Archivo mensual: febrero 2013

¿Alguna vez has bailado con el diablo bajo la pálida luz de la luna?

¿Se acuerdan de la última semifinal de Copa? Sí, hombre, seguro. Vale que hemos tenido tantas últimamente que es posible que se entremezclen en la telaraña cerebral que conforman los recuerdos futbolísticos. Pero hagan memoria y verán como si fuese ayer aquel balón que ÉL intentó alojar en la portería rival y, si no lo consiguió, le faltó muy poco. Aquel ambiente originado por la visita del equipo grande de ese fragmento de tierra que alguien tuvo a bien llamar Madrid, y no la cochambre a rayas con la que nos toca batirnos el cobre ahora. Pues ese día, este que les escribe tenía un examen. Todos hemos hecho pamplinas por cuestiones balompédicas. Desplantes a amigos, a parejas, a familiares. Viajes sin sentido, recursos económicos malgastados en cosas relacionadas con el fútbol en lugar de, qué sé yo, pagar alguna letra del coche, obtener opiáceos de camellos desdentados o comprarte una guitarra nueva. Pues en el partido de ida de aquella semifinal lo tuve claro. Mi examen era a las 19:30, y el partido comenzaba a las 21:00. Si hubiese estudiado en la facultad de Económicas, o en la de Psicología, pues a lo mejor. O en el Rectorado, como mucho. Pero si te ha tocado acudir cada día al culo del mundo, conocido por algunos como La Cartuja, lo tienes complicado para regresar con celeridad a la civilización cuando te sea preciso. Vamos, que no me daba tiempo ni en cien vidas. Primero, porque los exámenes no empiezan a su hora ni equivocación del profesor mediante. Y segundo, porque el puente se pone que da gloria verlo a esas horas, y no digamos ya los que circulan en bicicleta, sino las marujas enguatadas en mallas horteras, avanzan más rápido que los que quieren salir de ese páramo decorado por una amalgama de edificios sin orden ni concierto. Total, que lo supe en cuanto vi la fecha del partido. Al carajo el examen. Ya me presentaría en la siguiente convocatoria, que era en junio. Para contextualizar un poco el asunto, decir que no era un control de dos temas de Conocimiento del Medio en 4º de Primaria, sino que se trataba de un cuatrimestral de una de las asignaturas más importantes del último curso de la carrera que cursaba. Dicho y hecho, mientras mi compañeros se estrujaban los sesos yo me acercaba tranquilamente a Nervión a ver si los chiquillos tenían ganas de hacer algo ese día. Todo un ejercicio de responsabilidad y madurez, no se atreverán a negármelo. Aquel partido se perdió y yo aprobé la asignatura más tarde, me licencié y ahora tengo un bonito título con el que limpiarme el culo cuando me levanto fino. Pero ese no era el objetivo de la anécdota. Más bien se trataba de definir el público, de delimitar a qué lector va dedicado este escrito. Para los que se hayan sentido identificados por tener una historia similar de aquel día, o de cualquier otro. Para aquellos a los que la cordura les dio de lado en algún momento de sus vidas y se entregaron, desamparados emocional e intelectualmente, a las desventuras que le produce el fútbol al aficionado medio. Qué coño el fútbol, el Sevilla. Pues para esos, para sus cojones, mañana hay otra semifinal. Y el que no tenga pensado entrar en el estadio con el alma en la mano, que abandone raudo esta bitácora y arribe a cualquier otro portal en el que le informarán de cosas tan banales como las posibles alineaciones o el encargado de arbitrar el encuentro.  Sigue leyendo

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Cómo tirarle las bragas a Cassano y no morir de frío en el intento

Vaya por delante una pequeña advertencia dirigida al lector asiduo de esta bitácora: salvo contadísimas excepciones, en este antro cibernético tendemos a contar, a nuestra peculiar manera, las penurias y los éxitos del Sevilla Fútbol Club. Pues bien, en el siguiente artículo no hallarán nada de eso. Si acaso, un par de referencias y algún parangón entre aficiones, todo motivado por puro chovinismo. Así, sabiendo de dónde partimos, los que estimen que su tiempo no debe ser malgastado en tamañas pamplinas y prefieran el calor de una buena información narrada en clave sevillista, ya saben dónde está la equis para salir de aquí. Webs que mienten y manipulan las horas de publicación de los artículos para aparentar que han dado una primicia, blogs redactados por tipos que suspendían hasta Refuerzo de Lengua o revistas, por llamarlo de algún modo, que hacen todo lo anterior y mucho más, y encima disfrutan de un pase de prensa. Y luego están los medios oficiales. No me negarán que la alternativa no es de calidad. En cambio, a aquellos visitantes que decidan quedarse, qué vamos a deciros. Que ánimo y fuerza, que si no nos apoyamos los tarados entre nosotros, a ver quién va a estar dispuesto a hacerlo.

Entremos en materia. Florencia es una ciudad bastante apañada, por no profundizar mucho. El Duomo con su cúpula de Brunelleschi, el Ponte Vecchio, museos como los Uffizi y la Galería de la Academia, la Piazza della Signoria y el Palazzo Vecchio, la Santa Croce y todo lo demás, ya saben. Y si no, viajen, cojan un libro o cometan alguna insania similar. Todo muy bonito, con cultura, historia y arte rebosando en cada esquina, capaz de dejar a alguno que otro patidifuso. Y en cuanto uno se hace al ajetreo diario y a las distancias, que ciertamente no son demasiado elevadas, resulta un lugar cómodo para vivir. Pero que no le engañen, porque Florencia esconde un secreto. En las guías te hablan de los Medici, de Dante, de Leonardo da Vinci, de Maquiavelo, pero pasan por alto un detalle de capital importancia. Servidor ya iba avisado por el corresponsal de esta casa en Santiponce, que una noche comentó algo que se constata al poco de pisar estas tierras; hace frío para todos sus muertos. Pero no frío de coge la rebequita o se te pone la piel de gallina, no. Más bien del de me falta meterme un calentador por el culo y aún así tirito. Por tanto, la vida fiorentina está altamente condicionada por el factor climático. Por eso y porque ya desde las 17.30 horas el cielo está más oscuro que el ano de Kondogbia, las calles, da igual lo céntricas que sean, presentan un aspecto desértico tarde sí y tarde también, si acaso interrumpido por grupos de adolescentes extranjeros alcoholizados o , en su defecto, camino de estarlo. Americanos, erasmus, algún asiático despidiéndose de su pubertad. Gente sana, en definitiva.

Stendhal, o cómo ser novelero ya en el siglo XIX. Que alguien le busque algún antepasado sevillano.

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Money League 2011/12, hondonadas de hostias

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE En lo que es ya casi una tradición en PEX, vamos a comentarles el informe anual sobre los equipos que más ingresos perciben al año en el mundo. Es decir, seguiremos hablando de putas, alcoholismo y drogadicción; pero en Möet y con números. La razón de este encono con el particular (tres ediciones de la Money League en el año y medio de vida de la bitácora, ni el déficit neuronal de Fazio nos ha dado para tanto) es sencilla: nos sacamos una y otra vez la polla en nuestras predicciones. Absolutamente todos nuestros vaticinios se cumplieron. A lo Julio Anguita. Y es que el camino es claro. ¿Quieren saber lo que les aguarda? Lean a Marx. O, en su defecto, a nosotros. ¿Quieren vivir en un mundo de color, donde todos somos iguales, cualquiera puede prosperar y la crisis, en 2008, era una falacia? Ahí tienen a premios Nobel de economía de la Escuela de Chicago. Dijimos que habría mínimos cambios en esta edición de la Money League; sólo se ha producido uno, el Valencia cae y aparece el Newcastle. Que el Madrid, a pesar de las dudas de los de Deloitte, seguiría como primer equipo del mundo en cuanto a cifra de ingresos; ahí lo tienen. Que el Nápoles no sólo se mantendría en esta clasificación gracias al reparto igualitario de ingresos televisivos, sino que ingresaría todavía más este año; han pasado de ser el vigésimo equipo con más ingresos al decimoquinto, con un incremento relativo del 29%. Para qué seguir; mírenlo ustedes mismos, que a nosotros nos da la risa.

Fue tan excelsa nuestra labor que hasta nos hicieron caso los genios del departamento de marketing del Sevilla Fútbol Club. Tarde y mal, cogiendo el rábano por las hojas como es norma en la institución; mas el artículo no cayó en saco roto. Llámennos presuntuosos si así lo desean, pero en el párrafo que comienza con la frase en la época de los títulos no era raro ver a grupos de guiris, erasmus o familias, vemos un claro antecedente de la patochada que están perpetrando de invitar a uruguayos o irlandeses a que vean los partidos gratis. “Somos de todos menos de los nuestros”, o algo por el estilo. Mal, entrañitas mías, mal. Eso, antes. Cuando no te abones no cabemos. Ahora es para mierda y para cabrear a los tuyos. En fin, esperamos ser más claros en este nuevo artículo y dejarlo todo tan mascadito que hasta un ejecutivo con un sueldo anual de seis cifras sea capaz de entenderlo.  Sigue leyendo

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Sic vos non vobis

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Sabía que había gente que estaba mucho peor que yo. Una vez me condenaron a trabajos comunitarios por haberme dado a la fuga e ignorado el alto a que me intimaban dos números de nuestra siempre integérrima y excelentísima policía local, persecución que dio como resultado el empotrar la moto con que transitaba por el centro en un escaparate de la calle Peñuelas. ¿Recuerdan una tienda de muebles que había en la esquina con Bustos Tavera? Ésa. Un juez progre e imaginativo me brindó la interesante posibilidad de conocer y ayudar a los detritus humanos que expele el capitalismo de su trastienda: gente quemadísima. Por ejemplo, un señor de 52 años, con obesidad mórbida, que no salía de casa desde la Expo. Le hacía la compra, le limpiaba el culo, le programaba el vídeo y otras gabelas. El buen hombre tenía un perro al que quería mucho y al que por la noche, después de cenar, hacía unos pajotes de escándalo al grito de “sí, oh sí, Canelo, hazme sentir perrilla”. Ése era todo el contacto sexual que había tenido en su vida, porque aparte de gordo e imbécil, era feo como la madre que lo parió y su tacañería me obligaba a enseñarle todos y cada uno de los resguardos de compra que yo hacía en su nombre en el supermercado del barrio, por lo que no me lo imagino pagando 20 pavos a una nigeriana asidua a pasear por Santo Domingo de la Calzada. Aquel pedazo de cabrón estaba mucho peor que yo, sin duda. Pero, dada su falta de horizontes, experiencias y ambiciones, nunca iba a sentirse enterrado hasta las cejas en una sima repleta de pura mierda; como estaba yo la noche del 29 de enero de 2003, fecha que quedará en la infamia.

Era el momento, joder. Si mi vida fuera una película o una novela, aquella era La Noche. Había empezado a ir al fútbol con tres o cuatro años, me había convertido en un idiota cuya razón de ser era su equipo, el cual era más malo e irritante que una rueda de prensa de Fátima Báñez, habíamos descendido dos veces, rehecho el equipo con veintidós retales y un comandante de la talla de Joaquín Caparrós al frente volvimos a Primera, cada partido era un cantar de gesta (ese 0-1 en Mendizorroza con los vitorianos líderes, madre del amor hermoso lo que fue aquel 0-1 en Mendizorroza con los vitorianos líderes…), Paquito Gallardo y Fredi eran dos puñales por las bandas, contratamos al complemento ideal para acompañar a nuestro capitán en el centro de la zaga, don Francisco Javier Vicente Navarro, casi entramos en UEFA el primer año de nuestro retorno, superado un nefasto inicio de campaña en la 2002/03 nos habíamos recuperado con la cabalgada de Marcos Vales en el Camp Nou, no perdíamos un derby ni de broma.  Y en Copa, sin jugar un solo partido en el Sánchez-Pizjuán porque la afición estaba tan tocada del ala como el equipo y nos cerraban el estadio cada dos domingos, nos habíamos plantado en cuartos de final, ronda en la que nos enfrentaríamos al Club Atlético Osasuna. Era el momento. Los mismos criminales que defendían, más allá de la deportividad, el decoro, las buenas costumbres y el respeto al adversario en su integridad física, moral o psíquica, nuestra camiseta, podían darnos un título 55 años después. No es que pudiesen. Debían. Era una cuestión de justicia poética. Porque eran tan malos, pero nos habían dado tanto, que su victoria sería la de un grupo compacto, férreo, insobornable. Un grupo salvaje. La victoria del colectivo sobre las individualidades, del trabajo sobre la inspiración, de la audacia sobre la pusilanimidad. Dios lo demandaría. El materialismo histórico, ni te cuento. Era el puto momento, me cago en los muertos de Cristo. Sigue leyendo

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