Monchi más allá de la puerta de Tannhäuser

PEX CORRESPONSALÍA  SANTIPONCE Yo me cago en Javi Varas y en el supuesto milagro del Camp Nou. Un momento, no vayan raudos a escribir un comentario insultándome como acostumbran. Todo tiene una explicación. A medida que iban pasando los minutos del partido de Barcelona, mientras iba viendo parada tras parada de nuestro guardameta, me convencía cada vez más de que salíamos enteros del Estadi del Fútbol Club Barcelona (ni nombre tiene el estadio, que manda huevos la cosa. Hace falta ser… lo que sea) y a la vez acudía a mi memoria, al principio tan leve como la comprensión que puede hacer Fazio del teorema de Fermat, después haciéndose más palpable el recuerdo, el partido en el que vi el mayor milagro que voy a presenciar en un estadio de fútbol en mi vida: la victoria que logramos en el Vicente Calderón en 1996 con don Ramón Rodríguez Verdejo bajo palos.

A principios de febrero del 96 el Sevilla olía a Segunda que tiraba de espaldas. No ganábamos desde el mes de diciembre anterior, al Fútbol Club Barcelona, con gol de Monchu con la rodilla. Nos había metido cuatro el Salamanca, habíamos empatado en casa con el Albacete, y, entre otros desastres, antes de visitar al entonces líder de la categoría, que a la postre sería campeón de Liga y Copa, se había perdido en casa nada menos que con el Racing. Dábamos más asco que un especial de Callejeros. En aquellos alegres años del cuplé, si querías ver a tu equipo fuera de casa había dos opciones: que fuera uno de esos raros partidos que elegía la FORTA para retransmitir el sábado por la noche, o viajar. Todo lo demás era soportar al insufrible José Antonio Sánchez Araujo (que Dios me libre de mis amigos, que de mis enemigos ya me libro yo solito) y como que todo se hacía más cuesta arriba si cabe; duro como una polla de dieciocho años.

Vaya por delante que, como buen varón mediterráneo, tengo en un altar a mis progenitores. Con los viejos ni mijita. Pero con los años uno se da cuenta de ciertas peculiaridades que tienen tus venerables hacedores y te preguntas en manos de quién coño estuviste tantos años. Porque yo, al menos hoy por hoy, no dejaría que un niñato de 15 años viajara a uno de los estadios donde más se odia a la afición, equipo, jugadores, escudo y todo lo que quieran, sevillista; donde raro es el partido en que no se lía; donde, en suma, hay tantísimo hijo de la gran puta suelto. Pues mis padres me dejaban tan tranquilos. ¿En qué cojones pensaban estos dos? ¿Qué clase de irresponsables se quedan como si nada mientras su hijo está en esos ambientes? ¿No habían oído hablar del Frente Atlético? ¿No sabían lo que era que se declarara un partido como de alto riesgo? Misterios de la paternidad.

En fin, que ahí estaba yo con todos los parabienes paternos y los papeles en regla, al amanecer de un radiante 10 de febrero de 1996 esperando en el Telepizza de Eduardo Dato a que salieran tres o cuatro autocares rumbo a Paseo Virgen del Puerto 67, rodeado de una alegre muchachada. Cuando dije en el instituto que iba a semejante merienda de negros me miraron con una mezcla de incredulidad, pena y hastío. Porque es que había que echarle cojones. El Club Atlético de Madrid llevaba una marcha impresionante; Penev lo metía todo, Kiko y Caminero jugaban como Dios, tenían un puñal en la banda que respondía por Geli, Molina era un valladar, Milinko Pantic le pegaba con la zurda diestra que daba gloria, y todo lo regía en el centro del campo Diego Pablo Simeone. Un puto equipazo. Nosotros, con Suker ya vendido, con Petkovic por ahí demostrando la buena operación que había sido la del croata y lo que nos quedaba por tragar, Peixe, nuestro “fichaje estrella”, desaparecido; o Pepelu, don José Luis para nuestro entonces técnico, don Víctor Rodolfo Espárrago Videla, como exponente de lo mejorcito de la carretera de Utrera. Y mejor no hablar del tema institucional porque eso da para diez artículos. Había que tener moral, desde luego.

Yo no sé cuánto tiempo estuvimos retenidos en el bus una vez llegados a Madrid. Además, rodeados de tanta buena gente. ¿Han visto La lista de Schindler, cuando un tren cargado de judíos pasa junto a un niño de unos seis años y éste, simpático y pragmático como sólo un polaco católico puede serlo, levanta su barbilla con angelical dulzura y les hace un gesto inequívoco con su pulgar pasando por el cuello? Eso es lo más bonito que nos dedicaron. Encima, también se reían. Conste que no me quejo; tendría 15 años pero no era gilipollas, sabía que ciertos intangibles iban en el precio del trayecto y que, como ya hemos dicho, era o eso, o Radio Sevilla. La disyuntiva era meridiana. Pero digamos que la espera, el ambiente y esa mímica tan expresiva por parte de los acogedores hijos de la villa de Madrid, no ayudaban en demasía a distender el ambiente. Claro que había siempre un momento que me molaba muchísimo: bajar del autobús protegido por un cordón policial y un montón de gañanes insultándote tras las eficaces y rudas fuerzas de seguridad del Estado. Nunca miraba a la gente, iba con la cabeza bien alta, andando lentamente e ignorándolo todo. Sabía que era lo más cerca que iba a estar de ser estrella del rock y lo saboreaba como si me tomase un Luis Felipe en bata de franela, ante la chimenea y con un gran danés a mis pies. Gloria bendita.

Al fin, de una puta vez, estábamos en el estadio. Miren, sé que en esto del fútbol los calificativos grandilocuentes, rimbombantes, los superlativos sin venir a cuento, las metáforas bélicas y otras idioteces que no ayudan en nada a dignificar la afición, o la obsesión, por tan bello deporte, están a la orden del día. Pero les juro por todos mis muertos, uno a uno, que lo de aquella tarde no tiene nombre. No hay adjetivos en el diccionario para glosar aquello. Que fue desde el minuto 1 un asedio permanente, constante, con 10 tíos metidos en su área pidiendo a gritos que les metieran un gol porque aquello ya era insoportable y no tuvieron cojones los de rayas de hacerlo. Cuántas paredes no harían esos chavales en la frontal, suerte en la que era muy ducho aquel Atlético de Radomir Antic, para quedarse solos ante Monchi y que éste parara a bocajarro, con el pie, con la cara, con lo que fuera y vuelta a empezar. Especialmente jodida recuerdo la segunda parte, cuando el Sevilla defendía la portería de gol norte tras la que estábamos situados los yonkis y los gitanos. Cuántos balones vi irse por encima del larguero cuando ya me decía, ea, al carajo, si esto no es normal. Simeone falló poco. A Pirri Monchi le sacó una a quemarropa de esas que te da miedo hasta de verla repetida porque es imposible que no entre. Penev podía haber sentenciado el Pichichi en ese partido. Custer en Little Big Horn no estaba más seguro de su derrota que yo aquella tarde. Hasta llegué a sentir una cierta ambivalencia sobre un hipotético resultado exitoso del Sevilla. Porque más fallaban, más se acordaban de nuestras putas madres.

Llega el minuto 77 de partido. Pepelu le manda una sandía a Moya que nadie intercepta, se mete en el área, tira cruzado y bate a Molina. Yo no me lo creía. Ahí ya me importó una polla mi integridad física y me puse a celebrar el gol como solía hacer estos menesteres en aquella época fuera de casa: sin pronunciar una sola vez la palabra gol, cagándome en los muertos de los locales que me rodeaban a voz en grito. Un detalle de la salud mental de que hacía gala a tan tierna edad: como buen africano, soy supersticioso hasta decir basta, aunque debo decir en mi descargo que esta dudosa cualidad sólo la tengo en lo referente al fútbol. Como veía que no nos marcaban ni de puta coña me dije, con excelente y racional criterio, “mantén la postura que tienes que trae suerte”. Soy mucho de eso, hasta de colocar a perfectos desconocidos en el orden que considero correcto si se me desmandan en un gol. La tal postura era apoyado sobre una valla, con un hierro paralelo a ésta clavado en la rodilla. Con unos tres grados de temperatura, la cosa se hacía peliaguda. Cuando marcó Moya, no lo dudé. Aunque me tuvieran que amputar la pierna derecha allí se mantenía la postura como hay Dios.

Coño, que ganamos y todo, a pesar de alguna espeluznante ocasión más que tampoco entró. En partidos como éste, o el del Camp Nou o Valencia de este año, uno llega a un punto en que sabes que no te van a marcar. No quieres decirlo muy alto no sea que se te joda el invento, pero internamente sabes que ni de coña, que ya pueden estar jugando tres días que hoy no van a poder. Que estás bendecido. Más o menos así me tomé el descuento de seis minutitos que tuvimos que soportar. Uno de aquellos magníficos descuentos sin cartelón, que a medida que pasaban los minutos, mirabas al árbitro, mirabas la hora y más te cagabas en sus muertos.

Por todo esto, cuando leí las crónicas del partidazo de Varas me dije, bueno, se ha salido, pero de milagro, nada. Que tenemos un equipo muy cumplidito, un entrenador como Dios manda y esto, aunque improbable, era factible. Milagro es ir vigésimo al campo del líder, con Juanito de mediocentro, sin ganar desde hace casi dos meses, con un equipo en descomposición y un portero más malo que la carne de pescuezo que se erige en héroe ante el mayor vendaval de ocasiones que han visto estos ojos, que un resultado normal habría sido un 8-0, y acabar ganando con una sola ocasión que encima fue de chiste. Eso es un milagro.

Ya se le adivinaba humildad desde sus inicios.

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21 comentarios

Archivado bajo Cancerberos

21 Respuestas a “Monchi más allá de la puerta de Tannhäuser

  1. Corresponsalía Alameda de Hércules

    maldito monchi, tus castas todas

  2. Por aquel entonces yo contaba con unos tiernos 7 u 8 añitos. Mejor para mi, no enterarme de semejante calamidad milagrosa.

    La cosa es que el milagro de Varas, lo fuera o no, se está acabando pareciera. Hemos bajado a cotas más terrenales. Y mal vamos si no somos capaces de ganar unos cuantos partiditos seguidos. Los números, papeles en mano, no son tan buenos como pareciera. Manzano total.

    PD: El título me ha ganado. Más allá de la puerta de Tannhäuser mandaba yo a Monchi, eso si, acompañado de unos cuantos replicantes.

    • Company Boticario:

      En esta casa somos muy de Marcelino. Bueno, ya creo que sólo quedamos dos que mantengamos la fe marcelina, pero aunque sólo sea por cómo se viste, yo tengo fe en el asturiano. Incluso propuse cambiar el nombre del blog por marcelinismo ad nauseam, pero sin erótico resultado. Hay que perseverar con él, como con Toni Polster, y nos devolverá ciento por uno, como la Santísima Trinidad.

  3. fillu correpoxalia de lebrija

    tio lo de la foto como q no lo pillo por mis muertos

  4. Saludos,

    Yo he visto, incluso, naves ardiendo mas allá de Orión.

    Nada que añadir porque estuve allí, en el Centro Mundial Anti Yonky & Gypsy, hace bien poco (2-2). Camuflado de yonky gitano.

    Fue muy desagradable para ellos.

    Cuídate y no vuelvas a irte con 15 años a la guarida.

  5. Como cuentame mas, en el partido de vuelta Quique Estebaranz le pego una tremenda patada en el estómago al cerdo de Simeone, bien merecia se la llevo ese hijo de puta

  6. Beatleg

    Esto es lo más grande que ha parío mare.
    Suscrito me hallo.

  7. Camilo Sexto

    Con el paso del tiempo nos olvidaremos de los rivales de semis de Uefa, de la Copa, de las victorias contra el Arsenal, Madrid o Barcelona, pero lo que nunca se nos olvidará serán partidos como el que dices del Atlético, el 0-4 del Levante, otro 0-4 (no estoy seguro) contra el Barcelona B … y encima recordamos aquellos años casi todos los días.

    Sois unos genios.

  8. Anónimo

    Nunca olvidaré aquel partido ni aquel día en Madrid. Contaba con 19 añitos y probablemente ese gol de Moya sea uno de los tres que más fuerte he cantado en mi vida. De hecho lo canté con tal virulencia que apenas saliendo del Calderón no tenía nada de voz, estaba mudo del grito que pegué. Me quedé aquella noche en Madrid, y para culminar el día, con el mérito de conseguirlo solo con gestos por mi falta de voz, conseguí enganchar a una madrileñita de Alcorcón con la que tuve un bonito idilio durante unos meses. Inolvidable Monchi señalando a nuestra grada para dedicar la victoria.

    • Camilo Sexto

      O sea, que triunfamos de todas, todas. Les ganamos y nos follamos a sus guarrillas.

      Pero ya le vale a ella, una madrileña estando con un yonki y gitano. Tendría que deportarla de allí.

  9. cerillo encendido

    eres un sinvergüenza, monchi

  10. Biri-biri

    ostias !!! la carva n°2 tenía buen pelo de jovencito. Qué le paso ??? Vaya ataque de seborrea asesina que sufrió, no ??

  11. Dr.Funkenstein

    Este post tiene una segunda parte sin la cual no se entiende la primera. Y es que Monchi estuvo más allá de la puerta de Tannhäuse en otra ocasión, con, como no, Gabi Moya y el At.Madrid como testigos de excepción.

    Corría la temporada 98-99, con el inefable Castro Santos en el banquillo. Estábamos en 2ª división, dando más cambayás que Rinati antes de caerse al foso de la Universidad. Veníamos de ganarle 3-1 al Mallorca B de Luque y Tristán cuando nos toca visitar campo del filial colchonero. El dueño de Imperioso, con to sus castas, pone el partido el sábado a las 18:00 y nos manda a jugar a un patatal puerco del cerro del espino, televisado por Canal Sur.

    El que suscribe, con 22 tacos de almanaque llevaba poco más de un año con una chavalita de buen ver, ligoteo de categoría en su momento, hoy esposa y madre abnegada. Ese día, teníamos homenaje preparado en un hotelito de la Costa huervana. Lógicamente, con 22 años, el nácaro como la espada del Mío Cid y el alamillo como amigo entrañable de las noches findesemaneras, el plan de ese sábado pasaba por hacer rico al señor Durex.

    Empieza el partido en el extraradio de la capital. Paco Leal, portero titular, no puede jugar por lo que el sempiterno suplente León de San Fernando ocupa su lugar. Uno, entre el vámonos que nos vamos y el hola que hay, estaba con un ojo en Umbrete y otro en la tele de la habitación. El partido comienza con un acoso del filial madrileño y Monchi luciéndose como nunca. Rememorando lo de los dos años antes, Monchi hace un memorable encuentro, A mediados de partido, y en una de nuestras escasas jugadas, Gabi Moya hace una diablura y pone el 0-1. Mi chillío se escuchó hasta en recepción.

    El partido va a acabar. El At.Madrileño ataca como loco, pero sin orden hasta que en una jugada con menos peligro que Gluscevic, Monchi sale como si hubiera visto un kilo de gambas y arrolla a uno que pasaba por allí. Todo el mundo (aficionados, jugadores, entrenador, yo) se queda con cara de querer asesinar al portero. Minuto 92 y el delantero tira el penalty rasita al palo derecho y Monchi se tira como un león para pararlo. Y ya ni periquita, ni Durex, ni hotel, ni asesinato de Monchi, ni la madre que parió a Castro Santos. Javier Sotomayor era una maricona a mi vera viendo los saltos que yo di en ese catre ante la absorta mirada de mi maravillosa y actual esposa.

    Ese año, poco después, certificamos la promoción en un partido en Málaga (otra vez, salvador Gabi Moya) cuyo viaje da para un libro. El Villarreal que va al mamaero y nosotros a primera.

    Un saludo y gracias por hacerme disfrutar como lo hacéis con este blog que saca el lado más salvaje que cualquiera tenemos

    • Camilo Sexto

      Me parece que en ese partido Marcos Alonso ya era nuestro entrenador.

    • Gracias a usted por su crónica, Dr. Funkenstein. Magnífico partido aquel también. Un par de acotaciones. Como dice Camilo Sexto, el entrenador desde enero era ya Marcos Alonso. Y el penalty fue en la primera parte, tirado por el gran Sequeiros. Pero en vista de lo que tenía usted entre manos y de la pila de años que hace ya de aquello, es comprensible la confusión.

      Un saludo.

  12. Jajajanover

    Donde mierda está la crónica del partido contra el Granada, Zingaros?

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