Con el cuchillo entre los dientes

Vaya por delante una de las pequeñas interioridades que tiene todo vestuario. Al menos, una de las que tenía el nuestro cuando era eso, un equipo. Once notas, o catorce, o los que fueran, con la sana intención de reventar al rival que tuviese delante. Bien físicamente, bien futbolísticamente, o hibridando ambas. No podemos asegurarlo con total certeza, pero dejaríamos que un mono drogado nos disparase a ciegas si el autor de la frase que titula este humilde artículo no fue acuñada por don Joaquín Caparrós. Sea como fuere, de lo que sí tenemos pleno conocimiento es de que se continuó utilizando tras la marcha del utrerano. Tanto, que era grabada a fuego en la mentalidad de los recién llegados. Había gente que se encargaba de eso. Así, no era extraño escuchar a tipos que representaban a las selecciones de Italia, Brasil o Malí repitiendo la consigna. Porque, más allá de un sistema de juego o alguna mamonada similar, lo del cuchillo entre los dientes era una actitud vital. Había partidos que tenían que ser ganados, sencillamente. Con suficiencia o sufriendo, pero había que imponerse al rival. Y daba igual que Europa se rindiera a nuestros pies, que de cara a la opinión pública se dijese que las rivalidades domésticas habían quedado en el olvido. En parte era cierto, pero repetimos. Había gente dentro del club que se encargaba de poner de manifiesto una cosa. El derbi había que ganarlo. Y punto. 

Y es que, aunque muchas cosas hayan cambiado desde entonces, una persiste inalterable. Los derbis se tienen que seguir ganando, estemos arriba o abajo. Y poco más hay que añadir si se celebran en nuestro estadio. Ese lugar al que, por fin, volverá Biris Norte. No es momento ni lugar para detenerse en las rencillas del proceso, pero desde esta casa, además de todo lo que ya dijimos, sólo queremos añadir que ya están todos donde deben estar. Ahora toca disfrutar. Y para eso, qué mejor que ganar el domingo. También, ya de paso, para revertir la situación de los últimos dos accidentes. Es intolerable. Lo normal es que el equipo rival sienta el mismo miedo al pisar Nervión que los negros del barrio cuando escuchaban el silbido de Omar. Ya no es que eso no ocurra, sino que albergan un mínimo resquicio de ilusión, incluso dando pábulo a delirios de toda índole, en los que se imaginan saliendo victoriosos. Os arrancamos vuestras gónadas a dentelladas y os las vomitamos en la boca, a ver si así os calláis. Pero, bien pensado, si no lo hicieron los recientes títulos conseguidos y toda la bilis que tragaron, cómo va a hacerlo un derbi más. Si es lo único que saben hacer. Hablar, hablar y hablar. Empezando por el bufón de su entrenador y acabando por la última criaturita del universo. Esputar palabras infectadas por la envidia y la idiotez, y que les hagan caso. Que alguna cadena saque por televisión el último número del Freak Show de la Palmera, que alguna radio entreviste a dos chalados que se han casado en su estadio sin terminar o que una portada de periódico retrate algo insustancial, pero con mucho sentimiento. Así son ellos, gente deseosa de que le presten atención por extravagancias ajenas a lo futbolístico, y ansiosa de hablar y ser escuchados.

Porque MiBeti es lo más grande del mundo, dicen. No, mira, TuBeti es una puta mierda, y tú ya tienes muchos pelos en el perineo como para no haberte dado cuenta a estas alturas de la película. Que si da la casualidad de que una televisión extranjera retransmite algún amistoso veraniego, el nombre de la escoria a la que dices animar tiene que ir acompañada de siete letras que, todas juntas, conforman Sevilla. Y pongamos que algún extranjero, de visita en la ciudad, le pregunta a un guía turístico cómo puede comprar entradas para ir al Sánchez-Pizjuán. Para su desgracia, el guía puede responderle que el Sevilla juega fuera esa jornada, pero que puede adquirirlas para el Villamarín. La carita de los guiris cuando se enteran de que existe otro equipo en la ciudad es para verla. Esa es la diferencia entre ambos conjuntos, la única realidad. Me causan cierta perplejidad aquellos sevillistas que, para demostrar la histórica inoperancia futbolística del equipo del barrio de Heliópolis, recurren a comparar las participaciones y los logros de carácter europeo. ¿Es realmente necesario? Eso es como parangonar las relaciones sexuales que un servidor ha mantenido a lo largo de su vida con las de Charlie Sheen. A mí me sirve un argumento mucho más doméstico, algo tan sencillo como que los de verde únicamente llevan, con esta, 48 temporadas en Primera. Ni siquiera hace falta detenerse en datos nimios, pero igualmente indicativos, como los puntos obtenidos en la máxima categoría, o los goles marcados por ambos equipos. Porque si usted, avezado lector, nos visita allende las fronteras de esta tierra de sangre y arena llamada Andalucía, quizás pueda pensar que en todos los registros ganamos nosotros, pero por poco. Que sí, pero que tampoco será para tanto. Pues no, la superioridad es aplastante. No se crea nada de lo que le digan respecto a la supuesta igualdad de este enfrentamiento. Y, ya que estamos, en otros muchos aspectos, si se aúnan los méritos de los equipos de las siete provincias restantes, tampoco superan a los nuestros. Pero ese es otro tema.

Así que esto va para todos aquellos integrantes del club que tengan una cuota de responsabilidad en lo que pase el domingo, aunque sea mínima. Los jugadores, los técnicos, los directivos, el presidente. Todos los que no sean capaces de transmitir lo necesario para que la pelotita entre más veces en la portería del rival que en la propia. Porque muchos de ellos permanecen desde la infamia de 2009, cuando ganó aquí un club que iba de camino al lugar de donde nunca debió volver. Pero lo hizo, y el año pasado, repitió marcador. Así que a la gente que más lleva en el Sevilla, ellos sabrán. Porque los juzgará la historia y, lo que es más importante, sus contemporáneos. Nosotros. Y además de quedar como aquellos que se cargaron un equipo campeón de todo, si el domingo ocurre lo mismo que las otras dos veces, serán para siempre los que permitieron que un equipo que se ha arrastrado el 41% de sus temporadas en Segunda y Tercera División instaure una trayectoria sin precedente alguno hasta la fecha. Provocarían que los que analicen los datos en el futuro se pregunten, por Dios santo, qué carajo pasó durante ese período. Así que ya se acabó la broma. Ni el empate sirve. Con el ambiente de siempre en las gradas, y con los jugadores, los que sea que jueguen, haciendo lo que les salga de dentro, pero ganando. A por ellos, que aunque se partan la boca por venir al templo del fútbol sevillano, son pocos. Y malos. Y cobardes. A por ellos, por lo que siempre fueron y, sobre todo, por lo que siempre fuimos y seremos. A por ellos, con el cuchillo entre los dientes.

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7 comentarios

Archivado bajo La previa de la jornada

7 Respuestas a “Con el cuchillo entre los dientes

  1. Pasádselo a Luna por twitter, que lo imprima, y que lo cuelgue en la puerta del vestuario, por favor.

  2. bombonera

    vamos a por ellos ostia

  3. Gordo_Vegano

    Sólo un apunte, cuando dices lo de “ya estan todos donde deben estar” creo que no es del todo correcto. DN debería estar en la carcel por trincar de las arcas públicas (así a botepronto)… aunque esperemos que esto sea tan sólo cuestión de tiempo.

    Todo lo demás, sublime para variar.

  4. Pepillo "El Gamba"

    Ni que te “habieran” leído, coño.

    Don Joaquín huibiera capado a más de uno por no aprovechar la ocasión y meterles las almorranas al lao de las amígdalas.

    ¡¡¡Qué poca sangre!!!

  5. Pingback: Bienvenidos a Sevilla, bastardos | Palanganismo exacerbado

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