Cortilandia y César Luis Menotti

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Lo que más me gusta de la Navidad es el gilipollas que, para dárselas de interesante, te cuenta que la odia porque es un tiempo de hipocresía y consumismo. El genio que pone en Facebook ocurrencias de una agudeza obscena como “Feliz Falsedad”. A ése lo amo con toda mi alma. Como si el resto del año no fuese un paripé en el que se facilita la convivencia con sonrisas a personas que detestas o deferencia para con perfectos retrasados mentales. La hipocresía está muy minusvalorada, a pesar de ser un elemento indispensable para el buen orden social. “Yo es que soy muy directo y digo lo que pienso”. No, tú eres un imbécil sin sentido común, metomentodo y majadero, que te pones a opinar de lo que no te importa. Deja a la gente tranquila con sus kilos y su calvacie. Soplapollas. Y, en último término, ¿con qué argumentos sustentas tu afirmación de que entre mediados de diciembre y principios de enero, es la época del reinado de la hipocresía? ¿Es que decirle al tonto de la oficina en feria, cuando te invita a su caseta, “sí, luego si eso me paso”, es ir con la verdad por delante caiga quien caiga? Más tarde, el consumismo. Claro. Tú tienes un ordenador, un portátil, una “tablet”, un “smartphone”,  una consola de 300 pavos y otros tantos juegos, más diecisiste mallas térmicas de aquella vez que decidiste salir todos los domingos en bicicleta para bajar talega, intento que duró exactamente una semana; el consumismo es algo contra lo que llevas luchando toda tu vida. Con lo bonitos que son esos intercambios de regalos en los que tú te presentas con un peluche del Imaginarium, porque querías tirar la casa por la ventana, y tu chati te trae por su parte un pedazo de Omega de 400 euros. En momentos así cobra verdadero sentido para uno la expresión “lo que importa es el detalle” y la amas a ella y a todos tus semejantes, porque se ve que el mundo, a pesar de todo y mientras sigan naciendo incautos, marcha. Como detalles tienen las empresas para sus asalariados en estos días, con los regalitos. Tampoco falta entonces el subnormal que recibe su termo de café con una sonrisa, olvidando sólo por un instante que él no es hipócrita en absoluto, para después comentar con los compañeros que con los beneficios que sacan los dueños del tinglado ya podrían haber regalado algo mejor. Ahora te acuerdas de la plusvalía. El día de la huelga general, que lo trabajaste porque los del comité de empresa se toman un café más que tú los viernes y a ti no te engaña nadie, no; el día 24 de diciembre por la mañana. Pero vete a tomar por culo, hombre. Si quieres ir a contracorriente, ve, con dos huevos, pero no des lecciones a nadie. Sustancia tu cena de Nochebuena en una bolsa de Gublins de las grandes y una botella de ginebra Rives de a litro, pasa la velada con el perro, dale algún mantecaíto a las 4 de la mañana y acaba la cogorza cantando a voz en cuello “Bandiera Rossa”, “Bella Ciao”, “La Internacional”, “Auferstanden aus Ruinen” y, antes de que la policía tire la puerta abajo, el “Eusko Gudariak”.

Vayamos entrando en materia y digamos, por último en nuestra argumentación pro Navidad, que ser hincha de un equipo y no apreciar estas fechas es incoherente por completo. Vivimos perpetuamente en un estado de gilipollismo e ilusión sólo comparable a niños de cinco años que presentan su primera carta al negro que ponen en El Corte Inglés ataviado de mamarracho, que por unos días se libra de vender pañuelos de papel en el semáforo pero no de decir tonterías y gesticular con histrionismo. Estamos encallados en una infancia eterna que hace pensar a personas perfectamente razonables en su vida diaria que Fazio puede asentarse definitivamente como un central sin rasgos de oligofrenia, que Perotti explotará más allá de su condición de jugador embustero y ratonero, o que Medel no sólo no va a acabar siendo más sinvergüenza que Zokora, sino que, si lo logra, se quedará aquí muchos años. Esperar que un gordo vestido de rojo o tres mamones, encima ahora descubierto que andaluces, entren por la ventana y nos dejen regalos basados en nuestra bondad durante el año transcurrido es una esperanza mucho más fundamentada que todo lo anterior. Fútbol, Navidad e infancia insanamente eternizada. Ea, ya tenemos tema para el artículo.

Desde siempre me ha motivado muchísimo ir al fútbol en diciembre. Vas abrigado, con frío, lo que le da un plus de violencia subyacente al asunto. No por nada acojona mucho más una foto del frente ruso que otra de un cabo de las Waffen-SS paseando por las Tullerías. El frío construye perfectos hijos de la gran puta. Pero lo que ya le daba el toque de iluminismo necesario para un sentimiento de pertenencia a una secta de iniciados eran las luces de Navidad de El Corte Inglés de Nervión. Cuando, con ocho o nueve años, llegaba desde Luis Montoto a la plaza donde ponían el Cortilandia, al ver a otros chavalitos de mi edad de la mano de sus madres y abuelas hacer cola para ver el Belén o mirar como carajotes el nauseabundo espectáculo de marionetas y muñecos grotescos cantando, mientras yo iba con mi primo diez años mayor y su colega el heavy (¡un tío de pelo largo y camisetas con calaveras, una innovación acojonante!) me sentía en unos diez escalones de superioridad respecto a esos pringaos amamonados por las lucecitas y los carteros reales. Yo iba a la batalla, ellos a esconderse debajo de la cama llorando por sus mamaítas. En efecto, lo mío de ahora no es nuevo, para qué negarlo: siempre he sido un perfecto deficiente mental.

Porque tirarte todo el año esperando el día en que vas a recoger el catálogo de juguetes de El Corte Inglés para, en una primera tentativa, abortar la excursión porque tienes un Sevilla-Real Madrid ineludible en el que casi no palmaste porque tu primo y el heavy, tan inteligentes como hacían presagiar sus pintas, te ponen apoyado en una valla de aquellas del gol norte sin asientos para que así vieras mejor y de paso soportases la avalancha lógica y normal tras el golazo de Polster de falta, es de ser una mijita mongolo. Ni siquiera ganamos aquel partido crucial que yo creía iba a ser el del asalto al liderato para hacernos con el primer título de Liga de los veintipico con que contaba antes de llegar a edad provecta. Pero en fin, un puntito. Ya los cogeríamos en mayo en Madrid, ya. Sin embargo, volver a decir que no vas a por el catálogo en el segundo intento, porque hay programado para el mismo día y hora un Sevilla-Valladolid, ya fue para que me matricularan en el colegio Louis Braille de educación especial. Aunque, bien mirado, ya le valía a la peña. ¿Por qué carajo no miraban el calendario de liga antes de quedar? ¿En manos de quién estaba? Aquello sí que fue un partido ochentero en el Ramón Sánchez-Pizjuán que ríanse ustedes de la última visita de los pucelanos. Antes de cumplirse el primer minuto vi mi fidelidad inquebrantable recompensada por un gol de don Luis de la Fuente Castillo. Todo bien, sería el único gilipollas del barrio sin catálogo, pero iba a vivir una merienda de negros de las que a mí me gustaban. Como aquel 4-0 al Murcia con la grada dedicando un jocoso “Kubala, un pico y una pala” al entrenador pimentonero. En situaciones así me descojonaba y debía de ser muy simpática la visión de un enano cabezón riendo a mandíbula batiente pues la gente me miraba haciéndome con sus simpatías y sus caramelos de menta “Fumador”, o bien, los de naranja y limón, marca “El Turco”, con formas de gajos de aquellos frutos. Ganando desde el primer minuto, terceros en la tabla, con Rinat Dassaev bajo palos, todo tenía pinta de ser una tarde plácida que fue a torcerse cuando el puto descendiente de cosacos con fijación por el amarillo, sólo cinco minutos después del gol del riojano fichado con la única intención de joder a don Manuel Jiménez Jiménez, no sale en un córner dirigido al área pequeña, hace un Diego López, empatándonos los vallisoletanos. No pasa nada, no van a ser tan cabrones de joderme mi sacrificio. Se me torció un poco el colmillo cuando vi salir en el descanso a un tal “Rafita” en sustitución de Diego, pero al poco metimos el segundo. Ahora, ahora van a ponerse las pilas. Tanto, que tres minutos después, Bernardino Serrano Mori, alias Mino, despeja de certero patadón que impacta en la espalda de Pepe Salguero, introduciéndose el esférico marca “Mery”, uno de los más malos y feos que ha tenido la Liga de Fútbol Profesional, en las redes defendidas por el bolchevique cabrón. 2-4 acabó ganando el Real Valladolid aquel día. Ellos se llevaron dos puntos, el Sevilla dos negativos y yo la imborrable experiencia de compartir el catálogo de reyes con mi hermana.

Pero huyamos del victimismo. Las navidades futbolísticas del 88 serían una mierda, pero las del año anterior fueron la putísima polla. Me llevaron a la capital de las Españas a presenciar el partido que nos enfrentaría en el Vicente Calderón al Club Atlético de Madrid. Para un español temeroso de Dios y fiel a la patria y al rey, ir a la capital siempre es motivo de satisfacción. Para mí era el copón bendito. Las hamburguesas Wendy de la Puerta del Sol, el kilómetro cero sito en la misma plaza que te hacía sentirte en el centro del universo, los bocatas de calamares, gente con crestas y pintas lamentables pero epatantes para un africano de siete años, y viejas solitarias manteniendo conversaciones apasionantes consigo mismas mientras se tomaban una de gambas a la plancha. Y lo más gordo, el mejor invento que jamás había visto, cuyo descubrimiento por mis propios ojos me hizo indignarme seriamente con mis padres, abuelos y maestros por no haberme contado nunca que existía algo así: un puto tren que iba debajo de tierra. Aquello sí que era Europa, coño. En el estadio, otro ingenio que yo creía imposible: un videomarcador que antes del inicio del partido ponía imágenes del videoclip de un negro de nombre Michael Jackson. Joder, joder, joder. Cuánto mundo había allende Alcosa y nadie me lo había dicho. Aquel 20 de diciembre, el flamante presidente colchonero, don Jesús Gil y Gil, dio pases gratuitos para que los menores de 12 años vieran gratis el partido en el banco de pista de preferencia, grada en la que nos ubicamos el oldface y yo. Maldita la hora. Con lo contento que estaba con mis mil descubrimientos en la gran ciudad, una azafata vino a dar por culo con que yo, por huevos, tenía que ponerme con el resto de niños, protomiembros de Bastión. Había abajo un gordo que repartía unas collejas la mar de simpáticas. Yo, que venía de una ciudad trimilenaria, de una memoria inmarcesible, acogedora de las más altas civilizaciones que vio el orbe, sin hamburgueserías pero con paz de espíritu, me veía ya destinado a pasar 90 minutos rodeado de paletos cuyo cosmopolitismo se basaba en vivir al lado de un ministerio en una aldea grande de menos de 500 años de edad y que, encima, hablaban muy raro, diciendo cosas como “majo” o “tronco”. ¿Qué mierda pintaba yo con gente que es de una incultura y pobreza de léxico tales que llaman cucurucho a los capirotes de nazareno? Un sin Dios. Hasta que mi viejo mandó a tomar por culo a la puta aquella que quería que me mataran. Y 0-1 ganamos, con dos cojones y gol de Ramón. Maniatando el revolucionario planteamiento de César Luis Menotti, que ante la baja de Futre situó a Marina y López Ufarte, que entre los dos sumarían tres metros a duras penas, para que recogieran los voleones que les mandaba Alemao. Los filósofos e intelectuales del fútbol y sus tácticas indescifrables para el común, tan adelantadas a su tiempo que no dan nunca resultado. Y este tío se metía con Bilardo. Tus muertos, patillas.

Así que ya lo saben. Si reniegan de la Navidad, están renegando del fútbol. Ambos son los mayores placebos que nos hacen seguir adelante. Paparruchas que no se puede creer nadie, como el artículo 14 de la Constitución, pero que hacen pasar un rato de cojones. Recuerden aquellas veces en las que, apagando las velas de su tarta de cumpleaños, viendo una estrella fugaz en Chiclana, o cuando alguien les quitaba un pelo de pestaña de la mejilla, siempre, como buenos mongolos, pedían un título de Liga. No dejen morir a ese chiquillo, no sea que empiecen a preocuparse por cosas que de verdad importan y acaben en la cárcel. Feliz Navidad, camaradas.

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8 comentarios

Archivado bajo Memorabilia

8 Respuestas a “Cortilandia y César Luis Menotti

  1. Como prueba de la pluralidad de esta casa, que estamos ahí ahí con un anuncio de Benetton, el desacertado comentario del corresponsal de Santiponce sobre Medel y su insostenible comparación con Zokora ha sido publicado tal y como fue concebido. El corresponsal de la avenida de la Paz estará contento, qué duda cabe.

  2. ¿Habiendo un recuerdo al tal Rafita en nuestro blog con especial hincapié a ese fantástico partido contra el Valladolid (en el que todos nuestros jugadores fueron clasificados por el ABC con un 0, excepto Moises) y enlazas esa foto churretosa para identificarlo? ¿Acaso vuestros lectores no merecen un plus de información de sevillismo tardoochentero?

    Habéis perdido a un devoto.

  3. fumanchu73

    Enhorabuena por este blog de economía política aderezado con comentarios sobre la mayor estupidez del siglo XX.

  4. yovielgoldemosquera

    Honor a cortilandia con aquel Gulliver (o cómo carajo se escriba) que levantaba y bajaba la mano. Los posteriores no le llegaron a la zuela de los zapatos.

  5. Gg

    Esperamos nuevas entradas con la presencia en el banquillo de Emeryolo.

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