¡Viva la muerte! (y II)

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE (Viene de aquí) En lo que quedaba de temporada Caparrós sabía lo que tocaba. Hacer un Jenofonte. Ya no éramos el “tapado” de la categoría sino el rival a batir. Todos iban a ir contra nosotros, en especial el Atlético de Madrid, que no terminaba de arrancar y que, con la prensa mesetaria a su servicio, nos torpedearía todo lo posible. Había que volver a casa haciendo de la unidad, el trabajo, la capacidad de sufrimiento y la disciplina la única bandera. Todos los efectivos debían estar implicados al 100%, si había alguna baja, y da escalofríos repasar la temporada y comprobar la cantidad de ausencias que había cada jornada especialmente por sanciones, el que saliera debía hacerlo igual o mejor que el ausente. No importaba que se contara con jugadores jóvenes con nula experiencia a máximo nivel, de eso ya se ocupaba Caparrós. Como dijo el ateniense de los cojones en Persia, y Caparrós le diría a sus pupilos en la concentración navideña en Isla Canela, “la salvación está sólo en la victoria”. A esas alturas de año, yo empecé a llevar al perro al parque sin necesidad de tomar nada.

La visita a Tenerife fue una de las primeras piedras del edificio de partidos épicos en que se sustentaría, cuatro años después, la frase del himno del centenario, “dicen que nunca se rinde”. Porque antes de don Joaquín ese verso nos cuadraba tanto como a un Cristo dos pistolas. Dos expulsados por bando, tres penaltis, toneladas de juego subterráneo y acabar llevándonos los tres puntos del campo del líder soportando un descuento de seis minutos sin ninguno de los dos centrales titulares. Teníamos más cojones que el cura Merino asaltando el palacio del duque de Lerma. Nos quedaba Extremadura en casa y Éibar fuera para acabar la primera vuelta, de la que fuimos campeones de invierno con 40 puntos. El balance de este parcial es excelente. Caparrós advierte que el título honorífico no garantiza nada y que debíamos tomarlo como si ahora empezase un nuevo campeonato. Lamenta las numerosas expulsiones sufridas, sin las que cree que sumaríamos algún punto más. Pudiera ser, pero si no fuera por las hostias que se daban también se nos habría de restar unos cuantos puntos. Además de la incorporación de Zalayeta, al que se inscribió en diciembre por la baja de Juric, la plantilla se ve reforzada en enero con el fichaje del infausto Rubén Vega; operación en la que vuelve a meter el hocico Julián Rubio, extrañado de que nadie le hubiera pedido informes de un jugador que había estado a sus órdenes, como si pintara algo todavía su opinión en el Sevilla. Monchi, con muy buen criterio, lo manda a tomar por culo infligiéndole incluso la humillación de comentar en prensa que había hablado con Corona, excompañero de Vega, antes que con Rubio. Así salió el fichaje. En las nueve primeras jornadas de la segunda vuelta el equipo consigue 18 puntos, superando la marca de 17 en los mismos encuentros de la primera, afianzándose en el liderato, que ya no abandonará en todo el año. Pasaremos por alto más remontadas múltiples, como la del día del Leganés; recuperaciones en inferioridad numérica contra Sporting; el descuento de siete minutos ganando por la mínima y, una vez más, habiendo tenido que remontar, contra el Levante; o simpáticas y joviales calaveradas como el destrozo de un coche-cama por parte de la plantilla en el tren de regreso de Lérida para celebrar la victoria, y llegamos al partido de Huelva, que merece que nos detengamos en él.

Se acercaba la Semana Santa y yo veía cómo el tembleque de mis manos cada mañana al despertarme ya era casi imperceptible, y, si bien con un nivel de transaminasas que harían palidecer a un diabético, me consideraba, como al equipo, en el buen camino. El Sevilla, a falta de doce jornadas para el final, le llevaba nueve puntos al cuarto, el Albacete Balompié. El tercero, a ocho puntos del líder, era el Recre, que, no obstante militar en Segunda gracias al rebote del descenso administrativo del Mérida, estaba haciendo una gran temporada. Ante la visita sevillista, hacen gala de su inmarcesible hermandad panandalucista. Por lo pronto, no mandan entradas al Sevilla porque no les sale de los cojones. Su presidente, don José España, dice en una entrevista concedida a ABC que en Sevilla estábamos falsificando entradas por internet (sic), que los Biris la iban a liar, que temía por los padres y los niños del polo químico. Ante la alarma social, la federación de peñas sevillistas se va de comilona con el señor España. Que los insultos a tu gente no te hagan perder nunca una cuchipanda. El presidente onubense da marcha atrás, amenaza a ABC con una de esas querellas que nunca llegan a ningún juzgado, encontrando sus palabras comprensión y apoyo en don José Castro, nuestro consejero más longevo en el órgano de gobierno del Sevilla Fútbol Club, que echa en cara a los periodistas sevillanos la publicación de la entrevista con un lapidario “los andaluces nos peleamos solos, no hace falta que venga nadie de Las Palmas”, pues ésta venía firmada por un joven canario de nombre Roberto Arrocha. Sin duda, estas diferencias con cierto cariz xenófobo entre consejero y periodista se habrán eliminado a día de hoy, de lo que nos congratulamos vivamente. A despecho del buen entendimiento entre peñistas, como suele suceder, una pitanza no hace nada por ningún equipo ni afición, y se producen multitud de incidentes antes de la celebración del partido, apedreamiento del autobús del equipo incluido. Muchos sevillistas tuvieron que esperar más de tres horas a ser desalojados del viejo Colombino, teniendo que soportar temperaturas de 30ºC sin poder acceder a los servicios del estadio. Cómo no sería el percal que Roberto Alés se despachó a gusto contra José España y el trato recibido por la afición sevillana en Huelva. Ah, y empatamos a uno manteniendo la ventaja con el Recreativo, que a veces se me olvida que aquí hay gente a la que le gusta lo de las patadas a una pelota.

El Sábado de Pasión sufrimos la única derrota en casa de la temporada, contra el Jaén, que vino a joder el motivo del tifo del derby. Porque lo de “Fortaleza Rojiblanca” no era porque quedara bonito, sino que aludía a nuestra condición de invictos en Nevión. La siguiente jornada ganamos en Santiago al equipo local, que acababa de salir de un encierro en el Multiusos de San Lázaro porque Caneda y su gerente, siempre presto a recibir hostias en la sede la LFP, habían olvidado ingresar a sus jugadores las últimas cuatro nóminas que debían percibir. Partido del todo intrascendente salvo por un hecho: Caparrós se carga a Víctor Salas, quitándolo incluso de la convocatoria, y da la titularidad en el doble pivote a un futbolista casi inédito hasta entonces: Inti Podestá. Ocho días después, derby de vuelta en Nervión.

Ir de empalme al fútbol debería estar penado por el Tribunal de La Haya. Pero con veinte años se puede con todo, un sábado es un sábado, y además aquel lo había planificado como el del último homenaje que me daba de ácido gamma-hidroxibutírico antes del ascenso y mi vuelta a la vida. Cuando me situé en la grada, hacia las 11 de la mañana, vi un ambiente extraño; demasiado festivo. Esto, antes de los partidos, siempre me ha tocado la polla. A un partido se va a sufrir, no a cantar y a bailar canciones ajenas al repertorio de gol norte, como vi que hacían muchos de mis vecinos de localidad, que todos parecían reconocer y apreciar la tonada que sonaba desde la megafonía del Ramón Sánchez-Pizjuán; una melodía infecta, de ritmo cansino, adobada con unas voces femeninas sin la menor entonación que repetían una y otra vez un estribillo que decía así: “aunque parezca mentira, me pongo colorada, cuando me miras, me pongo colorada”. Siempre me pasa lo mismo con las canciones de moda, al no oír radiofórmula jamás identifico esas mierdas. Hoy hay gente que se niega a creer que no conozca en nada a un tal Pablo Alborán. La mañana había empezado mal y así seguiría. Nos pusimos por delante con gol de Tevenet, por los pelos no me caí cuando se rompió la valla en la celebración del gol, nos empataron y a casa. No hubo ni polémica. Un derby indigno de todo punto. Sacamos cuatro puntos más en las dos siguiente jornadas, un empate en El Ferrol del Caudillo, de nuevo con 10 jugadores por expulsión, esta vez, de Notario, y gol in extremis de Míchel II; más la primera victoria en la historia contra el Badajoz, 5-2, abriendo el marcador el recuperado Podestá. Y entonces, a seis jornadas del final, llegamos al momento culminante de todo este tochazo dividido en dos partes; la visita al Vicente Calderón.

El Sevilla le sacaba ocho puntos al Club Atlético de Madrid, cuarto, que venía de ganar en Salamanca en el debut de su nuevo técnico, Carlos García Cantarero. La semana previa al choque transcurre en aparente normalidad, con la única noticia de que Caparrós renueva por dos años más en otra futura fecha patria: 10 de mayo. JC y sus caminos inescrutables. Por cierto, que la renovación era un secreto a voces desde hacía tiempo, pero se elige precisamente esa semana para hacerla efectiva en un claro mensaje: nos la sudan las encerronas; ya estamos en Primera, hijos de puta. Sin embargo, Caparrós vuelve a cagarla por segunda y última vez en la temporada. Anuncia que al Sevilla le vale con el empate y así es como sale el equipo. Para matarlo. Un 2-0 sin paliativos en la ribera del Manzanares y, después de una temporada comandando la clasificación con relativa placidez, se comprime la cabeza en la recta final con cinco equipos separados por seis puntos. Acosado por el fantasma del Salamanca, que el año anterior había dejado escapar el ascenso después de haber sido líder indiscutible casi todo el año, llamé a mi amiga Susana, José Antonio según su DNI, para concertar un trío con su compañera Paquita, una coja muy mona asidua de la plaza de la Mata. Estaba acojonadísimo. Pero, en el peor momento, tres días después, sin necesidad de jugar ningún partido, don Joaquín Caparrós Camino logra el ascenso a Primera, él solo y por sus santos cojones.

El martes 14 de mayo de 2001, en rueda de prensa en la Ciudad Deportiva, acompañado del capitán José Miguel Prieto, sin mediar pregunta alguna, Caparrós reconoce que la semana anterior al encuentro disputado en Madrid había sido la más dura de su carrera y que a partir de ahora debía lucharse por una de las dos plazas de ascenso que había disponibles, ya que al Atlético de Madrid lo daba como fijo para el retorno a Primera, dejando entrever que el club del Manzanares había “tocado” a algún jugador sevillista antes del encuentro celebrado el sábado pasado. La zapatiesta que forma Caparrós con estas palabras es monumental. Todo el mundo se posiciona en contra del Sevilla, que sale, casi por primera vez desde el inicio de la temporada, en los medios nacionales, que toman las palabras de Caparrós como una prueba de nuestro nerviosismo ante la inminente escalada atlética. La primera reacción desde Madrid es la de Miguel Ángel Gil Marín, que niega las insinuaciones de compra de partidos, justificando que no iban a ser “tan gilipollas de primar a un grande, no a un pequeño con el que puedes intentar… yo qué sé (de nuevo, sic)”, centrando así involuntariamente el foco de las sospechas en el siguiente partido de los colchoneros, contra la descendida U.E. Lleida, algo que ya había advertido Caparrós. Asimismo niega cualquier contacto con jugadores del Sevilla para un hipotético soborno por la buena relación que mantenía su señor padre con el abogado José María Del Nido, que con harta eficiencia y no pocos desvelos se encargaba de los asuntos del entonces alcalde de Marbella. Y es que los hijos de presidentes dictatoriales no tienen por qué ser una buena opción para seguir la senda paterna. Igual te sale tonto.

Caparrós no quiere ahondar en el tema, pero no tiene ningún problema en ir a declarar ante cualquier órgano disciplinario si es necesario. Carga con toda la responsabilidad aislando a sus jugadores, haciendo eso que ahora todos los subnormales dicen que ha inventado Mourinho, como si el Madrid se viera acosado por muchas campañas mediáticas; y sudándole la polla las amenazas que llegan desde la capital, como las del presidente del siempre imparcial Comité de Competición, Fernando Sequeira, exsocio del Real Madrid al igual que, por ejemplo, don Vicente Calderón, que insinúa que si no se presentan pruebas, se debe sancionar al Sevilla. A pesar del prietas las filas que se entona desde Madrid por parte de medios y organismos, el daño está hecho. En su siguiente partido, el Atlético, la gran amenaza de los tres de arriba, que jugaba enchufado y sin sentir la presión de perder un puesto de privilegio hasta que don Joaquín abrió la boquita, no puede pasar del empate ante un Lleida con diez jugadores y los dos pies en Segunda B. Malas artes con unos gitanos. Pero a quién se le ocurre. El Sevilla, por su parte, vence a otro equipo hermano, un Córdoba motivadísimo vaya usted a saber por qué, aventajando de nuevo en ocho puntos al Atlético, pero esta vez, a cuatro jornadas del final.

Es fama que cuando Jenofonte y sus diez mil salvajes llegaron a Trebisonda, después de más dos mil kilómetros de retirada acosados por los ejércitos del imperio persa, estalló el júbilo en las filas helenas al ver el mar y saberse salvados. Todavía les quedaban carros y carretas, pero si habían llegado hasta allí, el resto era cosa hecha. Al salir del estadio, después de esta victoria ante el Córdoba, acodado en la barra de una tasca, sin querer mezclarme con nadie, recordé a los mamones aquellos que habían salido con vida en un entorno hostil con la sola ayuda de sus cojones cuando lo tenían todo más perdido que las esperanzas que pueda tener un organismo pluricelular complejo en el juego de Babá Diawará, llamé al tabernero, pedí un bitter kas fresquito y prorrumpí en un llanto inconsolable. El Sevilla y yo estábamos salvados. El parkour extremo desde la ventana de mi cuarto podía esperar.

He aquí las condiciones que le pido a un gol para que sea plenamente memorable: por supuesto, que sea un gol significativo, no el cuarto de un 6-1 al Cacereño; debe llegar en un momento de preocupación, congoja e intranquilidad; ha de ser inesperado, con algún detalle soprendente que te meta en la jugada, que creías irrelevante, antes de que se produzca el tanto; tiene que ser agónico, que te parezca que tarda diez minutos en entrar la pelota, y que hay siete defensas que pueden sacarla antes de que llegue a la red. Y, esta es la variante que menos me preocupa, pero a ser posible, que el autor del gol sea alguien con quien no contabas, un jugador llamado a pasar sin pena ni gloria que vea su destino cumplido con ese gol, que su éxtasis sea un perfecto compendio de lo que se vive en la grada, produciéndose así una comunión perfecta. Al comienzo de la segunda parte del Sevilla-Tenerife del 3 de junio de 2001, la grada estaba muy jodida ya que Fernando Torres, con 17 añitos, había marcado en Albacete el único gol del Atlético en el minuto 80, partido que concluía a la finalización de la primera parte del nuestro. La maricona, siempre jodiendo, nos obligaba a ganar al Tenerife en la segunda parte si no queríamos demorar más el ascenso. Y los tinerfeños no eran unos cualquiera, sino un equipazo que iba segundo, se jugaba muchísimo en su visita al Ramón Sánchez-Pizjuán y contaba con un doble pivote formado por Josep Lluís Martí y Gerardo Torrado, aparte de estar entrenados por el futuro campeón de Liga, UEFA y Copa de Europa, Rafael Benítez. Aunque el ascenso estuviera casi hecho, podía aparecer la ansiedad si no se consumaba ya, en un estadio preparado para ello. En esas, Olivera intenta un pase hacia Gallardo que intercepta Lussenhoff. El rechace lo recoge Casquero que abre en horizontal hacia David Castedo; nuestro lateral que ya en nada se parecía al desastre de Pilas once meses antes juega de nuevo para Olivera, que pasa a Zalayeta, de espaldas, cubierto por un defensor tinerfeñista, escorado y lejos del área. En lugar de abrir a banda para Fredi, ve que Olivera sigue la jugada y da un taconazo sensacional que sorprende a defensa visitante y público local. Retoma la pelota Olivera, ya internándose en el área. Por el centro entra Inti Podestá, ganándole la espalda a Lussenhoff. Pase atrás de Olivera, un defensa no llega por poco, Podestá, en lugar de tirar de primeras, controla, lo que hace que el portero se tire dejando el primer palo totalmente libre, y este uruguayo de 21 años, muy castigado por las lesiones, que había tomado la titularidad en Santiago el Sábado Santo para no soltarla más, que no tenía nada, la más mínima cualidad, salvo una voluntad inquebrantable por partirse los cuernos por nuestra camiseta, empuja la pelota a escasos centímetros de la línea de gol. El gol perfecto para la temporada perfecta.

Lo que más me gusta de aquella temporada, más incluso que la unidad de todo el sevillismo, la honradez de cuerpo técnico y jugadores, la capacidad de sufrimiento, la voluntad férrea de un grupo que no se arrugaba nunca, lo que de verdad me pone cachondo de la 2000/01 es que nadie esperaba, ni mucho menos, deseaba, el ascenso sevillista. Éramos los leñeros, los que destruían más que creaban, siempre con balones en largo, dándole la iniciativa al rival pero machacándolo a la mínima, que sólo poníamos oficio, una defensa solidísima y que ante la adversidad se crecía como un gigante. El ascenso sevillista era como si El señor de los anillos acabara con un orco sentado en una butaca, usando de escabel la cabeza de Orlando Bloom y contando a sus hijos cómo entró a degüello en las casas y tierras de los rubitos y los moñas. Habíamos ganado los malos. Shakira dijo el año pasado, nada menos que en Israel, que deseaba “un mundo como el Barça”. Y, por las noticias que tenemos, seguidamente no la lapidaron por imbécil. ¿Un mundo como el Barcelona? ¿Qué es eso? ¿Todos en túnicas escribiendo haikus a la luz de las velas, bebiendo té verde, pontificando sobre la bondad humana, comiendo tofu porque los animalitos tienen sus sentimientos, llorando por tías que te miran con cara de asco si sacas un pitillo? Eso es posible cuando tienes la barriga bien cebada y el cerebro vacío. En Sevilla, en junio de 2001, queríamos un mundo como Caparrós. Basado en el sufrimiento, la voluntad, el odio al adversario. Tras haber estado a las puertas de la muerte queríamos beber hasta reventar, comer carne roja, meternos de todo y aspirar a cimas más altas, como seres humanos que éramos, una especie que ha llegado a lo que es gracias a su crueldad, a que es capaz de exterminar a quien se le ponga por delante si peligra su sustento, si se le hace pasar hambre. Y el sevillismo, entonces, tenía hambre. Mucha hambre.

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16 comentarios

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16 Respuestas a “¡Viva la muerte! (y II)

  1. Seppuku

    Y ahora ya no tenemos hambre. Ahora tenemos la barriga bien cebada, y el cerebro lleno solo de hermosos y soleados recuerdos. ¡Pues yo no me voy a rendir, carajo! Pienso cagar hasta que se me vacíe la barriga. Quiero volver a tener a hambre. Quiero cagarme en los muertos de un equipucho de mierda, y ya ni te cuento si es uno de los gordos. Hostias, que esta semana jugamos con las criaturitas, y parecemos ratones acojonados por el gato de Tata Ogg. Hay que poner chinchetas en las sillas, o meterse un rayo por el culo, lo que sea con tal de reaccionar de una vez.
    Y si a las criaturitas no se las comen vivos la panda de mariconas que tenemos en el vestuario… ¡tendremos que hacerlo nosotros desde las benditas gradas del sagrado Sánchez-Pizjuán! ¡Estos cabrones no pueden volver a mancillarlo!

  2. Camilo Sexto

    Vaya final.

    Esta parte, “Y es que los hijos de presidentes dictatoriales no tienen por qué ser una buena opción para seguir la senda paterna. Igual te sale tonto”, supongo que no va con segundas…

  3. SEPTIMO DE CABALLERIA

    grandísimo último párrafo

    a por ellos hijos de putaaa

  4. Camilo Sexto

    Una duda. ¿Lo de las fechas es cierto? ¿Firmó el 27 de abril y renovó el 10 de mayo?

    Con lo noveleros que somos, me extraña que no se haya hablado nunca de eso.

  5. ¿Ácido gamma-hidroxibutírico? ¿Tú no puedes mamarte con media docena de cubatas bien cargados como las personas normales?

    Por cierto, es Sauron, mi frikismo me impide permanecer indiferente ante semejante indiferencia a su nombre.

    Por cierto, el primer comentario de Camilo Sexto iba a hacerlo yo, pero ya me lo ha birlado el mamón 🙂

  6. Puto Atlético de Madrid, el porculo que dio aquel año. Sinceramente, creo que los malos de la película eran ellos en aquel momento. Yo, siendo bético, prefería un ascenso sevillista a uno atlético. Qué cojones, si me decían que para que el Atlético no subiera el Betis tampoco podía subir casi lo firmaba, guiado por eso tan español, tan andaluz y tan sevillano que es preferir el mal ajeno al bien propio.

    • Hombre, eso aquí. Pero en el resto de España el que tenía que subir era el Atleti, el simpático, el de los humildes, el de Belén Esteban, Torrente y el Mono Burgos. Yo tenía muchas esperanzas en el Recre. Es decir, ascenso para Sevilla, Tenerife y Recre. Pero se vinieron abajo de mala manera en las cuatro últimas jornadas. Una pequeña anécdota que no puse porque quería acabar pronto y ya odiaba el artículo con toda mi alma: el partido en Las Palmas contra el Universidad lo emitió Canal Sur, con Paquito Gallardo de comentarista (sí, hasta este se comía sanciones), que se alegraba de cada gol que le metían al Recre en su partido en Jaén, ya que si perdían ellos y el Atlético no ganaba el Sevilla habría ascendido en esa jornada. Haciendo el imbécil, pues a nosotros nos daba igual esperar alguna jornada más y la vicotoria del Recreativo hubiera venido de perlas, ya que dos semanas después visitaban el campo del Betis en un partido a vida o muerte para los dos. Y que no se os fue de milagro, por cierto. Lo que demuestra que el nulo discernimiento de Gallardo no fue fruto de su periplo en Guimaraes. Ya era así de tonto aquí.

      • No se nos fue el partido contra el Recre porque el árbitro (Teixeira Vitienes, el que no sabe distinguir camisetas blancas de camisetas de rayas, y que por cierto, pita el domingo) les anuló un gol legal en cantazo de Prats en el último minuto inventándose una falta al portero. Es una circunstancia que el beticismo, en su eterno victimismo, ha procurado olvidar. Eso sí, siempre se puede justificar diciendo que entonces hubiera subido el Atlético, que estuvo todo el año recibiendo ayudas y no habría sido justo, y así nos quedamos más anchos que largos. Yo antes que el Recre hubiera preferido que subiera el Sporting, o el Albacete, o cualquiera no andaluz. Cariñoso que es uno con el resto de la comunidad.

        Me ha impactado lo de Paquito Gallardo comentando un partido. ¿Existe documento sonoro? ¿Sería posible una retransmisión con Gallardo en los comentarios técnicos, Reyes analizando las tácticas y Dani, el yogurín de Triana, analizando la polémica?

        PD: El partido que pierde el Recre en Jaén empieza ganándolo 0-1. Luego Juanito (cedido por el Betis) hace penalty y expulsión y empieza la remontada. ¿Sospechoso?, qué va…

      • Por supuesto yo también prefería otro no andaluz, pero a esas alturas de temporada Sporting, Albacete o Salamanca estaban descartados o era casi imposible que hicieran el milagro, por lo que el Recre era la opción menos mala. Todavía tengo pesadillas con Paquito de comentarista, uno de los momentos de más vergüenza ajena de la RTVA, lo que es decir bastante. Aquel día en Canarias dio para mucho. Según Cristóbal Soria, el banquillo del Sevilla estaba situado a pleno sol. Olsen, en el descanso, lo movió para que quedara en sombra pero Caparrós, al darse cuenta, hizo al noruego volver a ponerlo donde estaba, que íbamos ganando y no podía dejarse nada al azar. Después querría jugar y todo el maricón del noruego.

  7. Camilo Sexto

    Dos detalles de aquella temporada.

    Cuando el equipo vuelve de jugar contra el Universidad de las Palmas, muchos aficionados esperaban en el aeropuerto animando. Canal Sur conecta en directo para retransmitir ese recibimiento y Antonio de la Torre, micrófono en mano, se acerca a los sevillistas para hacer algunas preguntas. De repente, todos se giran, miran a cámara y de forma improvisada, se ponen a cantar “Puta Canal Sur”. En directo. Qué grandes.

    Cuando se confirma el ascenso, y recordando que ese día no había jornada en Primera, la portada del AS no fue dedicada a nuestro ascenso, sino a un gol que había marcado Torres en Albacete, titulando algo así como “Nace una estrella” y dejando al Sevilla en un recuadrillo en la esquina con foto de Olivera y algunos jugadores.

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