencillamente genial, me he hecho joven de momento, con tantos recuerdos, sean malos o buenos, lo cierto es eso, con Caparrós todo comenzó….. espero que volvamos alguna vez a comenzar.

  9. Pepito

    Hoy me he jartado de reir leyendo un escrito del periodista y verderon Manolo Rodríguez en el que recordaba con gran relevancia un Carranza ganado por su equipo al Benfica,luego me he acordado de este post.

    El que quiera entender…….

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